El fondo insobornable de Andrónico y la postura shakesperiana

por William Tapia Chacana

…en memoria de Charlie Kirk, quien tampoco se dejó sobornar…

Sin duda, queda mucho que asimilar desde las letras. Especialmente, si aquel aprendizaje proviene del profundo reservorio dramático y teatral del británico más ilustre que ha pisado esta Tierra, el bardo inmortal[1]. Se dice, por algunos, que en Shakespeare encontramos a la figura más notable y única de la literatura humana[2], y que, definitivamente, el canon universal del gusto literario estaría marcado por su impronta[3]. Por supuesto, tales calificaciones son profundamente cuestionables, aunque, no así, el que podamos sacar lecciones de sus dramas, tragedias, comedias y poemas[4]. Tal como el caso de Terencio[5], para Shakespeare homo sum, humani nihil a me alienum puto, es decir, como hombre, nada de lo humano le fue necesariamente ajeno y todo eso quedó plasmado en sus más de treinta y siete obras de diverso cuño. Esta condición de la literatura shakesperiana me quedó clara cuando, leyendo una obra de juventud del bardo, quizá, incluso, la más ingenua y primeriza, su primera tragedia, Tito Andrónico (1594), pispé un grito de libertad individual que hace tiempo no experimentaba y la evidencia de un conflicto siempre en ciernes: individuo v/s sociedad.

De este modo, pretendo, a través del repaso de esta tragedia shakesperiana mencionada, iluminar sobre lo que a mí respecta debiese ser la resolución definitiva que siempre ha de haber en este conflicto. Es claro que la diatriba del individuo frente a lo colectivo ha formado parte de un lugar común en la literatura, al punto que podríamos caracterizar a épocas artísticas, filosóficas y literarias completas como permeadas por esta disyuntiva[6]. Sin embargo, me parece que la potencia con que se ilustra el conflicto en esta tragedia y la censura que sufrió apenas puesta en escena[7], me inclinan hacia ella como suficientemente ilustrativa. Como diría el filósofo inglés John Stuart Mill, la verdad refulge con mayor vigor ante el error[8].

Tras la muerte del emperador romano, sus hijos disputan el trono hasta que el pueblo proclama a Tito Andrónico, quien regresa victorioso de la guerra contra los godos. Tito rechaza la corona y respalda a Saturnino, pero el sacrificio del hijo de la reina Tamora desencadena una cadena de venganzas. La tensión entre ley, voluntad imperial y fidelidad a Roma se agudiza cuando Tito, en defensa del orden, llega incluso a matar a su propio hijo.

El conflicto es claro entre los principios de la libertad y el peso de lo colectivo, aunque claramente, esboza una disyuntiva que, en particular, refleja de cuerpo entero los problemas acaecidos en la última etapa del Imperio romano[9]. Nos comenta el filósofo español José Ortega y Gasset en Del Imperio romano (1940) sobre los lamentos que el orador y senador Cicerón profiere ante lo que siente es la caída de los valores romanos durante este período de la historia del gran imperio. En específico, entiende Ortega que el jurista latino se queja de cómo la ley romana se ha confundido con el capricho. Al igual que habría pasado, según el filósofo español, con un supuesto liberalismo decimonónico ingenuo de finales del siglo XIX al que se habrían entregado algunas generaciones sin previsión ni análisis valórico, en Roma acontecería lo mismo. Una de las tantas causas de la caída de la Roma occidental estaría en la corrupción moral del Imperio[10]. En el relato, la decisión sin sentido de Saturnino de disputarle a Bassiano no solo el taburete imperial, sino también a su prometida, nos enseña que el emperador, apenas arribado, ya confundía, como lo hicieron Cómodo o Nerón, su voluntad disipada con la lex. A Tito no le queda más que obedecer; sin embargo, sus hijos manifiestan el espíritu preclaro de que no gobierna el capricho imperial, sino la ley: un ánimo republicano a toda prueba[11]. Ya se verá que esto servirá de antecedente al conflicto mayor entre individuo y colectividad que se hará notar con mayor fuerza hacia adelante en la historia.

