El retorno del Hombre: Soberanía interior en la era del ruido
Por Jorge Marchant
El cansancio
«Cómo odio yo este tiempo y este país y esta gente».
Diario de Carl Schmitt, 30 de abril de 1915.
Hay épocas que no pueden ser amadas. Épocas que, como espejos rotos, devuelven una imagen deformada del hombre. La nuestra es una de ellas.
Prometió libertad, progreso y bienestar. Entregó tedio, uniformidad y un vacío saturado de estímulos. Modernidad que se creyó aurora y terminó en ocaso. Cambió el cielo por un techo fluorescente.
A veces la civilización se mira y no se reconoce. Lo que fue impulso creador es ahora rutina, cálculo, producción, simulacro. La modernidad, que prometía libertad, domesticó al hombre en nombre del confort. Su logro fue reducirlo a consumidor satisfecho de su propia pequeñez.
El diálogo con la historia y la naturaleza es un rechazo a las miserias burguesas.
Huysmans lo vio en A contrapelo (1884), cuando Des Esseintes estalla contra un mundo poblado, en sus palabras, por “bribones e imbéciles”, es decir, burgueses y utilitaristas.
“—¡Derrúmbate, pues, sociedad! ¡Muérete ya, viejo y asqueroso mundo! —exclamó Des Esseintes, indignado ante la ignominia del espectáculo evocado. Este grito vino a romper el hilo de la odiosa pesadilla que le atormentaba.
—¡Ay! —suspiró—. ¡Y pensar que todo esto no es un simple sueño! ¡Pensar que muy pronto voy a volver a mezclarme con la infame y servil barahunda de la época en la que me ha tocado vivir”.
(Huysmans, 2016. P 365)
En ese grito late una ruina interior ya visible en el siglo XIX.
El mundo moderno degradó lo alto a entretenimiento sustituyó el misterio por estadística, la belleza por gusto, la verdad por opinión. La cultura quedó en catálogo, la religión en trámite y el arte en mercancía.
Y, bajo el ruido, persiste el deseo de otra cosa.
Existe un hombre que añora la verticalidad porque sabe qué exigirle a la Historia, un orden que le devuelva medida y lo sustraiga de la dispersión. Busca jerarquía allí donde el sentido no se fabrica, sino que se recibe. No es una queja moralista, es un asco metafísico.
El progreso, palabra sagrada del culto moderno, se vació de sentido. Como señaló López Tobajas: “El progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus ‘avances’”.[1] El hombre se ha vuelto su propio artefacto, es un animal entrenado para el confort y la métrica. Ante esa domesticación, el alma libre siente repulsión.
Más certero que Nietzsche (“Dios ha muerto”) fue Léon Bloy: “Dios se retira”, formulación incisiva del nihilismo en las sociedades modernas. Y Hölderlin ya intuía su rumbo: Dios se marchó a proteger a pueblos que aún lo honran.
Hartazgo y vacío espiritual
«El alma no ve nada que no la aflija cuando piensa de verdad».
Blaise Pascal.
En “Juegos Africanos”, Ernst Jünger se describe incapaz de encontrar un oficio adecuado en la civilización moderna pues las actividades elementales, como pescador, cazador, leñador o incluso guardabosques han sido degradados. Los guardabosques trabajan más con la pluma que con la escopeta y los peces se pescan con barcas a motor. Lo que fue naturaleza viva es ahora contabilidad.
El problema no es económico, sino ontológico. El hombre moderno perdió el sentido de lo trágico, aquello que permitía vivir de pie frente al destino. En su lugar reina una espiritualidad de supermercado, plagada de terapias, autoayudas y discursos que prometen todo salvo profundidad. La vida dejó de ser aventura y se volvió un trámite.
El arte siguió el mismo camino. Donde hubo altar, hoy hay escaparate. El arte burgués, con sus revistas, almanaques y galerías con precio, simula sensibilidad mientras adora el mercado. En ese contexto, odiar al mundo no es enfermedad, sino síntoma: rechazo a todo lo que reduce la vida a consumo.
