Bajón grotesco a las 3:21
Por José Joaquín Durán
El auto paró afuera de la disco. Son las 3:21 horas y tenemos hambre. A estas horas de la madrugada puedes optar bajonear en una estación de servicio, un carro en la calle o un local de comida rápida.
Fijamos la dirección en el Miguelayo de Manuel Montt. Había estado otras dos veces antes en un local de esta cadena. Una vez en Manquehue, la otra también en Providencia.

En la ventana de entrega había dos deliveris esperando pedidos. Adentro, dos mujeres de unos cuarenta años en una mesa. En la caja una pareja entrada en los cincuenta. Alcoholizada, menos que nosotros.
Vimos las pantallas. Queríamos algo grotesco. Nos decidimos por un as Crispylayo y una vienesa Onion BBQ. Dos bebidas y una papa chica.
Fuimos a las sillas altas junto a la ventana. Había que rellenar con palabras la espera.

Hace unos días leí que el primer local apareció el 2018 en Macul. El fundador, Miguel Fernández, fue cadete en distintos equipos. Las lesiones le habrían impedido seguir.
Estacionó autos. Luego empezó a hacer Uber.
Fue ahí que un pasajero le comentó a Miguel que tenía un local de comida rápida. Él le preguntó si eso dejaba plata.
“Ni te imaginas”, confidenció el pasajero.
Hoy tiene ocho establecimientos. Son bastante reconocibles. Los carteles de neón brillante que exaltan el «24 horas abierto» van desde Lo Barnechea hasta Puente Alto.
—Tuvo visión el hombre— dijo mi colega.
Miré la hora en el celular.
Los minutos pasaron. 3:41 horas. El rótulo de comida rápida es engañoso. Vas con la idea de una entrega inmediata. Casi siempre es la velocidad del trámite que supone comerlo. «Ni que fuera un restorán», dijo mi colega.
—Pedido listo— anunciaron desde el mesón.
Vaya timing.

En la bandeja yacían dos piezas monstruosas. Desbordadas. Caóticas. Al centro, papas fritas relucientes por el aceite. Dos Pepsi zero en un extremo.
Recordé el comentario de Anthony Bourdain cuando vino a Chile y se comió un completo:
«¿Qué tan borracho tienes que estar para poder comerte toda esta cosa?»
Sonreí y llevé la bandeja a la mesa.
El as (pan de completo con carne) Crispylayo articula tocino-cebolla crispy-queso cheddar-salsa BBQ-mayo casera. La vienesa Onion BBQ ensambla cebolla morada-lechuga-tomate-queso cheddar-salsa BBQ-palta.
Estamos lejos de la sobriedad de un Barros Luco.
Lo grotesco es inseparable de la sensación que produce: exageración, perturbación del orden, desarmonía, lo terrible, lo deforme y lo trágico-cómico.
Cada bocado tenía algo de eso. Una mezcla de retazos de carne y masa, cargada a la mayonesa y salsa BBQ.
Pero la verdadera disonancia estaba en la lechuga del completo.
“¿Qué hacía allí?”
Di otra mascada. Había algo más. Lo grotesco fusiona elementos contradictorios: la risa y lo monstruoso.
Adornar con hojas verdes el revoltijo de ingredientes tenía bastante de eso.
Terminamos de comer. Hubo un recambio. Salió la pareja cincuentona y entraron cuatro chicas jóvenes. Bebí un trago de Pepsi.
—Los ingredientes estaban bien— dije— Pero la carne y la salchicha fueron puntos bajos.
Dejé la lata en la mesa.
—Muy seca, se les pasó en la plancha— agregó mi colega.

Miré otra vez la pantalla con las ofertas. Tocino, BBQ, mayonesa se repetían. Y no es barato. Todo sabe a consumo conspicuo. Ese que busca exhibir riqueza, estatus social y prestigio.
Es el retrato de un país que ahora puede darse el lujo de gastar más en un bajón.
Las cuatro chicas celebraron. Estaba lista su bandeja con frituras. Nosotros terminamos las bebidas y pedimos otro Uber.
—Cumplió— dije antes de subir al auto.
Y era cierto. A las 4 de la mañana no esperas deleitarte. Pesa más empujar el cuerpo un poco más allá de su propio límite.
Después vendrá la boca seca y el dolor de cabeza.

