Summa contra posmos: «Palabras a la memoria de Sir Roger Scruton (1944-2020)»

Félix Rozas

Entre Santiago de Chile y Brinkworth hay casi doce mil kilómetros de distancia, que se recorren en quince horas de vuelo y algunas horas de tren. Es un pueblo de esos idílicos, eternamente orquestado por las Bagatelles de Gerald Finzi, y que reposa sobre una colina mirando los campos. A lo lejos se divisan algunas pircas y se cuentan más ovejas que habitantes. Si uno avanza por la calle Barnes Green —una especie de high street del caserío—, sabrá que hay almuerzos de doce a cuatro en The Three Crowns. Doblando a mano derecha tomamos el camino que nos lleva al portón de la granja Sunday Hill.

Nadie nos espera ni nos recibe. Su dueño, Roger Scruton, ha fallecido hace algunos días. Y nosotros nos enteramos mientras fermentamos en esta ciudad que está horrible, más horrenda y calurosa que nunca. Para escapar de la metrópoli dignificada a piedrazos, tomamos el camino que Street View nos marca para llegar en segundos a esta granja, que es en sí, una declaración de principios. No por nada la apodaron Scrutopia: un terreno regado de manzanas, con una casa de trescientos años que, si hablara, lo haría con el más puro y destilado acento británico. La compró en 1993, cuando aún editaba The Salisbury Review, revista que lo consagró como el pensador tradicionalista anglo más importante de nuestros tiempos[1]. Y murió allí de cáncer, meses antes de recibir a alumnos procedentes de todo el mundo para su clásica escuela de verano.

Llegamos tarde para visitar al poseedor de tanta belleza, que afortunadamente se encargó de dejarnos buena cantidad de tratados, ensayos y entrevistas, al punto de que ningún intelectual serio podría pasar por alto su obra si se trata de filosofía moral, estética o hasta musicología. Hoy no tiene profetas ni continuadores manifiestos, y probablemente, sus ideas deban esperar varios años para ser dignamente apreciadas. Sobre todo, porque cuando arreciaban el economicismo y las discusiones entre conservadores no podían ser más soporíferas, Roger Scruton se atrevió a hablar de todo y contra todos. Entendió tempranamente que sus necesidades investigativas desbordaban el mundo universitario, tan políticamente correcto, del cual se exilió progresivamente.

El asesino intelectual

Nació en el seno de una familia de clase media trabajadora y agnóstica. Se crió en el ambiente secularizado de la posguerra inglesa y estudió en una grammar school, aquellas escuelas públicas para estudiantes sobresalientes. Como confidencia en Gentle Regrets (2015a), su libro autobiográfico, fue un ávido y precoz lector de Nietzsche y Spengler. De este último diría que su obra “responde a una necesidad profunda de nuestra cultura: la necesidad de traer juntas la filosofía, la historiografía y el arte a la vez, como un compendio que sintetice nuestros pensamientos y que pueda justificarnos el título ‘humano’” (Scruton, op. cit.).

Dada su temprana vocación humanista, no sería sorpresa que decidiera seguir el camino de la filosofía. Su talento académico le permitió hacerse de un cupo en la Universidad de Cambridge, de la que se graduó con honores. Estudiando su doctorado, coincidió en París para el mayo de 1968 y, sin embargo, se colocó del otro lado de las barricadas, como lo harían pensadores de la talla de Raymond Aron. Allí en Francia ratificaría su pertenencia al mundo conservador, con explícito rechazo al proceso de desintegración cultural y política consolidado en Occidente entre la “reforma” protestante y las revoluciones modernas. Como explicaría Mark Dooley, su entrevistador en The Philosopher on Dover Beach (2009a), Scruton “comenzó una vida defendiendo lo sagrado del veneno de lo profano, lo bello de lo feo y lo bueno de lo malvado” (Scruton, op. cit., p. 14). En París también comprenderá el cruel contrapunto entre los viejos valores humanistas de sus padres con los valores “humanistas” de la nueva izquierda. Muchos años más tarde, en su magistral ensayo The New Humanism (2009), Scruton dirá que ese nuevo humanismo “pasa poco tiempo exaltando al hombre como ideal. No dice nada, o casi nada, sobre la fe, la esperanza y la caridad; es mordaz sobre el patriotismo; y desprecia las acciones de retaguardia en defensa de la familia, el espíritu público y la moderación sexual que animaron a mis padres” (íbid.).

