«Un músico no puede conmover a otros
si él mismo no está conmovido».
Carl Philipp Emanuel Bach
Ensayo sobre el verdadero arte de tocar instrumentos de teclado (1753)
Por Jorge Marchant
Sergiu Celibidache desconfiaba de las grabaciones.[1] El director rumano entendía la música como una experiencia inseparable del tiempo y de las condiciones acústicas de su interpretación. Los micrófonos podían recoger el sonido de una orquesta; pero no reproducir por entero la relación que se establece, durante unos minutos irrepetibles, entre los músicos y quienes escuchan.
Comprendo su reparo. Siempre he desconfiado de las promesas de la tecnología, especialmente cuando pretende intervenir en nuestras experiencias más íntimas. Sin embargo, basta mirar mis vinilos —y los que todavía pretendo comprarme— para descubrir una contradicción: buena parte de la música que más admiro nació entre micrófonos y cintas magnéticas. Hay composiciones cuya forma definitiva fue construida grabando y superponiendo sonidos que nunca llegaron a ejecutarse simultáneamente.
En aquellos discos, la composición misma ocurría entre las máquinas. El estudio había dejado de ser el lugar donde una obra terminaba para convertirse en el lugar donde también podía nacer.
Desde la Antigüedad se reconoce en la música la capacidad de afectar nuestras pasiones. La tradición retórica latina distinguía entre docere, delectare y movere —enseñar, deleitar y conmover—. Los músicos del Renacimiento y del Barroco hicieron suya aquella preocupación, desarrollando procedimientos destinados a suscitar determinados afectos. La música podía alterar nuestro ánimo y alcanzar regiones de la experiencia donde las palabras resultaban insuficientes.
Hay discos que conocemos casi de memoria. Anticipamos sus cambios y sabemos cuándo llegará aquella voz o aquel solo que nos pone los pelos de punta. Sin embargo, seguimos esperando ese momento con el mismo entusiasmo.
En 1966, Brian Wilson convirtió el estudio de grabación en parte esencial de la composición de Pet Sounds. Reunió músicos de sesión, experimentó con instrumentos poco habituales en el rock y superpuso voces e instrumentos hasta conseguir una unidad sonora que nunca había existido simultáneamente. Aquel disco se compuso también entre micrófonos y rollos de cinta.
Wouldn’t It Be Nice, la canción que abre el álbum, celebra con un entusiasmo desbordante una felicidad que todavía no existe. Dos jóvenes enamorados sueñan con crecer y compartir una vida juntos. La exuberancia de las voces y los instrumentos encierra una nostalgia de un mundo que aún no hemos vivido.
God Only Knows nos enfrenta al temor de perder a quien amamos. Acompañan la voz de Carl Wilson las cuerdas, el corno francés y los acordeones, mientras las voces se entrelazan hacia el final en un contrapunto que parece resistirse a terminar. Cada instrumento quedó registrado en el momento preciso, cada voz ocupa el lugar que Brian dispuso. Sesenta años después, seguimos escuchando Pet Sounds con la piel de gallina.
Paul McCartney, quien reconoció la influencia decisiva de Pet Sounds sobre Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, confesó años después que había escuchado ese álbum hasta llorar.
El estudio había ampliado considerablemente las posibilidades de la composición musical. Aquellos recursos exigían de sus creadores nuevos conocimientos y una sensibilidad capaz de aprovecharlos.
Alan Parsons hizo de ese dominio técnico buena parte de su oficio.
Parsons comenzó como operador de cintas durante las sesiones de los Beatles que darían origen a Let It Be. También estuvo presente en el concierto de la azotea y participó en las sesiones de Abbey Road.

En 1973 trabajó como ingeniero de sonido en The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd. La banda llevaba meses desarrollando aquella obra sobre los escenarios, pero el estudio permitió darle una identidad sonora que todavía hoy reconocemos desde sus primeros segundos.
En Time, los relojes grabados por el propio Parsons irrumpen con una violencia casi física. Luego aparece David Gilmour, recordándonos cómo transcurren los años mientras creemos disponer de todo el tiempo del mundo. La canción desemboca en The Great Gig in the Sky, donde Clare Torry, convocada por Parsons, improvisó una voz sin palabras que parece atravesar el miedo a la muerte. Sus distintas tomas fueron reunidas en el estudio hasta conseguir aquella interpretación que todavía consigue estremecernos.