Ernst Jünger distinguía entre Gemeinschaft, la comunidad orgánica, y Gesellschaft, la sociedad utilitaria. En la primera, el hombre pertenecía a algo mayor. En la segunda, pertenece a su cuenta bancaria. Ese tránsito pulverizó toda grandeza, pues el ser humano ya no cree en nada que no pueda medir o monetizar. “Por conocer a uno solo de esos tipos que imponían respeto, habría renunciado con gusto a todos los honores que se pueden conseguir dentro y fuera de las facultades. Sospechaba con razón que sólo es posible conocer a los hijos naturales de la vida si se daba la espalda a los representantes legítimos del orden establecido” (Jünger, 2004, P. 16).
La modernidad avanzó por sustitución. Cambió comunidad por sociedad, fe por opinión, contemplación por productividad. Así perdió el hombre la capacidad de mirar hacia arriba. El resultado es un mundo exhausto, donde se dice todo, pero pesa poco. Muchas voces, poca dirección. Información sin forma.
Spengler formuló el diagnóstico con precisión: las culturas nacen, florecen y mueren. Cuando su forma originaria se consume, lo que queda ya no es vida, sino ruina. Aceptar esta caída no es celebrarla, sino que es describir un umbral.
Reconstruir no es restaurar el pasado, es discernir qué de la tradición merece subsistir y rehacerlo con instrumentos contemporáneos orientados hacia lo alto. Evitar la caída sentimentalmente reduce dos trampas: el fetichismo que revive formas muertas y el optimismo técnico que ignora el coste de la modernidad.
La cultura que fue, nos ha dejado la forma del cadáver. Pero diagnosticar no basta; el oficio empieza cuando se decide qué hacer con los escombros. Retirarse no es evadir la historia, sino recomponer herramientas. Es quietud para ver, distinguir lo aprovechable de lo contaminado y trazar el plano de lo que debe ser levantado.
La soberanía interior
«No nos sentimos en casa en el mundo interpretado».
Rainer Maria Rilke, I Elegía de Duino.
En el antiguo mundo germánico, irse al bosque era castigo de los desterrados. Jünger invierte el gesto y lo vuelve afirmación. En Der Waldgang (La Emboscadura), escribe que, mediante ese acto, “proclamaba el hombre su voluntad de depender de su propia fuerza y afirmarse en ella sola” (Jünger, 2011. P 80).
No es fuga, es recuperación de soberanía. Emboscarse es el gesto heroico por excelencia, pues es negarse a vivir bajo el poder impersonal de la máquina. Ir al lugar donde la presión del mundo pierde jurisdicción y el individuo vuelve a responder por sí mismo. Esa retirada no es romanticismo, es disciplina previa a la acción.
Goethe, otro viajero del espíritu, lo había intuido siglos antes: “Nunca llegamos tan lejos como cuando ya no sabemos hacia dónde vamos” (Goethe, 2014, P.11). Enrique de Ofterdingen, el personaje de Novalis, sueña con la flor azul y parte en busca de ella: su viaje no es geográfico, sino interior. Así también el emboscado jüngeriano: quien se adentra en el bosque lo hace para volver a casa, pero a una casa que no está en ningún mapa.
En tiempos de uniformidad obligatoria, el bosque es el último territorio de libertad. No necesita ser físico. Puede ser una habitación, una montaña, un silencio. Lo esencial es la actitud, afirmarse frente a un mundo que exige obediencia. Conservar la libertad incluso en las ruinas del mundo. Aunque sea como mero espectador.
Lo esencial no es el lugar, sino la operación interior. Frente a una modernidad que administra la existencia, la soberanía consiste en sustraer un núcleo de decisión: preservar forma, medida y responsabilidad allí donde la vida pública exige obediencia.
“Lo mejor que puedes hacer cuando estás en este mundo, es salir de él, loco o no, con miedo o sin él” (Céline, 2017, P.80), escribió Louis Ferdinand Céline, pero salir no significa morir. Significa dejar de participar en la farsa. Salir del mundo como se sale de un teatro mediocre antes de que termine la función.
Salir del mundo, aquí, no es desaparecer, es sustraerse del consenso. Interrumpir el ruido para recuperar proporción. Resistir no por grandilocuencia, sino por control de sí.
La revuelta
«El mundo está harto de mí y yo estoy harto de él».
Charles d’Orléans.
