El fenómeno del Wandervogel: «Respuesta y escape de la gran urbe moderna»

Jorge Marchant Díaz

«La Injusticia no conquista los Principios, los Principios no conquistan la Ley, La Ley no conquista el Poder, el Poder no conquista el Cielo»,

Kusunoki Masashige.


Desde el Romanticismo alemán, hasta el Wandervogel (Del alemán Vogel: pájaro y Wanderer: excursionista/vagabundo), los sensibles hijos de la burguesía huyen del mundo de sus padres, con rumbo hacia un mundo sin compromisos. Percibían la mentira del mundo de sus padres y el vacío en sus almas. Así, salieron en busca de un mundo amplio en la naturaleza, y dejaron atrás las imposiciones del sistema que les correspondía vivir. Generaciones completas se introdujeron en un camino nostálgico, pero de búsqueda. Un camino utópico y sin una claridad fundacional. La libertad fue más importante, al desafiar con espíritu juvenil al mundo moderno.

El Wandervogel surge como movimiento en Berlín hacia 1896, sin embargo, las ideas fundantes se arrastran por lo menos un siglo, con el desarrollo del naturalismo, el antiurbanismo, el materialismo y la industrialización. Influido fuertemente por el Emilio o De la educación de Jean Jacques Rousseau, buscaron también la reconciliación del hombre con la vida en la naturaleza. Los cultores del movimiento, en su afán por reconectarse con el mundo natural, desarrollaron excursiones y promovieron campamentos de verano.

De esta manera, el Wandervogel se desarrolló en la misma época que lo hacía el mundo con la gran ciudad. La urbe, marcada por la falta de ideales en la búsqueda civilizacional de Occidente, dio paso a un declive moral y espiritual que no es casualidad, luego de pasar al menos dos siglos (y la verdad, unos cuantos más) en el intento de su propio suicidio intelectual.

A continuación, nos proponemos explicar el desarrollo de dos tópicos fundamentales: la filosofía del viaje, que le otorgó una alternativa al hombre para escapar del segundo tópico: la gran urbe que, en la segunda mitad del siglo XXI, es adoptada como parte del campo de batalla sobre el cual vaga.

El viaje

Como representación del romanticismo y de la utopía, Novalis desarrolla el símbolo de la flor azul. “En Enrique de Ofterdingen al protagonista el mundo se le hace estrecho, una vez que ha soñado con la flor azul. Quiere evitar el destino de su padre, quien, resignado y sin alicientes, hace su trabajo. Enrique emprende un viaje a lo imprevisible. Cuando le preguntan hacia dónde se encamina, responde: «Siempre hacia casa»” (Safranski, 2012, P. 190). Sin embargo, esa casa no sería más que el viaje de una generación que tuvo el impulso de vivir el camino, que la casa también la haría al caminar, al vivir ese wandern. Y es que el caminar no permite que el pie eche raíces, pues tampoco las tiene. Si durante ese camino encontrara la muerte, aquella muerte sería también parte de la búsqueda y del vivir.

Casi un siglo antes, Goethe había expresado parte del espíritu generacional que se entrega al vagar. Dice Goethe: “Nunca llegamos tan lejos como cuando ya no sabemos hacia dónde vamos” (Goethe, J. W. 2014. P. 11). A la vez, en su tragedia “Egmont” y con el mismo ímpetu de ese espíritu juvenil, declaró: “romped, destrozad los muros de la tiranía y … ¡Con qué frecuencia este estruendo me convocaba para marchar con libre paso hacia el campo de la lucha y la victoria! ¡Con qué ánimo emprendía con mis compañeros la carrera de peligros y gloria! También yo, desde esta prisión, marcho hacia una muerte honrosa; muero por la libertad, por la que viví y combatí, y a la que ahora me sacrifico dolorosamente…” (Goethe, J. W. 1947, P. 149-150). Ánimo que, como también veremos, era fortalecido por los cánticos juveniles a través de los senderos.

Por ejemplo, como símbolo ya de una generación que desconoce su dirección, el poeta Joseph von Eichendorff, cuyos poemas fueron musicalizados por compositores como Robert Schumann o Felix Mendelssohn, en “Viaje sin rumbo”, casi internándose en una pintura, exclamó:

«No me puedo aquí por más tiempo mantener,

muy lejos de vosotros el viento me arroja,

En ondas de torrente me quiero mecer,

ciego de felicidad en luz esplendorosa.

