Por José Joaquín Durán
En la posmodernidad los vínculos humanos son líquidos, planteaba Bauman. No estoy de acuerdo. Los vínculos humanos son, en esencia, líquidos.
Las culturas lo sabían desde tiempos inmemoriales y construyeron instituciones para encauzarlos. Matrimonios, cortejos y duelos son muestras de aquello. Tomemos el caso del matrimonio. Es una institución que necesita de una figura de autoridad, testigos, indumentaria, ritos y verbalización del pacto: “hasta que la muerte nos separe”.
La novedad posmoderna no es la liquidez, es la abolición de sus límites, sin que estos tengan un reemplazo real. Lo que queda, entonces, es una institucionalidad simulada, difusa. Protocolos de RRHH, sin contrato ni árbitro, en el que cada sujeto opera como un colaborador. El mercado es despiadado: todos buscan optimizar sus recursos emocionales y evitar la bancarrota a costa del otro. Este sistema, que administra el deseo sin nunca resolverlo y que tiene lista una sentencia moral para quien lo cuestione o lo rechace, propicia la neurosis. Es ansiedad que no viene de lo que falta. Viene de que lo que falta nunca termina de faltar. Esta es la Gestión del deseo S.A.
Profitar del trauma
El presente está caracterizado por un miedo profundo a lo definitivo. Evitamos el compromiso, la filiación o trazar un rumbo claro. Porque el mandato es fluir, vivir el presente y mantener la puerta entreabierta. Es preferible renunciar a la capacidad de agencia y entregar el destino al universo. El famoso “seamos amigos” como supuesta muestra de madurez afectiva es un síntoma. Nadie quiere perder del todo. Quizá tomes esa posibilidad en el futuro, quizá no. Parece una fórmula cómoda. Pero la psicología experimental observó lo contrario en el Efecto Zeigarnik: la mente humana recuerda y procesa con mucha más intensidad las tareas inacabadas o interrumpidas que las ya completadas.
Esto vuelve a la gestión posmoderna de vínculos una trampa. No es neutral, intensifica dinámicas neuróticas. Sin embargo, el colaborador acepta esa gestión.
La negociación infinita, la fijación nostálgica y la ambigüedad permanente es preferible al peso limpio y liberador de un final claro. ¿Por qué insistir en un vínculo que nunca termina de resolverse? Porque en la cultura del trauma, el goce está por sobre el placer. El placer busca el equilibrio, que nada perturbe. El goce, en cambio, excede el principio del placer. Es la satisfacción secreta de lamerte la herida y no querer que cicatrice.
El problema se refuerza en ciertas formas de terapia, que dejan de orientarse al cierre del conflicto y pasan a administrar indefinidamente el malestar. Una relación parasitaria entre profesionales cuyo servicio es remunerado y pacientes que encuentran en la terapia un espacio de goce más que de verdadera sanación. Así, la terapia contemporánea queda despojada de su supuesto objetivo. El proceso de sanación puede devenir en gestión indefinida del trauma. Después de todo, en la optimización emocional a través del goce, el sujeto puede convertir la herida en un activo. Pero no cualquiera: uno contaminado.
Pienso también en un profesional de la salud mental guiado por la ética, frente a un paciente que no solo goza el trauma, sino que instrumentaliza las herramientas clínicas a su favor. Recordemos Los Soprano. Solo hacia el final la Dra. Melfi comprende que Tony no quería sanar realmente. Iba a terapia para gozar del espacio terapéutico y usar las herramientas psicológicas para ser más eficiente como capo de la mafia. Fuera del consultorio, la psicología popular ofrece un sofisticado manual de manipulación relacional.
La primera posibilidad es simplemente gozar de la terapia. Pero los perversos del discurso blando no constituyen la norma. En la mayoría de los casos es mucho más simple. Se trata de personas que utilizan un protocolo que los valida y les proporciona una cierta superioridad moral. También se explica porque la institucionalidad simulada busca optimizar el goce emocional, más que cualquier otra cosa. Cada persona es un colaborador, que utiliza la Comunicación Estratégica y la Gestión de Recursos Humanos.
Por eso, fuera de los marcos del contrato matrimonial, las relaciones y sus “conversaciones maduras” pasan a ser reuniones de pauta y auditorías sin bases sólidas. El acuerdo puede terminar unilateralmente y no tendrás nada que reclamar. El colaborador solo se debe a sí misma y sus activos deben ser maximizados.
La patologización, coartada que valida
La eficiencia de este modelo está legitimada en el uso de lenguaje clínico como fuente de autoridad. Lo que antes aparecía como un malestar subjetivo individual, ahora es una red de distribución que eleva el síntoma a tragedia. Esto es posible porque está plasmado en artículos académicos y legitimado por profesionales. Al mismo tiempo sobrevino la masificación de conceptos. Apego evitativo, apego ansioso, niño interior herido, responsabilidad afectiva, respetar tiempos, límites sanos, comenzaron a formar parte del compliance.
No cuestiono el valor de estos términos. Administrados por profesionales éticos, favorecen el bienestar personal y la sanación de vínculos. Pero su eficacia como lenguaje legitimador es precisamente lo que lo vuelve peligroso. Fuera del espacio clínico, se convierten en piezas para la gestión de relaciones, que desplazan el eje de los hechos sólidos (lo que se hace, lo que se pacta o lo fáctico) hacia el territorio líquido de las intenciones, las susceptibilidades y los relatos.
También hay una relación de dependencia entre la administración del deseo y la gestión de la distancia. La sensación de ser diferentes y complejos por “sentir mucho” es combustible para el narcisismo ligero. La herida produce goce y está normada. Mientras cumplas el protocolo serás “responsable afectivamente”. Esto sostiene la dinámica: uno padece la falta de manera melancólica y rumiante, y el otro la administra el vínculo con migajas de atención y validación. Si no estás de acuerdo con este “contrato emocional”, la sentencia está preparada de antemano. Desviarse conlleva el riesgo de ser acusado de “irresponsabilidad afectiva” u otra falta emocional.
Esto nos lleva al problema de la empatía. Hoy es una categoría revestida de un aura totalizante, mística. Pero al convertirse en categoría ordenadora, la ética del cuidado pasa a ser el andamiaje que regula el protocolo. Es el burócrata que entrega el finiquito con una sonrisa y palabras correctas. Este es el blindaje moral que protege la administración indefinida del malestar.
Frente a este sistema, eficiente y asfixiante, la respuesta no es pelear contra él. Ese camino también está bloqueado; la sentencia, escrita. La única posibilidad es salirte del guion. El tribunal de la coerción blanda no tiene jurisdicción sobre tu vida. Mientras tus acciones no busquen dañar de forma deliberada, no eres responsable de administrar la arquitectura emocional de terceros.
Yo, al menos, hace rato que me declaré en desacato.