En Dynamo (1929), Eugene O’Neill relata como la electricidad se convierte en nuevo Dios: el hombre ya no reza al cielo, sino a la máquina. El progreso técnico ha vaciado el alma.
La crítica a la técnica no nace hoy. Desde el romanticismo se sospecha que una modernidad que convierte al hombre en función termina por erosionar su interioridad. Lo característico de la fase reciente (acentuada desde la revolución informática) no es solo la potencia instrumental, sino la transformación de la técnica en entorno: ya no se usa, se vive. Aquí la tesis dura no requiere biografía, cuando la técnica deja de ser herramienta y pasa a organizar la vida social, el margen de autonomía se estrecha, aunque aumente el confort. La coerción se vuelve estructural, las condiciones obligatorias son presentadas como opciones.
En ese marco, el argumento radical sostiene que el reformismo es insuficiente. Un sistema tecnoindustrial con dinámica propia tiende a expandirse y a subordinar lo que toca. Si debe elegir entre adaptarse al hombre o adaptar al hombre a sí mismo, elegirá lo segundo. La libertad queda degradada a menú, mientras la soberanía interna retrocede. “No existen dudas sobre por qué salí del sistema tecnológico. Reduce a las personas a simples engranajes de una máquina gigantesca. Nos arrebata nuestra autonomía y nuestra libertad”[2], señaló Ted Kaczynski, el Unabomber.
En “La sociedad industrial y su futuro”, manifiesto de Kaczynski, plantea que la sociedad industrial avanza hacia un punto de no retorno con dos desenlaces posibles. En el primero, el sistema colapsa por su propio crecimiento, empujando más allá de los límites ecológicos y sociales y cuanto más tarde el colapso, más devastadora la caída. En el segundo, el sistema no colapsa, sino que se estabiliza mediante una invasión total de la conducta humana a través de ingeniería social, biotecnología y manipulación psicológica. Confort a cambio de dignidad. Bienestar bovino a cambio del alma. En ambos casos, el resultado es un mundo inhabitable para el hombre tal como lo conocemos. Y en ambos casos el reformismo es inútil, pues el sistema no puede “humanizarse” porque no fue construido para servir a la vida, sino para operar sobre ella. Al final la predisposición a arrodillarse frente a la tecnología es mayor a lo esclavizante de ella misma.
La fuerza de este diagnóstico no está en su romanticismo, sino en su crudeza. Cuando el mundo se vuelve máquina, el hombre se vuelve material. Y cuando la vida se reduce a administración, la protesta puede integrarse como parte del mecanismo. Por eso la revuelta contra la máquina no es solo política: es antropológica. Y desde una cabaña de 3×4 metros.
En este caso, la libertad es autonomía real y no sólo metafísica: capacidad de recorrer el proceso de poder con metas genuinas, sin supervisión de grandes organizaciones. Libertad es control de las condiciones de la propia existencia, no control de los otros. La tecnología avanzada, tal como está organizada, vuelve imposible esa autonomía para la mayoría. No porque prohíba, sino porque hace obligatorias las condiciones que presenta como opcionales. La vida social gira en torno al dispositivo, y quien intenta prescindir de él se vuelve extranjero en su propio mundo.
La naturaleza salvaje es para Kaczynski lo que del mundo y del hombre queda fuera de la planificación, la ingeniería y la administración. Es el último reducto de lo no fabricado. En ella incluye también la parte de la vida humana que depende del azar, del carácter o “de Dios”. Un espacio donde lo humano no está programado, sino entregado a su propio peso.
Entre el nihilismo y la trascendencia
«Las grandes ideas brotan del corazón, dijo un antiguo francés.
Podría añadirse: y fracasan en el mundo».
Ernst Jünger
La modernidad se presenta a sí misma como una era de emancipación. En su relato, el hombre habría roto las cadenas de la tradición, de la trascendencia y del destino heredado para convertirse en autor de su propia vida. Esta promesa, formulada desde el Renacimiento y consolidada con la Ilustración, no fue sólo filosófica, pues se tradujo en instituciones, técnicas y hábitos que organizaron la experiencia humana en torno a la autonomía, el cálculo y la producción de sentido.
