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«Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!»

Reflexiones sobre el nihilismo neoliberal

Por Santiago Garrido y Díaz

Estamos en un presente errático con puños de autoridad que a su vez claman «libertad», «individuo», «fuerza» y en ello existe un componente ideológico que me parece curioso como también peligroso. Pero más que burlarme o infantilizarlo, hago eco al llamado que hizo Strauss hace menos de un siglo. Quiero reflexionar sobre la ideología que ha creado un sistema político-económico como es el neoliberalismo y cómo, a falta de aceptación de los metarrelatos, hemos aceptado «nuevas verdades» y «nuevos enemigos». Describir esta nueva espiritualidad que afirma la misma pero la niega con sus acciones. Y por qué considero peligrosa estas verdades nihilistas.

A principios del siglo XX, Leo Strauss advertía en una conferencia en la ciudad de Nueva York, sobre una «enfermedad espiritual» (Strauss, 1941) que azotaba a la recién formada Alemania. Esta enfermedad era el «nihilismo alemán», que surgió como una reacción hacia el racionalismo ilustrado, el liberalismo y el cristianismo, -al catolicismo, siendo más concreto-, lo que llevó a muchos pensadores a considerar estos pensamientos como arcaicos o decadentes e insuficientes, para dar cara hacia lo que se venía: el mundo moderno y el cambio total del paradigma europeo. De esta enfermedad nacieron varias cepas, entre ellas, la más famosa y criminal: el nacionalsocialismo, o nazismo, que no era más que «la forma más baja, más provincial, más inculta y más deshonrosa» (Strauss, 1941) de este pensamiento. Quienes rechazaron los valores morales de la sociedad judeocristiana, y abrazaron la que unificaba a su identidad nacional. Así palabras como «fuerte», «débil», «guerrero» e «individuo» se posicionaron dentro del inconsciente colectivo de muchas personas.

Estamos cerca del centenario de la consolidación del nazismo en el poder político a través del Tercer Reich y sus pretensiones y actos han perdurado más de lo que pensamos. Sus bestialidades llevaron a heridas y articulaciones políticas que hoy vemos en Gaza, la búsqueda constante de chivos expiatorios lo que ha llevado a resurgimientos cavernarios en Europa y el mundo. En Sudamérica, en específico Chile y Argentina, el nazismo no tiene un heredero importante. Si bien las ideas fascistas y corporativas ayudaron mucho a movimientos de terceras posiciones, como el Partido Agrario Laborista, el Nacista, entre otros, ya sus preceptos quedaron en el anecdotario de esa fascinante época de la política chilena previa a la Unidad Popular y la Dictadura Cívico-Militar.

El «nihilismo alemán» ha engendrado una nueva cepa, el «nihilismo neoliberal», el cual se evidencia en los personajes libertarios sudamericanos, sobre todo en la imagen de Javier Milei, y en las bastardas del mismo, los Kaiser. Si bien no vanaglorian el nazismo, lo adhieren a la izquierda porque para ellos toda práctica que profese el rol del estado como pieza base en las relaciones económicas pertenece, prácticamente, a lo mismo. Herederos del pensamiento de Friedrich Hayek, ya que consideran que cualquier dirección al socialismo, tiene un peligro inherente, que es la vía hacia un totalitarismo(1).

El neoliberalismo es una corriente político-económica que promueve la reducción de la intervención estatal en la economía, la privatización y desregulación como motores económicos para los países. Es una reformulación del liberalismo clásico y nace como respuesta a las crisis económicas, en oposición a las políticas keynesianas. Tuvo varias escuelas, entre ellas, las de Chicago, ya que debido a los problemas económicos en la década de los 70, el «neoliberalismo» fue revivido e implantado en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet, en Estados Unidos y Reino Unido durante los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Tatcher, respectivamente, en donde se privatizaron empresas públicas, desregularon los mercados y se redujo el gasto público. Se convirtió en el puente directo entre el liberalismo clásico y la utopía individualista, ya que muchos de pensadores, como Milton Friedman y Friedrich Hayek, son figuras importantes en el ideario libertario actual.

