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Humo o barbarie

Por Jorge Marchant

Hay épocas que se reconocen por su humo.

Cassius Clay derrota a Sonny Liston. La foto quedó para la posteridad. Una bruma pesada envuelve la escena: nadie la cuestiona.

El tabaco produce una iconografía. Acompaña la ambición, la concentración y la toma de decisiones. Afirma el tiempo y el espacio propio.

El cigarro no ofrece un estado de conciencia alterado. Por eso seguimos mirando con fascinación ciertas fotografías del siglo XX. No para restaurar ese mundo, sino porque produjo figuras dignas de ser imitadas.

El humo del tabaco es aura. Pero fue desplazado.

La marihuana vuelve a cada persona un Dios[1], escribió Jerry Rubin, líder de la contracultura de los setenta. Para él, esa hierba era útil porque boicoteaba la normalidad burguesa. Un imaginario donde la evasión reemplaza la contemplación y la disolución al carácter.

El hombre ya no aparece frente al mundo. Está suspendido de él. “Mantente volado todo el día. La jornada laboral de ocho horas es el enemigo[2]. Era una diferencia civilizatoria.

Al salir del metro, el aroma es inconfundible. Dominan las notas de pito, impregnan el aire. Y no viene de universitarios, es un grupo de oficinistas afuera de un Oxxo. Ríen y esperan.

Pienso en la supuesta contracultura: el capitalismo absorbe todas sus amenazas. El mismo Rubin años después se cortó la barba y se puso corbata, predicando las bondades del libre mercado.

Encendí un Lucky rojo, el clásico, en la terraza de un café. La garzona me toca el hombro y señala un cartel: es una zona libre de humo. Miro a la vereda y los oficinistas siguen fumando y riendo.

La bruma picante se disuelve en el aire del sector oriente. Nadie la cuestiona.


[1]º Rubin, Jerry (1970): Do it! Scenarios of Revolution. Nueva York: Simon and Schuster, p. 98.

[2] íbid.

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