La relación entre feminismo y pornografía: «Una mirada hacia las tesis antipornografía de Dworkin y MacKinnon»

Por Daniela Carrasco*

“El porno es la síntesis artificial, es el festival y no la fiesta”,

Jean Baudrillard, De la Seducción (1979).

Pinturas, libros, revistas, ilustraciones, fotografías, películas, música, grabados… A lo largo de la historia de la humanidad, en todas ellas es posible encontrar material erótico, pero será con el advenimiento del siglo XX, que la pornografía se consolidará como una industria. En la década de 1930 encontramos las llamadas “revistas para caballeros”, como Esquire (1933), Gentlemen’s Quarterly (1931), o Yank, the Army Weekly (1942), las que presentaban desnudos femeninos para la estimulación visual del hombre. Poco después, la industria encuentra una oportunidad para asentarse durante la segunda mitad del siglo XX, momento en que el Código Hays – norma estadounidense que establecía lo que estaba permitido enseñarse en la industria cinematográfica– se debilita. Así, surgen revistas eróticas con contenido sexual explícito como Playboy en 1953, Penthouse en 1965, y Hustler en 1974, y también aparecen revistas para el público LGTB como The Advocate en 1967. Ya en la década de 1980 la pornografía logró consolidarse como una industria altamente rentable, aparecen canales pagos de televisión, como Playboy TV en 1982 en Estados Unidos – en Latinoamérica en 1996 – y más adelante con la irrupción de Internet y de innumerables portales pornográficos.

El vocablo pornografía desciende etimológicamente del griego pornos, porne o poeneia que significa prostituta o prostitución (Romero, 2013, p.103), y de graphos escritura, por lo que podría traducirse como “tratado de la prostitución” (Ferris, 1998, p.93), como también “la escritura sobre prostitutas; de la escritura de las acciones asociadas a la prostitución” (Castillo, 2015, p.45). La pornografía, también se puede concebir como el dispositivo de la escritura y mirada masculina sobre la mujer, concebida visualmente como un cuerpo-objeto de deseo (Ibídem, p.48-49), a través de la representación de los actos sexuales (Olcina, 1997, p.18). Desde que la pornografía se consolidó como una industria altamente rentable -segunda mitad del siglo XX-, su propagación en material fotográfico como audiovisual, ha sido articulada para el imaginario heterosexual masculino, motivo por el que feministas acusan que, si el cuerpo femenino y el acto sexual están recreados para el goce sexual del hombre, significaría que la mujer estaría subordinada a él, presentándose como objeto del deseo y del placer erótico.

Hoy, la industria pornográfica se posiciona dentro de las más relevantes a nivel mundial. Incluso, a pesar de que no se puede tener cifras económicas concretas por la piratería de la industria,[1] solo la página de Internet pornográfica más visitada, Pornhube, es casi tan visitada como Netflix y Linkedin (BBC, 2019). Pero, además, los límites de la industria se ven difusos cuando son los mismos usuarios que hacen sus propios registros audiovisuales, los que pueden agregar su propio contenido a páginas web, ya sean de acceso libre o pagado. Sin embargo, con la irrupción de las redes sociales como Twitter o Instagram, los usuarios pueden subir su contenido DIY-amateur a sus cuentas, siendo identificados como influencers, lo que desplaza el requisito de ser actriz o actor pornográfico pues las experiencias que se registran buscan basarse en la realidad, dejando de ser una mera ficción.

Pero, a pesar de su éxito económico e innegable impacto cultural, la industria y la producción pornográfica no ha estado exenta de críticas. En pleno auge y prosperidad de la industria pornográfica, aparecen distintas posiciones en torno a ella: las conservadoras, que consideran que fomenta conductas morales no deseables, y las posturas liberales, que argumentan que cada uno es libre de hacer y consumir lo que se desee mientras no exista un daño a un tercero. Este mismo debate se replica con particular fuerza, en el seno del feminismo. En efecto, las aproximaciones o corrientes feministas se dividen en dos posturas: una a favor de la pornografía (Pro-sex) y otra en contra (Anti-pornography). Ambas posiciones comienzan a tomar forma en la década de 1970, pero en especial desde 1980 es que ambas se desarrollan.

