La insuficiencia del nacionalismo: «Evaluación histórico-política desde el tradicionalismo católico»

Arturo Salazar

El nacionalismo como tal, es una ideología propia de la Modernidad. Si bien es complejo definirlo, puede ser entendido como “una ideología y movimiento social que se aparta de la sociedad internacional bajo una exacerbación de la nación, entendida esta como la identidad colectiva de un pueblo basada en los lazos que se comparten, como la cultura, el idioma, la etnia, la religión o la historia” (Gómez Restrepo, 2017). Podría decirse que el nacionalismo comienza en la Europa de las naciones posterior a la paz de Westfalia de 1648 (Elías de Tejada, 1954, 36-42), o en la doctrina de la “razón de Estado” tan propia de la monarquía francesa del siglo XVII-XVIII. Pero el nacionalismo, en cuanto expresión política de masas, fue heredero directo de la Revolución Francesa, y, por lo tanto, contrapuesto al patriotismo tradicional compatible con la idea de Imperio, propia del Antiguo Régimen. El principio de las nacionalidades partió asociado indisolublemente a la soberanía nacional rousseniana, la democracia moderna y la Republica de la Revolución Francesa, en oposición a las dinastías monárquicas tradicionales de la Santa Alianza.

El nacionalismo, en un primer momento, fue burgués, expresión de la quintaesencia de la República revolucionaria, y derivó en la fusión “nacional-liberal” que estuvo detrás de las revoluciones de 1848. El romanticismo fue su soporte ideológico y estético. Filosóficamente oscilaba entre la tendencia más ilustrada y humanitarista de la Revolución Francesa -el nacionalismo francés y el de los movimientos herederos de la línea francesa- y una tendencia hegeliana e idealista −el nacionalismo alemán, y los movimientos herederos del germanismo− que después dará pie a la ideología volkisch pangermanista. Si bien es cierto que, en el caso del nacionalismo de escuela alemana, por influencia directa del Romanticismo, se trató de una reacción contra el Iluminismo de la Revolución Francesa, no por eso deja de estar enmarcado dentro de la filosofía e ideologías propias de la Modernidad. Si la Ilustración y la Revolución Francesa son racionalistas, igualitaristas, liberales, humanitaristas y anti religiosas; el Romanticismo y el nacionalismo de raíz alemán son subjetivistas por antonomasia, exaltando el particularismo nacional contra el universalismo de la Revolución Francesa, idealizando el espíritu nacional o volkgeist de raíz hegeliana, adorando al Estado como síntesis de la Historia, dentro de una concepción profundamente inmanentista, historicista, y voluntarista.

Con estas raíces ideológicas y filosóficas, se desarrolla el nacionalismo durante el siglo XIX. Cénit del movimiento nacional-liberal fue la Revolución de 1848, exaltando la unidad nacional y la soberanía contra los restos de las monarquías tradicionales que eran consideradas reliquias de otra época, que impedían la unificación nacional. Ejemplos paradigmáticos son los movimientos en torno a la unificación alemana e italiana. Pero también en países subyugados a imperios como el caso de Polonia o Hungría existieron movimientos nacional-liberales independentistas -de fuerte influencia iluminista francesa en el caso de Polonia- que cuajaron en sendas revoluciones como la de 1830-31 contra el Imperio Ruso. El jacobinismo no estuvo ausente en dicha revolución, en nombre de la independencia nacional de Polonia (Bartyzel, 2015; Rękas, 2020).

El nacionalismo, por un lado, en ciertos países como Alemania, Francia, Italia o Polonia, fue el vehículo que consolidó la Revolución. En otros países como España, Chile, Argentina, Brasil (y en general los países dentro del antiguo Imperio Español) fue el conservadurismo fusionado con el liberalismo, el que sirvió para consolidar el nuevo ideario post-1789 (Ayuso, 2007, 810). Si el liberalismo hubiera actuado por sí solo, sin las tendencias nacional-liberales o liberal-conservadoras, la herencia cristiana tradicional, aún fuerte en Occidente, habría contenido de forma más eficaz el ideario de la Revolución. Por eso tuvo esta que transar con el viejo orden en algunos elementos, así se explican figuras como Napoleón, epígono del nacionalismo francés, que se coronó él mismo en lugar de hacerlo el Papa, como sucedía en la Cristiandad; o el conservadurismo en Hispanoamérica, que rescataba elementos parciales del antiguo régimen indiano-hispánico, pero desnaturalizados y sintetizados con elementos liberales.

