Por Alejandro Tapia Laforet
En el video musical de New York City Boy, de Pet Shop Boys, el protagonista recorre algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad; evocando, a través de la melodía, la década de los setenta. Por esta razón, su recorrido culmina en la mítica discoteca Studio 54, uno de los principales referentes de la música disco. El videoclip muestra a algunos de sus habitués más ilustres. Entre ellos Andy Warhol, quien es fácil de reconocer por su distintiva peluca plateada. Pero Warhol formó parte de la farándula neoyorquina y, a la vez, de los selectos cenáculos culturales de la ciudad.
Ese ambiente frívolo y transgresor ha llevado a algunos a considerar la figura y su obra como carentes de interés o profundidad. Por de pronto, quienes sostienen esta visión desconocen el vínculo existente entre algunos de sus trabajos y el catolicismo bizantino de su entorno familiar. El imaginario visual y ritual de la Iglesia católica bizantina, presente durante su infancia, sobrevive y reaparece como lenguaje artístico en algunas de sus obras. Esto no significa que Warhol fuera un artista católico, aunque ciertos elementos del imaginario bizantino pervivieron y se encuentran presentes como ruido de fondo de alguna de sus creaciones.
Andrew Warhola nació en el seno de una familia de inmigrantes eslovacos originarios del antiguo Imperio austrohúngaro. Su infancia transcurrió en los barrios obreros de la ciudad de Pittsburgh, donde se agrupaban los inmigrantes eslavos. Una de las características de estos guetos de trabajadores era el papel central que desempeñaba la parroquia católica: no solo como refugio espiritual, sino también como elemento de cohesión cultural para los cientos de miles de obreros de diversas procedencias.
En el caso de la familia Warhola, la asistencia a los ritos sagrados en la iglesia de San Juan Crisóstomo era una actividad habitual de los domingos. Aquella iglesia constituía el núcleo de la comunidad rusina de la ciudad. El esplendor de la liturgia bizantina, las velas, los dorados, los iconos, los santos y las procesiones conformaban un universo visual poderoso para cualquiera, especialmente para un niño.
La práctica religiosa de Warhol es un asunto debatible. Existen numerosas fuentes que afirman que era un católico devoto, que asistía regularmente a misa, que ayudaba en un comedor para indigentes y que su religiosidad aumentó especialmente después del atentado perpetrado por la feminista radical Valerie Solanas. Su madre lo definía como «un buen chico religioso». Sin embargo, otras fuentes señalan que su religiosidad era superficial y que la combinaba con prácticas supersticiosas, como el uso de cuarzos[1]. Como sea, lo que no se puede ignorar es la influencia estética que la liturgia y las imágenes de las iglesias ejercieron sobre él. Blake Gopnik, uno de los biógrafos más reacios a reconocer algún indicio de influencia religiosa en la obra de Warhol, da cuenta del influjo artístico que los templos despertaban en el artista:
«A veces, Warhol sonaba menos interesado en lo divino que en lo estético, como esos ateos y judíos que adoran y estudian, a partes iguales, la arquitectura y las liturgias eclesiásticas: “Me gustan las iglesias. Cuando voy, están vacías. Deambulo por ellas. En Nueva York hay muchísimas iglesias católicas bonitas. También solía ir a algunas iglesias episcopales”. La iglesia católica romana de San Vicente Ferrer, que frecuentó en sus últimos años, era, de hecho, un impresionante edificio neogótico alargado que se parecía bastante a las refinadas catedrales protestantes de Nueva York, y habría atraído a cualquiera que tuviera ojo para la belleza. Warhol decía que la liturgia católica siempre le había parecido “deliciosa”»[2].
Son los iconos de las iglesias orientales los que desempeñan un papel inspirador en su obra. Existe una relación entre los iconos y los retratos de celebridades elaborados por Warhol.
El icono religioso no solo representa a una persona, sino que también cumple una función dentro de la comunidad religiosa: el santo o el mártir es objeto de contemplación y veneración por parte de los fieles; pero también de identidad colectiva. El icono establece una relación entre la imagen, la figura representada y la comunidad que la contempla[3]. Por eso, no es difícil pensar que este mismo ejercicio se repite, en forma secularizada, en la reproducción en serie de los rostros de Marilyn Monroe o Elvis Presley[4]. Los rostros en serigrafía, al igual que los de la iconografía religiosa, trascienden la imagen material y remiten a los significados que la sociedad ha construido en relación con ellos. La repetición de la imagen consolida la condición simbólica de las celebridades.
El icono religioso es un medio para la contemplación y la veneración de los santos. Warhol utiliza la repetición, tan propia de la iconografía religiosa, para lograr un efecto similar con las estrellas de cine, con la única diferencia de que la contemplación religiosa es sustituida por el consumo. El retrato en serie es una imagen para consumir. La «iglesia» en la que se expone la nueva iconografía es la cultura de masas de los años sesenta.
Aunque la fama sustituya al aura sagrada y la celebridad reemplace al santo, es difícil no apreciar que en ciertos trabajos de Andy Warhol sobrevive y reaparece el imaginario visual cristiano bizantino: su concepción de fondo, su técnica y sus colores.
Gopnik –que no reconoce la influencia de la iglesia de San Juan Crisóstomo en la obra de Warhol– debe admitir de todos modos el influjo de la iconografía religiosa:
«Hay otro referente que tiene más probabilidades de encontrarse en el origen de los dorados de Warhol: los iconos rusos de una famosa exposición que se celebró en 1944 en el museo de arte de su localidad, donde Warhol asistía a clase. Dicha exposición desató un furor nacional por ese tipo de arte durante el año en que Andy acababa la secundaria»[5].
A lo largo de su obra, existen otras manifestaciones que se vinculan a la fe y a la religiosidad, tales como la película Imitación de Cristo, en la que una de sus musas, Christa Päffgen, conocida como «Nico», lee párrafos del libro de Tomás de Kempis. Otra es la película Amanecer/Atardecer, en la que Warhol filma la puesta de sol en distintos lugares de Estados Unidos, un proyecto patrocinado por el Vaticano para una exposición ecuménica en 1968. Finalmente, La última cena, uno de sus últimos trabajos.
Resulta imposible abordar toda su obra y la relación que esta tiene con su religión en unas pocas líneas. Lo que sí se puede reafirmar es la influencia que la iconografía religiosa bizantina tuvo, al menos, en su serigrafía fotográfica, iniciada en 1962.
Si bien Andy Warhol puede ser considerado el artista de la mercancía, de los ricos y famosos, también existe, en un segundo plano, un interesante imaginario religioso.
[1] Sobre la Fe personal de Warhol ver: «Warhol» de Blake Gopnik, «Spiritual Moderns» de Erika Doss y los artículos de José Carlos Díaz sobre el tema ( https://www.warhol.org/authors/jose-carlos-diaz/).
[2] Gopnik, Blake (2023): Warhol. La vida como arte. Barcelona: Taurus, P.33.
[3] Solís Nova, David (2019): «El icono y su herencia en el arte». Veritas, n.º 44, pp. 143-167.
[4] Dillenberger, Jane Daggett (1998): El arte religioso de Andy Warhol. Nueva York: Continuum, p. 17.
[5] Gopnik, Blake (2023): Warhol. La vida como arte. Barcelona: Taurus, P.35.