De un lado, la postura Pro-sex se fundamenta en los argumentos de Gayle Rubin, Carole S. Vance, o Pat Califa, quienes avalan la libertad del goce y el acto sexual. En contra aparecen las posturas de Catharine MacKinnon, Andrea Dworkin, o Gloria Steinmen liderando la posición antipornografía. En esta última, se destaca al activismo por la Antipornography Civil Rights Ordinance de 1983, liderada por Dworkin y MacKinnon, pues señalan que la pornografía sería una violación a los derechos civiles de las mujeres. La ordenanza, que un comienzo se propagó por Estados Unidos, fue sancionada por atentar contra la libertad de expresión. El motivo para postular la censura a la pornografía es que “es un elemento clave en la producción y reproducción de las relaciones sociales jerárquicas y violentas” (Solana, 2013).

En este primer artículo se busca presentar una aproximación desde la tesis feminista antipornografía, liderada por Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon. Se realizará una breve exposición bibliográfica de su concepción sobre la sexualidad y la pornografía; qué justificó su activismo; y las respuestas de incluso aquellas feministas Pro-sex. En un siguiente escrito, se profundizará en qué devino la posición feminista de la pornografía al integrarse una matriz deconstruccionista y queer, en el que se integran otros imaginarios y posibilidades, como los actos performativos que dan luz a la pospornografía y al pornoterrorismo.

Feministas en contra de la pornografía: Dworkin y MacKinnon

Los antecedentes a la posición prohibicionista del feminismo son anteriores a la década de 1980. A finales del siglo XVIII, y en especial durante el siglo XIX, surgió el Movimiento por la Templanza en Estados Unidos, el que a través de ligas esencialmente femeninas, buscaba prohibir el consumo de alcohol. El principal argumento de esta posición postulaba que el alcoholismo estaba estrechamente vinculado a la violencia doméstica ejercida por el hombre, por lo que este movimiento se veía como una posición que adhería a los derechos de la mujer al buscar liberarse de esta opresión. Renombrada es Carrie Nation, quien, junto a otras mujeres, iba a tabernas y destruía las botellas de alcohol con un hacha. El Movimiento por la Templanza tuvo una inspiración puritana, especialmente metodista y mormona, pero destaca la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza (WCTU por sus siglas en inglés), la primera organización de mujeres que tuvo articulación de corte político al demandar, además, el sufragio femenino. Estas ligas fueron el antecedente inmediato la Ley Seca que rigió entre 1920 y 1933.

La base fundamental de la posición prohibicionista de la pornografía señala que la mujer es concebida como cuerpo-objeto sexual, el que se mercantiliza para la satisfacción del ojo masculino. Se presenta al cuerpo femenino como una mercancía, despojándola de su condición de persona. Además, la mujer se muestra relegada de su propio placer, pues su fin único sería complacer al hombre, lo que indicaría la deshumanización de las mujeres. Estas tesis responden a un relato marxista, en el que ya encontramos referencia en El origen del Estado, la familia, y la propiedad privada (1884) de Friedrich Engels, quien señala que las opresiones que se dan en las relaciones y fuerzas productivas también se reproducen dentro del hogar, pues la división de actividades responden a esta lógica. “El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletario” (Engels, 1884, p.32), lo que traslada la clásica dicotomía marxista de opresores y oprimidos a las relaciones matrimoniales, donde para Engels además “la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción” (Ibídem, p.22). Para Karl Marx, la producción capitalista produce una totalidad económica determinada, pero también una sociedad global determinada, es decir las relaciones humanas son mediadas por los fundamentos capitalistas (Marx en Lukacs, 1970, p.49).