Mutatis mutandi, esto mismo sucederá en la Rusia revolucionaria, tras unos primeros años (década de 1920 y 1930) donde; tras conocer al comunismo en toda su naturaleza infernal y abierta demonología, el más crudo internacionalismo proletario, la locura de suprimir la familia “burguesa” por decreto, la feroz ofensiva anti-religiosa, se generó una fuerte resistencia patriótica-religiosa entre las masas que se negaban a aceptar el comunismo. Y es allí donde surge la figura de Stalin, como el Napoleón de la Revolución bolchevique, quién en su primera fase mantiene intacto el ideario internacionalista proletario radical, para ir cada vez más acentuando el carácter nacional ruso de la Revolución, y “rusificando” el comunismo. El antes y el después definitivo lo marcó la “Gran Guerra Patriótica” contra los invasores “fascistas” -tras comprobar el fracaso de la movilización del pueblo ruso en nombre del proletariado internacional- logrando una masiva movilización a defender la Madre Patria con apelaciones a la Santa Rusia. Stalin asume un discurso cada vez más nacionalista (si bien de izquierda), lo que se verá claramente en el estalinismo de los años 40 y 50 (El Manifiesto, 2020). Esta síntesis entre el comunismo y elementos propios de la vieja Rusia zarista; como la rehabilitación de la Ortodoxia (si bien controlada íntegramente por la NKVD) y la figura de Stalin como un “anti-Zar” en palabras de Alexander Dugin (1992, 44); puso de manifiesto el maridaje entre la Tradición y la Revolución, y será el nacionalismo imperialista soviético el vehículo de consolidación del comunismo, tras la muerte de Stalin. Posterior a la muerte de Stalin en 1953, con altos y bajos, en un complejo equilibrio (con muchos vaivenes y oscilaciones entre Jrushchov, Brezhnev, Andropov y Gorbachov) entre internacionalismo proletario, el nacionalismo y el conservadurismo soviético consolidaron el marxismo leninismo de la Revolución, sin la pureza y ortodoxia marxiana que el trotkismo representaba, pero con mayor eficacia y alcance en las masas (Zapater Espí, 2005, 35-59).

En cambio, el nacionalismo y el conservadurismo “puros”, sin elementos liberales, parecen ser elementos contrarrevolucionarios y cercanos al ideario tradicionalista. Pero, la situación es compleja. En Francia, Maurice Barres, gran poeta y literato de temas provinciales, comenzó una fecunda actividad intelectual para rehabilitar el nacionalismo y despojarlo de sus elementos revolucionarios y trasladarlo hacia una posición contrarrevolucionaria, aunque permaneciendo republicano y no monárquico (Ploncard d’Assac, 1971, 21-34).  Esta tarea dará origen con el tiempo a la “Acción Francesa” dirigida por Charles Maurras. El nacionalismo liberal, revolucionario, jacobino, será llamado “nacionalitarismo” propio de la República Francesa, para diferenciarlo del nacionalismo propiamente tal, monárquico, contrarrevolucionario, tradicionalista, de influencia católica, y corporativista.  Hacia fines del siglo XIX, el nacionalismo, de tener orígenes revolucionarios, pasó a ser en teoría una herramienta contrarrevolucionaria (Bartyzel, 2016; Calderón, 1983).