Francia lo curará de espanto con la academia pretenciosa, triunfante en el mayo parisino. En Confessions of a Sceptical Francophile (2012), Scruton propondrá una triple clasificación para la filosofía francesa de posguerra: la argumentación tradicional “pre-bullshit days” (Scruton, op. cit., p. 480), la argumentación discursiva a la manera de Foucault, y la argumentación al estilo de Althusser, Deleuze y Guattari: “tesis prestadas de grandes subversivos —Marx y Freud en particular— disueltas en una prosa tan oscura y autorreferencial que pretende ser más o menos ininteligible” (íbid.) Este estilo barroco indescifrable tiene, sin embargo, una función política evidente: “si bien no puede ser descifrada intelectualmente, en términos de verdadero o falso o válido o inválido, puede ser descifrada políticamente. Es tontera dirigida, y dirigida contra el enemigo. No es sólo la existencia del enemigo que está bajo ataque. El asalto está dirigido primariamente al lenguaje mediante el cual el enemigo reclama para sí el mundo, el lenguaje que conocemos como argumento racional[…]” (Scruton, op. cit., p. 482). Para Scruton, la adhesión a este estilo de hacer filosofía significaba adquirir una membresía social con la cual no podía entrarse a la rigurosa academia posmoderna.

En Thinkers of the New Left de 1985, reeditado recientemente, Scruton repasa lo más granado del pensamiento de la izquierda contemporánea, desde la Escuela de Birmingham hasta las más recientes corrientes de los estudios culturales. Como constantemente advirtió, todas dichas escuelas forman “una teoría, o más bien meta-teoría, que repite en párrafos mesmerizantes la forma de un dogma […] que no puede cuestionarse, y que tampoco ofrece respuestas, excepto en términos que son difícilmente entendibles para aquellos que no han renunciado a su capacidad de pensar fuera de ellas […] la refutación debe ser evadida, para que la verdad del dogma pueda ser protegida de la malicia contenida en las cosas reales” (Scruton, 2019, p. 241). A partir de la deriva comenzada por las reflexiones de Bergson sobre el tiempo y la conciencia, la lectura de Hegel hecha por Kojève y la aparición del dasein hegeliano, “los filósofos franceses están afligidos por lo que puedo llamar una “envidia de ser” [be-ness envy], una sensación de haber perdido la real capacidad de pensamiento filosófico, y la determinación de capturar el Ser y destinarlo a sus usos, y particularmente ponerlo al servicio de la Revolución”  (Scruton, op. cit, p. 241).

Y recordada será su interpelación a Slavoj Žižek, a quien espeta su lectura antojadiza de Lacan, critica su multiplicidad de ejemplos banales y confiere el título de “Payaso Príncipe de la Revolución”: “Ha surgido un nuevo tipo de pensador izquierdista: uno que viste su celo revolucionario en una capa de ironía, desechando a medias su propio poco práctico idealismo, como si hablara a través de la cara pintada de un payaso”(Scruton, 2016).

En realidad, el pensamiento de Scruton es una coctelera ecuménica en la que no sólo destacan los evidentes Spengler y Burke, sino que entre sus influencias se encuentran Kant, Hegel, T.S. Eliot y Wittgenstein, entre otros. Su obra reivindica, pues, la centralidad de lo real y la racionalidad como criterio básico occidental. Quizá por eso vez Alex Callinicos, trotskista de cátedra, diría de él que era el “asesino intelectual más desagradable de la Nueva Derecha” (Callinicos, 1989).

L’enfant terrible de la derecha británica

En 1979 y de la mano férrea de Margaret Thatcher, el Partido Conservador regresaba a Downing Street, prometiendo poner fin a una década social y económicamente desastrosa. Scruton, que ese año publicaba su trascendental The aesthetics of architecture, dividía su tiempo entre Inglaterra y Checoslovaquia, colaborando con los disidentes del régimen comunista para fundar una universidad clandestina. Extrañamente, coincidirá allí con Jacques Derrida, que paralelamente colaborará con los académicos checos perseguidos (Powell, p. 151).

La década que se iniciaba significaría el momento de su estrellato y el inicio de sus conflictos con la derecha oficialista. En The Meaning of Conservatism (1980), para algunos su publicación de cabecera, defiende la idea de un conservadurismo tan alejado de las proposiciones thatcherianas de libre mercado, como de los absolutismos que siempre terminaron en fracasos rotundos. Porque Scruton siempre rehuyó de las utopías, de los mundos ideales y los proyectos refundacionales. La sustancia del conservadurismo es la confianza en las respuestas perennes, confirmadas por el tiempo, en el valor de la conservación de lo probado.