En estadios más avanzados del marxismo encontramos que las formas de producción y el consumo capitalista condiciona las relaciones humanas, y por tanto, la sexualidad, se desarrolla y complejiza aún más. La Escuela de Frankfurt, fundada en 1923, tenía como propósito traducir el marxismo clásico económico estructural a uno de corte cultural o súperestructural, al que se le suman lineamientos del psicoanálisis gracias a El Malestar en la Cultura (1930) de Sigmund Freud, por lo que la Escuela de Frankfurt funda la Teoría Crítica. Max Horkheimer y Theodor Adorno escribieron en conjunto La Dialéctica del Iluminismo (1944) el que entrega una reflexión en torno a la Industria Cultural, señalando que toda producción de los medios de comunicación tiene una relación directa en los comportamientos de la masa, causado por el modelo capitalista, lo que se traduciría como el engaño del iluminismo. Herbert Marcuse, quien teorizó sobre el Eros, la libertad sexual y lo libidinal, señala que: “La sociedad dividida en clases conoce una sola forma para transformar a los hombres en instrumentos de placer: la servidumbre y la explotación” (Marcuse,1967, p.19). Para este teórico, la sociedad burguesa tiene una libertad condicionada a la prohibición del placer, pues “la prohibición de ofrecer su cuerpo al mercado como instrumento de placer en vez de instrumento de trabajo, es una de las raíces sociales y psíquicas fundamentales de la ideología burguesa-patriarcal” (Ídem). Por otro lado, el húngaro Georg Lukács, agrega el concepto de cosificación, que es parte del proceso de alienación del capitalismo, conocido como “fetichismo de la mercancía”.

La transformación de la relación mercantil en una cosa de “fantasmal objetividad” no puede, pues, detenerse con la conversión de todos los objetos de la necesidad en mercancías. Sino que imprime su estructura a toda la conciencia del hombre: sus cualidades y capacidades dejan ya de enlazarse en la unidad orgánica de la persona y aparecen como “cosas” que el hombre “posee” y “enajena” exactamente igual que los diversos objetos del mundo externo (Lukács, 1985, p. 24).

Ante este breve marco teórico, el feminismo erigido como una vertiente pragmática del marxismo, toma estos postulados al ver que la pornografía es un dispositivo foucaultiano, es decir un dispositivo del saber-poder, que profundiza el antagonismo de sexo. Por esto, Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, dos activistas feministas, pusieron el ojo y problematizaron respecto de la pornografía, abogando por su censura. En general puede decirse que gran parte de la posición antipornografía se condensa en su trabajo académico y activismo. En 1983, ambas dictaron un curso sobre pornografía en la Facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota, mientras también eran parte del Women Against Pornography (WAP), una agrupación activista antipornografía que estuvo presente durante las décadas de los ‘70 y los ‘80.

Andrea Dworkin (1946-2005) fue una feminista radical estadounidense. Tuvo a su haber numerosas publicaciones en torno a cómo la sexualidad ejercida por el hombre sería la reproducción de la violencia sobre la mujer, destacan Woman Hating (1971), Our Blood: Prophecies and Discourses On Sexual Politics(1976), The New Womans Broken Heart: Short Stories (1980), Pornography: Men Possessing Women(1981), Right-wing Women (1983), Intercourse (1987), Heartbreak: The Political Memoir of a Feminist Militant (2002), entre otros.

Dworkin entró a la esfera pública tras ser arrestada por participar en manifestaciones contra la Guerra de Vietnam, episodio en el que vivió una agresión que la dejó con sangramiento genital. Esto lo hizo público, transformándose en noticia a nivel internacional (Farrel, 1965). En una carta al director del New York Times del día 03 de mayo de 1992, relata que durante su vida se vio expuesta a maltrato por parte de hombres: tres veces fue agredida sexualmente antes de los 18 años, fue maltratada por su esposo –miembro del movimiento anarquista Provo en Holanda–, y cómo de un matrimonio de abusos pasó a vivir de la prostitución. En esta carta explica por qué, junto a Catharine MacKinnon, disponían en contra de la pornografía, pues en ella se:

“Erotiza la desigualdad de una manera que promueve materialmente la violación, la agresión, la mutilación y la esclavitud; hacen un producto que saben deshumaniza, degrada y explota a las mujeres; lastiman a las mujeres para hacer pornografía, y luego los consumidores usan la pornografía en agresiones tanto verbales como físicas (…) Los hombres liberales parecen pensar que luchamos contra la pornografía para proteger una inocencia sexual, pero no tenemos nada que proteger. La inocencia que queremos es la inocencia que nos permite amar. Las personas necesitan dignidad para amar” (Dworkin, 1992).

