La producción de realidad y el horizonte de lo posible
“La desaparición de la realidad que anunciaba era en sí misma real, como también lo era el reino de simulación que la reemplazó”.
Nick Land
Por José Joaquín Durán.
Las discusiones contemporáneas sobre la realidad suelen oscilar entre dos reducciones opuestas: por un lado, su identificación con lo existente en sentido empírico; por otro, su disolución en prácticas discursivas, imaginarias o simbólicas. En ambos casos, el problema no es solo lo que se afirma, sino aquello que queda fuera de campo: el estatuto del horizonte dentro del cual algo puede llegar a contar como real-material. Pensar la realidad únicamente desde lo dado o desde su construcción simbólica implica perder de vista una dimensión decisiva, a saber, el campo de lo posible como instancia activa que orienta la experiencia, la acción y la expectativa.
Este texto propone abordar ese desplazamiento a partir de la noción de producción de realidad, entendida no como fabricación de lo real ni como efecto exclusivo del discurso, sino como la configuración de un horizonte que articula lo real, lo posible y lo imaginable como mundo vivible. Desde esta perspectiva, la realidad no se define por la mera presencia de los hechos, sino por las condiciones estructurales que hacen que algo pueda adquirir estatuto de mundo, volverse operable y sostener prácticas, sentidos y formas de vida.
A partir de esta noción, el artículo explora el límite de dicho horizonte —lo no-horizontable—, sus ritmos de variación y estabilización, y el papel del nodo ideológico como operador que orienta y regula la producción de realidad sin clausurarla ni determinarla de manera soberana.
La producción de la realidad
La realidad no se define aquí por lo existente-material en sentido estricto ni por la mera presencia de los hechos. Se entiende, más bien, como una dimensión del horizonte de lo posible, dentro del cual algo puede llegar a contar como real en un sentido extenso. Esto quiere decir, que es parte de la realidad aquello que aún no es, pero ya puede ser anticipado, ya sea ansiado o temido; porque forma parte del mundo que se habita tanto como lo efectivamente dado.
En aquel sentido, la realidad no se reduce al presente, sino que incluye un campo de posibilidades que ya opera sobre la experiencia, la acción y la expectativa.
La producción de realidad, por otro lado, no debe entenderse como la fabricación de lo real-material, sino como la delimitación de las condiciones bajo las cuales algo puede adquirir estatuto de mundo. En definitiva, no define qué existe, sino hacia dónde se orientan los soportes —discursivos, materiales y simbólicos— que delimitan y expanden el horizonte de lo posible.
En cuanto al “horizonte” de la producción de realidad, este dialoga con planteamientos de autores como Foucault, Koselleck o Castoriadis, pero propone una noción centrada en lo pensable, lo posible y lo imaginable como propiedad operativa del mundo.
Esto quiere decir que, a diferencia de los autores mencionados, aquí la producción de realidad no se define por el discurso[1], la temporalidad histórica[2] o la creatividad imaginaria[3] por separado, sino por el horizonte que articula el “mundo vivible” en su dimensión más extensa.
Land y la hiperstición
Una idea que, hasta cierto punto, dialoga con el límite del horizonte establecido por la producción de realidad es “el futuro que se filtra”, identificado por Land. Esto resulta especialmente útil para pensar cómo ciertas ficciones culturales operan como anticipaciones de lo posible, contribuyendo a producir las condiciones de su propia realización.
El detalle es que estas ficciones no actúan de manera ilimitada o autónoma. Solo aquellas que logran inscribirse dentro de un horizonte de posibilidades estructurado son las que participan efectivamente en la producción de realidad.
Pero, el motivo principal de divergencia es que la hiperstición landiana concibe una retrocausalidad que amplifica y desborda el horizonte[4]. Mientras que el nodo ideológico, en tanto articulador de la producción de la realidad, hace realizable lo posible hacia un futuro que solo puede proyectarse en la medida en que resulta pensable, imaginable y operable. En definitiva, el futuro está dentro del horizonte y devuelve “ecos” hacia el presente.