El nacionalismo de escuela alemana, en cambio, profundizó en el pangermanismo y el romanticismo antiliberal y se fue despojando de los elementos liberales propios de 1848, y será incluso antecedente del nacional socialismo hitleriano, al trabajar elementos como la ideología volkisch, el antisemitismo, el pesimismo cultural, y un rechazo a la modernidad representada por Inglaterra, Francia y EE.UU. (Ploncard d’Assac, 1971, 159-170). El nacionalismo en la mayoría de países católicos recibirá fuerte influencia de Maurras, es el caso por ejemplo de Argentina, con el periódico “La Nueva República”, de los hermanos Irazusta, que posteriormente, junto a los Cursos de Cultura Católica (Romero Moreno, 2020, 78), dará origen al nacionalismo católico argentino, o Portugal con el integralismo lusitano (Albert Márquez, 2010, 105-113), mientras que en países ajenos al ámbito de la cultura latina, como Rusia, tomarán fuerte influencia de Alemania (Zapater Espí, 2005, 30), pero con peculiaridades propias, como una profundo carácter místico-religioso ortodoxo y paneslavista en lugar de la ideología racista volkisch.

Hacia la Primera Guerra Mundial, el nacionalismo explota y desangra toda Europa en batallas que acabó con toda una generación en los campos de batalla y sembró las semillas de otra guerra mundial mucho peor. Con posterioridad a la guerra, la paz Wilsoniana y el Tratado de Versalles, posibilitaron las aspiraciones nacionalistas de los países que conformaban el Imperio Austro-Húngaro, mientras el ideario masónico-republicano francés, “nacionalitarista” según Maurras, se imponía por sobre la universalidad cristiana, vestigio de una época premoderna, y representada por la Monarquía Habsburgo, como heredera de las antiguas Españas de los siglos XVI y XVII, especialmente por su último rey, el beato Carlos I de Austria y IV de Hungría. El caso más palmario fue Checoslovaquia, pero en su medida ocurrió lo mismo con Polonia, o el Tratado de Trianón que devastó a Hungría, Yugoslavia, etc. El principio de las nacionalidades y la soberanía nacional se impuso sobre la común lealtad a un Monarca supranacional que representa la universalidad cristiana más allá de las fronteras de cada pueblo y nación.

En tal contexto llega la crisis de los años 20. Surge el fascismo, triunfa la Revolución bolchevique, y el mundo liberal burgués parece estar al borde del colapso. El nacionalismo toma una postura más agresiva, y reacciona contra la crisis del mundo liberal de 1789. Con la aparición del fascismo, el nacionalismo y el fascismo pasaron a significar casi una misma cosa, confundiéndose movimientos que tenían matrices ideológicas originarias diferentes en algunos aspectos y comunes en otras.

Durante los años 20 y 30, el fascismo se apropia del nacionalismo y lo incorpora en su proyecto de deificación del Estado. En muchos países, no solo de Europa, sino también de América y Asia, surgen movimientos paralelos, con ciertas coincidencias y notorias diferencias, amparados en el nacionalismo, como reacción a un mundo decadente[1]. Muy influyente será el libro “Decadencia de Occidente” de Oswald Spengler, formado en el nacionalismo alemán. Si bien cada movimiento respondía a la situación particular de cada país, hay elementos comunes en el fascismo, y discrepamos de la tesis que considera a cada movimiento como inconmensurable con otros movimientos.

Son más las semejanzas entre los movimientos fascistas que las diferencias. Es así que el fascismo se puede caracterizar como un movimiento de masas, que sigue a un líder fuerte que es visto como encarnación del ideal nacional, con características casi místicas en algunos casos, profundamente estatista, casi siempre totalitario esto es que controla todos los aspectos de la vida social por el aparato de poder estatal; corporativista de tipo estatista (Galvao de Sousa, 1963, 87; Lira, 2018, 45), generalmente socialista o al menos fuertemente socializante[2], voluntarista, racista y exclusivista étnico, opuesto a todo universalismo sea liberal, cristiano o comunista, creyente en el destino excepcional de cada nación, que es concebida como un organismo vivo. Todo movimiento fascista sin excepción postulaba un nacionalismo exacerbado, sustentado en los orígenes míticos de la nación, en un pasado glorioso que se debe reconquistar, lo que lleva a la exaltación de la guerra y un feroz impulso antropocéntrico, propio de la modernidad.