Por su lado, la escuela Austriaca, cuyo principal pensador, Ludwig Von Mises, consolidó en pensamiento libertario y sus diferencias sustanciales en cuanto al rol del estado, ya que mientras que el liberalismo lo ve como un aparato importante, el cual puede seguir existiendo a través de regulaciones y servicios públicos, y neoliberalismo de Chicago lo relega a un «aparato subsidiario», el libertarismo lo niega y rechaza, ya que considera innecesaria cualquier intervención estatal en las relaciones económicas, sosteniendo que el mercado libre es la máxima expresión de libertad y coherencia, el cual se regula sólo a través de la oferta y la demanda, abasteciendo al ser humano de todo lo necesario para su total realización. Lo cual es una «utopía individualista» que no considera las crisis, económicas, bélicas ni climáticas, como también, niega que el ser humano es algo más que un consumidor, por ende, el ser humano carece de un sentido trascendental, tan solo quién y qué debe regirlo, depende del mercado y sus fenómenos.

La consolidación del pensamiento libertario en nuestros días, aparece de una manera similar al nazismo, una reacción radical hacia la modernidad occidental, hacia los peligros del futuro, cambio climático, progresismo y pluralidad. Pero ahora, el «judío internacional» es otro, lo evidencian en los «zurdos», las «kukas», la ONU, la Agenda 2030, la dictadura social y son capaces de considerar a estos como «enemigos del estado» y plantear exterminarlos. Lo hemos constatado en los discursos de Johannes Kaiser defendiendo las acciones criminales «con todas las consecuencias» de la Junta Militar en Chile, y también en Javier Milei, atacando a quienes ven mermadas sus jubilaciones e incluso a un niño autista, tratándolo de «kuka».

El nihilismo alemán es una corriente filosófica cuya idea central apunta a la negación de valores absolutos, de fundamentos trascendentes y de verdades objetivas. El nihilismo neoliberal niega los valores absolutos, los considera parte de un «plan» de una «agenda internacional» y ve a la ONU, la OMS y otras entidades como aquellos regentes de este plan. Niega los fundamentos trascendentes, considera que todo aquello que no se apegue a lo práctico de las relaciones económicas es «utópico» por lo tanto impracticable, inútil e infantil. Refuta las verdades objetivas, como el cambio climático, la creciente desigualdad y acumulación de riquezas por parte de empresas particulares. Las considera «falsas» y presenta «datos duros» los cuales no son, sino, re interpretaciones antojadizas de números, descontextualizados y utilizados bajo una lupa que ellos consideran «la verdad». Lo curioso de este «nihilismo neoliberal» es que pone nuevamente en valor palabras pertenecientes al cristianismo, como Dios, «prójimo», «fuerzas del cielo» y «bien contra el mal». Sin embargo, cual fariseo, utiliza estas palabras milenarias de una forma tan banales y arbitrarias, que no hacen sino recordar las confrontaciones de Jesús con fariseos y saduceos.

El nihilismo tiene una frase histórica: «¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!» (Nietzsche, 1882/2008, p. 125). Los nihilistas alemanes se encargaron de crear nuevas guías morales, apartándose y rechazando el marco judeocristiano. Esta nueva moral ha sido reinterpretada de varias maneras, para el nihilismo alemán, es la fuerza y la libertad del individuo, el nuevo motor que rige a los humanos, el pasado guerrero germánico como sustento espiritual de la nueva Alemania. Pues la nueva moral capitalista niega un colectivo considerándolo peligroso: ve en la fuerza individual, la libertad de transacción y la ganancia, las herramientas necesarias para la «libertad», ya que es el valor supremo, y cualquier intento de coacción es inmoral. Cree en la responsabilidad personal y defiende el proyecto de vida del prójimo.