Mil voces sonoras con atracción golpean,

hacia arriba la aurora flameante sopla.

¡De viaje! Mi alma para nada cuestiona

dónde las rutas del viaje a su final llegan».

Esta generación de escritores y poetas vivía la vida con nostalgia y muchas veces sin siquiera haberla comenzado a recorrer. De alguna manera, el solo hecho de alejarse de aquello que iban a extrañar, ya les producía un profundo pesar, quizás entraban en una serena aceptación de su destino. “Eichendorff no es un poeta de la patria, sino de la nostalgia, no de la llegada, sino de la partida” (Safranski, 2012, P. 193). Por eso, el mismo Eichendorff concluyó en su poema “Im Abendrot (En el Ocaso)”:

“¡Oh paz inmensa, tranquila!

¡Tan profunda al ocaso!

Qué cansados estamos de vagar.

¿No será esto la muerte?”.

En un mismo tono de aceptación de su destino, Hermann Hesse, quizás el mayor ícono del Wandervogel, también se entregó a su destino en su poema “Al irme a dormir” de 1911:

“Manos, dejad los quehaceres,

Cabeza, olvida todo pensamiento,

todos mis sentidos

desean hundirse en el sueño.

Y el alma sin vigilancia,

desea colgándose de libres alas,

vivir profunda e intensamente

en el circulo mágico de la noche”.

Además, Eichendorff añadiría, al igual que otros poetas de su época, el concepto del bosque, allí donde la vida prolifera en libertad, sin pasar por la mano del hombre, donde pretendía encontrar la vida que el mundo de su padre había perdido: un régimen impuesto, aburguesado y que depredaba los lujos que el liberalismo le cedía:

«¡Oh, valles anchos y alturas!

¡Oh, hermoso y verde bosque!

Tú de mis suspiros y goces

tan piadosa cobertura.

Fuera siempre engañado

trota el mundo comercial.

Vuélveme a rodear,

verde tienda con tu arco».

Hacia 1931, el cantante alemán Franz Baumann en su canción “Weit ist der weg zurück ins Heimatland” (lejos está el camino de vuelta a la patria), dijo “wandern und singen, das ist Burschenart”. Algo así como «el excursionar y el cantar constituyen el arte juvenil». Misma juventud que hacía caso a su llamado generacional y retomaba alegremente esa vuelta a la patria, que se encontraba también en ese “marchar” por los bosques, de manera entusiasta, para enfrentarse a lo que el mundo les imponía.

La urbe

En primer lugar, para querer viajar, salir, excursionar y alejarse del mundo —y hacerlo más aún, a la deriva—, tiene que existir algo que provoque ese profundo rechazo. Esa cúspide civilizacional que perdió todo sentido de existencia y que se materializa en la ciudad. Sobre aquel punto, Oswald Spengler propuso en “La decadencia de Occidente”, que “la «civilización» es el inevitable sino de toda «cultura». (…) «Civilización» es el extremo y más artificioso estado a que puede llegar una especie superior de hombres. Es un remate; subsigue a la acción creadora como lo ya creado; lo ya hecho, a la vida como la muerte, a la evolución como el anquilosamiento, al campo y a la infancia de las almas (…) como la decrepitud espiritual y la urbe mundial petrificada y petrificante. Es un final irrevocable, al que se llega siempre de nuevo, con íntima necesidad” (Spengler, 1966, P. 40).

En ese sentido, el hombre ha profundizado los distintos sentimientos que estas petrificaciones le provocan, al crear nuevos personajes que entrarán en la historia de Occidente. Así, por ejemplo, aquel hastiado que vive de lo que la ciudad le otorga, con algo de resignación; o aquel, que como vimos anteriormente, sueña con escapar de lo que la sociedad le impone. Tampoco queremos inducir al error: el problema no es la ciudad, la cual también es, y ha sido, vital para el desarrollo del hombre. Muy distinto es el desarrollo de la vida urbana, marcada por el alma burguesa y que desconoce los orígenes y los llamados más profundos del alma y el espíritu humano. Esa alma, a su vez devenida en moral que dirigía —y podría decirse que aún dirige – a la alta sociedad Occidental, exalta la libertad individual y reconoce al hombre como un ser con la capacidad de ser por sí mismo, al abandonar su espiritualidad.