Durante una cacería imperial, Aarón instiga a los hijos de Tamora a asesinar a Bassiano y a violar a Lavinia, crimen que luego es atribuido falsamente a los hijos de Tito. Condenados a muerte, Tito es engañado para mutilarse a sí mismo a cambio de un indulto que nunca llega. La pérdida de sus hijos y la humillación final sellan su quiebre definitivo con Roma y con el orden que hasta entonces había servido.

Ya podemos ver que Tito Andrónico perdió su fe en Roma. Muchos lo hicieron en el transcurso del tiempo. Con todo, aquí es el ideal “Roma” el que pierde fuerza en esta alma dolida que no puede aceptar que su nación, aquella por la que ha luchado hasta derramar la última gota de sangre, le devuelva el favor de esta manera. Entonces, Tito ha llegado a la misma conclusión a la que, en otros términos y en otros tiempos, llega el protagonista de El extranjero (1942) del escritor francés Albert Camus: el valor de la libertad y dignidad humanas. A Meursault, le toca perder su vida por un crimen sin alevosía ni mayor intención: dispara a un árabe que le tapaba el sol en la playa. Por lo mismo, es condenado a muerte, especialmente, quizá, por su apatía e inhumanidad mostradas en su vida y en el juicio. Con todo, al momento que un sacerdote le visita en su celda y le conmina a arrepentirse, su abulia desaparece, y encuentra en la reafirmación de su libertad individual la base de su resistencia contra lo que los demás, los otros, quieren o desean de él. Es decir, a pesar de que ocurra por la vía de un ignominioso delito, Meursault deja el abandono de sí que lo caracteriza a lo largo de la novela, para encontrar ese fondo insobornable del que nos habla Ortega y Gasset, ese “sí mismo” que no está dispuesto a entregarse. Así, Tito Andrónico llega a la misma resolución tras sufrir el despojo de su idealizada Roma y la mal querencia imperial: el fondo de sí mismo, que se niega a aceptar lo que voluntades ajenas ambicionan de él. En ello redundará, nos diría el mismo filósofo español en Meditaciones del Quijote (1914), la estampa propia del héroe[12]. Tito adquiere rasgos heroicos, incluso, a pesar de exigir venganza. Un héroe propiamente humano, por cierto.    

La huida de Aarón con su hijo termina por revelar la trama de venganza urdida por Tamora y la responsabilidad directa en el asesinato de Bassiano y la violación de Lavinia. Sin embargo, esta verdad llega demasiado tarde para revertir la suerte de Tito, cuyo comportamiento, marcado por el dolor y la humillación, es leído por sus enemigos como signo de locura. Aprovechando esa apariencia, Tamora y sus hijos intentan manipularlo para frenar el avance de Lucio sobre Roma. Tito, consciente de la farsa, acepta el juego y convoca a un falso banquete de reconciliación, donde finalmente ejecuta su venganza contra Quirón y Demetrio.

Durante el banquete, Tito enfrenta al emperador con una pregunta decisiva sobre el honor y la deshonra, y, amparado en su respuesta, ejecuta a Lavinia convencido de la justicia de su acto. Acto seguido revela la venganza ya consumada contra los responsables de su ultraje y asesina a Tamora, antes de caer él mismo bajo la espada imperial. Lucio, en represalia, da muerte a Saturnino y es proclamado nuevo emperador, restableciendo formalmente el orden romano. El final impone castigos desiguales: honras fúnebres para los suyos, ignominia para Tamora y una muerte prolongada para Aarón, quien no muestra arrepentimiento alguno.

Como podemos ver, al final del día, Tito Andrónico, el único y gran protagonista de la historia, paga con su vida el reafirmar su individualidad, su ser frente al poder de lo colectivo. En un principio, por respeto a su nación y a su emperador, incluso, sacrifica a su hijo, como Abraham pretendió hacer con Isaac[13], como si ambas figuras fueran símiles de la condición divina. No puede concebir, bajo esa lógica, el ir contra los deseos imperiales y lo que su nación le exige. Por supuesto, el error irá iluminándose a medida que a la muerte de Mucio le seguirán una serie de desgracias que le mostrarán que el emperador y Roma en sí no solo fueron incapaces de evitar su infortunio, sino que, incluso, lo promueven. ¿No es acaso legítimo el desistir o renunciar a los dioses de la ciudad[14] cuando lo colectivo erige su gloria sobre tu desdicha? El filósofo español Fernando Savater comprende cabalmente esta cuestión. En su Política para Amador (1992) el pensador ibérico entiende que nacemos, indefectiblemente, dentro de un medio social, cuyas normas y estructura no hemos configurado.