Aunque esto suene bien, como toda idea, pertenece a lo que el libertarismo tanto ataca: a una «utopía», a una «teoría». Porque para llevar a cabo esta desregulación absoluta y libertad suprema, se debe atacar al estado, y en el caso de Milei y Kaiser, en destruir todo servicio del mismo, ya que es nocivo para la «libertad» y para el mercado. Con el fin de superar todas las políticas «sociales» que atenten contra sus ideales, ocupan al tan vilipendiado aparato estatal para frenar toda manifestación, ya sea social o institucional, que reivindican estas. Así, figuras autoritarias y cuasi fascistas que defiendan los valores de mercado y libertad indivdual, como Donald Trump, son admiradas por las figuras libertarias sudamericanas, además de que los pensadores más influyentes de las doctrinas minarquistas, como Mises y Hayek, no tuvieron tapujos en defender la bestialidad estatal con tal de preservar la libertad económica:


«El fascismo y todos los movimientos similares son llenos de las mejores intenciones, y su intervención ha salvado por el momento la civilización europea. Pero el fascismo no es una solución duradera; es solo un recurso de emergencia.» (Mises, Liberalismo, 1927)


«Personalmente prefiero una dictadura liberal a un gobierno democrático carente de liberalismo» (Hayek, Entrevista a «El Mercurio», 1981)


Cabe destacar que el libertarismo, a diferencia del liberalismo, hace caso omiso a la igualdad socioeconómica. Para ellos, la desigualdad que provoca el sistema forma parte del juego y del progreso, a pesar de que estas llevan a daños en el tejido social, ya que los índices de desigualdad y criminalidad van de la mano(2), y en el desarrollo pleno del «proyecto de vida del prójimo». Inclusive, pareciese que aprovechan dicha erosión social y la confusión que crea, ya que gracias a ellas pueden abogar por la destrucción de lo que ellos consideran que es el principal culpable de la pobreza: el estado. Entonces, con tal de frenar cualquier influjo de «justicia social», «socialista», «intervencionista», son capaces de defender políticas criminales del estado. Si bien no defienden en su totalidad al fascismo o las dictaduras liberales, sí las toleran. ¿Cómo es posible que el acento de su intolerancia esté en el «estado solidario», en los subsidios, en las pensiones estatales, en el sistema de salud público, en la educación pública, en los ministerios, en todo aparato estatal, independiente de su fin? Porque para ellos el medio hacia ese fin solidario, es intolerable. Odian el medio, no el fin. Pero si el medio, pese a lo salvaje, criminal y repulsivo que puede llegar a ser, busca su fin último, la libertad económica, es tolerable.

Entonces el nihilista libertario, al igual que el nihilista alemán, aboga que la fuerza individual es el motor de la nueva moral. Ese es el fin, la libertad económica absoluta del individuo, independiente de que esta pueda destruir un entorno, sobrepasar individualidades ajenas o matar de hambre. El fuerte contra el débil, fuerte es quien prospera, invierte y gana; débil, quien no lo logró y despreciable quien pide ayuda. Toda idea de un «todo» es nociva. Toda imposición de «solidaridad» es sospechosa. Bajo ese paradigma, la pensión estatal es algo que hay que erradicar, los subsidios propagan plagas, los impuestos son un crimen y la «regulación estatal» es el freno que tiene el espíritu individual de florecer. Y al momento de poder llevar a cabo «la revolución libertaria», parafraseando a Milei, son «crueles con los kukas inmundos».

