Darin McNabb: «Veo mucho dogmatismo en el gremio académico de los filósofos»

Control, vigilancia, cambios, el miedo ante la muerte y la vida como mera existencia son algunas de las temáticas que explora el académico y youtuber de “La Fonda Filosófica”.

Por Matías Durán

En medio de una atmósfera mundial marcada por cuarentenas, protestas, incertidumbre y creciente malestar social, el creador “La Fonda Filosófica”, canal de YouTube con más de 160 mil suscriptores, Darin McNabb, reflexiona con Entre Líneas sobre el papel de la filosofía en la actualidad.

Para Darin, doctor en Filosofía y docente universitario especialista en la obra Charles Sanders Peirce, los cambios en el horizonte serán veloces y avasalladores. La presencia, o ausencia, de acciones frente a estos, dependerán de cada persona. ¿Qué hacer frente a estos cambios? La apuesta del creador de la “La Fonda Filosófica” es continuar ofreciendo un espacio de difusión libre y sin costo a través de YouTube.

“Es importante, si vivimos en una democracia, que la gente tenga la capacidad de razonar sobre todas las posibilidades de interpretación de los fenómenos”, afirma el youtuber desde el estudio de su casa.

Desde la “Fonda Filosófica”

– En su canal de YouTube, la “Fonda Filosófica”, hay referencias regularmente a diferentes autores, de distintas épocas, escuelas, países y tradiciones. Además, usted ha hecho series de Heidegger, Hegel, Kierkegaard, Deleuze y Foucault. Uno se pregunta entonces, ¿cuáles son sus referentes en la filosofía? ¿Qué autores lo representan más?

– Yo diría que Nietzsche, por su espíritu; Charles Sanders Peirce, porque hice mi investigación doctoral sobre él y lo conozco muy bien, inevitablemente sus ideas pragmatistas y semióticas me parecen muy sugerentes; Spinoza, simplemente porque es el príncipe de los filósofos, como le llama Gilles Deleuze, el prototipo del filósofo racional. Y últimamente a Adorno.

– ¿Cree que hay algo deseable fuera de la modernidad o la modernidad debería ser el canon que deberíamos seguir infinitamente?

– No me gusta la idea de un canon, para nada. Es decir, hay que ir donde el pensamiento nos lleve, y siempre tratar de ser crítico. Eso de moderno y posmoderno, son clasificaciones que ponemos sobre las cosas. Yo tiendo a pensar más bien en autores.  Gilles Deleuze, filósofo francés post-estructuralista, fácilmente podría decirse por su obra que era post-estructuralista y ya, pero al mismo tiempo se consideraba como un metafísico puro y duro en lo que estaba haciendo. Y su pensamiento no sería lo que es si no hubiera leído a Hume, a Leibniz, a Descartes y a toda la tradición. Entonces, para mí Deleuze es un ejemplo de alguien para quien esas distinciones no tienen sentido. El tema aquí es poder utilizar el pensamiento de cuando sea, sea Platón o Nietzsche, para perturbarte y sacarte de tu zona de confort, de tus prejuicios intelectuales, y hay muchas partes donde, por ejemplo, en el caso de Platón, donde Deleuze señala algo de un diálogo que para mí había pasado desapercibido y cambia por completo mi forma de ver a Platón y las posibilidades de pensar el presente. Entonces, yo simplemente no me clasificaría ni como moderno, ni posmoderno.

El lugar de la filosofía

Actualmente, si bien el acceso a determinados contenidos está a la mano gracias a la Internet, las barreras para acceder a la filosofía son evidentes ¿por qué se ha distanciado el saber de la gente común?

– Hoy en día estamos viendo las consecuencias de un descuido de este rigor necesario para el pensamiento. Vivimos la época de la posverdad, las fake news, de las “cámaras de eco” digitales, donde las redes sociales sólo refuerzan los prejuicios de la gente sin cuestionarlos ni problematizarlos. No me gusta la idea de que la filosofía se restrinja a una actividad que tiene sus propios vicios en el mundo académico, porque el espíritu de la filosofía está en el pecho de todos y yo creo que los académicos descuidan ese contacto con la gente. Eso es algo que he pretendido atender cada vez más en la Fonda Filosófica, acercar esas ideas a veces difíciles, más abstractas, a un público que, de alguna forma u otra, tiene esas preguntas en su propia vida.

– ¿Qué rol juegan los filósofos o quienes estudian filosofía frente al mundo?