No obstante, aquello, pronto nos contraponemos a dicha situación, y exigimos que el sistema sea legitimado. Eso quiere decir, que no solo nos permitimos y reivindicamos el participar del sistema, sino el que comprendamos que el orden establecido, cualquiera este sea, debe propender a protegernos o a otorgarnos cierta seguridad como individuos[15]. De este modo, si el sistema no tiende a ello, sino que abusa de nosotros, ¿no es un llamado a la rebelión? Como diría el filósofo francés Albert Camus, el rebelde es quien dice no[16] y, por lo mismo, Andrónico se rebela desde su fondo insobornable, desde la expresión de su propia individualidad dolida y vejada, contra sus verdugos, vociferando un estridente “No”. La consumación de su venganza, a costa de su propia existencia, y el honor final compensado con la erección de su hijo Lucio al puesto de emperador no son más que el dulce corolario de su valiente decisión de no dejarse avasallar definitivamente por el Leviatán del orden colectivo que, desprovisto de legitimidad, transforma la obediencia en sumisión y la ley en instrumento de castigo.

Bibliografía:

  • BEARD, M. (2016) SPQR: Una historia de la Antigua Roma. Editorial Crítica.
  • BERLIN, I. (2015) Las raíces del romanticismo. Editorial Taurus.
  • BLOOM, H. (2008) Shakespeare: La invención de lo humano. Carvajal Education.
  • BLOOM, H. (2018) El canon occidental. Anagrama.
  • BOBBIO, N. (1994) El existencialismo. Fondo de Cultura Económica.
  • CAMUS, A. (2021a) El extranjero. Editorial Emecé.
  • CAMUS, A. (2021b) El hombre rebelde. DeBolsillo.
  • DÍAZ-ÁLVAREZ, J. (2005) “El héroe realista como modelo moral. Algunas consideraciones sobre la ética de Ortega y Gasset”, en Circunstancia, 6 (III): 21-30.
  • DONALDSON, I. (1982) The rapes of Lucretia: A myth and its transformations. Clarendon Press.
  • DUMAS, A. (2013) El conde de Montecristo. Edimat Libros.
  • HEATHER, P. (2021) La caída del Imperio romano. Editorial Crítica.
  • JAUME, A. (Ed.). (2016) William Shakespeare: Tragedias. Obras Completas 2. Penguin Clásicos.
  • KIERKEGAARD, S. (2014) Temor y Temblor. Alianza Editorial.
  • MARCO AURELIO (2023) Meditaciones. Editorial Poseidon.
  • MILL, J.S. (2014) Sobre la Libertad. Editorial Akal.
  • ORTEGA Y GASSET, J. (1960) Las Atlántidas y del Imperio romano. Revista de Occidente.
  • ORTEGA Y GASSET, J. (1999) La rebelión de las masas. Espasa-Calpe.
  • ORTEGA Y GASSET, J. (2014) Meditaciones del Quijote. Alianza Editorial.
  • PLATÓN (2005) Apología de Sócrates. Critón. Fedón. Ediciones AKAL.
  • SAVATER, F. (2009) Política para Amador. Ariel Editorial.
  • SHAKESPEARE, W. (1998) The Poems and Sonnets of William Shakespeare. Wordsworth Editions.
  • TAPIA, W. (2021) “Por la libertad de expresión en tiempos de censura digital” en Girar a la derecha. Editorial Entre Zorros y Erizos.
  • TERENCIO (2021) Obras completas. Editorial Gredos.
  • WEBER, M. (2000) La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Colofón. 