Donde están las mayores diferencias es en la esfera religiosa. Mientras algunos movimientos eran agnósticos en temas religiosos, como por ejemplo Falange española, si bien defendía en teoría la catolicidad de España, lo hacía por consideraciones histórico-culturales así como por ser la religión mayoritaria de España (Maestre, 2016, 84-93), otros movimientos como la Guardia de Hierro de Rumania eran profundamente religiosos, al grado de la exaltación mística, algo similar cabe decir del Rexismo belga de Leon Degrelle, quien confundido por el utopismo fascista, y partiendo de ideas cercanas al nacionalismo católico mauarrasiano termina viendo en Hitler un “cruzado” por la Europa cristiana, negando toda la barbarie del nazismo. Otros, como el Integralismo brasileño, tendrán una actitud ambivalente en la cuestión religiosa, en teoría defendiendo la catolicidad, pero con argumentos espiritualistas (Albert Márquez, 2020, 116). En cambio, el hitlerismo, y movimientos afines en países nórdicos, o algunos de sus colaboracionistas franceses, tendrán un marcado carácter pagano y de rescate esotérico respecto a las raíces precristianas de Europa, todo ello con fuerte contenido anticatólico y de persecución a la Iglesia en territorios ocupados, como Polonia.  Por su parte, el pionero fascismo italiano, buscó instrumentalizar la religión para someterla al poder del Estado, ya que en la concepción mussoliniana no cabría actividad humana exenta del Estado, que es la encarnación de una mítica voluntad nacional suprema. Aquello incluía la promoción de los valores católicos en la sociedad, la enseñanza confesional, el crucifijo en las aulas, mas no por convicción religiosa sino como parte de la identidad nacional. En contraste, los movimientos fascistas rusos han tenido un fuerte trasfondo místico-religioso ortodoxo, a pesar de que algunos eran abiertamente “nacional socialistas”.

Desde la vereda de en frente, la izquierda ha usado el concepto de fascismo para designar cualquier oposición, de signo patriótico y religioso, sustentada en los valores tradicionales, contra el progresismo revolucionario. El ejemplo más claro fue la guerra de España (1936-1939), donde si bien existieron fascistas en el bando nacional (Falange Española), también lucharon tradicionalistas como los carlistas −cuyo ideario es profundamente diferente del fascista− o conservadores, como el Ejército sublevado.

Así trascurrió el panorama general del nacionalismo hasta los años 40. La derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial significó el final, politológicamente hablando, del fascismo y en consecuencia un debilitamiento del nacionalismo, con el que se tendió a confundir. Así, experiencias que, en mayor o menor medida, fueron nacionalistas[3] quedaron como reductos e islas de patriotismo y valores religiosos en un mundo que le daba la espalda a todo lo que no sea el materialismo economicista, representado por la dualidad comunismo y capitalismo de la Guerra Fría.

Después de los años 80, el nacionalismo entró en colapso en el mundo occidental, ante el fin de la Guerra Fría, y el triunfo del mundo unilateral dirigido por EE. UU., con el capitalismo, la democracia y los derechos humanos. El triunfo completo fue del liberalismo durante los años 90 y parte de la década del 2000. Un tibio renacer de cierto nacionalismo ha sido impulsado por la tendencia mal denominada “populista” y mejor denominada “nacional conservadora”, posterior al 2015 en países como Hungría, Polonia, Rusia, incluso en EE. UU. con Donald Trump y el Brexit en Inglaterra. Este conservadurismo no liberal que supera el fusionismo liberal conservador de los años 90 y 2000 (Mesa León, 2020; De la Llave, 2020), que no teme una concepción más social de la economía de mercado frente a los excesos del neoliberalismo Thatcheriano-Friedmanita y que reacciona contra la agenda progresista y globalista que sepulta los valores tradicionales en Occidente.  En otros casos llamativos, como Vox en España o AfD en Alemania, puede verse más bien un renacer de la corriente nacional-liberal de 1848.

