Tiempo circular/lineal: «La necesidad de repensar los esquemas históricos frente a lo inédito»

José Joaquín Durán

«Una generación se va, y una generación viene; pero la tierra subsiste aún hasta tiempo indefinido».

Salomón, Libro de Eclesiastés 1:4.

El “eterno retorno”, según Nietzsche[1], es la repetición de la totalidad de la historia, donde todo es parte de la cadena de sucesos que se proyectan en su finitud hacia el infinito, una y otra vez. Por lo tanto, así como en la totalidad, aquella circularidad también puede ser observada hasta en el más mínimo gesto. El filme “A torinói ló” (2011) retrata la historia de un mozo de cuadra y su hija, quienes desarrollan, en medio de un inhóspito lugar, una cotidianeidad reiterativa y sofocante. Pero en un determinado momento, la angustiosa reiteración sufre una pequeña fisura, luego de que los protagonistas sean visitados por un hombre llamado Bernhard. “Estaba realmente equivocado cuando pensé que nunca ha habido ni podría haber algún tipo de cambio aquí en la tierra. Porque créeme, ahora sé que este cambio ha tenido lugar”, dice Bernhard al finalizar un extenso monólogo dirigido al anfitrión; a lo que el hombre le responde: “¡Déjalo! Es un disparate”. A Bernhard parece no importarle el comentario y, luego de dejar monedas sobre una mesa, se retira de la casa del mozo de cuadra. Mientras que el personaje se aleja caminando, la escena se funde a negro… Lo importante, tal y como lo mencionó Bernhard, es saber que el cambio ha tenido lugar. Por lo tanto, nuestro objetivo será plantear una alternativa para abordar el tiempo histórico, frente al determinismo del “eterno retorno”. Para lograr aquello, primero debemos examinar si los llamados “ciclos históricos” son una categoría adecuada.

El constante desafío que nos entrega el tiempo presente es poder encontrar la forma adecuada de interpelar la realidad. Después de todo, para que una acción tenga proyección en el tiempo se necesita que aquella esté en sintonía con las posibilidades que ofrece el presente, en función del pasado. En el texto “El 18 brumario de Luis Bonaparte” (2003, p. 10), Marx hace referencia a Hegel para decir que la historia se repite dos veces, pero que Hegel “se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Ahora bien podría replicársele a Marx, que también puede suceder a la inversa, donde lo que un día parecía como una situación irrisoria –por lo absurdo de sus posibilidades–, pasa luego a manifestarse en gloria y majestad, para sorpresa de los que alguna vez fueron incrédulos. Pero también debemos considerar que la historia no se repite como un calco de los acontecimientos del pasado, sino que lo hace más bien como una evocación producida por los sucesos percibidos, tal y como lo consigna Ortega y Gasset (1966, p. 6) al decir que: “Los «hechos» son sólo datos, indicios, síntomas en que aparece la realidad histórica”. Lo anterior se debe a que la significación que puede ser establecida en torno a un “hecho histórico” está condicionada por la manera en que tiende a ser significado en el tiempo presente.

En aquel sentido, la diferencia que presenta el contexto actual, si lo comparamos con lo que pudo ser en épocas remotas, es que el cambio en las dinámicas y, sobre todo, las velocidades de la comunicación, a nivel global, han hecho que la situación local de cada sociedad tenga que ser pensada en una velocidad distinta y en relación con el resto del mundo. Lo que se ha descrito corresponde al tránsito que ha habido desde el inicio de la aceleración del tiempo histórico –a partir de la Revolución francesa y más específicamente desde la irrupción de la Modernidad– hasta la actualidad, donde se constituye el relato de cómo los agentes marginalizados por la sociedad han disputado su presencia en la cultura dominante. Si hubiese que describirlo de forma exacta sería de acuerdo con uno de los eslabones de la teoría de la anaciclosis de Polibio de Megalópolis[2], quien concibe la idea de “degeneración de la democracia” u oclocracia, lo que supone el poder detentado por la masa desenraizada. Aquel concepto vendría a ser uno de los seis momentos que componen el ciclo político; que incluye a la monarquía, la aristocracia y la democracia, con sus respectivas formas degradadas, que son la tiranía, la oligarquía y la oclocracia. Pero si hemos de aceptar lo propuesto por Polibio será solo en tanto al concepto de “oclocracia” y no por la idea de tiempo histórico cíclico. Porque si algo es seguro, es que el panorama no es tan sencillo, después de todo limitar el curso de la historia al cumplimiento de un ciclo es descansar en la seguridad que proporciona saber que el sentido de los acontecimientos tiene un fin determinado, más la intervención del hombre sobre su propia realidad sobrepasa cualquier pronóstico que podría entregarnos una proyección de lo que vendrá. Por lo tanto, establecer una crítica a lo sostenido por los partidarios del tiempo circular es abrir el camino para desarrollar un nuevo sentido para el cambio.

