Por El caballero leproso
Ocurrió el primer lunes de junio de 1880 como parte de la tercera fase terrestre del conflicto iniciado a comienzos de 1879. Esto es, casi un año después del combate de Iquique, ocho meses después de haber dominado el mar en Angamos, siete de haber conquistado el Departamento de Tarapacá y cuatro de haber desembarcado en Ilo y Pacocha.
La decisión de avanzar desde el norte se tomó para evitar un cruce directo por el desierto de Atacama, y aumentar así las opciones de un pronto dominio sobre el territorio que restaba entre Tacna y Arica.
Tacna había sido conquistada días atrás, el 26 de mayo de 1880. Después, Bolivia se retiró militarmente de la guerra en la que había embarcado al Perú, que continuó como único oponente.
Correspondía, entonces, continuar hacia el sur.
Con más de ciento treinta metros de altura sobre el mar, el Morro de Arica era el cúlmine de un complejo sistema defensivo al mando del veterano coronel Francisco Bolognesi (†). Días antes, Bolognesi había rechazado la rendición propuesta por las fuerzas chilenas –superiores en número–, asegurando tener deberes sagrados que cumplir hasta el último cartucho.
Acompañaban al jefe peruano oficiales distinguidos. Entre ellos, el comandante Juan Guillermo Moore (†). El 21 de mayo, estuvo al mando de la malograda fragata Independencia, inutilizada tras la hazaña de Carlos Condell. Pero no solo oficiales del Rímac. Había entre ellos un voluntario adscrito al ejército peruano, en calidad de teniente coronel: Roque Sáenz Peña –que entre 1910 y 1914 sería presidente de la Argentina–.
La madrugada del 7 de junio seguía oscura cuando, hacia las cinco de la mañana, un manípulo de los regimientos 3° y 4° de Línea iniciaron el avance sigiloso contra las defensas de la fortaleza natural, que, a ojos de extranjeros, tardaría días en ser conquistada.
Poco antes de las siete, ya habían derrotado a la noche, a la camanchaca, a la fusilería, minas y defensas mayores constituidas por las baterías Este y Ciudadela. Por el lado chileno, el plan provino del general Manuel Baquedano y fue dirigido por el coronel Pedro Lagos.
La estrategia que implicaba esperar los refuerzos del 1° de Línea Buin antes del asalto final. Pero en medio del fragor, se escuchó el grito del hijo que con justicia busca superar al padre:
—¡Al Morro muchachos!
Y a degüello.
La carrera se desató antes de tiempo y el valor de los defensores no alcanzó para frenar la carga irascible de los infantes chilenos. El comandante del 4° de Línea, el teniente coronel Juan José San Martín (†), cayó combatiendo en los faldeos del Morro sin alcanzar a presenciar el desenlace de la palma arrebatada.
Fueron 55 minutos.
La victoria fue tal que, por primera vez, comenzaron negociaciones serias por el fin de la guerra. Antes, Chile vivió un cambio de mando entre presidentes de origen civil. Por su lado, peruanos y bolivianos derrocaron a los jerarcas militares con quienes entraron al conflicto, sin que sus reemplazantes tuvieran éxito en concluirlo. Por eso, ante el rechazo del adversario en ceder territorio, los planes continuaron hasta la toma de Lima.
Las reliquias de los hijos de artesanos, jornaleros y campesinos seguirían siendo esparcidas entre el Norte Chico y la Frontera.
«Que de él digan “Es aún mucho más valeroso que el padre”, al volver de la guerra»[1], rogó Héctor de Troya mientras alzaba en brazos a su hijo. La escena desafía una idea antigua pero persistente: que todo tiempo pasado fue mejor, que los mejores días siempre son de los que vinieron antes, no obstante, el anhelo patriarcal de que el hijo llegue a dominar aún más que el padre.
Tal vez por eso, las guerras pueden leerse como una sucesión de generaciones que procuran estar a la altura de las que las precedieron.
Y que las superan.
Nada hemos de envidiar a las refriegas entre griegos y troyanos.
[1] Ilíada, VI, 476-781.