Parsons encontró mayor libertad creativa al asociarse con Eric Woolfson y fundar The Alan Parsons Project, que había sido concebido para existir en el estudio. Durante sus años de actividad no realizó giras. Sus composiciones reunían músicos e instrumentos cuya articulación dependía de las posibilidades de la grabación. El disco constituía la obra definitiva, destinada a cobrar vida en cada tocadiscos, en cada casa.
Bastaba que la aguja comenzara a recorrer el surco para que aquella música conmoviera.
Eye in the Sky (1982) ofrece una muestra de aquel universo musical. La introducción de Sirius enlaza con la canción que da nombre al álbum, mientras Silence and I pasa de la voz contenida de Woolfson a una poderosa intervención orquestal de Andrew Powell. Una de esas irrupciones que seguimos esperando, incluso después de conocerlas de memoria.
Pero es Old and Wise la que mejor revela el alcance de aquella colaboración. Eric Woolfson escribió su letra inspirado por la muerte de un amigo cercano. Colin Blunstone la interpreta con una serenidad conmovedora, mientras la orquestación de Andrew Powell prepara la entrada del saxofón de Mel Collins, que parece prolongar una despedida para la que ya no quedan palabras.
Los músicos convocados para la grabación consiguieron darle una expresión que terminaría llegando a desconocidos, muchos años después. Todo quedó registrado entre micrófonos, consolas y cintas magnéticas, hechas para ser reproducidas en serie. Y uno puede saber exactamente cuándo aparecerá aquel saxofón y seguir estremeciéndose al escucharlo.

Celibidache defendía el carácter irrepetible de un concierto. Pero Pet Sounds y Eye in the Sky no son copias de una interpretación, sino que nacieron en el estudio, donde cada montaje y cada mezcla formaron parte de la composición. Una novela conserva las mismas palabras en todos sus ejemplares sin perder por ello su valor literario. El Quijote es el Quijote hace 500 años. ¿Por qué tendría que ser distinto con una grabación?
La música puede reproducirse indefinidamente pero su creación exige conocimientos y decisiones que ninguna cinta magnética puede tomar por sí sola. Wilson y Parsons utilizaron las máquinas para realizar aquello que habían imaginado. Mi desconfianza en la tecnología se mantiene cuando deja de ser un instrumento para ejecutar nuestras ideas y empieza a ofrecernos la posibilidad de prescindir del esfuerzo y nuestro propio raciocinio.
Hoy basta una instrucción para que una máquina produzca una canción. Algunas de esas composiciones seguramente conseguirán emocionarnos. Pero me inquieta que, seducidos por el resultado, terminemos creyendo que la emoción puede encargarse como cualquier otro producto. Brian Wilson necesitó años para aprender a producir aquellos sonidos; ahora podemos obtenerlos sin haber tenido siquiera la necesidad de imaginarlos.
La existencia de aquellos discos me obliga a revisar algunos de mis prejuicios frente a la tecnología. Importa saber qué conocimientos exige, qué posibilidades abre y hasta qué punto seguimos ejerciendo nuestras facultades cuando recurrimos a ella.
Vuelvo entonces a Celibidache. Tenía razones para defender el carácter irrepetible de una interpretación. Pero una obra hecha para ser repetida del mismo modo también puede ofrecernos una experiencia singular, en cada escucha. Reproducimos God Only Knows una y otra vez, sin poder regresar jamás a la persona que éramos cuando la escuchamos por primera vez.
La máquina conserva los sonidos, pero nosotros seguimos poniendo en ellos algo que ninguna grabación puede conservar por nosotros.
[1]Boza, F. (2019, 3 de marzo). Percibir la experiencia del entre: “La fenomenología del tempo lento según Sergiu Celibidache”. Revista Entre Líneas. https://revistaentrelineas.cl/2019/03/03/percibir-la-experiencia-del-entre-la-fenomenologia-del-tempo-lento-segun-sergiu-celibidache/