Es por ello por lo que el nodo ideológico, admite la indeterminación propia de sistemas complejos y no lineales, en diálogo con la teoría del caos, donde el futuro no actúa como causa, sino como campo abierto de proyección dentro de un horizonte estructurado.
Desde esta perspectiva, las especulaciones provenientes de la mecánica cuántica pueden ser incorporadas como parte de la realidad en tanto amplían el campo de lo posible y lo imaginable, pero no como principio causal dominante. Así, aquello que vislumbramos desde el futuro actúa como un “atractor” más que como un “motor”.
Lo no-horizontable
La producción de realidad abarca el horizonte dentro del cual algo puede contar como real, posible o imaginable. Es, en resumidas cuentas, la extensión máxima en que las facultades técnicas y humanas pueden operar, aunque sea de manera difusa. Mientras que, aquello que queda fuera del horizonte de posibilidades no constituye una ausencia dentro de la producción de realidad, ni una forma de inexistencia pensable.
No se trata de un “afuera” que espere ser integrado, ni de una negatividad que estructure el sentido. Se trata de aquello que no puede ser puesto en relación con el horizonte mismo, ni siquiera como límite visible. Esto se debe a que la extensión máxima del horizonte de lo posible no presenta “fronteras” evidentes, solo son fractales que avanzan o retroceden a nivel microscópico.
Siguiendo aquella idea, aquel elemento que es “horizontable” puede adquirir estatuto dentro del horizonte de lo posible. Lo no-horizontable no es, por tanto, ausencia ni exterioridad en sentido fuerte, sino una imposibilidad de inscripción desde cualquier ángulo que pueda ser visto.
No comparece como experiencia, no opera como referencia y no estructura el campo de lo posible desde la negación. En este punto, puede decirse que, siguiendo a Derrida, se trata de aquello que no puede inscribirse dentro del sistema mismo[5], sin por ello convertirse en un afuera ontológicamente consistente. Su estatuto no es el de lo reprimido ni el de lo excluido, sino el de lo no-relacionable con el horizonte posible.
Esta delimitación resulta clave para evitar toda lectura totalizante de la producción de realidad. Reconocer lo no-horizontable no implica afirmar una exterioridad significativa, sino asumir que la producción de realidad opera siempre con un residuo que no es asimilable ni tematizable, y que precisamente por ello no puede ser absorbido.
¿Conocer lo no-horizontable?
Una objeción posible a la noción de lo no-horizontable surge del hecho mismo de su enunciación. Sin embargo, cuando se habla de lo no-horizontable no se lo tematiza como objeto de conocimiento ni se le atribuye contenido alguno, sino que se postula exclusivamente para marcar el límite estructural de toda producción de realidad.
Su función no es epistemológica, sino negativa y regulativa: impedir que el horizonte se absolutice como totalidad cerrada.
A diferencia de los enfoques que buscan reinscribir positivamente un afuera ontológico —ya sea bajo la forma de objetos retirados o de una realidad independiente del acceso—, lo no-horizontable no designa una entidad ni un dominio especulable, sino una imposibilidad estructural de inscripción dentro del horizonte de lo posible.
Así, frente a los intentos del realismo especulativo por romper el correlacionismo mediante la restitución de un acceso a lo real independiente del pensamiento[6], la noción de lo no-horizontable no propone una ontología alternativa, sino la postulación de un límite estructural que no puede ser conocido ni tematizado sin ser traicionado.
Una segunda objeción sostiene que toda delimitación del horizonte es ya ideológica y que, por lo tanto, no existe una posición neutral desde la cual describir la producción de realidad. Desde esta perspectiva, podría pensarse que dicha producción no solo está prefigurada, sino que depende enteramente de su apropiación ideológica.
No obstante, el análisis no pretende situarse fuera de la ideología, sino que se rehúsa a tomarla como principio último de inteligibilidad del horizonte, manteniéndola como una dimensión operativa entre otras y no como fundamento absoluto.
