Rincón Jumbo: la democracia de las cositas ricas

Por Federico S. Ossa

El género de la comida preparada siempre me ha parecido sospechoso. La cadena con nombre de filósofo ofrece carnes al jugo tristísimas, con ensaladas que nadan en cloro, a las que sólo recurren mayores de cincuenta. Y con los platos de supermercado mi desconfianza es semejante, porque pienso en las condiciones en que nacen estos comestibles. Por cierto, los trabajadores de los platos preparados me generaban de chico un rechazo discreto: cofias y mascarillas, un aire poco humano para la administración de ollas en las que —se decía— se les daba nueva vida útil a las mermas a punto de expirar. Algo de eso lo traspaso aún a los pollos asados, los que intento evitar, por más dorados que estén.

Pero con el Rincón Jumbo no me pasa lo mismo. Podría escribirse muchísimo sobre el jumbismo como corazón estético del milagro chileno, como la forma mentis de la democratización de las cositas ricas. Porque mientras otros supermercados mantienen la lúgubre luz blanca, el Jumbo supo ofrecer una experiencia de consumo inigualable, bañada en tonos cálidos. Podría seguir, pero Álvaro D. Campos lo dice mejor que yo.

El Rincón Jumbo partió siendo la sección de la comida preparada y terminó transformándose en un spin-off con vida propia. Así lo demuestra la reciente apertura de un piso entero del Costanera, que está repleta todos los días y a la que acudo de tanto en tanto. Porque en el mismo lugar hay ahora parrilladas, postres, arroces, sopas, pastas y hasta mocktails. Este nuevo local supo leer una necesidad de un sector atiborrado de oficinistas y casi sin lugares para comer decentemente; no a precios módicos, pero bastante razonables. En fin, un casino gigante, bien iluminado y bien oliente.

Porque eso queremos los chilenos: crecimiento con igualdad y justicia social, para comer cositas ricas.

El viste-lo-condes que iba delante me esquilmó el último trozo de pollo. Le dije, con fingida cortesía, que había ganado el quién vive. Este rió y se alejó con sus igualmente vestidos colegas. Como no iba a esperar nuevos asados, nos enzarzamos contra uno de los dos trozos de costillar que quedaban. Aprendí que si bien hay dos tamaños de ensalada, la chica puede crecer en verticalidad si uno es creativo. Así, usted puede despacharse una cantidad decente de pastizales, legumbres frías y un huevo cocido incluso, todo por dos mil. El costillar tenía mucha grasa infiltrada. Se frustró así el deseo de hacernos un almuerzo lo más fit posible, porque lo que evité en agregar, no sé, la paella que me miraba humeante y brillosa, lo gané en lípidos innecesarios que no podíamos separar de las carnes. Lo bueno es que el Rincón no le teme al sodio, por lo que los productos están bien condimentados.

En los veinte minutos recorrí con la vista a las dos secretarias almorzándose un té con un pastel; a los tres mecánicos con unos platones rebosantes —deben tener unos ticket de almuerzos demasiado generosos— e incluso más allá, el ejecutivo de celeste dockers con sus iguales jerárquicos, que ya habían consumido hasta las plumas del ave discutiendo sus KPI. Al lado mío se sentó un señor que me saludó, con un gesto provinciano tan innecesario pero reconfortante que repliqué con un breve ademán.

Todos éramos lo suficientemente iguales, lo enteramente empleados, con las bandejas vacías que nos permitieron quebrar el día, hacernos un cariño; aunque sea solitos y en silencio. Así, la mirada perdida en Sanhattan y los cables nuevos que cruzan el cielo, mientras con los prójimos caminamos más aliviados a la salida, todos engrillados con las tarjetas blancas que nos cuelgan del pescuezo.

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