La ilusión del mundo regulado
“Dejad de citar leyes, nosotros llevamos espadas”
— Pompeyo
Por José Joaquín Durán
El despliegue fue quirúrgico, pero no por eso menos espectacular. El espectáculo es parte constitutiva del poder: sin él, sería como si no hubiera ocurrido, aunque haya sucedido (y esa sí sería una verdadera tragedia para el poder). En cuestión de horas, las fuerzas especiales de Estados Unidos capturaron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Un recordatorio brutal de que la política real comienza allí donde el abstract del paper académico empieza a incomodar.
Ejemplos de situaciones similares sobran. Basta retroceder algunos años para recordar operaciones de sabotaje tecnológico atribuidas al Mossad, o la anexión de Crimea y la posterior invasión de Ucrania por parte de Rusia.
Estos casos remiten a una constatación tan simple como incómoda: en el mundo contemporáneo no gobiernan quienes tienen la razón moral, sino quienes aceptan hacerse cargo del poder real del presente. Y quienes se niegan a usar los medios efectivos de su tiempo (por pureza, nostalgia o fe) no resisten al poder: lo delegan. Al delegarlo, se convierten voluntariamente en presas.
La clausura del poder
En las crónicas del asedio de Tenochtitlan, los españoles narraron cómo hacia el final de la batalla entra en escena un hombre vestido de búho que danzaba sobre los templos aztecas, disparando dardos en todas las direcciones. Era un arma más del repertorio de los defensores de la ciudad para evitar ser conquistados. Auguraba muerte y destrucción para los españoles.
Bastó con que abrieran fuego contra el sujeto para acabar con el asunto. Lo que cayó no fue el hombre-búho, sino el mundo que hacía operativa su amenaza.
Este relato nos recuerda que el poder atribuido conserva estatuto de verdad mientras existe un régimen de realidad que lo reconozca como eficaz (en este caso la guerra como una forma ritual). Cuando ese régimen se fractura, el poder no desaparece: se vuelve inoperante.
Conservar un gesto solo por pureza, nostalgia o fe, no vuelve al gesto digno. Lo vuelve inquietante en el peor sentido.
Algo similar ocurre con el derecho internacional, cuyo poder se resuelve como inexistente al ponerse a prueba frente a los países que operan más allá del consenso. Ese recordatorio, pese a su violencia, es necesario. Sobre todo para quienes piensan que habitar el enclave de cristal los salvará de cualquier peligro.
Pero el problema no es tanto quienes viven la fantasía de ser intocables. Después de todo, puede haber autoengaño, fanatismo o simplemente desacople.
Lo que sí resulta preocupante son quienes prometen el refugio en la vida pastoril o invocar una épica pasada que no tiene vigencia como fin último.
Puedes tener a toda una sociedad organizada para actuar dentro de los consensos, la democracia, el respeto a los derechos humanos y otros tantos dogmas. Pero estos se revelan como insuficientes y a veces inútiles.
A fin de cuentas es un problema de soberanía. Los pueblos de Mesopotamia podían poseer códigos morales refinados frente a los jinetes de las estepas de Asia Central. Eso no alteró el resultado cuando enfrentaron fuerzas capaces de ejercer soberanía efectiva.
Chile: cuando la técnica superó a la épica
La España de Franco fue una lección temprana de algo que volvió a repetirse en Chile de los noventa: no gobiernan quienes tienen el relato más intenso, sino quienes aceptan ensuciarse con la forma real del mundo. Después de la Guerra Civil, los tres grandes bloques se articularon de la siguiente forma: los falangistas, con épica imperial fuera de época; los carlistas, con legitimidad genealógica, sin poder real; y los liberales-tecnócratas, con gestión del presente, aunque sin épica
En Chile, durante el retorno a la democracia se dio una situación similar. Después de Pinochet, el triunfo de cierto modelo de administración no fue una victoria ideológica, sino una mutación del poder. También había tres bloques, con un patrón muy similar al de España.