Catharine MacKinnon (1946-presente), abogada feminista estadounidense, escribió Working Women (1979), Feminism Unmodified (1987), Toward a Feminist Theory of the State (1989), Only Words (1993), Women’s Lives, Men’s Laws (2005), Are Women Human? (2006), Sex Equality (2016), y Butterfly Politics (2017), problematizando a las mujeres como sujetos de derechos (in)humanos. Redactó junto a Dworkin la primera ley civil contra la pornografía, pues sería responsable del tráfico de mujeres –lo que iría en contra de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, y la Convención contra la discriminación hacia la mujer–, y de promover la violación, la agresión, la mutilación y la esclavitud, al degradar y explotar a las mujeres (Ídem).

En conjunto, las dos feministas escribieron Pornography and Civil Rights: A New Day for Women’s Equality (1988),como además In Harm’s Way: The Pornography Civil Rights Hearings (1998).

Para ambas, la dominación masculina sobre la femenina es una dominación de tipo sexual. MacKinnon afirma que “la erótica sexual en un sistema de dominación masculina, es la erótica de la dominación y la sumisión” (MacKinnon en Camas García, 2014 p.62). La supremacía masculina se manifestaría de forma sexual, y la jerarquía de género la sexualiza para el placer erótico a través de la agresión sexual a las mujeres en su condición de débiles. Argumentan que esto sería evidente por los casos de violaciones y agresiones sexuales que las mujeres viven a lo largo de su vida, las que para MacKinnon no son casos fortuitos, sino la consecuencia de un orden estructural, dominado por un poder masculino, el que es definido por los mismos hombres. Es por eso que tenemos la prostitución, las violaciones, el abuso sexual, el incesto, la violencia doméstica y la pornografía (Solana, 2013). Todo acto sexual al someter a la mujer, es violento, irrespetuoso e indigno. Según Dworkin:  

El poder sexual masculino es la erótica de la jerarquía de género, que es “la sustancia de la cultura”. La excitación se encuentra precisamente en el carácter no consensuado del evento sexual. El uso de la fuerza con propósitos violentos es “el propósito esencial del pene”. No es extraño, entonces, que la sexualidad masculina se considere “la materia prima del asesinato, no del amor”. (Dworkin en Camas García, 2014, p.63).

Por eso, al redactar la Ordenanza de Derechos Civiles Anti-Pornografía, enfatizan que si todo acto sexual significaría ultrajar sexualmente a la mujer, la pornografía incentivaría esas prácticas. Por eso el movimiento antipornografía busca censurarla, porque ella sería “la subordinación gráfica y sexualmente explícita de las mujeres” pues son deshumanizadas al ser concebidas como objetos sexuales, cosas o bienes; las mujeres disfrutan la humillación y el dolor sexual; sienten placer sexual en las violaciones o incesto; pueden ser mutiladas o golpeadas y aun así disfrutarlo; toda posición sexual que se muestre en la pornografía mostrará a la mujer en un estado de sumisión, servidumbre o exposición; toda parte del cuerpo que se enseña de las mujeres se hace para reducir a la mujer meramente a sus atributos físicos; son exhibidas penetradas por objetos o animales (Dworkin y MacKinnon, 1998). También esta ordenanza aplica a la subordinación sexual de otros hombres, niños o transexuales, por lo que esta norma también aplica para ellos.

Para Dworkin y MacKinnon, “la pornografía viola los derechos civiles de las mujeres al constituir una práctica esencial en el proceso de discriminación y de subordinación sexual que convierte a la mujer en una ciudadana de segunda clase” (Malem, 1992, p.181). La justificación de estas feministas para censurar la pornografía se resume en la frase de la feminista radical Robin Morgan, quien fue muy activa desde la década de los 60’s: “la pornografía es la teoría, la violación la práctica”.

