Métodos de contraofensiva revolucionaria: «La escena musical underground durante la dictadura chilena (1984-1989)»

Jorge Marchant D.

A lo largo de la dictadura del General Augusto Pinochet, se pueden apreciar distintas formas de resistencia y oposición al régimen. Dentro de estas formas, donde destacan todo tipo de artes, nos centraremos en la música hacia el fin de la dictadura, en específico entre los años 1984 y 1989. Tomaré estos años como clave, ya que conformaron un cambio de estrategia por parte de la izquierda, que pasó de una resistencia -“apagón cultural” incluido-, a una contraofensiva revolucionaria, con el movimiento rock como elemento principal. Así, tras superar el repliegue propio de la derrota de septiembre de 1973, proyectar una ofensiva iniciada desde los años 80’, es necesario también un cambio de actitud, que otorgaría el rock. El discurso y movimiento rock devienen en la clave, ya que no sólo permite un proceso de rearmado de las bases, sino también de desarrollo y unificación de ideas y actitudes, que operan como centro de un proceso de dirección de masas. En este sentido, tomaremos como año inicio, a pesar de influencias anteriores, tanto extranjeras como nacionales, el año 1984 con la publicación de “La voz de los ‘80”, de Los Prisioneros.

El rock representa mucho mejor que el “Canto Nuevo” la rebeldía anárquica, porque el rock es compulsivo y no reflexivo. ¿La revolución escuchando a Silvio Rodríguez? Para salir a las calles se requiere música que mueva a la acción, no que mueva a la reflexión… ¡El rock es lo que decía el Che, revolución siempre! (La Bicicleta N°43, 1984, pp. 27-28) Incluso Horacio Salinas, de Inti Illimani, reconoció, en una entrevista (Canal 13, diciembre de 2013), que “lo importante en Gramsci son las hegemonías culturales. La izquierda había comprendido que había que cambiar la estrategia para cambiar los paradigmas impuestos por la dictadura”. Asimismo, Salas (La primavera Terrestre, pág. 180) expuso que “uno de sus méritos (de los Prisioneros) es que reimpusieron desde el pop[1], un discurso de crítica social con un lenguaje directo, en imágenes que hablaban de la juventud real, sin idealizaciones ni metáforas, y demostraron con ello que la contestación no era privativa del “Canto Nuevo”, ni de los artistas de la izquierda tradicional. Pero esta misma autenticidad es la que los separa totalmente del resto de las bandas del Pop Chileno, pues allí donde ellos acusaban resentimientos de clase, la frivolidad de los otros poperos era insufrible. Los Prisioneros eran un grupo pop de características posmodernas que reflejaron el desconcierto vital de una década donde imperó el relativismo moral y el descreimiento”.

“Las revoluciones… sin música, sin himnos, sin lemas sonoros y de fácil aprendizaje; serían revoluciones sordomudas, que nadie escucharía o recordaría. Pero al escucharse y comprenderlas queda grabada en la memoria histórica de los pueblos.” (García, Miguel. La revolución en la música y la música en la revolución, 2007, pág. 11). Y es que esto se cuenta prácticamente solo, ¿quién no se sabe “La voz de los 80” o “El baile de los que sobran”? Son canciones que marcan una periodo histórico y que comunican y transmiten todo el sentimiento de una época, marcados por el existencialismo y la indiferencia hacia la sociedad. Este fenómeno no es sólo local, sino también mundial. Representado en lírica, melodía y actitud por el movimiento post-punk y new wave británicos, más que el punk, pero que, sin embargo, aquí en Chile, dadas las condiciones de la dictadura, convivían incluso todos juntos, porque los espacios para el desarrollo eran escasos. Aquella generación se había “abismado en el malestar sombrío y en la angustia asfixiante de Dostoievski, Kafka, Conrad y Beckett. A la manera de micronovelas de tres minutos, sus canciones abordaban dilemas existencialistas clásicos: la lucha y el sufrimiento de ser un “yo”; amor contra aislamiento; el absurdo de la existencia; la capacidad humana para la perversión y el resentimiento; la perenne sentencia: “suicidarse: ¿Por qué  no?” (Reynolds, Simon. Después del Rock, 2010. Pág. 40-41).Esto se ejemplifica en muchas canciones de la época en Chile: “Yo soy de esta generación / Vivo dentro de un televisor / Buscando siempre la conexión / Mi vida no tiene ninguna ilusión” (Aparato Raro, Conexiones televisivas, 1985). «No estoy, / No tengo razón ni fe / No, no tengo motivación / No estoy… / No soy, / No tengo valor ni dios / Oh no tengo un corazón / No, no, no, no, no soy.» (Nadie, Ausencia, 1987).