A este punto, ¿Cuál es el problema del nacionalismo? Para responder, desde una postura tradicionalista, analizaremos la Acción Francesa y el nacionalismo católico argentino.

La Acción Francesa de Maurras, pese a los notables logros intelectuales y culturales que produjo, tuvo sus problemas (Ayuso, 2010, 79), entre los cuales estaba el positivismo como matriz, una visión “fisicista” (naturalista) de la política o el agnosticismo del movimiento. Y, pese a todo, ha sido el mayor movimiento de defensa de la catolicidad en la Francia post-1789. El movimiento que aglutinó a los católicos, la “cátedra del Syllabus”, bastión contra el modernismo teológico, compuesto por filósofos tomistas como el Cardenal Billot, el padre Le Floch, incluso a Jacques Maritain (antes de su ruptura con Acción Francesa tras el equívoco de la condena vaticana de 1926 que fue tardíamente levantada en 1939) (Fernández de la Cigoña, 1974, 876-879). Francia sin duda era y es un país ganado por la Revolución y con un Antiguo Régimen sumamente contaminado de absolutismo monárquico, centralismo borbónico y rococó espiritual que carcomió la catolicidad antes que las guillotinas. En ese sentido la Acción Francesa fue lo mejor que pudo producir una Francia que ya en el siglo XV abandonó su misión católica y se entregó a la mezquina “razón de Estado” moderna”, al egoísmo del interés nacional vía soberanía de Bodin.

En Portugal, el nacionalismo del integralismo lusitano de Antonio Sardinha tomó muchos elementos de Acción Francesa, pero profundizando el carácter católico del movimiento y apartándose del positivismo compteano propio de Maurras. Oliveira Salazar logró una eficaz síntesis político-práctica con elementos social cristianos e integralistas pero sin la monarquía -era un accidentalista político-, fuertemente influenciado por Maurras (Pinho de Escobar, 2014, 219-253), pero con una matriz filosófica aristotélica-tomista clásica. Si bien se definía como nacionalista, en la práctica actúo mucho más cercano al concepto tradicional de Patria, sin el revanchismo portugués anti-español, pero sin llegar al ideal de alianza ibérica propugnado por Sardinha. Su “nacionalismo” fue sui generis y atenuado en la práctica.  Podemos decir que fue un error conceptual hablar de nacionalismo en el caso del salazarismo portugués, porque, en caso de serlo, habría sido hostil a España.

En principio, pareciera ser que un nacionalismo no fascista es perfectamente aceptable y mejor aún si tiene fuerte influencia católica. Para examinar esto tomaremos el caso del nacionalismo católico argentino, que es un movimiento que surge en los años 20, fuertemente influenciado por la Acción Francesa de Maurras, y las encíclicas sociales y antiliberales de los Papas, así como una rica escuela de filósofos tomistas (Julio Meinvielle, Leonardo Castellani, Carlos Sacheri, Jordán Genta, Alberto Caturelli, etc.) que promovía la regeneración espiritual y moral de Argentina. la defensa de la Catolicidad y la Hispanidad, el revisionismo histórico, una organización social y económica corporativa, frente al capitalismo y al socialismo, la doctrina del Reinado Social de Cristo, entre otros elementos contrarrevolucionarios.

El problema fundamental, pese a todos sus logros y aspectos positivos, es que intenta conciliar imposibles. Según la teoría hilemórfica, en cuanto a la materia, defiende plenamente los valores de la Tradición hispánica y católica, pero en la forma adhiere a la ideología de la Revolución que en Hispanoamérica se manifestó en el proceso de Independencias, defendido por autores como Antonio Caponetto (2020; 2016) como una legítima sublevación amparada en la escolástica suareciana, frente a la Junta de Cadiz y la felonía de Fernando VII y como un acto de afirmación hispánica, de pretendido retorno a la Hispanidad original del siglo XVI.

