Por El Caballero Leproso
“Tú sabes bien, Señor, cómo al Maligno le gusta apoderarse de los niños. Hubo una vez, antaño, en que adoptó la figura de un cazador de ratas para atraer con las notas de la música de su flauta a todos los pequeñuelos de la ciudad de Hamelín. Hay quien dice que esos infortunados se ahogaron en las aguas del río Weser; otros afirman que los encerró en la ladera de una montaña. Temo que Satán conduzca a todos nuestros niños hacia los suplicios de los enemigos de la fe”.[1]
Durante décadas, cientos de miles de personas lo vieron sonreír a través de sus pantallas. Era una figura extravagante, aunque aparentemente generosa. Su imagen, hábilmente aprovechada por los medios, contribuyó a construir una popularidad que parecía protegerlo de casi cualquier sospecha. Su causa parecía incuestionable: la defensa de los más débiles, particularmente de los niños hospitalizados y acogidos en orfanatos.
Tal fascinación colectiva no resulta extraña, pues la protección del desvalido por parte del más fuerte constituye, desde tiempos inmemoriales, un solemne mandato para quienes ejercen autoridad. Así, podemos rastrear esta noción en tradiciones tan variadas y distantes entre sí como la Ma’at egipcia; los ideales del guerrero protector en la wuxia o la institucionalidad confuciana; el dharma indio, presente en epopeyas como el Ramayana y el Mahabharata; el pensamiento griego, desde la arcaica Diké hasta la concepción platónica del gobernante como médico o pastor; la muruwa árabe preislámica; el ubuntu subsahariano o, más cercanamente a nosotros, la cultura en torno al ideal del caballero cristiano.
Con mayor razón, habrá de considerarse grave la falta de quien abusa de ese poder: corruptio optimi pessima[2].

Pocas figuras contemporáneas permiten examinar esta contradicción con tanta crudeza como la de quien terminaría siendo distinguido tanto por la monarquía británica como por la Iglesia romana: Jimmy Savile.
En 1944, este joven inglés, el menor de siete hijos de un matrimonio católico de escasos recursos, fue seleccionado mediante sorteo para trabajar como Bevin boy en las minas de carbón, como parte del programa de reclutamiento laboral establecido para asegurar la continuidad de la producción minera afectada por la guerra.
Su paso por las minas, sin embargo, tendría un desenlace prematuro. Alrededor de 1950, una explosión subterránea le provocó graves lesiones en la columna vertebral, hasta el punto de comprometer seriamente su capacidad para caminar. Le esperaban cerca de tres años de rehabilitación, durante los cuales debió valerse de bastones y un corsé ortopédico. Una vez recuperada la movilidad, comenzó a abrirse camino en el mundo de los salones de baile: primero como instructor, después como disc-jockey y, finalmente, como administrador.
Entre el accidente y su posterior oficio, Savile atravesó también una etapa como comerciante de chatarra. Ya entonces, según algunos relatos biográficos, sus conocidos habrían advertido en él una particular facilidad para desenvolverse entre la gente, valiéndose de una extroversión desbordante y de un humor frecuentemente cargado de dobles sentidos.
Ese carisma alcanzaría una dimensión mucho mayor con su incorporación a Radio Luxembourgen 1958, emisora que gozaba de una considerable audiencia entre los jóvenes británicos. Desde allí comenzaría a proyectar una personalidad radiofónica tan original como reconocible, que posteriormente encontraría en la televisión el escenario definitivo para su consagración popular. A esto contribuiría también una imagen cuidadosamente cultivada: cabellera larga, lisa y platinada; complexión delgada y fibrosa; y afición por las carreras de larga distancia. Su apariencia se complementaba con una vestimenta deportiva, estridente y colorida, con aires de disfraz.
Llegó a la televisión en 1960, pero fue a partir de 1964 cuando la BBC le proporcionaría una plataforma de alcance nacional particularmente significativa con su incorporación a Top of the Pops, programa musical del que sería precisamente el primer presentador. Desde allí consolidó su rol como referente infanto-juvenil, entre el juego y las bromas. Luego, en Jim’ll Fix It, los pequeños acudían a él para ver satisfechos algunos de sus anhelos más difíciles de realizar en el ámbito familiar.
No solo la relación entre Savile y el público infantil se hacía fundamental para su imagen pública. También crecía su presencia en el ámbito de la beneficencia.
Desde mediados de los años sesenta, Savile promovió campañas de recaudación y desafíos deportivos con fines solidarios. En 1968 estrechó sus vínculos con los sanatorios Leeds General y Stoke Mandeville, incorporándose al año siguiente como portero voluntario de este último. En la década siguiente, asumiría responsabilidades en la campaña de financiación y desarrollo de un centro de neurocirugía. Así, la acumulación de reconocimientos no solo amplió su influencia, sino que contribuyó a revestir su figura de una legitimidad excepcional. Su condición de celebridad, benefactor y colaborador de instituciones médicas terminaría por configurar una reputación ante la cual cualquier cuestionamiento parecía exigir una justificación extraordinaria.