El período postpunk (como Generación) comenzó con la parálisis, frustración y estancamiento de la política de izquierda” (Reynolds, ídem). Las críticas, provocadas por este nuevo tipo de cantar, bailar y escuchar, surgen no sólo como tendencia, sino también como contestación. Volviendo a “La Voz de los 80”, este álbum “fundante”. En relación con lo anterior, Alfredo Lewin es muy claro: “Aquí se respira punk rock en cada tema. La canción que le da el nombre al disco es nuestro equivalente a “Smells like teen spirit” de Nirvana. El resto de los temas son la dinámica urgente del desasosiego personal y social. Algo estaba cambiando en 1984 y Jorge González llegó para expresarlo con una lucidez digna de Bob Dylan o Joe Strummer. Por su pulso rítmico, afortunadamente la voz se oyó fuerte y clara, un fenómeno de masas” («Discografía chilena imprescindible». Blog Paula. 27 de agosto de 2011). Sin embargo, Los Prisioneros nunca se consideraron partes del movimiento punk ni del movimiento hippie –otro movimiento contracultural anterior-, y afirmaban, en la canción “La voz de los ’80”, que la atmósfera estaba saturada de aburrimiento. “Los hippies y los punks tuvieron la ocasión de romper el estancamiento / en las garras de la comercialización murió toda la buena intención”.

En su “Historia sobre la gestación de la Contracultura”, Theodore Roszak explicaba la eclosión del underground, y por extensión del Rock, debido a una serie de estímulos germinales de una sociedad en transformación; tales estímulos eran todos, sin excepción, de carácter libertario. La historia da cuenta entonces del mayor movimiento de disenso juvenil del siglo XX, desintegrado finalmente debido a sus flaquezas estructurales en el lineamiento político de su programa transformador. (Salas, Fabio. Incendiemos el Supermercado. P. 63). Estos estímulos libertarios surgen como consecuencia del ambiente represivo de la dictadura, que facilitó el surgimiento de una contracultura desde el underground chileno, donde destacan muchos lugares en los que se realizaban tocatas, fiestas de toque a toque y realización de diversas performances. Se desarrolla la ludicidad y lubricidad por medio de la fiesta, que es en sí subversiva (en palabras de Jordi Lloret, creador de Matucana 19) y, por tanto, transgresora hacia la dictadura. Elegían, por ejemplo, el uso del disfraz ante el uniforme, y, en vista de aquello, una lógica, no de agresión como asume por ejemplo el PS o el PC contra la dictadura, (FPMR, por ejemplo), de transgresión, como asumirían estos grupos aparentemente no militantes, pero sí, transgresores del propio orden establecido por la sociedad, en este caso representada por la dictadura. Esto nuevamente se puede apreciar en la música desarrollada en la contracultura: “Yo no me trago más tus verdades / tu moral y tu tradición / (…)/ no quiero estar en tu sucia guerra / ni militar ni militante / si voy a luchar por la libertad no transaré mi individualidad”. (Dulce decepción, Aparato Raro, 1985). Esto también es apreciable en: “Me escondo de las leyes, / me divierto con tu cara / cuando quiero miro el diario y digo (…) Es el mundo de los inadaptados / Es el mundo de los incomprendidos” (Cinema, Locos rayados, 1986).

Este orden establecido, o nuevo orden establecido, basado en el materialismo neoliberal, debía ser subvertido con el fin de crear en Chile un “otro comienzo”, en base a una nueva forma de cultura[2] . En la contracultura, no se pretende adquirir poder político, más bien se desea vivir con libertad, sin preocuparse de las propias leyes establecidas por la sociedad. Se busca el cambio en las normas establecidas, subvirtiendo el orden existente, por medio de actividades aparentemente no militantes, pero que, sin embargo, responden a patrones ideológicos. Las críticas sin embargo se dirigen a todo y contra todos, incluidos también a los “vendidos” al sistema neoliberal y monetarista: “¡Que locura ver, te manejan con un sueldo! / ¡Que locura ver! / Te manejan con dinero, / No con balas de cañón / Cierran un poco la llave / Y se acabó la expresión / Está todo construido instalado y anda bien / Nos reparten monedas nada para comer /Queda alguna fantasía, para poder sonreír / Queda alguna hipocresía para salir del paso / En el momento de los quiubos, / El billete dice la verdad / Manejan con dinero, una ilusión de libertad”. (UPA!, Sueldos, 1986)