Pero la pornografía no sólo refleja la dominación sexual masculina que se vive en la sociedad, sino que también la reforzaría. Las feministas, en sus distintas corrientes, postulan que el sistema sociopolítico es patriarcal, es decir, siguen los lineamientos marxistas al argumentar que tal como existe en la esfera pública una división del trabajo que lleva a que existan burgueses opresores contra un proletariado oprimido, tal como ya lo señaló Engels en 1884, dentro del hogar y el matrimonio el hombre es el opresor y la mujer la oprimida. Esto que se da en la esfera privada, también se transpola a toda la sociedad, una de tipo patriarcal que no se puede desasociar del sistema económico del libre mercado. Esto lleva a las feministas a argumentar que en el momento que jóvenes y adolescentes consuman del dispositivo pornográfico no podrán separarse de esa visión de opresión, por lo que en sus relaciones íntimas con mujeres reproducirán las categorías aprendidas y aprehendidas por la pornografía. Pero agregan que no solo en el plano sexual reproducirían los hombres la dominación, sino también la plasmarían en las relaciones de la esfera pública, como en los lugares de trabajo o estudio. Sin embargo, la visión de Dworkin es bastante radical a calificar que toda relación heterosexual le es inherente la violencia, porque los hombres “aman la muerte” y el asesinato (Malem, 1992, p. 186).

Dworkin (1989) lleva la idea de la violencia como estándar de la sexualidad masculina hasta sus últimas consecuencias, al afirmar que no es solo la falta de consentimiento lo que caracteriza la violación, sino que incluso toda relación heterosexual es en sí misma un acto de violación, aunque la mujer crea participar voluntariamente en él, pues su voluntad está enajenada por la opresión sistémica a la que ha sido sometida. De esta manera, todo consentimiento es solo aparentemente voluntario (Prada, 2010, p. 14).

Catharine MacKinnon en Feminism Unmodified señala que la pornografía “sexualiza la violación, los golpes, las agresiones sexuales, la prostitución y el abuso de los niños, y por lo tanto los celebra, promueve, autoriza y legitima” (MacKinnon, 1987, p.171). Mientras Dworkin y MacKinnon luchaban por censurar o por lo menos restringir la pornografía, algunas actrices del mundo pornográfico apoyaron públicamente esta posición. Linda Marchiano, quien protagonizó la película pornográfica Garganta Profunda, narró que su experiencia fue bajo coacción y violencia. Marchiano se sumó a la iniciativa de las dos primeras, al acusar que la pornografía muestra una subordinación explícita, las mujeres se muestran directamente como objeto sexual, deshumanizadas, en escenarios ofensivos, de humillación, degradación y tortura (Carr, 1986).

Las críticas a la posición antipornografía

Como ya se ha señalado, el activismo antipornografía tuvo una contraparte Pro-sex, el que no se edifica sobre el discurso de la dignidad de las mujeres. En particular, explora cómo es que la pornografía entrega una oportunidad concreta para la exploración del placer y la ampliación de los límites o bordes políticos del cuerpo, respaldando el libre ejercicio del trabajo pornográfico por parte de mujeres.

Existieron incluso organizaciones que abogaban explícitamente por esta posición. La Organización Feminista contra la Censura (FACT por su nombre en inglés Feminist Anti-Censorship Taskforce) en 1989 se alió con el Sindicato a favor de las Libertades Civiles Americanas (ACLU-American Civil LibertiesUnion) para apoyar la postura Pro-sex. Incluso estaban a favor de que se realizara pornografía desde la visión de las mujeres y para ellas, como también de decidir libremente con quien relacionarse en el plano sexual. Aparece la pospornografía como una alternativa a la pornografía mainstream, para el goce sexual femenino y también para las disidencias sexuales.