El burgués es también heredero directo del pensamiento moderno-ilustrado, hijo de una moral egoísta por la que los hombres buscan dominar a otros en beneficio propio, ya que aquellos con capacidad de producir riqueza, serían socialmente superiores a sus pares. Entonces para Spengler, la civilización “es un largo período de descomposición de la vida total de una cultura, comprendida la cultura misma como cuerpo viviente”, que además tiene actores y escenario: “El individuo, con su existencia privada, sigue la marcha de la totalidad. (…) El escenario de esta revolución de la vida, y al mismo tiempo su «razón» y su expresión, es la gran urbe, tal como ésta comienza a formarse en la declinación de todas las culturas» (Spengler, 1936, P. 80-81). Werner Sombart, en su rechazo por la vida moderna desarrollada en las ciudades, declaró en la misma línea de los jóvenes rebeldes que buscaban su camino fuera de la vida impuesta por la ciudad: “En la vida urbana se cortan los vínculos originales entre el hombre y la naturaleza… El hijo de la ciudad ya no conoce el canto de los pájaros… no conoce el significado de las nubes que surcan el cielo; ya no oye la voz de la tormenta ni del trueno. … La nueva raza vive una vida artificial… una complicada mezcla de instrucción escolar, relojes de bolsillo, periódicos, paraguas, libros, desechos cloacales, política” (en Herman, A. 1998, P. 234). Spengler también agregó: “En nuestras urbes actuales pasamos de largo profiriendo lamentos y tapándonos las narices. «En las ciudades es malo vivir»” (Spengler, 1966, P. 39).

Incluso las ciudades, mediante una nueva arquitectura y planificación urbana, desarrollaron los jardines que impactaron profundamente al romántico Wandern. Las urbes industrializadas comenzaron cada vez a concentrar mayor cantidad de habitantes, dando curso a la imitación y este simulacro de naturaleza desarrollado en los jardines, además de que cada vez más las ciudades le quitaban espacio a la misma a quien imitaban. “La urbe mundial significa el cosmopolitismo ocupando el puesto del «terruño», el sentido frío de los hechos substituyendo a la veneración de lo tradicional; significa la irreligión científica como petrificación de la anterior religión del alma, «sociedad» en lugar del Estado”. (Spengler, 1966, P. 41)

Es la misma sociedad urbana la que ha creado también a su propio habitante, alejado de sus más profundos orígenes y su nobleza; símbolo del mundo en el que se desarrolló. “En lugar de un pueblo lleno de formas, creciendo con la tierra misma, tenemos un nuevo nómada, un parásito, el habitante de la gran urbe, hombre puramente atenido a los hechos, hombre sin tradición, que se presenta en masas informes y fluctuantes; hombre sin religión, inteligente, improductivo, imbuido de una profunda aversión a la vida agrícola — y su forma superior, la nobleza rural —, hombre que representa un paso gigantesco hacia lo inorgánico, hacia el fin”. (Spengler, 1966, P. 41) Spengler profundizó años después esta misma idea en “Años decisivos”, aseverando que la sociedad se encontraba cómoda en su decadencia: “Esta sociedad, en la que precisamente ahora se cumple el tránsito desde la cultura a la civilización, está enferma, enferma en sus instintos y también en su espíritu. No se defiende. Halla gusto en su escarnio y descomposición” (Spengler, 1936, P. 104).

En el diagnóstico, si bien sus soluciones sobre el mismo problema son distintas, las ideas desarrolladas —por moros y cristianos— no distan mucho y tendrán aún más profundidad entrada la segunda mitad del siglo XX e incluso el siglo XXI. En el pensamiento de Guy Debord, cuya filosofía consiste en la creación de situaciones, la ciudad se presenta como un escenario idóneo para el desarrollo de sus ideas. No era necesario acabar con ella, sino resignificarla y utilizarla para nuevos fines. “Si la poesía ha muerto en los libros, «ahora está en la forma de las ciudades» o «se lee en los rostros». Y no hay que limitar­se a buscarla ahí donde está: hay que construir la belleza de las ciudades y de los rostros.  «La nueva belleza será de situación». A diferencia de los surrealistas, los letristas no esperan gran cosa de los pliegues ocultos de la realidad, de los sueños o del inconsciente: hay que rehacer la realidad misma. «El aventurero es aquel que hace suceder las aventuras, más que aquel a quien las aventuras suceden»”. Además, ese aventurero puede ser nuestro mismo viajero o excursionista, quien se ha adentrado en los edificios y pliegues de la modernidad.