– Pues, yo creo que hay muchos temas de la filosofía que se estudian de forma académica y que no son del interés de una persona normal de la calle. Muchas veces alguien está buscándole sentido a la vida, por qué estoy aquí, por un lado. Por el otro, yo creo que estamos enfrentando problemáticas en que la capacidad de razonar de forma medianamente objetiva es fundamental. Me refiero a fenómenos como el cambio climático, la pandemia de coronavirus que estamos padeciendo, y otras cosas que nos enfrentan de forma existencial y que amenazan con cambiar la vida de forma muy profunda, y es importante que —si se trata de una democracia— la gente tenga la capacidad de razonar sobre todas esas posibilidades de interpretación de los fenómenos.

– La filosofía tendría lugar frente a dicha necesidad, pero ¿qué riesgos actuales implica tal esfuerzo?

Hoy en día las teorías de la conspiración son muy llamativas para la gente. En la medida que vivamos en una democracia, es importante que los que estudian la filosofía puedan responder ¿qué puede hacer uno, cuando se encuentra con una afirmación, una teoría, un punto de vista, del que la gente duda? Eso es algo muy importante hoy en día en cuanto al papel del filósofo. Veo mucho dogmatismo en el gremio académico de los filósofos que se agarran de una idea y simplemente la argumentan y defienden. A mí me preocupa mucho mi propio dogmatismo. No conozco a nadie en todo el mundo que tenga completamente la razón, y yo mucho menos. Hay grandes genios en el mundo, y escuchándolos no estoy de acuerdo en todo lo que dicen. Y si es así, con mucha más razón, yo mucho menos tengo la razón. A lo que voy es que trato de estar cada vez más consciente de mis propias limitaciones “dogmatistas”. Es muy importante que aprendamos la capacidad de ser realmente autocríticos. Es un arte bastante difícil entre los propios filósofos y profesionales académicos. Hay mucho por hacer y es un camino bastante complejo.

La nula vida y el rol ideal de la filosofía

La pandemia nos ha acercado a la muerte, algo que hace décadas dejó de ser cotidiano en las culturas occidentales y para-occidentales. Luego de las barbaries y genocidios del siglo XX y el pánico de la guerra nuclear, la amenaza de la muerte masiva está de vuelta.

– Respecto a la muerte, que se ha hecho más cotidiana con la pandemia: ¿Cree que en nuestra sociedad hay mucho apego a la vida, o hay más temor a la muerte?

– A lo mejor hay más apego a la vida por temor a la muerte, la gente queriendo aferrarse a la vida. Pero eso es lo que siempre ha estado en la base y lo he analizado en términos generales: el temor a la muerte, a lo desconocido. Para mí es muy mundano. El miedo como motivo de la acción de la vida me parece muy bajo e indigno de una vida propiamente humana. Entonces, en lo que me queda de vida, trato de vivirla pensando que lo desconocido no influye en nada después de la muerte. A lo mejor hay vida después de la muerte, a lo mejor existe Dios, a lo mejor hay algo. Tiendo a pensar que no hay nada y que será un eterno sueño. En nuestra sociedad y en la vida que tenemos, hay muchas distracciones obviamente, que nos alejan de una vida más plena. Creo que Blaise Pascal dijo que la mayoría de los males que padece el hombre se tratan de una sola cosa: su incapacidad de sentarse solo en su cuarto un tiempo sin hacer nada. La incapacidad de vivir sin distracciones. Muchos de nuestros males, las cosas que inventamos para distraernos de temas importantes, el consumismo, frivolidades y cosas por el estilo; lo veo en la sociedad. Ni siquiera lo veo como un apego a la vida. Está reducida a un mínimo en sus posibilidades, y yo diría que sólo hay apego a la mera existencia, como dice el filósofo italiano Giorgio Agamben, la nula vida.

– ¿Cómo deberíamos vivir la vida? ¿Es importante desear la trascendencia?

– En inglés tenemos una frase, ignorance is bliss… es dichoso ser ignorante. Para la gente ignorante, todo es muy sencillo. Sin embargo, ¿quién soy yo para decirles que está mal lo que hacen? Están viviendo bien, están felices. Sócrates nos dice que una vida sin examen no vale la pena vivirse. Hay gente que no examina su vida, aunque a lo mejor en algún momento de la vida de algunos llega esa experiencia. Esos momentos donde la vida deja de ser transparente y sencilla, en que se problematiza.

