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La Casa del Habano: el vicio con modales 

Por Matías Soffia

El tabaco vive la peor crisis de su historia. Es una pesadilla posmoderna. En un mundo de vapers de mango loco, Lucky Strike de  berries  –y la invasión alienígena, aún incipiente, de las almohadillas de Nicotina para encías ZYN–, lo que alguna vez fue el motor de la economía mundial del placer, se ve más ahogada que la isla de Cuba.   

Un faro tenue entre la densa niebla del vape se esconde al final de las escaleras del Zócalo del Hotel W, en Isidora Goyenechea. Es La Casa del Habano, lugar único en su especie, que promete proveer de una singular experiencia tanto a los entusiastas como a los curiosos.   

Nunca había entrado, a pesar de pasar tantas veces por el lado. Una tarde de otoño me decidí a hacerlo. Como forma de celebrar la víspera del Día Mundial Sin Tabaco.  

Habanos, no puros 

El lugar es tal cual lo imaginaba:  mucha madera, acabados en dorado, sillones anchos, ceniceros ostentosos y una incubadora donde se encuentran los productos estelares. Cientos de puros de todo tipo, estrictamente hermetizados a constantes 68% de humedad. 

El nombre es el adecuado: no cualquier puro ni cigarro puede ser habano. Esta voz solamente aplica para aquellos puros venidos desde la mayor de las islas Antillas. Es este ortodoxo establecimiento, sólo se consiguen de éstos.  

Para marcas, colores; y tamaños, precios. Desde algunos troncos que tardan cuarenta minutos en fumarse, hasta los purillos que duran apenas unos pocos minutos en la mano, para principiantes o fumadores apurados por las normas antitabaco. Los valores van desde $2.000 a $2.500 por cada unidad de purillo –con cajetillas de doce que rondan los $15.000-, hasta unidades de cigarros grandes que pueden costar fácilmente $80.000, que también se venden por cajas que están en el rango de los seis dígitos. 

A decir verdad, La Casa del Habano no es simplemente una tabaquería. Hay también un bar estiloso, de suntuosos muebles de caoba y amplios sillones chesterfieldy cómodas mesas, rematadas con robustos ceniceros.  

Venden lo que prometen: exclusividad y relajo. Hay poca gente, todos hombres. Los tópicos de conversación van desde negocios hasta la Fórmula 1 y el béisbol -el deporte preferido del caribe-. Por cierto, nunca pasando por el fútbol.  

Escogemos primero nuestras armas. Vamos a ir por una degustación para primerizos: la conocida trilogía Cohiba – Romeo y Julieta – Montecristo.  

Fumar y tomar 

Pasamos al bar. La atmósfera es la indicada. Hay buena ventilación, sin dejar pasar el peso del humo y sus fuertes notas: luz tenue, música jazz ligera. Solo se admite humo de habano; de cigarrillos, o peor, de tabaco en bolsa, mejor ni hablar.  

Amablemente, el encargado habla con un buen temple y cargado acento cubano: es el experto. Es uno de los dos que se divisan. Sin ahondar mucho, nos ofrece una explicación general de lo que acabamos de comprar. Además, nos ofrece el tipo de corte para inaugurar el sahumerio: corte recto o en V. El primero es el clásico, deja pasar todo el humo y el sabor directo; el corte en V dosifica, pero concentra. Vamos con el clásico para un novicio.   

Teniendo ya nuestra lanza, vamos con nuestro escudo. El bar se precia de llamarse así: es también un expendio de licores y está bien equipado. Tenemos una fina selección de whisky, rones y gin. También, escondido como el primo tarado que guardaban en el sótano de la casa, el pisco. Injusto destino para un brebaje bandera que, añejado, es con justicia el brandy de los Andes.   

El consumo mínimo es de $35.000 por persona, en el que se incluyen consumo en el bar y habanos a elección. Suma módica si asumimos que nos vamos a dar un gusto de reyes y playboys. Ya que estamos acá, ¿por qué no acompañamos con un Chivas Regal de 18 años?  Démonos el gustito bien dado: vamos allá.   

Al rato ya siento los efectos de sobredosis de nicotina: el famoso nic sick. Nausea, salivación excesiva, cardiograma latente. Aún para un fumador empedernido, tres habanos al hilo son un knock out.  

Salimos al aire limpio de El Golf por la tarde.  

¿Recomendable? Interesante. ¿Caro? Sí, y a lo bueno, poco. ¿Vale la pena? Si lo que busca es una experiencia distinta con amigos y un espacio para el buen tomar, fumar y conversar, está bastante bien. Si es por curiosear, venga a darse el gustito. Por treinta y cinco morlacos y una vez, no se es más pobre ni más rico. Si desea volver, se recomienda solvencia.  

*** 

Notas de Cata 

Hemos hablado mucho de la experiencia. Una nota así quedaría incompleta sin hacer un breve recorrido por los platos fuertes de la tarde.  

Cohiba – lo Mejor de la Revolución. Es el habano por excelencia, el rey del branding, la mejor herencia de la Revolución. Nacidos como la mezcla secreta preferida de Fidel, solamente le estaba reservada a los Castro y altos dignatarios del gobierno cubano, hasta que por demanda popular se abrió al comercio en los años sesenta. Los Cohiba, fieles a su presentación, son de intensidad media, y a diferencia de los demás son no dobles, sino que triple fermentados. Perfil cremoso y limpio, refinado y sedoso. Recuerda a miel y madera, evoca la elegancia del cuero. La esencia misma de Cuba en un producto fiel y emblemático que no defrauda.  

Romeo y Julieta – suave como un soneto. Romeo y Julieta es más como una brisa que evoca la gratitud de un nombre bien puesto. Evoca romance. Después de un Cohiba y con los hielos del whisky ya más aguados, cada vez más suavizantes, resultan muy agradables al paladar. Recuerda como en aquella noche shakespeareana del balcón: al aroma de flores, hierbas aromáticas, hojas secas. Se puede disfrutar con un ameno conversar, o antes de una siesta un domingo. Da un excelente descanso del sabor penetrante de la hoja del tabaco, brindando un buen preludio a mi favorito de todos. 

Montecristo – la cima del sabor. Distando más aún de ser un aficionado, mi humilde e ignorante gusto se sintió particularmente atraído por el plato más fuerte: el Montecristo. Ya con los últimos tragos de Chivas, con una sola calada mi cabeza se convirtió en una nube densa de humo. El sabor del Montecristo es rudo, intenso. Sus aspiradas dejan un sabor picante que recuerda el sacudir de un café bien cargado, un chocolate con 80% de acao, o la venganza ardiente de Edmond Dantes. Buena elección.   

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