En la obra “La decadencia de Occidente”, Spengler (1966, p.16) señala que: “En este libro se acomete por vez primera el intento de predecir la historia”, pero que la metodología desarrollada para tal cometido tendrá validez siempre y cuando las condiciones que habían existido hasta ese momento continúen siendo las mismas. Entre los elementos más destacados del contexto de producción de la obra de Spengler, es que en aquel entonces el tiempo circular era el único metarrelato que remitía a un tiempo sagrado, el escollo de esperanza para aquellos que buscaban encontrar en la historia la continuidad de los procesos sociales como totalidad. La raigambre de aquella tendencia puede ser identificada a partir del Romanticismo –sobre todo en la filosofía alemana–, donde cobraron relevancia en el imaginario social las creencias traídas desde Oriente, lo que puede verse consolidado como creencia en la obra de Nietzsche.

Además, hay vínculos de “La decadencia de Occidente”, en términos filosóficos, que pueden ser observado, por una parte, en relación con la antigua tradición del Kali-iuga o la “era más oscura”, que es parte del ciclo de cuatro iugas[3] en la religión hinduista, donde aquel ciclo constituye precisamente la etapa de la decadencia social. Por otra parte, si la obra de Spengler había surgido como respuesta a la situación de la Alemania en el periodo entreguerras, después de la Segunda Guerra Mundial, frente a una configuración del mundo en la que los ejes de poder fueron desplazados hacia Estados Unidos y la Unión Soviética, no tardó en aparecer una nueva propuesta para enfrentar el mundo contemporáneo, a partir de la relectura de la “era más oscura” de la tradición hinduista.

La propuesta de cómo enfrentar el presente, está contenida en el libro “Cabalgar el Tigre”, de Julius Evola, quien (1987, p. 11) expone que “si uno consigue cabalgar a un tigre, si se le impide lanzarse sobre nosotros y si, además, no se desciende de él, si uno permanece agarrado, puede que al final se logre dominarlo […]”. Si consideramos de manera minuciosa lo señalado por Evola, lo que el autor propone es hacerse parte del curso de los acontecimientos sin intervenir en los procesos de cambio que tienen lugar en la realidad social, pero ¿por qué habríamos de hacer esto? Aquello se debe a que según el autor (1987), la base del proceso de cambio es una tradición inmutable que sin importar el desarrollo que haya de las transformaciones sociales, siempre habrá un marco de posibilidades delimitados por la estructura del ciclo y que, por lo mismo, lo esencial sería “no dejarse impresionar por aquello que parece todopoderoso, ni tampoco por el triunfo aparente de las fueras de la época” (p. 13). Sin embargo, aceptar lo planteado por Evola es inclinarse por la opción conformista frente a la realidad, después de todo las “fuerza de esta época” pueden ser superiores al ciclo histórico que se tiene por eterno.

Ahora resta ver qué sucede con el caso del tiempo lineal, que constituye la forma desplazada de lo sacralizado, pero que mantuvo su plena vigencia como significación de la teleología de la Historia. En los albores de la Antigüedad Tardía, la temporalidad cristiana adquiere una forma delimitada a partir de lo formulado por San Agustín, quien señaló que “el principio de la creación del mundo y el principio de los tiempos es uno, y que no es uno antes que otro” (2011, p. 313). Aquella noción de un principio del tiempo junto a lo creado pasó a ser la hegemónica en el mundo occidental, donde la historia está regida por el providencialismo, que concibe a Dios como el verdadero sujeto de la historia. A su vez, la temporalidad descrita por San Agustín seguía la lógica de la “historia de la salvación”, que debe ser entendida como la vida del hombre en un tránsito por el mundo, un tránsito que tenía como destino la salvación o la condenación. De este modo, podemos observar que no solo existía una temporalidad lineal delimitada, sino que esta tenía a su vez un sentido bien definido. El tiempo lineal, en sí mismo, no es una estructura deseable, solo lo es en cuanto tiene sentido para remitirnos hacia una existencia que trasciende el plano material. Aquello se debe, en términos simples, a que es la misma forma que adoptan los experimentos que surgen a partir de la Modernidad, desde la Ilustración hasta el Marxismo.

El quiebre con la concepción cristiana del sentido de la Historia surge a partir de la consolidación de la Modernidad, momento en el que el providencialismo fue reemplazado por la “mitología del Progreso”, que es la creencia según la cual la historia del hombre se entiende solo en cuanto al tiempo profano, sin una temporalidad sagrada escindida. Lo anterior se debe a que el tiempo profano, con un sentido lineal enmarcado en el “Progreso”, pasa a estar sacralizado y se convierte en una teleología que posee como destino la consecución, a través de las condiciones técnicas, del estado de bienestar absoluto del ser humano en la realidad material. Pero todo cambia, a partir de la Primera Guerra Mundial, luego del cuestionamiento, cada vez más radical, de los fundamentos de aquella idea (Lyotard; 1987, p. 4), lo que inicia la transición desde la Modernidad hacia la Posmodernidad, que representa el tránsito hacia la dilución definitiva de las estructuras que sostienen el sistema actual.