– Como lo que usted menciona en la serie de videos de Heidegger, que, en algún punto, se nos presenta la conciencia desnuda y enfrentamos la vida como algo atemporal.

– Efectivamente. ¿Y cómo responder a eso? Ahí la respuesta de nuestra sociedad es cubrirlo con compras, llenarse con alguna ideología o alguna adicción, droga, o algo por el estilo. Por cierto, un excelente libro en esta cuestión es “El malestar de la cultura” de Sigmund Freud y tiene que ver precisamente con el choque del individuo y la colectividad y el hecho de que la sociedad tiene que sacar energía del individuo: para que haya civilización, necesita que el individuo invierta tiempo y energía en ese trabajo social; votando, siendo ciudadano. Eso causa un choque psíquico y Freud analizó muchas formas que la gente tiene de apaciguar ese choque: las drogas, el arte, la literatura, la religión; toda una gama de cosas. Volviendo a la pregunta inicial ¿Qué digo sobre vivir la vida? Pues, nada. Soy una persona que tiene el lujo y privilegio de dedicar su vida a explorar éstas cuestiones de forma académica, como a modo de diversión. Hay gente que es padre de familia, con responsabilidades y deben trabajar toda la semana en algo que puede que no les guste y vaya, hay formas de vivir que no son propiamente freudóticas o socráticas. La filosofía es un lujo. Hay gente común que tiene cierto impulso filosófico a razonar y esas cuestiones, pero la verdad es que la filosofía y la vida en torno a ella es un lujo.

– ¿La gente que no produce conocimiento, pero vive o piensa filosóficamente, existe? ¿O vivir así sólo puede ser producto de un privilegio?

– Es una buena pregunta porque, porque si estamos hablando de reflexionar y pensar sobre esas cuestiones lo real es que necesitamos gente que recoja la basura, que cultive la comida, que se dedique a cosas que no-filosóficas. En ese sentido, la filosofía como decía —en especial la académica— es un lujo. Hice un video durante mi viaje a Sudamérica, acerca de qué significa vivir filosóficamente. ¿Cómo podríamos distinguir a alguna persona en la calle y decir “esa persona está viviendo filosóficamente”? ¿Cuáles son esas características y criterios? Es algo difícil de responder, como si quisiera, digamos, dar una serie de cualidades o características a una vida para calificarla de filosófica. Creo que es imposible. Con tal de que alguien cumpla esto de forma filosófica, siempre podemos encontrar contra ejemplos. Pero bueno, quizás para responder y hablar acerca de mi experiencia con “La Fonda Filosófica”, mi canal de YouTube, una de las cosas que más me ha sorprendido es la cantidad de personas que no estudia filosofía en una universidad y tiene interés en ella. Ellos la ven demasiado abstracta, difícil, y en el canal pueden acercarse. De alguna forma están viviendo filosóficamente como Diógenes en su barril. Afortunadamente, mis videos han podido resolver esas inquietudes sobre ese movimiento de pensamiento, y al menos eso es algo que a mucha gente les ha dado ese gusto que describe Aristóteles al final de La Ética a Nicómaco, de la vida contemplativa. Y esta reflexión sobre las ideas o relaciones y sus implicaciones es algo inherentemente placentero, para algunos da cierto consuelo en un sentido estoico o spinozista. En otros, me han dicho que les da la capacidad de expresar mejor sus opiniones en contextos sociales y políticos.

–  ¿Cree que la vida contemplativa es algo a lo que todos deberían apuntar?

– Mira, el peligro de eso es que uno termine viviendo en un castillo en el aire. Y en muchos sentidos es así. No quisiera que la filosofía fuera simplemente un consuelo, como en el libro de Boecio, “La consolación de la Filosofía”. Tiene su lugar el estoicismo frente a la muerte. Hay cosas que verdaderamente no pueden cambiarse en la vida, pero hay muchas cosas que sí. Cuando la gente habla de esta pandemia como una contingencia, me llama mucho la atención que lo vean de esa forma. Técnicamente lo es, pero la indicación sería que antes no lo era. Tenemos esa normalidad, y luego esta contingencia que cambia todo. Me parece una forma errada de ver no sólo eso, sino la vida en general. La vida en su totalidad es una contingencia, es temporal. Nuestra existencia es una contingencia. Entonces, no quiero que la filosofía sea un consuelo.

