Por Felipe Soza
Entramos a Suddata –la nueva fiesta del urbano alternativo chileno– y encontramos algo más que un carrete en Bellavista: una generación que convirtió el dembow melancólico en identidad compartida. Crónica sobre coros colectivos, estética digital y una noche que terminó, como varias otras en Santiago, bajo luces ajenas al escenario.
Estábamos afirmados de un pilar tomando piscola, pensando qué hacer. Hace un rato Joaquín me había sugerido salir a hablar con la gente. Para hacer una crónica, decía, uno no puede quedarse con las puras intuiciones.

Le hice caso. Y como veníamos de haber comprado cigarros, le saqué uno y fingí pedir fuego para meterle conversa a cualquiera.
Ir a preguntarle impresiones a extraños me parece un ejercicio difícil. Uno queda de rati. Y peor aún: de psicólogo infanto-juvenil, de cura buena onda del colegio, de investigador del INJUV. Me siento tan awkward, tan fuera de lugar. Pero se me dio bien y en pocos segundos ya estaba hablando con dos fumadores de negro –porque acá se viene de negro o de blanco riguroso, sin paletas intermedias.
Uno me dijo que era amigo del DJ. El otro me dijo que había llegado acá por la publicidad de Instagram, como yo. Los seguía desde que tenían un centenar de seguidores. Que estaban acá porque ya conocían todo el circuito y estaban chatos de lo mismo. Que Caserío y la Chismoteka apuntaban a lo obvio, a lo predecible. Que acá el ambiente es más seleccionado. Y que Suddata era su playlist de Spotify hecha discoteca.
–Y porque no hay venecos–, dijo el otro.

Algo parecido le decían a Joaquín las tres chicas que hablaban animosamente al otro extremo del patio. Una de ellas, estudiante de publicidad en la UDP, contaba que le gustaba el bellaqueo pero que ahora quería algo más tranqui. Que habían hecho un pre en su casa y querían ver de qué iba esto.
Por algún momento pensé que mi compañero coronaría la noche con alguna, pero la energía iba por otro lado. A ese grupo de chicas no las consideraría regias oficiales. No de las que he visto en otros lados. Tampoco vi gente agarrando, mirando con ojo alegre. Los hombres cantaban en grupos grandes. La fiesta era la música. Me dio la impresión de asistir a un gran listening party, con gente estudiosa del urbano alternativo. Con nerds del reggaetón.
Una escena propia
Mi vínculo con el reggaetón siempre fue funcional y utilitario. No es que me desagradara, pero yo en la época estaba pegado con el brit y, más tarde, con lo que se denominaba el indie. Para mí eran mundos que no se tocaban. Quizá sólo Residente se aventuraba a hacer algo distinto y por eso me gustaba. Los clásicos que conozco, los aprendí por osmosis. Agradezco a las radios de provincia, a las micros locales, a las discopeques y a los primeros carretes en casa. Por ellos soy un ser humano funcional en los eventos sociales de mi propia generación: abrazado al vaso, tomando a sorbitos, para evitar cantar el rapeo intermedio que no me sé.
Ahora voy en la segunda piscola. Le pregunto a la niña de la barra qué es lo que más sale –me parece una pregunta demasiado periodística–. Me dice que piscola y tropical gin. “Ah”, le contesto, “claro, las mujeres piden más tropical gin”. Me da un gesto de desaprobación, como si acabase de decir una burrada, y me confirma que acá andan a la par, que también los hombres toman harto de eso último. Me tengo que deconstruir más.
La casa está completa, no cabe un alfiler.
Se canta más de lo que se baila. Fuerte, de corrido, como si se tuvieran las letras atragantadas por años. Porque a pesar de su crecimiento, de tener un público fiel y conocedor, no había hasta ahora lugar propio para la escena urbana más experimental.

–El reggaeatón de masa madre–, me dice Joaquín.
Después de años de importar desde el caribe, en Chile hoy existe un género con identidad propia, consciente de sí mismo y reconocido en Hispanoamérica.
Fue un proceso largo. Los primeros intentos simplemente cortaban y pegaban hasta la jerga boricua. Pero había canteras interesantes para explotar. Estaban el rap y sus cultores, el electropop, la influencia estética del hardcore y productores de gran calidad. A fines de la década pasada llegó el trap. Para entonces también ya había neoperreo. La versatilidad del dembow dio piso a tres vertientes distintas: el malianteo, la cosa más romántica y una intensa escena alternativa.
Sucedió igual que con la cumbia: de la síncopa al compás marcado, urgente, acelerado de las sonoras. Y también en Chile, hoy se produce un reggaetón rápido y duro. Mi relación clientelar con el reggaetón se recompuso, se volvió más afectiva y personal, a medida en que se volvió más híbrido.
Y por eso, esa noche estamos deambulando por la pista en la segunda fecha de Suddata, que se había anunciado como una fiesta en donde sí sonaran artistas que en el mainstream se pasan por alto.
Y que, hasta ese momento, cumplía con creces. Lo estaba pasando bien.
Pero sería injusto decir que la fiesta fuera puro reggaetón y, además, sólo chileno. Antes de llegar tenían un especial de Eladio Carrión. En la noche han pasado por Easykid, Akriila, Facebrooklyn y Kuina, pero también por Álvaro Díaz, Latin Mafia y Jhayco.
En fin, un mapa generacional donde convive perreo, pop raro, under digital y melancolía, para un momento en que la escena está lo suficientemente madura como para andar pidiendo prestados cuartos ajenos.
Se acabó la fiesta
Pusieron Tas texteándome, palazo de Distobal, que estaba esa noche en tarima. Yo estaba contento. Me muevo al lado de un muchacho que tenía una polera de Tyler, the Creator que le envidié mucho.
No alcancé a preguntarle de dónde la sacó. Todo quedó en silencio. Miro hacia la puerta y veo balizas, linternas, carabineros, funcionarios municipales. Las luces de la calle eclipsan a las del interior.
Se acabó la fiesta.

Nadie sabe por qué. Se sube uno de los organizadores a improvisar algo que decir.
–Es una situación que escapó de nuestras manos. Esta es una fiesta hecha con puro amor para ustedes–.
Hubo aplausos entre las caras largas. Promesas de reanudar la fiesta otro día. Pero ni una sola palabra sobre lo que estaba pasando.
Algunos se dieron rápidamente por vencidos y salieron por Ernesto Pinto Lagarrigue arriba, buscando algún cuchitril que los acogiera para estirar la noche, para seguir hueveando. Yo sentía que el guion de lo que escribiría había mejorado.
Volvimos adentro. Mucha gente se quedó hasta el final, sin creerla. El staff discutía seriamente en el interior de una sala con los inspectores. Todo era confusión. Me puse a conversar con un belga que parecía creer que esto era parte del espectáculo. Yo tampoco tenía qué decirle. La barra se puso la diez, porque seguía despachando copete para los que se habían quedado con el ticket.
El público insistía en que Karol Dance debía chuparlo. No se pierden las costumbres.
Al final, nos abalanzamos al escenario a preguntar si alguien sabía alguna cosa.
El personal de la fiesta comenzaba a guardar las cosas, a desconectar los equipos. La noche se había precipitado hacia un final inesperado.
Sólo quedaba White MJ, que esa noche iba a cantar y se quedó con las ganas. Repartía fotos, sonrisas y abrazos, se hacía querer, elevaba la moral de los pocos asistentes, mientras Suddata naufragaba. Era el violinista del Titanic. Estando en eso, me le acerco.
«White, ¿qué pasó?»
– No sé, hermano, no cacho.
