El caballero leproso

Alcanzamos Asís un viernes de agosto, solemnidad de la Asunción de María, a la hora de nona. Y si en tramo desde la Toscana a Umbría nos tocó un sol enorme, al poco de llegar fuimos saludados por la hermana lluvia. Para la tierra yerma de nuestras almas, tanto como para los cuerpos agobiados por el calor, esa lluvia era una lluvia amiga.

Lo agradecí, porque habían sido días tórridos. En la lengua laica de Italia se habla de ferragosto: el clímax de las vacaciones de verano. Una época de relajo, pero también de excesos. Los mismos que hasta 1205 divertían al hijo de un mercader.

Giovanni, figlio di Pietro di Bernardone era el consentido hijo de un potentado comerciante de Asís, en una época en que la burguesía todavía no era dominante. El muchacho vivió una infancia y juventud rodeada de riquezas, lujo y placeres mundanos. Sin embargo, su padre sabía que para llegar a la cúspide era preciso ser noble, y la caballería ofrecía una posibilidad.

Como todo padre, Pietro di Bernardone soñaba con que su hijo alcanzase a ser más que él mediante destacadas acciones de armas. El muchacho, por su lado, gustaba de los cantos trovadores y de las historias transalpinas que hablaban de míticos caballeros en busca del honor. Quizá de ahí viene el nombre con el que le conoce todavía: Francisco, por su interés en lo francés[1].

Algo de esa nobleza ya la exhibía en su vida cotidiana. El joven Francisco no tenía problemas en dilapidar para sí mismo tanto como en dar para los pobres. Quizá la única señal preclara del llamado que recibiría después.

En 1202, en torno a los veinte, tuvo oportunidad de probarse en las armas con ocasión del conflicto entre Asís y Perugia. Ganaron estos últimos, y Francisco fue capturado y hecho prisionero por un año. Como en tantas otras ocasiones, la enfermedad contraída en prisión ayudaría a romper la carne para desplegar el alma, pero no de inmediato. La primera campanada no había sido suficiente.

Un par de años más tarde se enlistó otra vez para la guerra, y ataviado como caballero, partió hacia el sur con el fin de unirse al ejército de Gautier III, noble francés empeñado en Apulia.

Pero a la altura de Espoleto una voz le mandó volver. Francisco obedeció: su ejército ya no era de este mundo.

*

Peregrinó a Roma, en la que mendigó junto a los pobres y acompañó a los enfermos. Desde entonces, sería conocido como amigo de los leprosos. A su regreso de la ciudad santa, rezó en una abandonada capilla a las afueras de Asís.

“Francisco, vete, repara mi casa; que, como ves, se viene del todo al suelo”.

Rogando frente a su ahora famosa cruz, oyó el llamado. Despertó así de la muerte en que había entrado con su primera aventura militar a los veinte años. El mismo Cristo crucificado le había pedido reparar esa ermita de San Damián.

Francisco cumplió literalmente. Vendió sus bienes y pidió piedras de limosna para reconstruir este templo derruido. Pero como el hijo del hombre enseñó que “no había venido a traer la paz sobre la tierra, sino la espada, y a poner al hijo contra el padre”[2], la oposición vendría de cerca. Su primer rival sería su propio padre. Entre dimes y diretes, fue llevado ante la autoridad eclesial. Y Francisco no sólo devolvió su dinero: también propias ropas.

Desnudo –proclamó– ya nada debería al progenitor terrenal. Francisco había abrazado la cruz y nunca más la soltaría.

“Escándalo para los judíos y locura para los gentiles”[3]: influido por un tiempo de cruzada, asumió hábitos sin ser monje y predicó el Evangelio a quienes no podían leerlo. Antes que eso entendió que, para muchas personas, el único Evangelio conocido sería alguna vida con la que se toparían. De allí su adhesión a la pobreza extrema, a los ayunos, penitencias y abstinencias varias.  La propia vida como ofrenda dentro del cántico mayor en que toman parte las criaturas[4].

Reunió algunos compañeros, incipiente pléyade con la que viviría todo tipo de hazañas y que se volvería cada vez más masiva. Con el tiempo la inspiración llegaría incluso a las mujeres: a los 18 años Clara Scifi dejó su hogar junto a otras compañeras, para unirse al modelo franciscano. Contaba con la aprobación del obispo y el respaldo de una tía. Francisco la recibió y le encomendó la organización de la incipiente rama femenina que se ubicaría en torno a la ya reparada iglesia de San Damián.