La noche después del virus

Así como la muerte ha vuelto a ser un tema de debate diario, la conversación y meditación sobre el control social también se ha vuelto habitual. El autor surcoreano Byung-Chul Han ha escrito del tema de forma lúcida y actualizada, resaltando las virtudes de algunos países asiáticos como China, Corea del Sur y Japón para enfrentar este escenario de colapso traído por la pandemia. Mejores costumbres colectivas como el uso de máscaras, ingeniería social y coordinación por medio de sistemas digitales altamente sofisticados explicarían el éxito de los asiáticos. Mientras, países occidentales como España o Italia, les ha resultado mucho más complicado principalmente porque no cuentan con mecanismos de control social tan coordinados.

– ¿Qué cambios podríamos esperar respecto al control social después de la pandemia?

– Mira, la verdad no lo sé. Por un lado, está la “Sopa de Wuhan”[1], una colección de escritos de Žižek y Byung-Chul Han, junto a varios otros filósofos tratando de descubrir qué podría pasar con esto. Por un lado, uno no debe ser pasivo y simplemente dejar que las cosas pasen sin pensarlas. Al mismo tiempo, lo que pasa es demasiado, de momento, fresco y caliente, que incluso revisar el futuro inmediato se hace complejo. Hice una serie de Foucault y un poco de Deleuze hablando de eso.Foucault habla de la vigilancia: Vigilar y castigar. Dejé sobre la mesa algunos conceptos de cómo funciona el poder en la formación de la identidad. Lo que puedo decir con certeza, es que la mayor parte del control que vendrá, lo hará por el lado digital. Por la capacidad de medir y modular datos: desde estados biológicos, emocionales, psicológicos, patrones de rastreo de Internet. Se arma todo un yo digital, que puede ser bastante manipulado. Ahora, aquí sí haré un pronóstico: yo creo que la pandemia ha demostrado que el proceso de globalización ha llegado a un pico. Ha llegado a un nivel tan alto y extremo, que va a empezar a bajar en varios sentidos: el movimiento de la gente, los viajes, aerolíneas, las cadenas de suministros de materiales para diferentes productos. Estar demasiado disperso a lo largo del planeta, de modo que las naciones en particular se encuentran indefensas ante cosas básicas, depende de demasiados factores que no tienen bajo su control. La gente va a retraerse, tanto física como mentalmente. Entonces, la filosofía requiere de cierta distancia del fenómeno. Hegel decía pues que Minerva vuela al anochecer. Ese búho es la imagen de la filosofía y la filosofía tiene su quehacer después de los hechos, o sea, en el anochecer. Por un lado, quisiera pensar que la filosofía puede incidir en nuestra orientación del momento, pero al mismo tiempo reconozco que uno necesita cierta distancia y cierto tiempo para ver todos los elementos que configuran esa realidad que estamos viviendo y pensarlo bien.

– ¿Qué se puede hacer ante todo este control digital que aumentará?

– Uno debe ver en qué medida puede bajar su huella digital: desenchufarse del sistema, hablando de Matrix y todas esas metáforas cinemáticas. Me doy cuenta porque soy de una generación que creció en un mundo sin computadoras y sin Internet. Para mí no representa una dificultad regresar a una vida no tan digital. Ahora estoy explorando hacer un par de videos acerca de cuáles son las medidas que tomaré en concreto. Quiero responder a esta experiencia colectiva que estamos teniendo con la pandemia, precisamente para que no regresen las grandes contingencias de la desigualdad, de la dominación, de la discriminación, del racismo, la injusticia,  la muerte, todos estos males que podemos listar acerca del mundo anterior que se fue. Estoy hablando con mucha gente y tratando de pintar un escenario y todo eso a futuro, donde pueda actuar de forma concreta y consciente para mejorar al mundo.

La importancia del cambio y su sentido

Todo indica que el mundo atravesó un umbral, el cambio es definitivo y ahora imparable. Sin embargo, al mismo tiempo es algo que nunca dejó de ser así, solo que ahora es más evidente. Lo importante entonces, es comprender su sentido para entender qué nos depara el futuro como sociedad.

– ¿Podríamos decir que el cambio y el sentido de este, es lo central en la reflexión actual?

