Protocolos de estabilidad: la arquitectura del horizonte y sus operadores

“No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos”.

Solaris

Por José Joaquín Durán.

Comparto la fascinación de Mark Fisher por aquello que está “fuera de lugar”, tema que fue explorado por el autor de manera magistral en “Lo raro y lo espeluznante”. Esta dimensión está vinculada con el plano identificado por Freud en lo unheimlich (aquello que produce esa sensación particular e incómoda de “no sentirnos en casa”), que permite articular una serie de conceptos que de una u otra manera dialogan con aquel estado. Ahora bien, mientras lo inquietante viene desde “dentro”, lo raro y lo espeluznante son “externos”.

En esta ocasión, la exploración de “lo inquietante” está orientada a desentrañar la función que tiene en el marco de la producción de realidad. La idea central que guiará la propuesta es que aquel estado precognitivo es indicativo de alteraciones en el horizonte de lo posible. No digo que sea la única forma de “captar” aquellas señales. Solo que, en este caso, nos centremos en la forma en que operan en el sujeto las alteraciones.

Así, serán exploradas las inscripciones desde el pasado que perturban el presente a través de la mirada del agente Cooper; las alteraciones que operan el presente como bandada de pájaros y sus efectos, y también los atractores del futuro, frente a los cuales lo sublime se revela como fascinante, al ser ansiado o temido.

No estarán en discusión los soportes y conexiones que hay dentro de y entre los nodos ideológicos.

Inscripciones del pasado

Tomemos como ejemplo Twin Peaks, la serie de televisión de David Lynch. Este pueblo aparentemente inofensivo está recubierto por una atmósfera que induce al espectador a un estado de incomodidad fluctuante en intensidad, pero continua. Esta atmósfera es percibida por la mujer del tronco, quien no puede describir con precisión a qué se debe. Mientras que el agente Cooper, más intérprete de las alteraciones que representante del orden, es portador de la revelación de que: “Los búhos no son lo que parecen”.

Estas anomalías que son percibidas como inquietantes, es decir, que producen en el sujeto un estado de extrañamiento pueden tener distintos orígenes. Pueden ser ecos desde el futuro, inscripciones desde el pasado o tensiones desde el presente, tanto internos como externos a sí mismo.

De alguna forma (más bien limitada), este efecto proviene desde el pasado en los términos que plantea Fisher sobre Stonehenge, obra monumental que nos remite a la pregunta sobre su inscripción, en una ruta donde las huellas de su propósito son desconocidas[1]. Digo que esto es más bien limitado porque pese a ello, Stonehenge es símbolo reconocible y representa justamente aquella pregunta por la función una vez que el agente desaparece. Lo inquietante desde el pasado solo puede venir de aquello que tensiona el horizonte desde pasado de verdad. Es decir, aquello cuya potencia roza lo no-horizontable.

Así, pese a que podamos sentirnos abrumados por sensación que producen los monolitos de piedra no inscritos, no se compara con el sobrecogimiento al que nos lleva lo imaginable y lo posible de épocas más allá de la historia como disciplina, aquellas que la arqueología solo reúne como fragmento. Solo si consideramos el horizonte en que nuestros antepasados, que tenían las mismas funciones cognitivas que nosotros mismos, eran acechados por bestias y fenómenos más allá de su entendimiento podemos comenzar siquiera a concebirlo.

En cuanto al futuro, el caso es distinto. Mientras el pasado opera con base en inscripciones, el futuro, como vimos en un artículo anterior[2], funciona como un “atractor”. La sorpresa que hay en muchos de constatar que “predicciones” de autores de ciencia ficción pasan al plano de lo real, es la materialización del componente posible e imaginable que está dado previamente como “eco” del horizonte de lo posible.

Sin embargo, la presión de lo no-horizontable, a diferencia del pasado, se vuelve verdaderamente inquietante cuando las posibilidades del futuro exceden la estructura del presente. De ahí la fascinación y el horror que evocan imaginarios como el apocalipsis bíblico, que no es otra cosa que un campo de tensión permanente con aquello que desborda el horizonte de lo posible.

La arquitectura del horizonte

En la lectura interpretativa sobre el cuento Los pájaros (1963), Fisher se adentra en el componente “espeluznante” de la historia. El punto culmine del análisis es el momento en que el autor establece que aquello que se ve amenazado por las aves, más allá de la amenaza letal de las bandadas que atormentan a los personajes, es la erosión de la estructura que antes daba sentido al mundo en que se desarrolla la trama[3]. En términos del nodo ideológico, los pájaros constituyen una fuerza de apertura radical, un exceso tensiona los soportes y redes que articulan la producción de realidad en el presente.

En aquella etapa, el horizonte de lo posible es un plano altamente inestable y es justamente la idea que debemos tener presente, porque lo inquietante es también síntoma del “estado de excepción” en términos de Schmitt, en que la soberanía abandona temporalmente la aplicación normal de las normas, porque la ley no puede regular todos los casos extremos[4]. Es en este punto que se develan las posibilidades que abre el extrañamiento. Porque es prolífico y necesario lo que se puede trabajar en torno a los soportes y conexiones en un estado de “normalidad”, en que aún no irrumpe, aunque sea cono vibración de baja intensidad lo que “no debe estar ahí”.

Sin embargo, es frente a la anomalía que se establece la continuidad de la producción de realidad, por lo tanto, solo a partir de trabajo activo en la “arquitectura del horizonte” es posible resolver de qué forma se estabiliza el horizonte de lo posible.