¿Por qué es peligrosa esta corriente? Porque desprecia y niega toda señal de bondad por parte del estado como si esta fuese la culpable en sí de todos los males de la sociedad. Es paranoica contra el «nuevo orden mundial» y son parte de la orden mundial, de quienes no quieren perder sus privilegios. Y peor, consideran que un mundo ideal es con el beneplácito del mercado. El estado puede ser criminal y coercitivo, pero el empresariado no lo será, es un pobre individuo azotado por los embates del estado que no puede generar más riqueza porque el estado no se lo permite, y si la sociedad lo permitiese, solucionarían todas nuestras penurias y precariedades con los empleos que generarían (pese a que no tienen problemas en reducirlo automatizando hasta lo mínimo) y nuestras necesidades estarían cubiertas siempre y cuando tengamos los medios para pagarlo. Digámoslo, Musk no es un esclavo de sus trabajadores ni de los países. Bezos no vive pensando qué comerá mañana ni Zuckerberg ha visto peligrar su riqueza pese a violar expresamente la libertad privada de individuos que utilizaron sus servicios. Ellos son los dueños del juego, ellos ponen las reglas del mercado, cómo y cuándo quieren, por más desquiciadas que sean sus nuevas imposiciones, y si el estado actúa de una manera arbitraria, como los aranceles de Trump, lo aplauden porque a pesar de la libertad económica que estos empresarias adoran, son privilegiados por la cohesión hacia otros mercados que consideran inferiores o parasitarios. Los libertarios son parte del poder económico, si bien no son sus articuladores, son sus voceros y peones. Posicionan enemigos imaginarios y buscan que las personas influenciables las vean como los reales enemigos. Recordemos que aún ni se cumplen 100 años del holocausto, en donde comunistas y judíos fueron posicionados como los culpables del deterioro alemán. Utilizan sin asco las redes sociales y los medios sociales para implantar ideas abominables en la sociedad, y si se equivocan, como gran parte de las veces, bajan el perfil a su declaración, apelando a la humanidad de equivocarse, pero sabiendo que sus frases ya son parte de la histeria colectiva. Pero lo que considero peor, es que es un pensamiento miserable, en donde su vocero no tiene reparos en atacar a indefensos como jubilados, discapacitados o disidencias. En poner en peligro la educación de los niños vulnerables, quienes necesitan mayores recursos en sus establecimientos públicos para ser alfabetizados y estar preparados para la vorágine del mercado. Se siente justo y noble dejando sin ayuda a las personas que de verdad lo necesitan y ven en la solidaridad estatal un «parásito» que deben expulsar.

¿El nihilismo neoliberal responde netamente a la derecha? No. Al igual que el nazismo hacia el nihilismo alemán, el libertarismo es tan solo la expresión más vulgar del nihilismo neoliberal. Veo también ese «nihilismo neoliberal» en el progresismo actual. Como el «frente amplio» ha rechazado sus impugnaciones y las ha convertido en un pasado. Como se han convertido en una «neo concertación» y han desviado los problemas que ellos consideraban prioritarios, por otros que consideraban menos importantes, o no parte de su decálogo progresista. Como se llenan la boca con la palabra «seguridad», «crecimiento», «números». Como pese a las cifras de desempleo e informalidad, siguen celebrando los porcentajes de crecimiento económico como conquistas puras. Cuando Sebastián Piñera hablaba de que Chile era un oasis, y la crítica del progresismo era que no correspondía a la realidad, hoy veo algo similar: esta «realidad» no es como ellos dicen que es. Se ignora la sensación. Se ignora la realidad.

El progresismo está en una crisis identitaria y perdió su horizonte de «justicia social». La derecha tradicional se considera parte del poder político, y por lo tanto, es tan culpable de las crisis como la izquierda. Para muchos básicamente es lo mismo: de derecha para los progresistas, de izquierda para los conservadores-liberales. Entonces, en ese momento, en la impugnación, donde la concertación y la derecha llegaron a acuerdos para gobernar este país dándole tranquilidad, nacieron dos fuerzas rebeldes: el «frente amplio» y «republicanos». Nacieron criticando lo mismo y de maneras similares, una impugnación vociferante y agresiva hacia el poder político, y si bien, identifican el problema, plantean soluciones distintas. El Frente Amplio ha ido fracasando en dar una nueva directriz al poder político, ya que recién al gobernar entendió y perdonó a la «concertación» y se vio envuelto en problemas relacionados a «platas públicas» y «autoridades nefastas moralmente». No sabemos cómo operará un pacto republicano-libertario, pero si Argentina es la aproximación, veo en ello más que miedo, pena. Pena por la miseria humana que ha transformando en estos personajes en «voceros de la libertad». Y en cómo a través de la propaganda convencen al trabajador en que los enemigos son: comunistas, inmigrantes, disidencias, políticos de izquierda, algunos políticos de derecha, entre muchas otras, sin darse cuenta de que el deterioro se debe precisamente a la minimización del estado, aumentando brechas y permitiendo el juego libre de un componente privado, como es el narco.