Los Prisioneros evidenciaron la existencia de situaciones sociales que resultaban ser la consecuencia de un estado de dominación capitalista y de clase (representado por el orden dictatorial). En su canción, «Por qué los ricos» el grupo proclama: «Van a sus colegios / a jugar con las monjas de la caridad / con sus cuerpos llenos de comida / crecen como europeos, rubios y robustos / Les limpiaron el camino a la Universidad… Y en las escuelas numeradas / nos enseñan humildad y resignación / Nos explican que está de más intentar pensar siquiera en ser profesional / ¡Tu educación es una porquería / yo con esa ni siquiera trataría / Dedícate a ladrón, a vago o esclavo! / Por qué, por qué los ricos tiene derecho a pasarlo bien, tan bien… Tantos Mercedes, tanta comida, por qué / Dime por qué / Tantas palabras / Tantas mentiras…» (Los Prisioneros, Por qué los ricos, 1986).

Además, otro ejemplo de esta subversión al régimen de Pinochet es “Lo estamos pasando muy bien”, también de los Prisioneros, dónde inicia Jorge González, imitando a un alto mando de la dictadura que proclama un discurso sobre el himno nacional interpretado en sintetizador. Esto incluso hoy podría llegar a parecer normal, pero tenemos que situarnos en el contexto de una dictadura militar[3]. La canción continúa con una fuerte crítica a la sociedad de consumo y el nuevo sistema neoliberal, pero al estilo de los Prisioneros, con el uso importante de la sátira y el sarcasmo, presentando esta sociedad como lo mejor que nos pudiese pasar en tono de burla.

De esta forma, se forjó a lo largo de la Dictadura de Pinochet un movimiento rock chileno. Las bandas devinieron en vanguardia, que importaron múltiples vertientes de rock, (hasta ska o reggae, por ejemplo), y fueron capaces de orientar, organizar y movilizar a la juventud chilena, que los hizo irrumpir en el escenario social para condicionar los procesos políticos que vivía el país, porque “por abajo algo se viene” (UPA!, Ella llora, 1988)

En este proceso de subversión por medio de happenings y contracultura, jugaría un rol clave la música, que lideró el ataque (que no es ataque en sí, subvierte, no agrede), lo que se puede ver representado en el sonido y las letras, así como el movimiento en sí. Existe un cambio radical, tanto en la lírica como en la melodía, marcado sobre todo por la aparición del sintetizador, que permite el reemplazo de anteriores instrumentos utilizados por la música popular, sobre todo la nueva canción y canto nuevo.  En el tiempo, el proceso vivido por las bandas de rock, y sus sistemáticas actuaciones en discotecas, centros comunitarios, sedes sindicales, instalaciones deportivas, establecimientos educacionales e incluso comunidades religiosas, permite la gestación de un aparato autónomo, capaz de movilizar juventudes y de articular un movimiento de gran trascendencia política. 

Lo que sería aquel ataque, en estricto rigor, contraofensiva, a través de la contracultura, el teórico del rock, músico y poeta, también contracultural, John Sinclair consideró: «El rock and roll es la música (…) revolucionaria por excelencia. (…) No puedes crear un orden revolucionario si cada uno en sus actos en su vida cotidiana no se comporta de manera revolucionaria (…)la música (…) les hace moverse, movilizarse, les da el empuje inicial que necesitan para ponerse en marcha (…)llenaremos la forma revolucionaria de la música del rock & roll con un contenido definitivo, muy concreto e inequívocamente revolucionario y llegaremos a entender cada vez más y a hacer más uso de nosotros mismos y de nuestra música como armas del cambio revolucionario”.(Sinclair, John. Guitar Army, Munster Distrolux Editor, 2012, págs. 57 – 58). Sinclair llamó a llevar a cabo el “¡Asalto Total a la Cultura!” mediante el progresivo desarrollo de una “enloquecida guerrilla de rock & roll”. “Se acabó el tiempo de los lindos ideales / No hay más que ver a esos tontos intelectuales / O te preparas a morir en las trincheras / O esperas en tu cuarto la tercera guerra”. (Aparato Raro, Calibraciones, 1985).