Pero todo eso es cuanto menos cuestionable, porque lo que surgió de las Independencia fueron constituciones más liberales que la misma Constitución de Cadiz de 1812 y un evidente agravamiento de los males que se sufrían bajo los Borbones tras descender los reinos hispanoamericanos a la categoría de repúblicas. El nacionalismo al final cae siempre en lo mismo, la exaltación de la nación sustentada en mitos en lugar de realidad histórica. En definitiva, pese a una inmensa mayoría de elementos sanos, como es el caso del nacionalismo católico argentino, todavía queda una pequeña parte que contamina todo lo demás. La materia, es informada por la forma, que es principio de determinación y especificación.

Este problema es evidente en el anti-chilenismo de muchos nacionalistas católicos argentinos. Chile es considerado un enemigo existencial, aliado de Inglaterra y cuyo debilitamiento es una tarea imprescindible de un verdadero nacionalismo argentino. Anteponen la Nación por sobre la hermandad de los pueblos hispánicos y católicos. Históricamente, el nacionalismo fomentó incontables odios raciales y étnicos, odios nacionales contra pueblos hermanos fronterizos, incluso de la misma religión, amparándose en el egoísmo nacional e impidiendo la consolidación de bloques geopolíticos denominados “grandes espacios” (Alsina Calvés, 2019), como el Imperio Austro Húngaro o en su momento el Imperio Español en América[4]. Se fomentaron guerras intestinas, cuyo mejor ejemplo es la Primera Guerra Mundial que fue totalmente en vano. Degeneró en el fascismo, un movimiento nefasto para el olvido, que sepultó quizás para siempre la esperanza de la restauración tradicional.

Así, la evaluación del nacionalismo desde el tradicionalismo indica que el nacionalismo termina en exclusivismo nacional, egoísta y fratricida, a partir de una concepción exagerada, cuando no fantasiosa, sobre los orígenes histórico-políticos del pueblo en cuestión, al tiempo que deliberadamente se confunde al Estado moderno con la Nación, desde una perspectiva reticente a cualquier organización de tipo supra-nacional. Por esto no conviene usar la denominación nacionalismo a la integración de las patrias en el ideal católico, porque a lo que se aspiraría entonces es en realidad tradicionalismo. Y solo la Tradición, genuina, hispánica y católica, es fuente de luz y hermandad, futuro y esperanza para nuestros pueblos que llevan poco más de 200 años sufriendo las consecuencias de la Revolución.

Bibliografía:

Albert, José. (2010) Hacia un Estado Corporativo de Justicia. Fundamentos del Derecho y del Estado en José Pedro Galvao de Sousa. Atelier Libros Jurídicos: Barcelona

Alsina Calvés, José. (2019) “Geopolítica del hispanismo”, en Posmodernia. Recuperado de https://posmodernia.com/geopolitica-del-hispanismo/

Ayuso, Miguel. (2007). “Conservación, Reacción y Tradición. Una reflexión en torno a la obra de Nicolás Gómez Dávila”, en Verbo, Vol. 459-460, Madrid.

Ayuso, Miguel. (2010) “Una visión española de la Acción Francesa”, en Anales de la Fundaación Francisco Elías de Tejada, N°16, Madrid

Bartyzel, Jacek. (2015) “O powstaniu listopadowym słow kilka”. Recuperado de https://myslkonserwatywna.pl/prof-bartyzel-o-powstaniu-listopadowym-slow-kilka/

Bartyzel, Jacek. (2016) Prawica- Nacjonalizm- Monarchizm. Studia politologiczno-historyczne. Editorial Von Borowiecky: Varsovia; Calderón Bouchet, Rubén. (1983) Nacionalismo y Revolución: en Francia, Italia y España. Librería Huemul: Buenos Aires.

Caponetto, Antonio. (2020) Respuestas sobre la Independencia. Bella Vista Ediciones: Buenos Aires

Caponetto, Antonio. (2016) Independencia y Nacionalismo. Katejon: Buenos Aires

De la Llave, Diego. (2020) “Manifiesto por un Conservadurismo Nacional”, en Actuall. Recuperado de https://www.actuall.com/democracia/manifiesto-por-un-conservadurismo-nacional-por-diego-de-la-llave

Dugin, Alexander. (1992) Rusia: El Misterio de Eurasia. Grupo Libro: Madrid.