Estaba el pinochetismo duro, por un lado, organizado en torno al orden, enemigo interno y épica del salvador. El poder estaba basado en coerción directa, legitimación militar y excepcionalidad permanente. El problema es que no sabía administrar un país normalizado.
La derecha ideológica, por otro lado, estaba orientada al nacionalismo, orden, tradición y valores. Quería de alguna forma conservar el “espíritu” del régimen. El problema es que confundía el control con el gobierno y la obediencia con la estabilidad.
Mientras tanto, los tecnócratas sin épica, sin mito y sin discurso heroico; pero con gestión, cálculo y lectura fría del mundo global terminaron por imponerse. No porque sean mejores. Si no porque entendieron el tipo de mundo que se estaba abriendo.
En aquel sentido, Pinochet no perdió porque fue “derrotado”, perdió porque su forma de poder quedó obsoleta. El país que emergió ya no se gobierna solo con miedo, ni con identidad, ni con moral. Comenzó a necesitar flujos, números, acuerdos e integración sistémica.
Y quienes no aceptaron eso, quedaron hablando solos. La lección incómoda es que en Chile no ganó la democracia como ideal. Ganó la forma de poder capaz de operar sin épica. En que los tecnócratas aparecieron como “libres” de ideologías, cuando solo son otra forma ideológica.
Schmitt: cuando la normalidad se agota
Podría pensarse que este texto tiene como finalidad oculta ofrecer una defensa corporativa de la tecnocracia. Pero, quienes lo esperen, estarán decepcionados. Porque, el que tecnocracia haya sabido interpretar de manera correcta su espacio en determinados momentos históricos, no significa que su lugar sea inagotable.
Recordemos lo que plantea Schmitt sobre las situaciones que parecen dadas y reguladas: “Toda norma presupone una situación normal, y no puede aplicarse cuando esa normalidad desaparece”[1]. Esa normalidad en tensión que sostenía cierta forma de la España franquista y el Chile de Pinochet aparece de otra manera en la tecnocracia pero con un mismo sentido.
No olvidemos las protestas de octubre de 2019 en Chile. La tecnocracia ofrecía respuestas. Sin embargo, eran limitadas a su propio relato. A la gente en las calles no le importaba si un gráfico mostraba cierto porcentaje de crecimiento económico o que el país estuviera (en teoría) cada vez más cerca del “desarrollo”. No se trata de que el relato mate al dato. O lo contrario. Las dos dimensiones son inseparables. Y ni siquiera son las únicas en la ecuación.
El caso extremo está en el gobierno del muy racional Johan de Witt en las Provincias Unidas de los Países Bajos. No era un tirano. No era un fanático. Era un tecnócrata racional, exitoso. Aun así, cuando la excepción llegó el orden técnico no pudo sostenerse y fue literalmente devorado por la multitud. La lección, por lo tanto, no es moral. Es que la técnica gobierna mientras el mundo se mantiene técnico.
A fin de cuentas, cuando Schmitt afirma que el soberano es quien decide sobre el estado de excepción, no está defendiendo una forma de gobierno[2], sino describiendo un límite estructural: allí donde las normas dejan de operar, alguien —o algo— debe decidir. Si no hay decisión, no hay soberanía; solo administración suspendida.
Conclusiones
Nada de lo anterior implica una glorificación de la fuerza por la fuerza, ni una apología de la violencia como principio político. Tampoco supone un llamado a abandonar toda norma, todo derecho o toda forma institucional en nombre de una decisión pura. Ambas lecturas serían simplificaciones cómodas y, por lo mismo, falsas.
Lo que este recorrido intenta señalar es algo más incómodo: que el poder no puede pensarse únicamente desde sus formulaciones morales ni desde sus arquitecturas normativas, sino desde su eficacia real en contextos históricos concretos. Las normas operan mientras existe un mundo que las sostiene.
Cuando ese mundo se fractura, la norma no “falla”: simplemente deja de gobernar. Y allí donde lo jurídico se suspende, el problema ya no es de interpretación, sino de decisión. Ese es el límite estructural del mundo regulado.
[1] Schmitt, C. (2009). Teología política. Madrid: Trotta.
[2] Ídem.