El «nihilismo neoliberal» ha permeado en todas las esferas de la sociedad chilena. El experimento de Friedman nos ha llevado a una deriva moral. No importa nada más que «yo» y mi «fuerza individual». Negamos la trascendencia y aceptamos la materialidad. Uno de los casos más claros es el del fenómeno «barra brava», un fenómeno lumpenfascista, que al carecer de toda identidad, la encontró en un equipo de fútbol, el cual le permite sentirse parte de un núcleo. Este mismo es supremacista, ya que considera que su «tribu» está por sobre las demás, y con el «aguante» desprecia al otro que se convierte en un «no-hombre», y como es «hueco», «débil» y «sin aguante», lo «culeo», lo «cogoteo» y lo destruyo. Está el «yo» o mi «barra», por sobre toda esfera social, por ende, «mi barra» puede destruir lo público, tomar el transporte público, tomar el estadio y las gradas, y usarlas con nada más que mi fin. En el estallido social fuimos muchos quienes nos sumimos a esta barbarie «barra brava», en donde existió una especie de «espíritu», una identidad que se plasmó en la bandera negra de Chile, pero luego de unos golpes de realidad volvimos a lo que somos. Destrozamos supermercados, espacio público, enfocamos energía en destruir parte del patrimonio de la ciudad, pero al mismo tiempo, agachamos la cabeza ante los congresistas cuando pactaron para dar salida a ese momento político. Porque el «yo» importaba más que el problema real. Porque cuando vi que el «yo» tenía que hacer algo más que destruir. Tenía que crear, transformar, educar y ser parte de algo mayor, algo que albergaba a adversarios también, como un nuevo país o nuevo sentido nacional, dimos un paso al costado y decidimos delegar a la tecnocracia política. Y cuando vimos los resultados constitucionales, aceptamos por las buenas y malas la constitución de Pinochet y las ideas de Friedman. De alguna forma, consciente o inconsciente, aceptamos el neoliberalismo en nuestras vidas. El progresismo fue parte de eso, y fue el gran fracaso del mismo, cuyas ideas no pudieron permear el «nihilismo neoliberal», y ahora empuja más fuerte, negando el espíritu, las ideas, aceptando la realidad y la práctica por sobre todas las cosas. Priorizando la urgencia y despreciando el después. Hay que caminar mirando hacia adelante y hacia atrás, no solo a nuestros pies. El «supuesto» último refugio contra el neoliberalismo, el Partido Comunista de Chile, ha erigido a una candidata que ha tratado de minimizar el discurso de lucha de clases y marxismo. Ha posicionado al Partido Comunista como un partido socialdemócrata, y, por desgracia, para algunos, lo es. Sus ideas son nocivas para la humanidad, porque son ideas que van en un plan mayor al aquí y al ahora, por lo tanto no le da sentido a la sociedad neoliberal. Podríamos decir lo mismo de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyos postulados nos parecen arcaicos y caducos, llegando a ser ridiculizado por quienes ven en la religión como una enfermedad mental, y quienes han aceptado la ética protestante en sus vidas, pese a seguir llamándose a sí mismos católicos.

Somos un futuro que ya es incierto para nuestros descendientes. Los sectores políticos se atrincheran para atacar al adversario y gritar como jefes de barra. Se escudan en sus valores trastocados. Mientras la infraestructura de los colegios y hospitales públicos se deteriora, en muchos casos deteriorada por sus mismos defensores(3). Las pensiones siguen siendo una incógnita para el futuro, y nuestros políticos pelean por un porcentaje ínfimo. Los impuestos son vistos como un robo descarado, como una afrenta a la libertad humana, pese que de ellos salen gran parte del sustento de las ayudas sociales. Se han cuestionado políticas públicas como «Chile crece Contigo» o los «Fondos de Cultura». Los ecosistemas que hacen a Chile potencia turística y aportan al equilibrio climático son puestos en peligro, porque hay quienes consideran que el «crecimiento» y la «fuerza individual» empresarial está por sobre la belleza natural y el ciclo natural de los entornos. El crecimiento prima por sobre las comunidades. Porque el problema no es que el Complejo Industrial Ventanas haya envenenado a 33 niños y 9 profesores, sino que la empresa debe cerrar y esas personas quedarán sin trabajo, trabajo que ha sido redireccionado por el estado, ya que sin él, esas personas no hubiesen sido relocalizadas(4). Lo cual no es menor, pero ¿dónde está el acento de los problemas?