Es importante destacar que la noción de ideología que aquí se trabaja no remite a la idea clásica de falsa conciencia ni a una distorsión de lo real en función de su verdad o falsedad. Se entiende por inscripción ideológica toda línea que se apropia de la producción de realidad, con independencia de su estatuto de verdad, en la medida en que organiza, estabiliza o vuelve operativas ciertas posibilidades dentro del horizonte.
Ritmo del horizonte
Dijimos que los planteamientos de Land resultan especialmente útiles para pensar cómo ciertas ficciones culturales pueden operar como anticipaciones de lo posible. Sin embargo, estas anticipaciones solo adquieren visibilidad cuando logran inscribirse en la realidad entendida como horizonte, y no simplemente como proyección abstracta de lo posible.
Esto es independiente de si hay un origen arborescente o rizomático, porque las dos están inscritas en el “ritmo del horizonte”. Esto se debe a que lo posible no es un campo estable ni homogéneo: puede intensificarse, saturarse o agotarse sin llegar nunca a consumarse plenamente en lo real. Puede incluso permanecer durante largo tiempo en el umbral de lo real sin atravesarlo, y aun así haber formado parte de la realidad en tanto dimensión horizontable.
En este sentido, la producción de realidad no avanza de manera lineal ni acumulativa. Los ritmos del horizonte expresan los movimientos mediante los cuales ciertas posibilidades se vuelven operativas, pierden fuerza o se desactivan, sin que ello implique necesariamente su realización efectiva ni su simple desaparición.
En este marco, los ritmos del horizonte se despliegan en diálogo con lo que Derrida denomina el por-venir, que es aquello cuya llegada no puede ser anticipada como tal[7]. No obstante, aquí dicho concepto no remite a una apertura ilimitada, sino a la variación interna de lo posible dentro de un horizonte estructurado.
A través del nodo ideológico
La ideología opera como un criterio de selección que vuelve más provechosa cierta lectura de la realidad a través del nodo. Esto se debe a que no absolutiza ni la estructura ni el agenciamiento. Frente al poder y al deseo —que tienden a privilegiar uno u otro polo—, la ideología permite pensar la producción de realidad como una articulación situada entre ambos.
Sin embargo, esta delimitación no agota lo real ni pretende impedir otras búsquedas posibles, incluso aquellas que se orientan hacia zonas de la realidad que no participan de la producción vigente.
No se trata de distinguir entre dimensiones útiles e inútiles, ni de establecer jerarquías normativas. La producción de realidad actúa aquí como una línea de orientación que señala aquellas rutas que, dentro de un horizonte estructurado, ya se encuentran figuradas como posibles.
Esta perspectiva dialoga con la noción de regímenes de producción de verdad desarrollada por Foucault, aunque sin escindir dichos regímenes de las prácticas, percepciones y disposiciones a través de las cuales los sujetos se relacionan efectivamente con el mundo producido.
Eso al menos en lo que respecta a la ideología si la tomamos solo como una dimensión “analizable”. Si la vemos en su totalidad, no solo orienta la lectura de la realidad, sino que cumple una función de estabilización del horizonte.
Ahora bien, si la ideología no se considera únicamente como una dimensión analizable, sino en su funcionamiento efectivo, puede observarse que no solo orienta la lectura de la realidad, sino que cumple además una función de estabilización del horizonte.
Al organizar qué posibilidades resultan más ejercibles, deseables o verosímiles, contribuye a regular los ritmos del horizonte: atenúa sus crisis, normaliza sus saturaciones y puede prolongar su operatividad incluso cuando ya no produce una apertura efectiva de lo posible.
La operación del nodo ideológico
Como ejemplo de nodo ideológico, pueden considerarse las redes sociales. X, por ejemplo, fue concebido con una finalidad explícita por parte de sus creadores: dar voz a sujetos situados fuera del circuito tradicional de los medios. Ese gesto constituye un acto ideológico fundante. Sin embargo, dicha intención inicial no opera de manera soberana ni clausura el sentido de la plataforma. Su eficacia depende tanto de los soportes técnicos que la hacen posible como de los usos, apropiaciones y desviaciones producidas por los propios usuarios.
