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Lucy Oporto Valencia: sobre memoria, conciencia y el alma de Chile

Entrevista por Sebastián Flores
Edición por Matías Durán y Felipe Soza

Escritora, Licenciada en Filosofía de la Universidad de Valparaíso y Doctora en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Lucy Oporto Valencia ha desarrollado una extensa obra que cruza intensamente la filosofía, la estética y la religión. Entre sus trabajos se cuentan: Una arqueología del alma. Ciencia, metafísica y religión en Carl Gustav Jung (2012), El Diablo en la música. La muerte del amor en El gavilán, de Violeta Parra (2008 / 2013), Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo (2015), y Cine, humanismo, realidad. Textos reunidos (2017), compilación de escritos del crítico de cine Sergio Salinas Roco. También cultiva una forma de pensamiento impromptu, visible en sus compilaciones de ensayos, donde la reflexión vadea la poesía: La inteligencia se acrecienta en la Nada (2016), y He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza. Ensayos de crónica filosófica (2021).

Precisamente, el lugar que hoy ocupa como pensadora no se explica por su inserción en las lógicas obvias de producción académica –una cámara de eco de consensos–. Oporto piensa a contrapelo: incomoda, tensiona y desafía los lugares comunes. Porque si bien se ha granjeado polémicas, ha adquirido con ello una creciente visibilidad que la ha convertido en una voz intelectual ineludible.

Encanto y descomposición

Lucy Oporto sigue viviendo en Valparaíso, ciudad que, pese a sus pergaminos, se encuentra hoy semiabandonada. Salvo algunos cerros y sectores puntuales del plan que han logrado conservarse, el resto aparece como un yermo derruido, marcado por el deterioro y la desatención. La ciudad no sólo ha sido golpeada una y otra vez por incendios asociados al abandono, sino también por una dinámica social autodestructiva que parece operar desde su propio interior. Como si el carácter “patrimonial” hubiese terminado por convertirse, paradójicamente, en una suerte de maldición.

—Tú resides acá en Valparaíso, ciudad que en 2003 fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad. ¿Cómo se percibe esa idea del patrimonio en la época actual, a partir de esta ciudad, relacionándola con alguna de las líneas de investigación que tú sostienes?

“La ciudad fue nombrada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2003 y, hasta la fecha, hemos presenciado más bien un proceso de ruina paulatina de la ciudad. Es cierto que ha habido esfuerzos por su restauración, pero los incendios periódicos han ido terminando con ella. Recientemente, se incendió Espacio Prat, que estaba en un edificio restaurado justamente por los encargados del Sitio Patrimonio de la Municipalidad de Valparaíso. Y estaba la librería Crisis, que había sido fundada en 1991; estaba el restaurant Capri –de 1955–, Importaciones Grez, El Baúl de Isidora… Cada cierto tiempo hay incendios. Después de ese incendio, que fue el 24 de marzo, ha habido como cuatro incendios más.

Además, estaban los problemas generados por la llamada permisología, que impidieron la instalación del Instituto de Neurociencia.

Hay una decadencia generalizada de la ciudad, que es como si estuviera sepultada en un marasmo. A partir de la asonada de octubre de 2019, ese proceso de ruina se profundizó, seguido después por la peste. Y se ha recuperado en parte, pero la ciudad sigue en estado ruinoso, y yo ya no sé si considerar que hay un impulso autodestructivo de la ciudad. Se han hecho esfuerzos, pero siempre terminan siendo socavados desde dentro. Como si hubiese una fuerza extraña en la ciudad que produce eso”.

Este encanto que produce la ciudad es una fantasía que tienen las personas que no viven aquí. […] Piensan que Valparaíso es el Cerro Alegre. Y no han visitado las zonas que no son patrimoniales, que son horribles en general. […] Siempre les pregunto: ¿qué ven acá? ¿Por qué vienen acá? ¿Qué le encuentran a esta ciudad?

—Aunque Valparaíso sigue presentándose como una ciudad con un cierto encanto artístico que, sin embargo, convive con el lumpen.

“Este encanto que produce la ciudad es una fantasía que tienen las personas que no viven aquí. No conviven con la basura, no conviven con la delincuencia, ni con los malos hábitos de los vecinos, ni con la prepotencia, ni con el incremento de las drogas. Piensan que Valparaíso es el Cerro Alegre. Y no han visitado las zonas que no son patrimoniales, que son horribles en general. Yo, por lo menos, no participo de esa fantasía viviendo acá. Siempre les pregunto: ¿qué ven acá? ¿Por qué vienen acá? ¿Qué le encuentran a esta ciudad?”

—Dices que hay una suerte de fuerza espiritual que parece que echa abajo estos avances o intentos de mejoría de la ciudad.

