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Tasa de reemplazo

Una conversación de oficina sobre hijos, tradwives y ansiedad revela algo más profundo que una caída en la natalidad.

Por José Joaquín Durán

Es lunes y afuera del edificio brilla el sol de invierno. La gente camina abrigada, frota sus manos. En la oficina vibra la calefacción. Junto a la ventana hay dos personas en el mesón. Damián lleva audífonos y mira un video con los mejores momentos del partido del sábado. Antonia toma té en una taza rosada y evalúa las ofertas de ropa que llegaron a su correo.

—¡Qué golazo! — dice Damián y se quita los audífonos.

Bebe un sorbo de energética.

—¿Cómo estuvo tu finde, Anto?

Antonia se ajustó los lentes ópticos de marco grueso.

—Bien, estuve viendo The Handmaid’s Tale, ¿la cachai?

Damián gira en la silla hacia Antonia.

—No la cacho… ¿de qué se trata?

Antonia toma la taza. La sostiene con las dos manos, todavía emana calor.

—Es cuática… sobre un gobierno que obliga a las mujeres a tener hijos para los ricos.

—La media volá. Igual la gente ya ni tiene hijos.

En el celular de Damián los jugadores celebran otro gol. En la pantalla de Antonia aparece un conjunto de tres prendas listo para comprar.

En 2025, la Tasa Global de Fecundidad fue de 0,99 hijos por mujer. Al observar solo los nacimientos de madres chilenas, la cifra baja a 0,79.

La tasa de reemplazo para mantener la población es de 2,1.

El motivo más repetido fue el costo económico. Le siguieron la incertidumbre frente al contexto mundial, la percepción de que tener hijos implica una responsabilidad demasiado grande, la ausencia de una pareja estable y las propias dificultades de salud mental.

—Yo no sé si tendría… He pensado en congelar mis óvulos.

Antonia volvió al carro de compra. Clic en «continuar con el pago».

—Y tú, ¿qué has pensado?

—No cacho, no tengo óvulos para congelar— dijo Damián y rió.

—Sí, qué risa— respondió Antonia— Sabes a qué me refiero.

Damián se inclinó hacia atrás en la silla. Se sostiene en los apoyabrazos.

—Desde que terminé con mi ex estoy en otra. En volá la pienso si encuentro una tradwife— comentó.

Antonia levantó una ceja.

—¿Real?

La tradwife es una fantasía de internet. Un giro desesperado, que busca reconstruir un pasado que rara vez existió. Si hubo algo parecido (la mujer dedicada al hogar mientras el hombre proveedor sostenía a la familia) fue una realidad para ciertos sectores de las clases medias durante algunas décadas del siglo XX. Antes de eso, la vida doméstica y el trabajo no estaban separados de esa manera.

Durante siglos, la mayoría de la población vivió en sociedades agrícolas donde la familia era una unidad de trabajo. Hombres, mujeres y niños participaban en las tareas necesarias para sobrevivir.

En Chile no fue diferente. Gran parte del mundo rural estuvo organizado por décadas bajo relaciones como el inquilinaje y el peonaje, con familias completas que trabajaban tierras que no les pertenecían. Hombres y mujeres trabajaban. Estas últimas criaban niños propios y ajenos en las casas patronales donde trabajaban.

Damián sonrió y se tomó el mentón.

—Demás, aunque dudo que existan… mi ex estaba más preocupada de su pega.

Antonia frunció el ceño.

—Lo que pasa es que ustedes no se la pueden con mujeres independientes…

Damián abrió los ojos más de la cuenta y miró hacia el lado. Antonia entendió la seña y se detuvo. Andrea caminaba hacia ellos con las manos ocupadas.

—Chicos, ¿cómo van con el reporte? — dijo Andrea con una sonrisa prefabricada.

Damián y Antonia se miraron.

—Nos falta una última revisión y lo enviaremos—, afirmó Damián.

—¡Sí, Andre! Ya casi estamos— agregó Antonia.

Andrea dejó el notebook y la taza sobre el mesón. En la taza una mujer muestra su bíceps y en la tapa del notebook hay un sticker que reza «Somos fuertes».

—Chicos, es que ya han tenido suficiente tiempo y el cliente lo necesita para hoy— dijo.

No pestañeaba.

—Necesito el reporte para ahora. Yo a las doce tengo una reunión, así que alcanzo a revisarlo antes. Si no lo tenemos, perdemos al cliente.

Damián y Antonia asintieron.

Andrea vio la hora en el celular y se retiró. Le faltaba aire, sintió el pecho apretado. Entró al baño y dejó su cartera junto al lavamanos. Respiraba agitada.

Abrió el frasco y tomó una dosis.

En Chile, uno de cada cuatro trabajadores tiene ansiedad generalizada y poco más de la mitad registra un diagnóstico relacionado con salud mental. Es también uno de los países de la región con la mayor cantidad de psicólogos clínicos por habitante. Solo es superado por Argentina, Costa Rica y Uruguay.

Si bien el síntoma fue detectado, las soluciones tienen efectos dudosos. Al menos las infografías color pastel no faltan en Instagram. Y para qué hablar de los coaches.

Unos minutos después, Andrea se miró al espejo. Sonreía de nuevo.

Tomó su celular y escribió en el grupo «Team». Está formado por ella, Damián y Antonia.

En el mesón recibieron una alerta de mensaje.

—¿Nada que agregar? Voy a enviárselo para que no webee más—, dijo Antonia.

—Sí, mándalo no más— contestó Damián y se puso los audífonos.

Ella asintió e hizo clic en «enviar». En el chat apareció una mano con el pulgar hacia arriba enviada por Andrea.

Damián sacó su celular, le faltaba ver el partido del domingo. La lata de energética está vacía. Antonia abrió el navegador, faltaban zapatos para el conjunto.

Todavía no son las doce, queda más de una hora para el almuerzo. Afuera, el sol sigue reluciente, pero no calienta a nadie.

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