El costo de un abrazo

Por Matías Durán

Lo de Argentina no es un riesgo episódico, sino una constante estratégica para la soberanía de Chile. No es una excepción: es un patrón. Cuando hemos sido enemigos, han tensionado los límites; cuando hemos sido amigos, también. 

Los problemas comenzaron apenas trazamos las fronteras en 1881. Primero, con la ambigüedad entre divisorias de aguas y cumbres más altas en la cordillera (y la entonces atrasada cartografía chilena), que obligó a un arbitraje británico en 1902. Esquirlas de ese criterio patológico fueron Laguna del Desierto, donde en 1965 gendarmes argentinos asesinaron al cabo Hernán Merino Correa; y la casi guerra de 1978 por las islas del Beagle, una vez que los trasandinos desconocieron un laudo arbitral vinculante. Y hasta hoy, Campo de Hielo Sur sigue sin delimitación completa. No olvidemos que en 1998, los presidentes Menem y Frei acordaron precisar el límite entre el Monte Fitz Roy y el cerro Daudet, motivo por el cual dicho sector aparecía enmarcado en un cuadro blanco en ambos mapas. Curiosamente, sólo Chile respeta dicho compromiso cartográfico a la fecha de hoy, puesto que la Argentina decidió –unilateralmente– demarcar el territorio como suyo. Los ejemplos se acumulan.

Cuando se pensaba que el Tratado de 1984 había resuelto toda disputa respecto a las zonas marítimas, Buenos Aires ha vuelto a insistir en una tesis peregrina: que más allá del límite trazado por las partes, hay un bolsón de aguas internacionales que le pertenece. Reclamación, por cierto, que se funda en caprichos y no está sostenida por ningún argumento jurídico. Del mismo modo, la insinuación de un estrecho “compartido” no es casualidad a la luz de estos antecedentes. Se han ido moviendo por la tangente, sin desconocer formalmente la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes, pero instalando gradualmente la idea de un uso compartido, supervisado y con presencia permanente de nuestros vecinos. Recordemos que hace pocos meses, militares argentinos habían movido “inocentemente” las vallas fronterizas del Hito 1, con un resultado no tan inocente: tener, de este modo, proyección sobre el Estrecho. 

Hace poco, Chile ratificó su apoyo al reclamo argentino por las Islas Falklands/Malvinas. Una decisión que, si bien sostenida a lo largo del tiempo, podría ser estudiada más en profundidad. ¿Será buena idea andar de la mano, justo cuando se acerca 2050 y el Tratado Antártico entra en revisión, momento en que el peso estratégico del Estrecho podría volver a ser más decisivo que en el siglo pasado?

Por cierto que las tensiones en el sur conviven con los sempiternos reclamos de los vecinos del norte. En un sentido similar al argentino, Perú insiste de tanto en tanto con el denominado “triángulo terrestre”, absurdo jurídico con el cual obtendría suelo chileno, a cambio de metros de costa seca. Si bien las relaciones con Bolivia parecerían reverdecer con gobiernos de similar signo político, algunas señales contradictorias (como la falta de apoyo para combatir la inmigración ilegal) hacen temer que las amenazas revanchistas puedan resurgir, cuando la situación interna se complique. 

De más está decir que el problema no es sólo del vecindario, sino también del modo en que se protegen los intereses nacionales. Habrá que ver si la Cancillería actual pone atención nuevamente a los problemas históricos, pues hasta hoy ha insistido únicamente en factores comerciales. Por otro lado, la situación en defensa tampoco es la mejor. Si la situación fiscal es compleja, la modificación al financiamiento en defensa promovido en el último bachelato ha tenido efectos atroces. Las últimas grandes adquisiciones militares datan de hace veinte años. 

La política exterior chilena está pagando el precio de olvidar por qué, históricamente, hemos debido reforzar nuestras capacidades defensivas. Aunque los F-16 sigan cruzando impecables los cielos y la flota siga navegando orgullosa, la pregunta no es cómo se ven: es para qué los podríamos usar. Y el problema ha sido confundir la cercanía momentánea, con coincidencia de intereses.

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