En The Salisbury Review deja ver su lado más polémico. La dirigió desde su fundación en 1982 hasta su renuncia en 2001, y durante dicho período recibió las contribuciones de polemistas de la talla de Enoch Powell, Aleksandr Solzhenitsyn o Hugh Trevor-Roper. La revista le costó a Scruton la expulsión del Birkbeck College y varias demandas judiciales. Ya en 1984, la revista ganaría notoriedad con la publicación de un ensayo sobre la Ley de Relaciones Raciales y la educación multirracial (Hickson, 2019, p. 55), escrito por un director de escuela que debió dejar su puesto tras violentas protestas. Al año siguiente, la asamblea general de la British Association for the Advancement of Science condenó públicamente a la revista por racismo científico e incompetencia intelectual. Por ello, y como explicó alguna vez Scruton, la mayor dificultad “fue encontrar gente para escribir en una revista explícitamente conservadora (Dooley, 2009b, p. 14).

Durante el resto de la década Scruton escribió sobre todo: música, semiótica y sexualidad, como lo hiciera en Sexual Desire (1986), alabado incluso por Martha Nussbaum[2]. En los noventa, se volcaría de lleno a la estética y aprovecharía de polemizar por los diarios de circulación nacional. Condenado al ostracismo luego de que se revelara que una firma de cigarrillos le pagaba para publicar columnas en favor del tabaco, el defenestrado filósofo vivió por algunos años en Estados Unidos e inició una fase autobiográfica.

En últimos años, Scruton incursionaría en el género documental con Why Beauty Matters (2009)[3], producido por la BBC, y que se alzaría como el compendio de sus posiciones estéticas. En él pone en el banquillo de los acusados a las obras contemporáneas más famosas, de Duchamp a Damien Hirst. El Tate Museum de Londres nos aparece como el epítome de la fealdad, que, por su nula diferencia con la cruda cotidianidad, no puede ser categorizado de arte sin que ello suponga una afrenta a los maestros de la antigüedad. Scruton camina entre las ruinas de edificios que no tienen más de cuarenta años, pero que, sin embargo, han quedado rápidamente obsoletos por el paso del tiempo. Construcciones brutalistas y utilitarias, que no tienen mérito alguno para ser conservadas. Sus grafitis no son un garabato disruptivo, sino que constituyen el decorado final de obras creadas para la muerte.

La narración termina en Poundbury, una ciudad recientemente construida en el sur de Inglaterra. La ciudad fue diseñada siguiendo los cánones de la New Classical Architecture[4] británica: ladrillo, piedra, arcos y surtidos jardines. Allí, caminando por el experimento urbanístico, concluye el documental con un halo de esperanza: la posibilidad de legar a las nuevas generaciones lugares con proporción humana, que se puedan gozar estéticamente y que no puedan ser históricamente despreciadas. Tal como para tantos autores desde Platón a Kant, para Scruton la belleza es un atributo objetivo.

Scruton camina por Plaza Baquedano

Si el inglés se enteró sobre el octubre chileno es algo que se llevó a la tumba. Aunque como es de presumir, conocía perfectamente los avatares políticos y económicos de este lado del continente. En efecto, colaboró con el Centro de Estudios Públicos desde 1984 y la Fundación para el Progreso publicó recientemente dos de sus obras. Hace algunas semanas, La Tercera publicó una recomendada entrevista hecha por Patricio Tapia –hoy por hoy, el mejor periodista culto del país– al profesor Miguel Orellana, que fue alumno de Scruton mientras estudiaba en Oxford[5].

De todos modos, debe haber sabido que éste fue el campo de pruebas para el proyecto que, años más tarde, sería implementado en la sindical Inglaterra de los ochenta con resultados proporcionalmente similares: economías robustas y sociedades culturalmente deforestadas. Quizá por ello entre Santiago y Brinkworth haya largos doce mil kilómetros de distancia y, sin embargo, entre Santiago, Londres y las grandes capitales, las distancias parezcan recortarse cada vez más.

En The West and the Rest (2002), Scruton advertía la continua auto-negación de la identidad occidental que se produce con la adopción de códigos sin arraigo en la propia Tradición: una sensación de exilio permanente de aquellos lugares que, algún día, se consideraron como propios. Imposible no pensar en la Plaza Baquedano, convertida en una inmunda explanada a la cual ya no se puede entrar; o en los pocos edificios bien conservados del centro de Santiago, algunos reducidos a cenizas y otros inutilizables por varios años. Es la fealdad como campo de batalla (Demian, 2020), es la ruina como triunfo miserable sobre el canon.

