Por Matías Soffia

El desfile militar moderno no nació para honrar a los caídos. Menos para entretener a la familia. Surgió en la Prusia de Federico II como un ejercicio de intimidación calculada: la marcha en formación cerrada, el paso simultáneo de miles de hombres, el estruendo rítmico contra el pavimento.

Una parada militar es una factura enviada por adelantado al enemigo eventual.

Suena raro decirlo con un vaso de mote con huesillo en la mano, mientras los volantines cortan el cielo primaveral del Parque O’Higgins. Pero la parada militar es hoy un acto de entretención familiar y se nota: el rating de la televisión abierta –y las visitas del streaming– explotan cuando aparecen los cachorritos rubios de la brigada canina.

No soy un amargado. La parada militar es una expresión más de la chilenidad. Las Fuerzas Armadas son el pueblo en uniforme. Y está bien que ese mismo pueblo la célebre y la adopte como un hito propio.

Pero, ante todo, la parada es un acto militar. Acá el desfile militar no es una broma, y nadie pretende que lo sea.

De prusianización a peruanización

Vamos por parte: en Chile se celebra desde 1915, cada 19 de septiembre, el Día de las Glorias del Ejército, en el que participaba éste y la Armada. Por cierto, esta última goza de su propia instancia para desfilar: el día de las Glorias Navales. Clásico de la marinería y su complejo de única y diferente. Supongo que está bien.

Posteriormente, a la Parada se integró la Fuerza Aérea, el spin–off del Ejército. Hasta ahí es suficiente para agrupar en una parada militar la triada que defiende a la soberanía de la nación: tierra, mar y aire.

Luego vino el Cuerpo de Carabineros, el conchito ilegítimo de las ramas armadas y que, en rigor, no es una de ellas. A partir de su creación, se comenzó a hablar de “Fuerzas Armadas y de Orden”, para no dejar a los verdes en la orfandad. Concedámosle que, al menos, es una policía militarizada y, en varios sectores, cumple funciones de defensa de la soberanía.

Los uniformados desfilan entre uniformados, los civiles miran desde la vereda, y esa frontera no se cruza ni por simpatía, ni por rating. Y en Chile, lo civil y lo militar conviven pacíficamente pero no se deben mezclan: ni en la constitución, ni en la elipse del Parque O’Higgins.

Hasta ahora.

Acá ya empezamos a patinar colectivamente, con la incorporación de otros personajes. Mucho respeto a la PDI, pero poco y nada tienen de vocación o formación militar. En la institución no están habituados a oír marchas, a cargar armas en exhibición ceremonial o a desfilar como ejercicios de disciplina. Son una policía civil. PDI: esa no es tu familia.

Pero al menos son un cuerpo uniformado, dirán algunos.

Bajo ese criterio, en un par de años desfilará Bomberos. Denlo por hecho. Y luego la Defensa Civil, y finalmente los seguritos. Así como vamos, incluso desfilará la Brigada de Operaciones Antimecheros Nº1 «Unimarc» de Limache.

Porque cuando la fértil imaginación del chileno se mezcla con el patriotismo populista, pueden surgir horrores. En 2021, desfiló con honores militares un «batallón» (sic) de civiles que participaron en la lucha contra el COVID-19. El Dr. Ugarte, entre ellos, que terminó haciendo comerciales de productos de segunda. Probablemente en el podio de los momentos de cringe colectivo.

Nuevamente: nada en contra de la civilidad. Simplemente, cada cosa tiene su lugar.

Con todo respeto a nuestras naciones hermanas —aunque a veces no queramos reconocerlas como tales—, conviene mirar lo que ocurre al otro lado de la frontera norte. Y no me refiero al despliegue de tanques checoslovacos que combatieron contra Ecuador en 1941 y que todavía salen a rodar sus oxidadas orugas.

En el Perú, por ejemplo, desde temprano hubo ejercicios cívico-militares en los que se relativizó la diferencia esencial entre formación profesional y aspiracionalismo escénico amateur: los mezcló en uno solo. Por eso, no es difícil encontrar demostraciones militares con piruetas, o a alcaldes chovinistas marcando el paso. YouTube está lleno de estas joyas.

Mantengamos el decoro de nuestras instituciones, partiendo por la imagen que exporta nuestro potencial bélico. Porque sí, les aseguro: da de qué hablar para afuera.

Con paso de elefante

«La fortaleza de un ejército recae en su estómago», frase atribuida a Napoleón y que, en su época, era de todo sentido. La pobre higiene en aquellas desdichadas y enfermizas filas reducía el número de héroes y aumentaba el de mártires que jamás verían el campo de batalla.

Hoy nuestras tropas están bien alimentadas.

Quizá, muy bien alimentadas.        

El sobrepeso en las Fuerzas Armadas es el elefante en la habitación. Pasaban caballos recios al galope y en sus lomos iban los regalones del rancho.

Levantar pesas, correr maratones, nadar hasta la extenuación absoluta es el punto de partida para librar cualquier batalla. Dudo que una gran mayoría de estos hombres que desfilan embutidos al vacío puedan dar el ancho. Mucho menos para defender los intereses patrios cuando la necesidad lo requiera. Al final lo único letal, son los kilos mortales.

Para desfilar ante la nación toda, al menos entremos la guata. Si no pueden, no están aptos para perseguir a los atléticos y famélicos burlones fronterizos.

Eso en lo que respecta a los que desfilaron. Otro tema es el público.

Había parlamentarios y funcionarios que no eran otra cosa que los niños electos como delegados del curso.

Aprendimos de los mejores            

El Stechschritt (o “paso de ganso”) fue el símbolo de la marcialidad alemana. Sorprendentemente, tras la posguerra, sobrevivió del otro lado del Muro: en el Ejército Popular Nacional de la República Democrática Alemana.

También está vivo, cada 19 de septiembre, en una explanada de Santiago de Chile.

Porque aprendimos de los mejores, y la lista no es corta. Aprendimos de Napoleón, a través de la generación que nos fundó combatiéndolo o leyéndolo. De Carl von Clausewitz, que después de Sun Tzu fundó el pensamiento militar moderno; y de Helmuth von Moltke, el Viejo. Y esto no es una figura retórica. Fue Emil Körner que fundó la Academia de Guerra según el modelo exacto de la Kriegsakademie de Berlín.

Me gusta ver los videos de la parada subidos a YouTube. Hay gente de todo el mundo destacando la rectitud marcial de las tropas y el brío con que marchan al son de canciones que alguna vez encabezaron cargas de caballería.

No tengamos miedo a las palabras: la Parada Militar es algo que debería enorgullecernos. Por eso, al margen de las críticas, es algo que tenemos que cuidar.

Sintámonos orgullosos de que hasta el más raso de los soldados que desfilan cuente con una formación de lujo que, pese al tiempo, se ha mantenido más intacta que en ninguna otra nación.

El día nublado se cierne sobre el Parque O’Higgins. De fondo suena Adiós al Séptimo de Línea y la esperanza, como en su letra, es: «conservaremos la tradición». Y así espero que sea.

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