– Sí. O sea, hice un video regresando a México, reflexionando sobre el coronavirus y ahí toco el problema con el cambio; a fin de cuentas, dije todo cambia, entonces haga lo que haga, las cosas cambiarán. Muchas veces no por el bien, sino por el mal. No estoy de acuerdo con la idea de mucha gente que dice que en esta pandemia estamos todos unidos, que estamos todos en el mismo nivel. No, en absoluto. Seguimos divididos por color, los negros y los latinos en Estados Unidos están muy por debajo de los blancos, por ejemplo. Hay problemas estructurales, sociales, políticos y económicos que esta pandemia ha exacerbado y hoy se notan más. Lo que sí creo que nos hace más unidos ahora, es que nadie puede escapar de esta realidad. Si el príncipe Carlos, el Primer Ministro de Gran Bretaña, si grandes personalidades pueden contagiarse y morir; es que ha llegado muy cerca. Yo creo que, a diferencia de otros momentos en la Historia, hoy más que nunca vivimos un fenómeno a nivel mundial que sacude existencialmente a la humanidad como tal. Esta pandemia ha hecho que los problemas sean más reales que otros fenómenos. Yo creo que son las mejores condiciones, al menos en mi vida, para que las cosas cambien realmente, porque todos están viviendo la misma experiencia de una forma u otra. Eso da un poco de esperanza: yo quiero ver el lado positivo de eso y no ser pesimista como Han. Hay motivos para el optimismo.

– En Chile y Sudamérica, antes de la pandemia, se vivieron protestas y hubo un clima revolucionario similar al que hoy vive buena parte del mundo producto del virus ¿Qué impresión tiene sobre eso?

– Claro, yo no digo que no hayan sido importantes las protestas en Sudamérica. El chiste es que en Estados Unidos, Rusia o Francia, cuando ocurrieron las protestas, no pasaban de ser un reportaje para los noticieros. Era algo anecdótico, que no despertó las conciencias. Obvio que esas protestas se han hecho siempre y hay motivos reales y muy serios para que pasen, pero como dice Marx, en El Manifiesto Comunista: “esto será internacional o no será”. Tampoco estoy haciendo un llamado por un comunismo global con esto, pero si se quiere que el cambio a nivel global sea significativo, tiene que ser un esfuerzo internacional o no será. La tierra es internacional, está globalizada. Entonces, es uno de los criterios necesarios para que un cambio real se dé: debe provenir de una experiencia global. Últimamente he leído a Theodor Adorno. Por un lado él es muy pesimista, y yo creo que en base a él puedo contestar la pregunta de qué va a pasar. Porque hablamos de revolución y pensamos en Marx y que el proletariado va a vencer y va a haber justicia. Yo no creo en eso. No creo que habrá justicia de ese modo en este mundo. Me ha vuelto un poco más pesimista pero me ha hecho más honesto intelectualmente. Como un pesimismo realista, que no trata de encubrir las condiciones del sufrimiento actual con sueños de un futuro que no vendrá; sino a este constante cuestionamiento de cuáles son la propias nociones de dialéctica. Quiere decir que la situación actual, y eso nos remite otra vez a eso que dije, cambia. La dialéctica quiere decir que todo eso que tenemos ahora mismo, es lo que es, porque va a convertirse en lo que no es, según Hegel. Para él las contradicciones se van haciendo cada vez más y más grandes, hasta llegar a encapsular lo absoluto y todo se resuelve. Y en Adorno, no. Entonces, hay esperanza porque la realidad, lo que existe en este momento, no está fijo, tiene sus condiciones, y esas condiciones cambian y deben aprovecharse.

– ¿Cree que las protestas americanas terminarán en revoluciones violentas o seguirán un proceso de cambio institucional?

– Yo creo que el deseo de volver a la normalidad es tan fuerte, que el impulso al principio, va a estabilizar las cosas, lo que implica que vamos a volver al sistema que teníamos antes. La gente no está de humor de una gran revolución. Yo creo que los cambios serán más institucionales que otra cosa. Por ejemplo, la idea de un ingreso universal básico, cada vez se discute más y se están haciendo experimentos en diferentes países del mundo. Yo creo que eso va a ser una posibilidad muy real. Lo único que sí puedo decir respecto a la pandemia es que, si hay un momento realmente para cambiar el futuro y la política, si hay un momento realmente para cambiar las cosas, es ahora.


[1] Sopa de Wuhan es una compilación de ensayos y artículos elaborado por varios autores contemporáneos, donde estos afrontan la pandemia y sus consecuencias sociopolíticas, al tiempo que ofrecen un «punto de fuga creativo ante la infodemia, la paranoia y la distancia lasciva autoimpuesta como política de resguardo ante un peligro invisible.». Entre sus autores figuran nombres como los de Giorgio Agamben, Slavoj Zizek, Byung-Chul Han, Judith Butler, Paul Beatriz Preciado, entre otros.

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