En este sentido, Chile no es más que una respuesta a un movimiento mundial, pero como hemos sostenido también, con sus propias particularidades. ¿Cuál sería en Chile, entonces, esta “guerrilla” rock and roll? Nunca fue dicho explícitamente, pero sí se puede inferir: Son hermosos ruidos (quebrazón de vitrinas) / que salen de las tiendas / atraviesan a las gentes y les mueven los pies / baterías marchantes, guitarras afiladas / voces escépticas que cantan de política. (Los Prisioneros, We are sudamerican rockers, 1987). Las baterías no marchan y las guitarras no se afilan, pero se han transformado en verdaderas armas, que permiten el enfrentamiento a un régimen que no comprende que está bajo ataque. Y, si es que según Nietzsche “En todo ataque retumba un tambor batiente” (F. Nietzsche, Así habló Zarathustra, pág. 119), este tambor claramente no se equivoca, sino que dirige. Nuevamente los Prisioneros tenían esto claro: “Somos sólo ruido / (…) / Los tambores equivocan / (…) / Los teclados distorsionan / Una voz que grita algo / Apenas si se entiende / El espectáculo es corto y aburrido / Todo es una pobre escena / Las luces se han quedado dormidas / Y suena tan mal / (…) / Es tan malo el espectáculo /  (…)/ Si algo nos conforma / Es que ellos no tienen idea.” (Los Prisioneros, Somos sólo ruido, 1987).

Aquella generación legó un sonido, una actitud y una lírica que difícilmente serán olvidadas por el subconsciente de la sociedad chilena, así como la dictadura tampoco lo será. Gobiernos que nunca comprendieron el poder que la música significaba, para mover y conmover masas, en casos movidos por el sentimiento, otros por la razón. Los motivos pueden ser muchos y variados, pero la lógica es una sola. El movimiento de masas, orientando, dirigiendo y direccionando procesos políticos, marcados por su canto, que los hace inolvidables. Y es que el canto, el baile y la música, adquieren calidad revolucionaria ya que intervienen y transforman la creencia de los sujetos en escala de masas, desencadenando un proceso de traspaso de fuerzas, transfiriendo un poder social y político, irrumpiendo políticamente. La música es parte principal de cualquier movimiento político. Canto, música y baile, resultan ser coeficientes vitales en la lucha por la hegemonía política. Para qué adelantar quién ganó, si hoy en día son más los que cantan “La voz de los 80”, que los que cantan “Libre”, menos aún reconvertida y apropiada como marcha.

Para terminar, Platón fue enfático en cuanto a la música: “Y si algún poeta dice: Los cantos más nuevos son los que más agradan, no se crea que el poeta se refiere a canciones nuevas, sino a una manera nueva de cantar, y por lo mismo no deben aprobar semejantes innovaciones. No debe alabarse ni introducirse alteración alguna de esta especie. En materia de música han de estar muy prevenidos para no admitir nada, porque corren el riesgo de perderlo todo… no se pueden tocar las reglas de la música sin conmover las leyes fundamentales del gobierno” (Platón, Diálogos IV: La República, 424b.). Y es que es imposible separar a la música del aspecto político.

Bibliografía:

García, Miguel. La revolución en la música y la música en la revolución. Universidad Pedagógica Experimental Libertador, 2007.

Nietzsche, Friedrich. Así habló Zarathustra. RBA colección, 2002.

Platón, (1988), Diálogos IV: La República, España: Madrid, Editorial Gredos, Libro IV.

Revista “La Bicicleta”, N°43, 1984.

Reynolds, Simon. Después del rock. Editorial Caja Negra, 2010.

Salas, Fabio. Incendiemos el Supermercado. Escritos Contraculturales, 2006.

Salas, Fabio. La primavera terrestre. Editorial Cuarto Propio, 2003.

Sinclair, John. Guitar Army. Munster Distrolux Editor, 2012.


[1] Fabio Salas utiliza el término pop a lo que yo refiero como rock chileno.

[2] Por ejemplo, la canción “la cultura de la basura” de Los Prisioneros, 1987. “No vamos al estadio / Escuchando radio / Nos carga Julio Iglesias y el jabón Lux”, haciendo referencia a gustos y productos de la época.

[3] “Damas y caballeros, compatriotas, amigos todos: estamos aquí reunidos para celebrar y dar comienzo al Año Internacional de la Felicidad. Con el lema «soy pobre, pero estoy contento» queremos simbolizar toda una disposición. Un ánimo excelente de nuestra gente que, sin duda, desmiente categóricamente todo lo que se ha dicho e inventado sobre nosotros, la noble comarca de Villa Feliz. Y para comenzar esta fiesta, nuestra banda interpretará el himno oficial de la buena onda… ¡esa onda!”.