La vida mediada

«La escuela no produce hombres auténticos; más bien sucede que si algunos han llegado a serlo ha sido a pesar de ella».

Max Stirner

Por Jorge Marchant

Esto se me vino a la mente mientras trabajaba mi texto anterior, El retorno del Hombre: Soberanía interior en la era del ruido, pues utilicé dos ideas de Ernst Jünger que me quedaron a las vueltas.

La primera –y cito textual mi trabajo anterior – es que “Jünger lo intuye en Juegos Africanos: la modernidad no elimina las actividades humanas, las vacía. El cazador sigue existiendo, pero ya no caza: administra. El guardabosques ya no vigila el bosque: llena formularios. La naturaleza no desaparece: se vuelve contabilidad” (Marchant, 2026) y la otra, es que “por conocer a uno solo de esos tipos que imponían respeto, habría renunciado con gusto a todos los honores que se pueden conseguir dentro y fuera de las facultades. Sospechaba con razón que sólo es posible conocer a los hijos naturales de la vida si se daba la espalda a los representantes legítimos del orden establecido” (Jünger, 2004, P. 16).

¿Qué pasó con aquellos personajes interesantes, con historias de vida, con cosas para contar?

Basta con solo mirar a nuestros abuelos y pensar en cómo tenían tanto tiempo. Sin ir más lejos, el mío fue político, empresario, dirigente deportivo, alpinista, bombero, miembro de distintos directorios de clubes e instituciones, además de padre de familia. Y eso solo si intentamos reducir la vida de alguien a una línea.

Mi pequeña conclusión al respecto es que hoy el problema no es la falta de educación. Es el exceso de formación. “Llegar a ser algo”. La expresión en sí resulta antipática.

La masificación de la “academia” hace del hombre una herramienta cada vez más eficaz para la producción, para el orden del capital. Aprender deja de ser descubrimiento y pasa a ser ajuste. El conocimiento deja de comprender la realidad para intentar ordenarla, anticiparla, volverla manejable. Aburrida. Forma operadores capaces de moverse dentro de marcos definidos.

Alguien podría decir que el constructivismo en educación –que cada uno le dé sentido a su propio proceso– solucionó el problema. Pero este no elimina la mediación. Solo la sofistica. Ya no forma al sujeto mediante transmisión directa, sino mediante dispositivos de autoformación guiada. El alumno “construye” dentro de un marco diseñado, con lenguaje, categorías, rúbricas, objetivos, competencias, indicadores y validaciones previamente establecidos. No es el viejo profesor diciendo “repita”. Es el sistema diciendo: “descúbrase a sí mismo, pero dentro de esta plantilla”.

Incluso cuando la educación formal ya no transmite contenidos de manera frontal y se presenta como construcción autónoma, el resultado no cambia demasiado: la experiencia sigue ocurriendo dentro de marcos previamente diseñados. El sujeto no recibe una forma impuesta desde fuera; aprende a producirse a sí mismo según categorías que ya estaban dadas.

La vida, sin pedir permiso

El hombre formado por la vida no sigue etapas ni responde a un diseño. No interpreta la realidad: la atraviesa. Por eso, su lenguaje y formas son distintas. No describe lo que ve, sino que transmite lo que le pasó.

El hombre formado por sistemas, en cambio, habla y escribe como si estuviera siendo evaluado. Hay en él una distancia permanente entre lo que vive y lo que dice, como si todo debiera pasar primero por un filtro.

Esto se vuelve evidente en ámbitos donde antes la vida se imponía sin pedir permiso.

Los grandes actores del pasado no eran actores. Eran hombres que habían pasado por situaciones que no necesitaban ser imaginadas. Venían de trayectorias irregulares. Eran sobrevivientes, desertores, soldados, delincuentes. Llegaban con una vida que no necesitaba ser inventada. No representaban personajes. Los sostenían. Robert Mitchum viajó por todo Estados Unidos como polizón, estuvo preso por vagabundo, fue boxeador profesional y hasta cantante. Lee Marvin fue Marine. No transmitían técnica.

Cuando les tocaba encarnar a un personaje, no partían de una técnica, sino de una memoria. No componían desde cero: reconocían algo que ya estaba en ellos. Hoy el camino es distinto. El actor se forma, estudia métodos, aprende a modular emociones, a reproducir gestos, a construir una presencia. Todo es más consciente, más limpio, más controlado. Pero también más distante. Se aprende a representar la experiencia sin haberla atravesado, y esa diferencia, aunque difícil de definir, se percibe.