En el pensamiento de Debord, la exploración se lleva a cabo mediante la deriva. Ésta es definida como «una técnica de paso rápido a través de ambientes variados», que consiste en unos paseos de aproximadamente una jornada de duración, dejándose llevar «por los requerimientos del terreno y de los encuentros». Por último, “la importancia del azar disminuye con un mayor conocimiento del terreno, lo cual permite elegir los requerimientos a los que se quiere responder”, permitiendo el desarrollo de nuevas estrategias. (Jappe, 1998, P. 75-76)

¿El camino?

El movimiento del Wandervogel desarrolla un sistema ideológico basado en la categoría metapolítica del Wandern. Su filosofía da cuenta de un ánimo y una actitud generacional, de avanzar libremente en búsqueda de un mundo ideal, que se concreta en la acción real y simbólica de la excursión y la exploración, saliendo del mundo que atrapó a sus padres.

La excursión (del latín ‘ex’ que significa fuera y ‘currere’, correr) implica salir del curso socialmente establecido en la urbe y establecer un curso alternativo alejado de ella, lo que significa un proceso de exploración o recorrido constante en el campo y los bosques en búsqueda de mundos mejores. Así estos “buscadores de rutas o caminos”, en el fondo, actúan como proceso de búsqueda y realización de una utopía, de esa flor azul de Novalis.

Además, presenta una nueva problemática, que es la de hacerse cargo del mundo real, el cual no elegimos, sino que simplemente habitamos, con sus pros y contras. Rainer Maria Rilke asevera: “no nos sentimos en casa en el mundo interpretado” (I Elegía de Duino, en Safranski, 2012, P. 209), lo que no implica que no sea la realidad que nos tocó vivir. Muy por el contrario:  tengo la obligación de construir la casa de la que sí quiero ser parte. Al final, no tenemos la culpa de haber caído donde caímos. Donde sí tenemos una gran cuota de responsabilidad es en buscar una salida, un escape; aunque uno que haga frente a la realidad. “Un siglo de actuación puramente extensiva, que excluye toda elevada producción artística y metafísica — digámoslo en dos palabras: una época irreligiosa, pues tal es precisamente el concepto de la gran urbe —, es una época de decadencia. Sin duda. Pero nosotros no hemos elegido esta época. ¿Qué le vamos a hacer, si hemos venido al mundo en el ocaso de la civilización y no en el mediodía de la cultura, en la época de Fidias o de Mozart?” (Spengler, 1966, P. 51)

Aún sin Fidias y sin Mozart, la sociedad continúa como heredera del Wandern. Lo vimos reflejado en el espíritu hippie que marcó un quiebre cultural definitivo. Es así como en su clásica canción “Born to be wild” de 1968, Steppenwolf escribe: “pon el motor en marcha, métete por la autopista buscando aventuras y lo que se cruce en nuestro camino. Cariño puedes hacerlo realidad (…) echando una carrera con el viento”. Es aquella misma idea del viaje, modulada a los elementos del siglo XXI. La motocicleta y la idea de lo salvaje, como un comportamiento anticivilizado que se rebela contra la normalidad burguesa.

También este Wandern llega hasta nuestros días. No es para menos que una de las bandas sindicadas como organizadora de casos de acción directa contra la civilidad, “Individualistas tendiendo a lo salvaje”, se denomine precisamente así. “Fuego contra todo lo civilizado” es una de las consignas. Y así lo hallamos también en el uso extensivo de la bicicleta, o la práctica del parkour. Todas son, en el lenguaje de Deleuze y Guattari, manifestaciones que alisan lo estriado de la ciudad. En definitiva, legatarias de un espíritu de rebelión que tumba todo terreno civilizado.

Bibliografía

Jappe, A. (1998). Guy Debord. Editorial Anagrama, Barcelona, España.

Goethe, J. (1947). Egmont. Editora Espasa – Calpe, Madrid, España.

Goethe, J. (2014). El Carnaval de Roma. Alba Editorial. Barcelona, España.

Herman, A. (1998). La idea de decadencia en la historia occidental. Editorial Andres Bello, Santiago, Chile.

Safranski, R. (2012). Romanticismo, una odisea del espíritu alemán. Tusquets Editores. Buenos Aires, Argentina.

Spengler, O. (1966). La decadencia de Occidente, Tomo 1. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, España.

Spengler, O. (1936). Años decisivos. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, España.