Si esperaban una especie de épica clásica en la función del operador de esa arquitectura, la explicación puede que los decepcione. Al menos en parte. Pero eso es problema de las expectativas del lector.

Esto se debe a que la labor del operador de la arquitectura del horizonte “desactiva” la necesidad de una desestabilización a gran escala. En otras palabras, anula la posibilidad de un “choque” épico. Es la misma sensación que queda en el espectador con el tramo final de El día de la bestia (1995) de Alex de la Iglesia. Después de haber acabado con el anticristo, los “héroes” encabezados por el padre Berriartúa están reunidos en un mundo que “siguió igual” sin tener consciencia de lo que atravesaron los personajes. La sensación que genera este final no es que el esfuerzo fuera inútil, sino que el mismo espectador espera compartir ese aplauso con alguien más.

Similar es el caso del Stanislav Petrov. En 1983 se levantaron en la Unión Soviética las alertas de ataque nuclear. Según el protocolo, Petrov debía informar de inmediato para activar una respuesta. Intuyó un fallo del sistema. Y tenía razón, fue una falsa alarma. No fue premiado. De hecho, fue reprendido por no seguir el protocolo y el incidente se mantuvo en secreto durante años. Pero el mundo siguió su curso con “normalidad”.

El estatuto de lo inquietante

Sería un error intentar abordar lo inquietante a partir de categorías morales. Y mencionamos este punto porque es esperable que haya un temor reverencial por parte del sujeto hacia aquello que no comprende. También, somos conscientes que hemos explorado el campo guiados por una atmósfera incomoda. No obstante, esto tienen como objetivo levantar la sospecha en el lector, pero no determinar su interpretación.

Pensemos en la mitología de H.P. Lovecraft, que es el plano en que lo inquietante parece adquirir su mayor potencia. La incomodidad deja de ser un síntoma mínimo percibido por el sujeto, y pasa a ser la contemplación de la manifestación misma de aquello que produce un extrañamiento profundo. Podríamos pensar que lo inquietante está directamente relacionado con lo monstruoso.

Sin embargo, la reacción que produce este tipo manifestaciones es parte de una dimensión más amplia. El caso más evidente es el ángel bíblico que le dice a María “no temáis”. La manifestación es consciente de su propia sobrenaturalidad, y tiene la deferencia de advertirle a un ser humano que su presencia no es amenaza, pese a que su manifestación en sí misma excede el horizonte de lo posible.

En definitiva, el arcángel Gabriel y Cthulhu son dos presencias que marcan una anomalía técnica en el sistema del sujeto. No es relevante para el operador de la arquitectura del horizonte atribuirle categorías morales de manera inmediata. El objetivo debe ser antes que todo detectar que tipo de “estado de excepción” pueden generar en el horizonte de lo posible. Si acaso amenazan la configuración de manera violenta o sedimentan la “normalidad” con más fuerza, tiene que ver también con qué espera el operador de la realización del horizonte de lo posible. Y esa es precisamente su responsabilidad.

Conclusiones: la gestión del silencio

La arquitectura del horizonte no es, por tanto, una labor de expansión, sino de mantenimiento de límites. Si el extrañamiento es el síntoma de una fisura en el sistema, el operador es quien decide si esa grieta debe ser sellada, ignorada o habitada. No hay gloria en esta tarea porque su éxito se mide por la ausencia de eventos. El horizonte estable es aquel donde nada parece «fuera de lugar», incluso si para lograrlo ha sido necesario asimilar lo impensable.

Sostener la realidad implica aceptar que convivimos con ecos del pasado y atractores del futuro que tensionan constantemente nuestro presente. La responsabilidad del operador, sea este un artista, un científico o un burócrata soviético en un búnker, radica en la gestión de esa vibración. Al final, la normalidad no es una propiedad intrínseca del mundo, sino una construcción frágil que requiere que alguien, en algún lugar, ignore el rugido de Cthulhu o el resplandor de Gabriel para que el resto pueda seguir caminando sin mirar al cielo.

El horizonte, una vez estabilizado, vuelve a ser esa línea muda que separa lo que somos de lo que nos desborda. El éxito del operador es el anonimato absoluto.

Referencias

Durán, J. (2026). La producción de realidad y el horizonte de lo posible. Revista Entre Líneas.

Fisher, M. (2017). Lo raro y lo espeluznante (trad. esp.). Alpha Decay.

Schmitt, C. (2005). Political theology: Four chapters on the concept of sovereignty (G. Schwab, Trans.). University of Chicago Press. (Trabajo original publicado en 1922)

Lynch, D., & Frost, M. (Creators). (1990–1991). Twin Peaks [Serie de televisión]. ABC.

De la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Película]. Lolafilms / Canal+ España.

La Biblia. (1995). Biblia de Jerusalén (ed. latinoamericana). Desclée de Brouwer.
(Texto original s. I)

Lovecraft, H. P. (2011). The call of Cthulhu and other weird stories. Penguin Classics.
(Obras originales publicadas entre 1926–1937)


[1] Fisher, M. (2017). Lo raro y lo espeluznante (trad. esp.). Alpha Decay, p. 78

[2] Durán, J. (2026). La producción de realidad y el horizonte de lo posible. Revista Entre Líneas.

[3] Fisher, M. (2017). Lo raro y lo espeluznante (trad. esp.). Alpha Decay, p. 81

[4] Schmitt, C. (2005). Political theology: Four chapters on the concept of sovereignty (G. Schwab, Trans.). University of Chicago Press. (Trabajo original publicado en 1922)

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