“Es como si hubiese un impulso ciego, autodestructivo, que viene de alguna zona profunda, colectiva, de esta ciudad, que yo no sabría bien cómo describir. Es algo que está ahí de manera más o menos transversal. No podría situarlo, en específico, en algún grupo, en alguna institución o en alguna persona. Sí hay un culto al lumpen en la ciudad, de no tener ataduras con el sistema. Pero eso es enteramente engañoso”.

—¿Eso podría entenderse analógicamente con el estado de la educación, no sólo en Valparaíso, sino también en el resto del país?

“Yo no sé si será la única causa en el caso de esta ciudad. La basura es un gran problema, el abandono, la miseria. He visto varios mendigos en la ciudad, y son personas jóvenes. Y, a pesar de que hay varias universidades, yo no veo que haya un avance en esa línea. Con tantas universidades, debería haber más actividades de extensión o más influencia en la reconstrucción misma de la ciudad. Y si está, todo acaba en alguna forma de ruina”.

—Pero la gente que ha estudiado en esas mismas universidades, también ha actuado como horda en la destrucción del patrimonio. Se derriban estatuas de la Guerra del Pacífico, por ejemplo. ¿Ignorancia u odio asumido en contra de esa tradición?

“Hay un corte que se produce respecto de la tradición anterior, porque la propia dictadura se encargó de menospreciarla y liquidarla. Recuerdo mi experiencia, por ejemplo: los conceptos de nación o de patria se fueron paulatinamente cargando de algo despótico. Y eso fue determinante para varios de los que crecimos en ese tiempo. Por ejemplo, cuando se cantaba la canción nacional en el colegio, yo no la cantaba, porque había que cantar las dos estrofas. Sí creo que hay un odio profundo a todo lo que sea tradicional en sentido amplio, así como a comprender otras épocas con una distancia teórica que permita realmente abordar ese periodo en su complejidad”.

La conciencia como esperanza

Si bien la notoriedad de Lucy Oporto entre el público general se consolidó durante el llamado estallido social, su pensamiento está lejos de agotarse en esa contingencia. Su trabajo es considerablemente más profundo, y atraviesa campos como la estética, la filosofía y la religión. En El Diablo en la música, trabajo publicado en 2008, examina el tritono y su uso en la obra de Violeta Parra, desmantelando así la idea simplista de una creadora puramente intuitiva. Su producción más reciente amplía aún más ese horizonte, abarcando desde Orígenes de Alejandría hasta Jung, en una reflexión que pone en el centro cuestiones como la redención, la libertad y la conciencia.

—Muchos de esos conceptos que están en detrimento son del mundo antiguo. Tu tesis doctoral fue sobre Orígenes, escritor eclesiástico de la antigüedad tardía, y autor de una tesis polémica en su época, la apocatástasis, una restauración final en Dios. ¿Hay redención o esperanza posible?

“Si bien mi trabajo tiene un talante más bien melancólico, no es nihilista como creen algunos. Nietzsche no es santo de mi devoción. Su apología de la violencia me resulta insufrible. Por eso, la esperanza que pongo, y seguiré poniendo, es la posibilidad de desarrollar una capacidad de conciencia. Jung, que era un científico –y no un gurú, ni un esotérico en sentido peyorativo– declara que su trabajo lo hace esperando que ese incremento de la capacidad de conciencia pueda morigerar el mal. Esa es su esperanza, cosa que yo comparto. Lo que sucede es que son procesos muy difíciles de realizar, porque son individuales e implican sufrimiento. La capacidad de conciencia está relacionada con el dolor que produce. Por eso hay tantas adicciones: están para evitar eso.

En cuanto a Orígenes, yo llegué a él, entre otras fuentes, por Jung, que lo cita a propósito de su estudio de la imagen de Dios. Y a Orígenes le preocupaba mucho la unidad de Dios frente a la diversidad de las criaturas y de las cosas. La apocatástasis que tú mencionas es una concepción de Orígenes que fue muy atacada y ha sido muy mal entendida. Orígenes pensaba que iba a haber una restauración final, donde todas las criaturas y todo lo creado iba a reintegrarse en la unidad en Dios. Lo que no se menciona es que eso seguía dependiendo del libre albedrío de las criaturas. Dice “incluso el demonio”. Pero si el demonio decidía convertirse a Dios, todo dependía del libre albedrío. No es una restauración automática.

Su gran aportación fue el método de exégesis alegórica. Dios no se podía equivocar, o sea, no podía ser irracional. Todos aquellos pasajes considerados absurdos o imposibles eran interpretados alegóricamente. Antes de él, estaban Filón de Alejandría y los gramáticos alejandrinos que estudiaban a Homero. Esa línea evoluciona después hasta Orígenes”.

—Estaba inspirado.

“En efecto, Orígenes pensaba que la exégesis era un don del Espíritu, no era algo que se le ocurriera a él solo. Cuando se reunía con sus compañeros a examinar los versículos bíblicos, ellos oraban. Entonces, por muy inteligentes que fueran todos ellos, la gracia de Dios era la única que podía concederles la posibilidad de escrutar los misterios inefables de las Santas Escrituras. El horizonte final era la Razón de Dios, que es una razón superior a la razón del ser humano.

La relación que yo hice en mi tesis doctoral, que trata sobre este tema, fue entre conocimiento, fe y misterio, en que la fe sería una disposición al conocimiento de Dios, propiciada por Dios mismo, y unida al conocimiento, cosa que en la época de Orígenes estaba integrada. La fe y el conocimiento se empiezan a disociar ya a partir del mundo moderno.

Hay quienes imponen una determinada lectura de la Biblia, la lectura literal. El término que usaba Orígenes, no era “literal”, sino “según la carne”, “según la letra”. Esas son las expresiones. Aquéllos se remiten sólo a ese sentido, sin considerar que la letra es la semilla de un sentido espiritual más profundo. Y que requiere de la gracia de Dios para que ese conocimiento, digamos, brille en el ser humano que interpreta la Escritura”.

Si bien mi trabajo tiene un talante más bien melancólico, no es nihilista como creen algunos. […] La esperanza que pongo, y seguiré poniendo, es la posibilidad de desarrollar una capacidad de conciencia. […] la capacidad de conciencia está relacionada con el dolor que produce. Por eso hay tantas adicciones: están para evitar eso”.

—Otro trabajo tuyo es El Diablo en la música…

El Diablo en la música tiene que ver con El gavilán de Violeta Parra, que fue empezada a componer a fines de la década de 1950. Una pieza que tiene elementos del folclor tradicional, pero también de cierta vanguardia musical, por el uso de las disonancias en esa obra. Específicamente, “el diablo en la música” es el nombre que adquirió el tritono: un determinado tipo de intervalo, la distancia entre una nota y otra. Se le dice también “cuarta aumentada” o “quinta disminuida”. El tritono fue prohibido en la polifonía medieval, porque, conforme a la teología de la época, se consideraba que a través de ese sonido disonante entraba el diablo en la música. Estaba vigente el tratado de Boecio, quien, a su vez, había interpretado las teorías de Pitágoras.

Entonces, el tritono también es una relación numérica. Lo que ocurre es que afectaba las consonancias perfectas de Pitágoras, que eran las octavas, cuartas y quintas. De ahí viene ese sonido característico de la música medieval. Ese sonido como arcaico que a veces se dice. Yo pienso que por eso fue prohibido. Aquí había toda una concepción teológica y estética propia de ese tiempo. Violeta tomó ese sonido y lo usó en El gavilán de manera sistemática, justamente en aquellos momentos de más extrema violencia y sufrimiento. Esa es una pieza que había sido originalmente pensada como un ballet, con orquesta, trutrucas, tambores, guitarras, una serie de instrumentos, coros…”.

—Muchos más instrumentos que los que lleva actualmente la pieza.

“Nunca se llegó a montar de esa manera. Y lo que quedó fueron cuatro grabaciones para voz y guitarra, interpretadas por ella. Una de éstas, bastante defectuosa. La otra es un adelanto que presentó en la entrevista que ofrece a Mario Céspedes en 1960, para la Radio Universidad de Concepción, y las otras dos son las que finalmente fueron rescatadas y están actualmente en circulación. Una de ellas es la que grabó el compositor Miguel Letelier. Yo no tengo claro si en 1959 ó 1960, porque cuando ofreció la entrevista, que fue en enero de 1960, la pieza ya existía. Y la otra es la llamada versión París, que fue grabada por Héctor Miranda, director del conjunto Los Calchakis, conjunto argentino-chileno, en 1964, en esa ciudad. Y todas eran grabaciones caseras. Ella nunca la grabó en estudio. Nunca se montó el ballet. No sé bien por qué nunca se montó.

Y es una obra que describe una persecución seguida de homicidio, una pieza que expone una violencia extrema y terrible. Y la etapa final: el sacrificio de la víctima por la comunidad a Gavilán. Hay un momento, en la pieza, en que aparece como nombre propio. Una parte de la pieza dice “El gavilán”, y después, “Gavilán”, sin más. Y que yo identifiqué con la figura del diablo, a la luz del uso del tritono y otros elementos.

—Disonancia, digamos.

“Lo que echa por tierra la idea de que Violeta componía sin tanto rigor, por intuición, que era una especie de campesina semianalfabeta que componía por inspiración. ¡No! Imposible”.

Una ruptura prolongada

El quiebre de la democracia no importó únicamente un cambio de régimen, sino también una interrupción profunda de las tradiciones políticas e intelectuales del país. No afectó sólo a la izquierda: también alcanzó al mundo conservador, progresivamente vaciado por un economicismo que terminó por sustituir sus fundamentos. Como si se tratara de universos que ya no logran reconocerse, ambas vertientes quedaron escindidas, sin un lenguaje común capaz de articularlas. Sin embargo, ese quiebre no se ha clausurado. Sus efectos continúan operando hasta hoy, permeando las formas en que el país interpreta sus propios malestares, incluso en la academia.

—Armando Uribe decía que a Chile había que darlo por muerto en 1973.

“Armando Uribe admiraba mucho la tradición intelectual anterior a esa época en Chile: los escritores del siglo XIX e incluso el legado de Portales, la obra de Mario Góngora… Uribe tenía una noción de lo que había sido un Chile antiguo, y él resiente mucho esa pérdida: el fin de la República, han dicho algunos. Eso es lo que termina para él. La última figura que representó eso fue Salvador Allende. Porque no hay que olvidar que Allende era un hombre antiguo. Nació en 1908”.

—Mucho más cerca del siglo XIX…

“Para mí siempre ha sido una figura admirable, en términos morales y espirituales, con independencia de toda la debacle posterior y de los errores que cometió él. He tenido la impresión de que tenía vínculos con un cierto pasado, tenía una mayor conciencia de algo más fundamental en el país. Yo escucho a la gente antigua de Chile, y siempre tengo la impresión de que ellos conocieron un Chile que nosotros, o la gente de mi generación, no. Con el golpe de 1973, no sólo se perdió la cultura de la izquierda. También escritores que eran más conservadores y que han sido ligados a cierta derecha que miraba a ese mundo del pasado, no al economicismo extremo que es lo que padecimos durante la dictadura. Esa quiebra de la memoria, como persona de esa generación que creció bajo la dictadura, también me ha afectado. Siento agudamente que nosotros no conocimos nada de eso. Yo lo resiento como una pérdida. Un vacío”.

—Una pérdida.

“Sí. Y que algunos han tratado recuperar ahora con ciertas ediciones de libros del siglo XIX. Editoriales de personas bastante más jóvenes. Me parece muy bien que se haga todo eso. Por otro lado, Góngora vislumbraba la crueldad de las planificaciones globales. De toda esta burocratización. Es una lástima que haya fallecido sin haber aclarado más esa noción. La concepción que él tuvo sobre el Estado es profunda. Entonces, pienso que Uribe quizás se refería a eso”.

Las universidades no sé en qué están. Me imagino que siguen enquistadas en sus procesos de acreditación. […] [Los estudiantes] debieran ser formados para entender la realidad, y no ser adoctrinados para que, a su vez, ellos impongan una determinada ideología a la realidad”.

—Uribe fue muy crítico con los gobiernos de la Concertación.

“La veía como una continuidad, no como una oposición real a lo que había sido el período previo. Leonardo Sciascia presenta una manera de entender lo que Uribe llamó el “espíritu fascista”. Es una prolongación de la impronta que dejó la dictadura en ciertos hábitos, costumbres y actitudes, en lo que ahora modernamente se llama la “base social”, el “tejido social” –todo ese tipo de conceptos que a mí me cargan–. Esa es una de las fuentes que yo usé para el concepto de “lumpenfascismo”, y después el de “lumpenconsumismo”. Se acabaron formalmente los centros de tortura y el exilio, pero continuó de otra manera. Por lo tanto, la noción de democracia también ha sido sumamente dudosa para mí”.

—¿Lo que tenemos actualmente no es democracia?

“No estoy segura. Es difuso. Está velado. Hay personas que tienen derechos conculcados. Ya el problema con la salud, el asunto de las monstruosas listas de espera, que derivan en muerte de personas.

Por otro lado, yo no creo que haya libertad de cátedra. Imagínate: todo está determinado por los procesos de acreditación, por las modas intelectuales, por los grupos de interés, los grupos de poder al interior de las universidades, académicos que actúan como hordas protegiendo sus intereses. Y las universidades no sé en qué están. Me imagino que siguen enquistadas en sus procesos de acreditación, donde, hasta donde yo he podido comprobar personalmente, la calidad es lo que menos importa: que sean admitidos estudiantes que no debieran estar en programas de posgrado, o hacer pasar a los estudiantes de curso, si no disminuyen sus cifras.

Y agregar a eso la metástasis provocada por los activistas políticos al interior de las universidades públicas que, recordemos, son financiadas por todos nosotros, lo cual es bastante indignante. Eso también afecta la calidad de la formación de los estudiantes, quienes, hasta donde yo veo, debieran ser formados para entender la realidad, y no ser adoctrinados para que, a su vez, ellos impongan una determinada ideología a la realidad, lo cual es antifilosófico de suyo”.

Mira la entrevista completa acá:

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