Al desplazar la trascendencia del centro de la vida, el hombre moderno no quedó liberado, sino expuesto, pues comenzó a oscilar entre dos extremos: el culto a sí mismo y la disolución de toda forma. “¡Ah! Divertirse con su muerte, mientras la fabrica, ¡así es el hombre, Ferdinand!” (Céline, 2019. P. 18)
En este contexto, la pregunta por la trascendencia no remite a un retorno nostálgico al pasado, sino a la posibilidad de reordenar la libertad humana. No se trata de reinstalar dogmas, sino de examinar si una existencia sin eje puede sostenerse sin degradarse. Sin embargo, llevamos siglos en lo mismo, cuando todos podríamos asegurar que “es mejor una crisis aguda que una enfermedad crónica” (Jünger, 2019. P. 255).
Cuando dejamos el destino en manos del hombre moderno se vuelve culto al ego, pero, por otro lado, señala un problema real. La mediación con Dios ha perdido autoridad y el mundo profana sus propios símbolos o simplemente no es capaz de defenderlos. En ese escenario, la cuestión no es “inventar” sentido, sino recuperar una disciplina interior capaz de reconocer una medida superior. Y eso también es por quienes han transformado la fe en negocio.
La modernidad ha matado a Dios en los altares, pero no ha podido borrarlo del alma. Cada intento de reemplazarlo ha producido nuevas idolatrías. La técnica, el dinero, el Estado, nuevos becerros de oro.
El hombre que se sostiene y se conserva en medio del caos ya es un vencedor. No se trata de abandonar el mundo, sino de habitarlo con distancia. La verdadera rebeldía ya no es gritar, es callar. No obedecer al ruido. Esa victoria no necesita testigos. En la soledad, el individuo deja de ser consumidor y vuelve a ser responsable de sí.
La trascendencia no niega el mundo, lo ordena. No es evasión, sino eje. Solo el que reconoce una medida que lo excede puede hablar con propiedad de libertad.
Por eso la palabra “retorno” debe leerse en doble sentido: retorno interior y retorno constructivo. La restauración exige tanto disciplina del espíritu como técnica del trabajador. La verticalidad recuperada debe traducirse en instituciones, prácticas y lenguaje. No se trata de buscar predios intactos, sino de reinterpretar la tradición para un tiempo nuevo.
Conclusión
El retorno del hombre no es un regreso contemplativo que rehúye la historia, es volver con herramientas. No se pretende mera conservación, sino creación sobre ruina. La caída de la civilización, en sentido spengleriano, abre un campo de labor donde lo esencial puede recuperarse y reconfigurarse.
Derribar lo que está muerto no es venganza, es limpieza. Construir sobre las ruinas no es nostalgia, es esperanza.
Todo esto bajo la dirección de una medida mayor: la verticalidad que ordena la libertad humana. No buscamos un nuevo humano, sino una forma humana restituida por la altura. El hombre que vuelve del retiro vuelve con un arado y un altar, labra la tierra y honra el misterio. Esa doble tarea, trabajo sobre la ruina y fidelidad a lo trascendente, es la forma más alta de patriotismo espiritual.
El retorno del hombre será entonces el de quien reconstruye la casa donde puedan habitar la belleza y la verdad. No para erigir un pequeño reino humano, sino para preparar el templo donde lo más alto y lo más humano vuelvan a encontrarse.
Bibliografía:
Huysmans, Joris-Karl. A Contrapelo. Ediciones Cátedra. Madrid, 2016.
Goethe, Johann Wolfgang. El carnaval de Roma. Alba Editorial. Barcelona, 2014.
Jünger, Ernst. La emboscadura. Tusquets Editores. Barcelona, 2011.
Jünger, Ernst. Eumeswil. Página Indómita. Barcelona, 2019.
Jünger, Ernst. Juegos Africanos. Tusquets Editores. Buenos Aires. 2004.
Céline, Louis Ferdinand. Viaje al fin de la noche. Edhasa. Buenos Aires. 2017.
Céline, Louis Ferdinand. Muerte a crédito. Debolsillo. Barcelona. 2019.
[1] https://culturatransversal.wordpress.com/category/autores/agustin-lopez-tobajas/
[2] Unabomber: En sus propias palabras. Netflix (2018). Cap. 1. Min 5:08