Otras críticas llegaron desde la Filosofía del Derecho. En Estados Unidos existía un intenso debate en torno a la censura y a la libertad de expresión, de ejercer como trabajo actuar en películas eróticas y de consumir libremente pornografía. En efecto, al publicar MacKinnon Only Words en 1993, rápidamente es interpelada y refutada (curiosamente) por otro Dworkin: el jurista Ronald Dworkin. En su artículo Freedom’s Law (1996) le contra-argumenta a cuatro afirmaciones que hacía MacKinnon en su libro.

Primero, cuando MacKinnon afirma que la pornografía es causa de que exista un alto número de números de violaciones, el jurista replica que esta noción es producto de una falacia, hay abusadores que son consumidores de ella, pero que tal como demuestra un informe de la Comisión Nacional sobre Obscenidad y Pornografía del año 1970, la pornografía no provocaría “desviación sexual”.

Segundo, cuando MacKinnon indica que la pornografía silencia a la mujer, Dworkin (el jurista) responde que todo su discurso tiene la intención enunciativa de resultar impactante al relatar exclusivamente ejemplos de violaciones o torturas sexuales.

El tercer argumento de la feminista dice que las actrices de películas pornográficas no actúan cuando están siendo subordinadas sexualmente, respondiendo Ronald Dworkin que este problema “laboral”, realmente existiría en la producción de pornografía infantil que debe ser castigada, pero no así la de adultos. Las mujeres se verían motivadas a ingresar a la industria pornográfica por la recompensa económica que no encuentran en otros lugares, y no es justificación de prohibir a las mujeres que puedan ganar buena suma de dinero aunque sea a través de esta industria.

El cuarto y último punto que refuta, es que MacKinnon sostiene que la pornografía está destinada como productora de fantasías para la masturbación y erección masculina, por lo que se aleja de ser un efecto del derecho de libertad de expresión. Dworkin contesta que:

El hecho de que las películas pornográficas puedan producir erecciones, ella lo ve como un proceso mecánico que nada tiene que ver con la excitación que puede producir una obra de arte. Es importante resaltar que la idea de que la libertad de expresión no incluya la pornografía, hace recordar, por lo menos en un país como el nuestro, a la censura impuesta por las dictaduras. Cuando se empieza a prohibir, se hace difícil saber hasta dónde se puede llegar (Dworkin, R., en Britos et al, 2018, p.68).

MacKinnon continúa el debate señalando que la pornografía afecta la conducta y no los pensamientos, y que la Ordenanza que patrocinó junto a Andrea Dworkin y otras es atacar jurídicamente las conductas de agresiones sexuales y no el fuero interno de los hombres. Señaló también que existe una conexión entre la pornografía y los daños a las personas, la que es ratificada por tribunales. Enfatizó que en su libro Only Words quizo explicar que parece que la protección a la pornografía es más relevante que la protección a aquellos que se ven afectados por la misma.

La pornografía hoy. Las posiciones Pro-sex y antipornografía de las feministas en la década de 1980 aún están presentes en los distintos colectivos que adhieren a esta ideología. La mercantilización del cuerpo femenino es algo que el feminismo aún toma, y existe un rechazo a la pornografía no por un tema moral, sino porque el capitalismo tomaría como moneda de cambio el cuerpo de la mujer. Sin embargo, hay otras posiciones feministas que siguen desarrollando la posición Pro-sex lo que ha devenido en otro dispositivo pornográfico, con otras matrices filosóficas que alimentan su discurso. En el próximo artículo se profundizará en cómo el dispositivo pornográfico se ha transformado entregándonos otros horizontes e imaginarios, los que sirven como lucha al sistema capitalista y patriarcal. Deja atrás la noción binaria de sexos, presentándonos la noción de género, gracias al aporte de la teoría queer de Butler, la noción de dispositivo de Foucault, y la deconstrucción de Derrida. La pornografía hoy, sea del tipo pospornografía o porno-terrorista, es otra estrategia para destruir al patriarcado.

Bibliografía

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[1]Se estima que puede tener mayor influencia económica en Estados Unidos que Netflix. Yahoo! Finance (2018) Porn could have a bigger economic influence on the US than Netflix.


*Cientista Político de la Universidad del Desarrollo, candidata a Magíster en Comunicación Política de la Universidad de Chile.