Algo similar ocurre con quien escribe. Antes, la escritura aparecía como una prolongación de la vida; no había mayor separación entre lo vivido y lo narrado. Había torpeza, repeticiones, incluso errores, pero había una relación directa con lo que se decía. Hoy el autor se forma en un circuito que lo entrena, ante todo, para leer. Aprende a analizar, a identificar estructuras, a reconocer influencias, a moverse dentro de tradiciones. Todo eso afina la mirada, pero al mismo tiempo introduce una distancia que no siempre se recupera y pulveriza la originalidad. Se vuelve difícil escribir sin pensar en cómo será leído, sin anticipar la interpretación, sin justificar cada decisión. El lenguaje deja de ser un medio y pasa a ser un espacio vigilado. Y así aparecen textos correctos, bien construidos, incluso inteligentes, pero sin urgencia, sin necesidad, sin algo que los empuje desde atrás.

No es casual entonces, que tantos escritores difíciles de reemplazar hayan llegado desde fuera del mundo literario. Joris-Karl Huysmans era un funcionario del Ministerio del Interior francés; Houellebecq del de Agricultura. Jack London, marino y vagabundo. Mario Puzo compró (y botó a la basura) un libro de guiones donde recomendaban estudiarlo a él, que no estudió guiones.

Lo que se observa en estos casos no es una decadencia accidental, sino una forma de funcionamiento. El sistema no necesita hombres plenos, en el sentido de autónomos o impredecibles. Necesita hombres legibles, cognoscibles, traducibles, evaluables, intercambiables. Para eso interviene en la forma en que perciben, en cómo organizan su experiencia, en los marcos dentro de los cuales pueden moverse. De lo que puede ser dicho, de lo que puede ser pensado, de lo que puede ser vivido en categorías predefinidas.

Contra la burocracia de las humanidades

En ese contexto, dar la espalda a ciertos reconocimientos no es un gesto romántico ni una pose anti-intelectual. Es, más bien, una forma de orientación. Supone reconocer que hay algo que no puede ser producido dentro de ese circuito, que hay un tipo humano que no se dejará formar bajo esas condiciones porque, en rigor, aspira a otra forma de relación con la realidad. Se trata de una existencia (y una escritura) “por fuera”, sin mediación, cuyo valor es precisamente pegar desde los bordes.

Y ahí aparece una tensión difícil de ignorar.

Nunca hubo tanto acceso al conocimiento, tantas herramientas, tantas posibilidades de aprendizaje. El saber se multiplica, pero rara vez se ordena en una forma de vida. Se acumulan competencias, métodos, lenguajes, pero falta aquello que alguna vez permitió convertir el conocimiento en carácter.Cuesta encontrar hombres con algo propio, con una voz que no parezca derivada, con una experiencia que no necesite ser validada antes de ser dicha. Todo hoy es cita de alguien, todo hoy es un pie de página. Los papers son compilados de frases de otros papers.

El lenguaje se vuelve técnico, la experiencia se vuelve indirecta, la vida se vuelve administrable. Y, poco a poco, las personas se vuelven reemplazables.

Eso no significa que todo esté perdido ni que no existan excepciones. Más bien sugiero que, fuera de los circuitos más estructurados, sigan apareciendo espacios donde la formación no esté mediada. Pequeños grupos, entornos informales, comunidades donde el vínculo no depende de credenciales ni de validaciones externas. Ahí las cosas se prueban de otra manera, el lenguaje recupera algo de su peso y la experiencia vuelve a tener un lugar que no puede ser sustituido.

Por eso conviene distinguir entre enseñanza y mediación. Hay maestros que abren el mundo y otros que lo administran. Hay formas de aprendizaje que devuelven al hombre a la experiencia y otras que se interponen entre él y lo vivido.

Tal vez por eso la modernidad produce individuos cada vez más preparados y, al mismo tiempo, cada vez más intercambiables. No porque conozcan menos, sino porque han aprendido a relacionarse con el mundo de una manera cada vez más mediada. La experiencia llega procesada, el riesgo aparece controlado, el lenguaje viene anticipado. Incluso la rebeldía adopta formas reconocibles. Poco a poco, la vida deja de ser algo que se vive y pasa a convertirse en algo que se performa. La noción del límite cada vez se desdibuja más. Y un hombre que interpreta constantemente su propia experiencia, termina por perder la vida misma.

Una educación que es mediación excesiva separa de la vida, y por tanto, no merece ser tenida por tal. Y si eso es así, la salida consiste en reconocer los límites de dicho sistema mediado y, cuando sea necesario, moverse fuera de ellos, para recuperar algo que –allí dentro – tiende a diluirse.

Porque, al final, lo que está en juego no es cuánto sabe alguien, sino desde dónde habla. Y eso, por ahora, sigue sin poder enseñarse.

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