Si bien resulta disímil la realidad particular de las sociedades contemporáneas con la transversalidad de la Posmodernidad en el contexto global, aquello apunta, precisamente, a que sea abordada con miras hacia las situaciones locales. Pero, pese a la importancia del plano local, la proyección debe estar orientada hacia la confluencia de las tendencias que surjan en torno a una nueva alternativa para comprender el tiempo histórico. Esta alternativa implica, a fin de cuentas, la necesidad de disputar el sentido del cambio, para que no sean abolidos los principios fundamentales de lo que quiere ser reproducido.

Para ilustrar el problema que deberá enfrentar la humanidad hacia el futuro, debemos comprender el tránsito en los estados de condicionamiento social, los que pasaron del disciplinamiento al control[4]. Lo que se avecina es lo expuesto en el artículo “Los límites del control” de Burroughs (1985, p. 2), donde el autor sostiene que: “Cuando no hay más oposición, el control se convierte en una proposición sin sentido. Es altamente improbable que un organismo humano pueda sobrevivir a un control completo. No habría nada ahí… No tienes que darle sugestiones a tu grabadora, ni exponerla al dolor, la coerción o la persuasión”. La mínima posibilidad de que pueda existir la supresión de la conciencia a nivel social –que implicaría el “uso” de los seres humanos– vuelve una obligación que pensemos fuera de la repetición de la historia, para así abrirnos a compren-der la complejidad de los procesos inéditos en las sociedades del capitalismo tardío.

En síntesis, el sentido que le damos a la historia tiene profundas implicancias en las posibilidades que hay para actuar en función de lograr cambios. En aquel sentido, la idea de la circularidad del tiempo supone una dificultad para lograr una acción efectiva en el presente, porque la repetición incesante de la historia confiere la seguridad de que los procesos que se desarrollan poseen un límite. Por lo mismo, si vamos a considerar la idea de repetición en la historia será solo para entenderla como una posibilidad de que el “hecho” del pasado represente un proceso homologable al del presente. Pero en el caso del tiempo lineal la situación es distinta. Después de todo, la idea de que haya un fin del tiempo histórico facilita que la conciencia que hay sobre la temporalidad esté en definir algo decisivo, y que el alcance de la acción sea distinto.

Por otra parte, la discusión sobre la forma y sentido del tiempo está enraizada en el problema de la aceleración del tiempo histórico, pero sobre todo en la dificultad que hay para desentrañar cómo debe abordarse un escenario inédito. En este punto, el desafío será encontrar el vínculo entre lo particular y lo universal, que si bien lo hemos conceptualizado como la situación de lo local/global; la noción de distancia, en términos geográficos, perderá, progresivamente, el sentido que posee en el presente.

Por último, como ya dijimos, que exista una ínfima posibilidad de que sea efectivo el tránsito del control hacia el uso, en el plano social, hace que la única postura válida sea la de asumir que debe haber respuestas para impedir el dominio absoluto sobre la conciencia de los hombres. De este modo, la historia se convierte en un argumento para hacernos conscientes del cambio, donde el suceso del pasado se convierte en un símbolo. Sin embargo, lo anterior debe ser complementado con la disputa por el significado que tiene un acontecimiento histórico, porque son los elementos que componen el relato mítico que sostiene a una sociedad.

Bibliografía:

Agustín de Hipona. (2011). La Ciudad de Dios, Capítulo VI. NoBooks

Burroughs, W. (1985). “The Limits of Control” en The Adding Machine: Collected Essays. Londres, Reino Unido: John Calder

Evola, J. (1987). Cabalgar el Tigre. Barcelona, España: Nuevo Arte Thor

Lyotard, J. (1987). La condición posmoderna. Buenos Aires, Argentina: R.E.I

Marx, K., (2003). El 18 brumario de Luis Bonaparte. Madrid, España: Fundación Federico Engels

Ortega y Gasset, J. (1966). La decadencia de Occidente: Proemio, Tomo I. Madrid, España: CALPE – Spengler, O. (1966). La decadencia de Occidente, Tomo I. Madrid, España: CALPE


[1] El tiempo circular es una idea presente en diversas culturas, entre las cuales está la de los antiguos griegos, que es de donde Friedrich Nietzsche se inspira para elaborar su propia interpretación, con el nombre de “eterno retorno”, que puede ser encontrado, principalmente, en los libros “La gaya ciencia” y “Así habló Zaratustra”. En “La historia de la eternidad”, Jorge Luis Borges sostiene que la idea del “eterno retorno” de Nietzsche, implica que: “El número de todos los átomos que componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y solo capaz como tal de un número finito (aunque desmesurado también) de permutaciones”. 

[2] Para examinar la teoría de la “anaciclosis” propuesta por Polibio de Megalópolis, se debe recurrir al libro VI de la obra “Historias”, a partir del punto número 3 de la página 154.

[3] Los cuatro iugas (Satia, Treta, Duapara y Kali) completan un Majā-iugao “gran era”, que se extiende por 4.32 millones de años, y están descritas en el “Srimad Bhagavatam”, un libro que relata el ciclo de historia del universo desde la perspectiva hinduista.

[4] La idea de las “sociedades de disciplinamiento” y las “sociedades de control” provienen de líneas de pensamiento elaboradas, respectivamente, por Michel Foucault y Gilles Deleuze.