Elías de Tejada, Francisco. (1954). La monarquía tradicional. Ediciones Rialp SA: Madrid.

El Manifiesto. (2020) “1920: un ejemplo”, Recuperado de https://elmanifiesto.com/tribuna/781601066/1920-un-ejemplo.html

Fernández de la Cigoña, Francisco José. (1974) “Maurras, Maritain y Mounier… A propósito de dos libros”, en Verbo, N°126, Madrid. Recuperado de https://fundacionspeiro.org/downloads/magazines/docs/pdfs/4179_maurras-maritain-mounier-a-proposito-de-dos-libros.pdf

Galvao de Sousa. (1963) “Do principio de Subsdiriariedade ao corporativismo”, en Digesto Económico, N°170, Sao Paulo; Lira, Osvaldo. (2018) Obras Completas. Tomo III. Nostalgia de Vásquez de Mella. Catolicismo y Democracia. Tanto Monta: Santiago

Gómez Restrepo, Alejandro. (2017) “El renacimiento del nacionalismo en Europa”. Recuperado de https://cepri.upb.edu.co/index.php/lineas-de-investigacion/relaciones-internacionales/nacionalismo-europa-sigloxxi

Lopez Ballesteros, Manuel. (2006). “El Nacional Socialismo y sus antecedentes filosóficos: el Romanticismo y el Irracionalismo”. Capítulo II: “El Romanticismo Alemán como fuente del Nacional Socialismo”. Recuperado de http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/tales/documentos/lri/lopez_b_m/capitulo2.pdf

Maestre, Gonzalo. (2016) “El tema religioso-católico en Falange Española durante la Segunda República”, en Aportes, N°90, Madrid

Mesa León, Antonio. (2020) “La muerte del liberalismo conservador”, en El Censor. Recuperado de https://www.elcensorrevistadigital.com/2020/09/la-muerte-del-liberalismo-conservador.html?m=1

Pinho de Escobar, Marcos. (2014). Perfiles maurrasianos en Oliveira Salazar. Ediciones Buen Combate: Buenos Aires.

Ploncard d’Assac, Jacques. (1971) Doctrinas del Nacionalismo. Ediciones Acervo: Barcelona

Rękas, Konrad. (2020) “Powstanie listopadowe jako rewlta przeciw konserwatyzmowi polskiemu”. Recuperado de https://myslkonserwatywna.pl/rekas-powstanie-listopadowe-jako-rewolta-przeciw-konserwatyzmowi-polskiemu/    

Romero Moreno, Fernando. (2020) La Nueva Derecha. Reflexiones sobre la Revolución Conservadora en la Argentina. Grupo Unión: Buenos Aires.

Zapater Espí, Luis-Tomas. (2005) El nacionalismo ruso. La respuesta euroasiática a la globalización. Colección Amadis: Valencia.


[1] Surgen movimientos como el Integralismo brasileño, el Sinarquismo mexicano, los Blueshirts irlandeses, la British Union of Fascists, el Rexismo belga, la ONR (Oboz Narodowo Radykalny, Campo Nacional Radical) en Polonia, el Movimiento Hungarista, la Guardia de Hierro en Rumania, la OUN-UPA en Ucrania, la Falange Española, el Nacional Sindicalismo portugués, la Ustasha croata, Le Faisceau francés, entre otros.

[2] Sobre todo, en el caso del hitlerismo, del fascismo italiano, de Falange Española y el Nacional sindicalismo portugués.

[3] Ejemplos de estas experiencias fueron el Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955), Oliveira Salazar en Portugal (1928-1974), el régimen de Franco en España (1939-1975), los socialismos nacionalistas árabes y los movimientos nacionalistas en Hispanoamérica durante los años 50-70.

[4] Excepción cabe hacer del General Perón, quién entendió este problema y pretendió una alianza con Getulio Vargas en Brasil y Carlos Ibáñez del Campo en Chile, para una geopolítica eficaz. Lamentablemente no fue continuado este proyecto tras la caída de Perón.

Apóyanos: