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Rancherazo febril

José Joaquín Durán

Polvo, sudor febril y cumbia ranchera a todo volumen. Una crónica desde el centro del Gran Rancherazo, donde la fiesta es más fuerte que el resfrío y las ganas de irse.

El plan del sábado eran piscolas donde la Gaby. Después “Gran Rancherazo». El evento iba a reunir a veintitrés artistas de la movida de la música chileno-mexicana en el Club Hípico.
Tiene lo suyo la cumbia ranchera. Es más fácil reconocer el gusto por algo europeo o gringo. Si la cultura no es de un país visto como modelo de progreso, muchos miran con sospecha.
El día estaba soleado, pero tenía frío. Era producto del resfrío que cargaba desde el jueves. «Quizá no deba ir». Pero no. La idea de escuchar rancheras en estado febril era atrapante. Me serví un vaso de agua. Ahogué el desajuste a punta de antigripales.
—Llego en 30— le escribí a la Gaby.
Antes de salir me puse un jockey de camionero y partí rumbo al metro. Frío. Calor. Con chaqueta. Sin. En el andén me saqué el gorro para limpiarme el sudor de la frente.

Dejé la bolsa con un pisco y una Coca-Cola de litro y medio en la mesa de la cocina. La Dani está con la Nati. Ya habían empezado a tomar y comían pizza. En el parlante sonaba esa mezcla de acordeón y metales que nos acompañará durante el resto del día.
—Te veo pálido, ¿estai bien? — preguntó la Gaby.
—Cacha que he estado medio resfriado —dije. —Pero con una piscola se me va a pasar.
En realidad, fueron dos. Tomar y comer antes de los eventos masivos resguarda tu bolsillo.
Una vez adentro, uno da por hecho la fila para comida y bebestibles. Y a sobreprecio.
La Gaby y la Nati terminaron de tomar y se pusieron sus sombreros rancheros. «Son de utilería estos, acá en Santiago no tengo el real», comentó la Gaby.

—Parece que tomé mucho— dijo la Gaby.
Partimos hacia el Club Hípico. Me saqué la chaqueta. La Gaby se tambaleaba. Nos detuvimos en el semáforo. La Nati avanzó firme. A medida que nos acercábamos, aumentaba la cantidad de personas con sombrero. Me puse la chaqueta.
El sol iluminaba la explanada, rodeada por decenas de mesas puestas en hilera. Al fondo dos escenarios; al centro, el público. He venido antes. No soy de campo, mi familia paterna sí. Es un ambiente que respeto, pero no romantizo. “Pueblo chico, infierno grande”, dicen. Y tienen razón.
Retumba la música de la banda y los alaridos de los asistentes, esos que son propios de los huasos.
—Ya va a empezar «Los charros de Luchito y Rafael»— comentó la Gaby. —Son mis favoritos.
Sin ellos no hay cumbia ranchera. «Como dejar de amarte» revolucionó el género. Acelera el corrido clásico y suma el inconfundible tacatátacatá.
—Es bastante familiar el público —observó la Nati—. —Al que fuimos con la Gaby y otra amiga, uno de cumbia y reggaetón, estaba lleno de flaites.
Había un hombre y una mujer con un vaso de cerveza. Entre los dos, un niño de no más de ocho años con una lata de bebida. Los tres lucían sus sombreros. Más allá había una anciana en silla de ruedas, estacionada con vista al escenario. Estaba junto a sus familiares. El resto, eran grupos en movimiento. Hombres con ponchos. Mujeres con botas.
Muchos con sombrero. Los más distinguidos lucen el clásico de huaso. Nada pueden hacer, frente a estos los “rancheros” de plástico y colores sintéticos. A medida que nos adentrábamos, entre vasos y cigarros, los ánimos eran más encendidos. Nos fundimos con ellos.
Hubo un silencio. Sonó el acordeón y el vocalista invocó: Las flores de tu florero son como tú de bonitas. Los gritos surgían desde distintas direcciones. Tomé aire y me sumé. Tiene que ser exagerado, visceral. Si intentas contenerte, no funciona.

La gente bailaba. Nosotros también. Estuvimos así por un buen rato.
Apenas una banda se despedía en el escenario de la derecha, otra empezaba a tocar en el de la izquierda. La tierra en suspensión iba en aumento y cada vez estaba más oscuro.
Me arremangué la camisa y paré un instante. Necesitaba aire.
—¿Vayamos a tomar algo? —
La Dani y la Tere asintieron. Una piscola para mí. Un mistral ice para cada una. Estaba tocando “El Llanero de Ñuble”.
—¡Me encanta, es mi favorito! — dijo la Gaby y tomó de la botella.
—¿Este también? — comentó Nati y levantó la ceja.
La Gaby estaba en la suya, seguía el ritmo con los pies. Tomé algunos sorbos de piscola. Quería asegurarme de confundir a mi propio cuerpo. La pregunta es cuánto duraría.

Sonaron trombones, la melodía cambió. Era el turno de Alex Sinatra: empezaron los corridos tumbados. Estaba con el vaso a la mitad en la mano. La Gaby y la Nati, junto a mí.
Los tres observábamos a la multitud, sombreros, ponchos, vasos en alto, bailes. Tiene lo suyo esta weá… Bebí lo que me quedaba de piscola. Chao, no es algo a lo que le daré vueltas ahora.
— Se pasa bien acá —. Me puse la chaqueta y la abotoné hasta arriba.
Los metales insistían. Más gritos. Nadie parecía cansarse. Respirar entre el polvo era un desafío perdido. Miré la hora. No era tarde, pero, para mí, era el momento de partir.
—¿Vamos?
La Nati asintió. La Gaby nos miró con extrañeza.
—¿Cómo? Aún no salen Los Dinos de Chile. Son mis favoritos…
Nos miramos con la Nati.
Ya era de noche y la temperatura descendía. Arreamos [FA3.1]a la Dani hacia la salida, que insistía en que la dejáramos allá. Las rancheras y los alaridos se escuchaban lejos, hasta que se mezclaron con el ruido de los autos que pasaban por Blanco Encalada.
—¿Vamos a tomar algo más? — dijo la Gaby.
Íbamos los tres por la vereda. Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta. “Si tomo algo más será un antigripal”.

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