Tres años antes (1209) habían conseguido la aprobación del Papa Inocencio III para una primera regla de vida. Se convirtieron así en la primera orden mendicante: la orden de los frailes menores. “Siempre menores”, enfatizaría él.

*

En Asís, lo primero que encuentra el peregrino es el sotto: el bajo o llano. Y aunque la ciudad irradia medioevo, ésta es una zona algo más moderna. No obstante, es aquí donde se encuentra la famosa Porciúncula, una capilla que fue entregada a Francisco bajo la condición de hacerla iglesia madre de su orden religiosa.

Hoy la capilla se encuentra al interior de toda una Basílica dedicada a Santa María de los Ángeles, advocación tan vinculada con la fiesta de la Asunción –día en que llegamos a Asís–.

En su interior está también la capilla del Tránsito, levantada en el sitio que escogió Francisco para ir a morir en 1226. Hasta allí nos llevó un fraile franciscano. Nos explicó que la vida de Il poverello fue, hacia sus últimos años, muy dura. Estaba prácticamente ciego a causa de una infección que, tras haber sido operada, quedó peor. En 1224, mientras meditaba el Monte Alverna, se convirtió en el primer santo que experimentó los estigmas de Cristo en su cuerpo, durante un retiro observando la cuaresma de San Miguel[5]. Estas heridas también pesaban en los primeros días del año de su fallecimiento.

Durante el trance, Francisco pidió que contactaran a una amiga y noble romana para que le enviara mostaccioli: unos dulces de almendra y miel con que aplacar el fin del valle de lágrimas. Solicitó también a sus hermanos leerle el capítulo trece del Evangelio según San Juan. Luego les pidió perdón a todos y también se los ofreció. En el lecho de muerte, Francisco –quien era diácono y no sacerdote, pues juzgaba indignas sus manos de tocar el cuerpo de Cristo– levantó por última vez su diestra para bendecir a los hermanos.

La hermana muerte cumpliría el anhelo de la criatura por volver al creador.

*

A San Francisco de Asís se le hace pasar por un revolucionario que anticipó el hippismo, el ambientalismo y hasta el falso ecumenismo. En realidad, se trató del servidor de un solo señor, radical en Cristo, y al igual que él, pese a la pobreza y sencillez personal, no renegó jamás de la riqueza en el culto divino, ni buscó empobrecer la doctrina. Ni siquiera renegó de la guerra. El mismo partió a la quinta cruzada en 1219, para exhortar a los propios y evangelizar a los ajenos.

Tal valentía y seriedad movieron al respeto del infiel, y el propio Sultán Al-Kamil al-Malik, sobrino del legendario Saladino, le reconoció con amabilidad. Hasta el presente los franciscanos son los custodios de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana en Tierra Santa.

El justo destino para todo cristiano inspirado en aquella insistente tabla redonda. Y al igual que los caballeros de Arturo, los combatientes de esta orden aparecieron como fruto de un mundo que necesitaba recuperar su centro, que necesitaba recuperar el Grial.

Cuando dejamos la Basílica seguía lloviendo, pero con la alborada retornó el hermano sol en escolta aupada por el canto de las aves en vuelo. El santoles había predicado en 1220, alabando al Creador e instándoles a dar gracias por recibir dones tales como plumaje, alimento, aire y una posibilidad cierta de elevarse. Los pájaros no partieron sin antes recibir su bendición, acción que desde hace 800 años continúa impartiendo a los peregrinos que, como él, anhelan alcanzar el cielo.


[1] Aunque también se plantea que su padre le llamó así en recuerdo del provenzal origen de la esposa y madre.

[2] Mt 10, 34-35

[3] 1 Co 1, 23

[4] Cántico religioso compuesto por San Francisco de Asís entre 1224 y 1225, durante una noche de tormento espiritual por el estado de la orden y su propia debilidad, el fundador escribió para destacar como cada parte de la creación se ensalza al gloriar el todo que es el Creador. Se trata de una de las primeras obras escritas en lengua italiana, a partir del dialecto umbro con influencias toscanas y latinas.

[5] Del 15 de agosto al 29 de septiembre.

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