Exiliados cada vez más en nuestros propios países, más necesario se hace leer a Scruton en serio. Su multifacética obra es una summa contra los posmodernos de lado y lado. Sirve como un remedio de emergencia para soportar el suicidio civilizacional, alentado tanto por las derechas acostumbradas al pacto, como por las izquierdas profesionalizadas. Volver, pues, la mirada a lo inútil y su importancia, porque en el cuidado de dichos detalles —sin aparente funcionalidad productiva— vemos reflejada la salud espiritual de nuestras naciones.

Sir Roger Vernon Scruton

1944-2020

R. I. P.

Bibliografía

Callinicos, A. (1989): “A.J. Ayer: Out of time”. Socialist Worker Review, No. 123, septiembre de 1989.

Demian, J.C. (2020): La fealdad como campo de batalla. CEL. En: https://www.celchile.org/post/la-fealdad-como-campo-de-batalla

Dooley, M. (2009a): Roger Scruton: the Philosopher on Dover Beach. Londres, Gran Bretaña: Continuum.

_________ (2009b): The Roger Scruton Reader. Londres, Gran Bretaña: Continuum.

Hickson, K. (2019) : Britain’s Conservative Right since 1945: Traditional Toryism in a Cold Climate. Londres, Gran Bretaña: Palgrave Macmillan.

Powell, J. (2006): Jacques Derrida, a Biography. Londres, Gran Bretaña: Continuum.

Scruton, R. (10 de marzo de 2009): The New Humanism. American Spectator. En:  https://spectator.org/42079_new-humanism/.

_________ (2012a): Confessions of a Sceptical Francophile. Philosophy, Vol. 87, No. 342.

_________ (2012b): Fools, Frauds and Firebrands. Thinkers of the New Left. Londres, Gran Bretaña: Bloomsbury Continuum.

_________ (2015a): Gentle Regrets: thoughts from a life. Londres, Gran Bretaña: Continuum.

_________ (2015b): Sexual Desire. A philosophical investigation. Londres, Gran Bretaña: Continuum.

_________ (29 de septiembre de 2016): Clown Prince of the Revolution. On Slavoj Žižek, a new kind of leftist thinker. City Journal. En: https://www.city-journal.org/html/clown-prince-revolution-14632.html Tapia, P. (31 de enero de 2020): M. E. Orellana sobre el conservadurismo de Roger Scruton y el sonambulismo de la academia. Culto. La Tercera. En: https://culto.latercera.com/2020/01/31/m-e-orellana-conservadurismo-roger-scruton/


[1] Aunque Scruton mismo se decantaba por el uso del término conservador, lo hacía como parte de la tradición política de su país —consagrada a partir de Edmund Burke (1729-1797), exponente de los old tories—, sin gran contradicción con aquello que en el mundo latino entendemos genéricamente como tradicionalismo —consagrado a partir de Joseph de Maistre (1753-1821), marcando desde entonces una diferencia respecto al uso del término conservador, que resta asociado a pactar con la revolución en un mínimo «decentemente tolerable»—. Prueba de la mayor cercanía de Scruton con la perenne postura tradicionalista, fue su posición histórica de abierto rechazo a las políticas liberales del conservadurismo británico bajo la era Thatcher. De allí que existan abiertas diferencias, tanto en el plano internacional como nacional, entre quienes se reivindican abiertamente conservadores.

[2] Martha Nussbaum (1947-) es una filósofa estadounidense adscrita al feminismo universalista. Entre sus ideas contrarias al pensamiento de Scruton, destacamos la consideración del sexo y la sexualidad como conceptos moralmente irrelevantes, cuya utilidad histórica ha sido justificar jerarquías sociales, ignorando las «reales libertades y capacidades» de los individuos.

[3] Vínculo al documental (subtitulado al portugués): https://www.youtube.com/watch?v=W5tuGjzXJ9k

[4] La New Classical Architecture es un movimiento contemporáneo de arquitectura que, frente a lo considerado como una degradación de la disciplina bajo influencias posmodernas, propone continuar con patrones clásicos bajo técnicas actuales. Tiene presencia mayormente en Reino Unido y los Estados Unidos de Norteamérica. Fundada por Raymond Erith y continuada por arquitectos como Quinlan Terry, John Simpson, Léon Krier, entre otros.

[5] https://culto.latercera.com/2020/01/31/m-e-orellana-conservadurismo-roger-scruton/