En la leyenda germana, la desaparición de los niños sobreviene después de que los adultos incumplen la promesa contraída con el flautista. La traición de quienes debían responder por la ciudad precede así a la pérdida de sus habitantes más vulnerables. Por otro lado, los abusos sistemáticos rara vez se prolongan durante años sin dejar alguna señal, por muy tenue que parezca.

El flautista de la televisión británica también dejó, durante sus décadas “al aire”, comportamientos, comentarios e insinuaciones que, examinados retrospectivamente, resultan difíciles de conciliar con la imagen de un justo.
Esta realidad debió examinarse a la luz de incidentes ocurridos durante los años cincuenta, cuando administraba un salón de baile, así como de la acusación formulada en 1975 por una sobrina nieta de doce años. Según su relato, cuando comunicó lo sucedido a su abuela, esta habría respondido: It’s only Jimmy, it doesn’t matter, I’ll sort it out[3].
Pero nada de aquello se resolvió, ni en el hogar ni en el trabajo. Por el contrario, entre las salas pediátricas y los mismos camarines de la BBC, Savile dio con su propia montaña: un espacio de impunidad en el que, revestido de un halo, pudo mantener cautivas las vidas de numerosas víctimas, ante la indiferencia, la incredulidad o la negligencia de quienes tenían la posibilidad de intervenir.
Su reputación ya había alcanzado tal grado de reconocimiento que, incluso después de su muerte, ocurrida el 29 de octubre de 2011, recibió homenajes acordes con la imagen cultivada. Y sí, murió en absoluta impunidad.
Solo un año después surgirían las denuncias e investigaciones que permitirían revelar la brutal dimensión de sus abusos. Entre más de 500 acusaciones se comprobó su relación con 214 delitos, con un 73% de víctimas menores de edad, de las que el 82% eran de sexo femenino[4].
Los detalles relativos a las edades específicas, así como a la naturaleza de los actos, resultan innecesarios para comprender la magnitud del daño, al que cabría agregar testimonios sobre su particular relación con las morgues hospitalarias y sus propias afirmaciones acerca de prácticas necrófilas[5], cuya efectiva realización no pudo ser corroborada por las pesquisas posteriores.
Pero la monstruosidad de Savile no habría pasado de ser el delirio aislado de un criminal si no hubiera contado con una arquitectura de protección institucional. Su mayor logro no fue conseguir que los niños lo quisieran, sino conseguir que los adultos confiaran tanto en él que dejaran de protegerlos. El abusador no siempre necesita esconderse de los adultos: a veces le basta con convertirse en alguien demasiado querido por ellos, algo así como un amigo o un familiar “especial”.
En el centro de este engranaje se encuentra la BBC, cuya gestión de las advertencias y de las investigaciones periodísticas terminó exponiendo graves deficiencias institucionales. La cancelación de una investigación de Newsnight en 2011 y la posterior emisión de programas de homenaje al presentador constituyen episodios particularmente reveladores de una cultura organizacional que no supo responder adecuadamente a las señales de alarma que algunos trabajadores habían advertido[6]. Y aunque no pudo establecerse que la alta dirección conociera formalmente sus actividades delictivas, sí quedaron documentadas las deficiencias de una estructura que dificultaba comunicar y atender las señales.
Peor aún: en las más altas esferas del poder temporal y espiritual, Savile encontró también una fuente de legitimidad, pues tanto la monarquía como el papado distinguieron simbólicamente su pretendida nobleza. Esto se materializó en su distinción como Knight Bachelor, por un lado, y en la concesión de la Orden de San Gregorio Magno, por el otro. Ello demuestra cómo las instituciones pueden conferir autoridad moral sin el suficiente escrutinio, pese a su inherente deber de vigilancia.
Al final, el flautista no habría podido conducir a los pequeños hacia su perdición si quienes tenían el deber de protegerlos hubiesen comprendido a tiempo que no toda melodía torpe e ingenua es bondadosa. Después de todo, el prestigio jamás debe prevalecer sobre la protección del inocente.
[1] “Relato del Papa Inocencio XI” (1896). En: Schwob, Marcel (2011): Cruzada de los Niños. Traducción de Luis Alberto de Cuenca y Prado. Madrid: Reino de Cordelia, pp. 29-36.
[2] “La corrupción de los mejores es la peor de todas”.
[3] Sky News (28 de octubre de 2012): “Jimmy Savile’s Family ‘Knew Of His Dark Side’”- Ver aquí.
[4] The Guardian (11 de enero de 2023): “Jimmy Savile report: key findings”. Ver aquí.
[5] The Guardian (26 de junio de 2014): “Savile told hospital staff he performed sex acts on corpses in Leeds mortuary”. See here.
[6] Servicio Mundial de la BBC (19 de diciembre de 2012): “Decisión de la BBC de abandonar investigación sobre Savile fue «fallida”. Ver aquí.