[1] El epíteto no parece gratuito. Muchos consideran a William Shakespeare el escritor más grande jamás habido. Por ejemplo, el crítico literario norteamericano Harold Bloom lo sindica como la figura rutilante en la invención de lo que entendemos por naturaleza humana y el impacto cultural de ese concepto. Véase BLOOM (2008).

[2] https://www.britannica.com/biography/William-Shakespeare

[3] Véase BLOOM (2018).

[4] Quizá una de las vetas menos conocidas del británico sea su poética. Su colección completa de poemas y sonetos puede consultarse en SHAKESPEARE (1998).

[5] Publio Terencio Afro, comediógrafo, poeta, escritor y dramaturgo latino, nació en Cartago y murió en el 159 a. C. Entre sus obras más conocidas podemos citar “Andria”, “La Suegra” y “Formión”. Para una revisión completa de sus obras, véase TERENCIO (2021).

[6] Con cierta claridad, aunque no del todo convencido por el reduccionismo que implicaría el ejercicio, al romanticismo y al existencialismo transidos de esta temática. Para lo primero, véase BERLIN (2015). Sobre lo segundo, consultar BOBBIO (1994). 

[7] Véase el análisis sobre la censura victoriana que acaeció a la obra que hizo el editor y crítico literario español Andre Jaume en la introducción a las tragedias completas en la edición preparada por él mismo en JAUME (Ed.). (2016).    

[8] Véase MILL (2014). También puede consultarse un análisis de dicha situación en mi breve ensayo sobre la libertad en los tiempos actuales en TAPIA (2021).

[9] Para un análisis acabado de esta etapa puede verse BEARD (2016).

[10] Una entre otras razones. Véase HEATHER (2021).

[11] Hay ciertas referencias populares a este supuesto conflicto subyacente entre los nostálgicos del período republicano y los adherentes al Imperio romano. Incluso, se ha querido hacer parecer a algunos emperadores como nostálgicos que habrían elaborado proyectos de retorno a la República, como sería el caso de Marco Aurelio (121-180). Sin embargo, sobre este último caso, no existe fuente escrita que atestigüe tal anhelo y se tiende a presumir que tal era el deseo por las críticas que el emperador habría proferido contra la corrupción moral del poder sin virtud ni moderación en sus meditaciones. Véase MARCO AURELIO (2023).

[12] Hay que tener cuidado al momento de caracterizar al héroe en Ortega, pues se puede creer que avala una postura poderosamente subjetiva, donde el único mandamiento es “ser tú mismo”. Sin embargo, el héroe orteguiano es uno no solo realista, sino abierto al mundo, atento a su circunstancia. Véase su crítica furibunda al hombre masa que no asume su circunstancia en ORTEGA Y GASSET (1999). Para profundizar en la figura del héroe orteguiano, consúltese DÍAZ-ÁLVAREZ (2005). Una versión electrónica la revista puede verse en https://ortegaygasset.edu/wp-content/uploads/2019/05/Circunstancia_Numero_6_Enero_2005.pdf

[13] Presumo que el acto nos repulsa, pues no entendemos que alguien pueda sacrificar a su progenie por conceptos que consideramos arcaicos en esta época, al menos en su versión fanática. En contrario, parece ser fácilmente comprensible para quien sostiene la psicología propia de la figura del “Caballero de la fe”. Véase KIERKEGAARD (2014).

[14] Aludo a “los dioses de la ciudad” porque esta fue una de las acusaciones por las cuales Sócrates tuvo que morir. Como sabemos, el filósofo griego no quiso contrariar las leyes de la ciudad. Para el juicio y la discusión sobre la cual Sócrates basa su decisión de no contrariar su sentencia, léase PLATÓN (2005).

[15] El filósofo español no desconoce que la sociedad es naturalmente establecida o es una consecuencia de nuestra propia condición humana conflictiva y feble. Sin embargo, también es natural el exigir cierta legitimidad del orden, especialmente cuando las antiguas razones como la tradición o la conexión divina han desaparecido o, al menos, han perdido su fuerza frente a la impronta moderna. Recuérdese la alusión al “desencantamiento del mundo” en WEBER (2000). 

[16] CAMUS, A. (2021b) El hombre rebelde. DeBolsillo.

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