En pos del crecimiento, la guita, la inversión, la riqueza, la fuerza, rechazamos eso que nos hace humanos. Rechazan que el estado, que la nación, que la comunidad, solidarice y ayude de una manera ordenada y sistemática a quienes lo necesiten, porque esta ayuda nace de un «robo», de algo que a ellos no les pertenece, porque por a o b motivo, no lo merecen. La compra y venta, el emprendimiento, el poseer y destruir. «El dinero se convierte en ídolo y tú le das culto» (Papa Francisco, homilía del 20 de septiembre, 2013), quien fue criticado por Milei, por su apoyo a los impuestos, pese que gracias a estos se ayudaban a millones de personas.

El título es el último verso del poema «A Roosevelt» (Ruben Darío, 1904) donde se critica el imperialismo norteamericano y sus intervenciones en América Latina. Los primeros, quienes a través de la fuerza y violencia, multiplican su riqueza y rinden culto al dios del dinero. En cuanto a América Latina, recalca la espiritualidad, la herencia española, la historia indígena y la fe cristiana, como eje de resistencia ante estas ideas de que el «individuo libre y fuerte» es quien merece vivir, y quien no puede triunfar con las reglas del mercado, puede vagar y errar por las calles de la historia, y ver cómo la civilización se destruye, sustituyendo al espíritu y religión, por lo frívolo de la individualidad y el mercado. La herencia hispánica católica, de donde surgieron la defensa a pueblos indígenas, la doctrina social de la iglesia y la teología de la liberación, en contraposición de la protestante anglosajona, que despojaron a los pueblos originarios de su humanidad y lo llevaron a una calidad de animales malinterpretando las escrituras, y además, adhirieron a la especulación y la usura, por más que esta fuese usada como herramienta para arrinconar a los más desfavorecidos, básicamente cambiaron a Dios por Mammón. Considero que la posmodernidad ha engendrado a este nuevo individuo, peligroso y perezoso, y lo ha despojado de su humanidad. Este individuo no es consciente de la carencia de sentido que tiene sus acciones. Su «disciplina» y «valor» lo cuantifica, vale más alguien que disciplinadamente consiguió lo que le correspondía, y si no lo logró, mala suerte y silencio, no hay que dar cabida al resentimiento ni a la envidia. Como humanos ya somos intrínsecamente valiosos. El otro lo es tanto como yo y es parte de mi comunidad. Si lo veo desvalido, no voy y lo golpeo en el piso. Lo levanto y ayudo como puedo y como lo necesite. Esos son los valores que heredamos de Cristo y de muchas cosmovisiones precolombinas que componen la sangre de nuestro presente. La cooperación ha construido la riqueza de nuestras naciones. Chile logró una prosperidad económica atendiendo a lo público y permitiendo al privado prosperar. Pero hemos traicionado ese pasado y hemos aceptado un presente bursátil, negamos y destruimos en su totalidad lo público, lo que es de todos, y lo que es de otro lo elevamos a algo más que inmaterial, a algo intocable e innegociable, algo que se puede apropiar de lo público, de paisajes, de entornos, de futuros, y eso nos ha convertido en «individuos individuales hedonistas», no hay nada como el presente, no miramos el pasado e ignoramos el futuro.

(1) Friedrich Hayek, Camino de Servidumbre, 1944.

(2) Un Informe del PNUD sobre América Latina y el Caribe titulado «Los vínculos entre violencia, desigualdad y productividad (2014) concluye que uno de los principales impulsores de la violencia y crimen es la desigualdad económica.

3) En 2011, el daño a los colegios por las «tomas» superaron los 3,780 millones de pesos, esto según un informe del Mineduc. En 2015, un informe de la Municipalidad de Santiago, reveló pérdidas por más de 334 millones de pesos en 11 liceos de la columna tras dos meses de paralizaciones.

(4) Según Codelco, el Plan de Transición Laboral diseñado para generar soluciones a todos(as) los(as) trabajadores(as) afectados(as) por el cese de operaciones de la Fundición Ventanas concluyó exitosamente. En el caso del personal propio de Codelco, 350 personas se acogieron a las distintas modalidades ofrecidas por la empresa, en un proceso en el que primó la colaboración entre las partes y el diálogo constante.

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