En este sentido, no se trata de una simple “muerte del autor”, sino de un desplazamiento del acto fundante hacia una interrelación compleja entre agencias y estructuras, en la que la producción de realidad excede la intención originaria sin anularla.
X, en tanto nodo ideológico, no es neutral. No lo fue antes ni después de su adquisición por parte de Elon Musk. Esta falta de neutralidad no implica que el nodo determine de manera directa lo que sucede en su interior, pero sí que delimita, orienta y reconfigura las condiciones bajo las cuales ciertos usos, discursos y prácticas resultan más visibles, ejercibles o verosímiles.
Sin embargo, dicha orientación no se impone de forma unilateral. El funcionamiento del nodo se sostiene en una negociación permanente con los usuarios, quienes no operan como agentes plenamente libres ni como receptores pasivos, sino como instancias que interactúan, resisten, desvían y reapropian las líneas ideológicas inscritas en la plataforma.
Conclusiones
Pensar la producción de realidad como horizonte de lo posible permite desplazar el análisis desde la pregunta por lo que existe hacia las condiciones que hacen que algo cuente como mundo vivible. Este desplazamiento no implica negar un afuera ni absolutizar la mediación simbólica, sino distinguir entre existencia y estatuto de realidad. En este marco, lo posible puede haber operado plenamente como realidad sin llegar nunca a realizarse, mientras que lo no-horizontable marca un límite que no funciona ni como negatividad productiva ni como reserva ontológica, sino como una imposibilidad estructural de inscripción que impide la clausura total del horizonte.
La ideología, en este contexto, no aparece como fundamento ni como causa última, sino como un operador de orientación y estabilización del horizonte. Al organizar qué posibilidades resultan más visibles, ejercibles o verosímiles, contribuye a regular los ritmos de la producción de realidad —sus aperturas, saturaciones y agotamientos— sin eliminar la negociación permanente con otras agencias y estructuras. El concepto de nodo ideológico queda así abierto no como un sistema cerrado ni como una teoría totalizante, sino como una herramienta analítica para leer cómo se produce, se orienta y se mantiene aquello que, en cada momento histórico, puede llegar a contar como realidad.
Referencias
Derrida, J. (1994). Specters of Marx: The state of the debt, the work of mourning and the new international (P. Kamuf, Trans.). Routledge.
(Trabajo original publicado en 1993)
Foucault, M. (1977). Discipline and punish: The birth of the prison (A. Sheridan, Trans.). Pantheon Books.
(Trabajo original publicado en 1975)
Foucault, M. (1980). Power/knowledge: Selected interviews and other writings, 1972–1977 (C. Gordon, Ed.). Pantheon Books.
Koselleck, R. (2004). Futures past: On the semantics of historical time (K. Tribe, Trans.). Columbia University Press.
(Trabajo original publicado en 1979)
Castoriadis, C. (1997). The imaginary institution of society (K. Blamey, Trans.). MIT Press.
(Trabajo original publicado en 1975)
Land, N. (2011). Fanged noumena: Collected writings 1987–2007. Urbanomic / Sequence Press.
[1] Michel Foucault. Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings, 1972–1977. (1976)
[2] Reinhart Koselleck. Futures Past: On the Semantics of Historical Time, (1979)
[3] Cornelius Castoriadis. The Imaginary Institution of Society. (1975)
[4] Nick Land. Fanged Noumena: Collected Writings 1987–2007.
[5] Derrida, J. (1982). Margins of philosophy (A. Bass, Trans.). University of Chicago Press.
[6] Meillassoux, Q. (2006). After finitude: An essay on the necessity of contingency. London: Continuum.
[7] Derrida, J. (1994). Espectros de Marx: El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional. Madrid: Trotta.

