Por Bernard de Molay
En cualquier comuna del país es relativamente sencillo dar con algún monumento a los próceres. Aunque inmundos y pútridos por las heces de las palomas, sus bustos forman parte del paisaje urbano. Sucede igual con los homenajes a la República. En las escuelas, los niños de Chile aún le bailan La Refalosa a la Javiera Carrera, consiguiendo un siete fácil en Educación Física.
En los textos escolares, nuestros héroes son quienes configuran la personalidad nacional. Son estos personajes los que dotan de unidad e identidad al ser colectivo que se desenvuelve en la historia, y por ello la necesidad de mantener viva su semblanza, no solo como un recuerdo, sino como fundamento presente de la continuidad del proyecto nacional.
Valdivia tuvo que administrar sus huestes para conquistar el inhóspito territorio de lo que luego será la Capitanía de Chile. Prat venció a un enemigo implacable que lo superaba en números y armamento. Portales requirió de astucia para dar estructura al Estado nacido de la revolución.
Aun así, la Historia se nos aparece hoy más muerta que viva. El panteón de héroes republicanos –ni hablar de las figuras indianas– enfrenta una competencia feroz. Debe competir con famosos, futbolistas y políticos que, además de tener rostros fácilmente reconocibles, apelan a las emociones más inmediatas.
No es estúpido preguntarse si homenajear a los mismos de siempre sigue siendo algo relevante. Además, la nacionalidad es un legado en permanente crecimiento. Es difícil sostener, por un lado, que no exista un cierto derecho a cuestionar la Historia y, por otro, que nuevos personajes no puedan pasar también a representar “lo chileno”. Sobre todo, cuando resulta difícil sentir apego por personas que no hemos conocido en vida.
Quizá, la verdadera pregunta es qué entendemos hoy por héroe. Porque si los homenajes son para los héroes, entonces es el concepto de heroísmo el que ha sufrido una transformación importante.
Primero, basta con que alguien ejerza regularmente su función para que se le erija un monumento tras su muerte. Es decir, héroe no es el que hace cosas extraordinarias, sino que simplemente cumple con su pega. Basta con ser presidente y morirse para tener una estatua en la Plaza de la Constitución.
Segundo, la monumentalidad introduce lo eterno en lo cotidiano. El monumento supone, en cierto modo, que el tiempo ya ha hecho su trabajo. Por ello, la decisión de construirlo se toma con una distancia razonable. El caso de Renato Poblete es paradigmático. A los pocos días de morir, se anunció que un nuevo parque llevaría su nombre. El entusiasmo duró poco, una vez que apareció a la luz pública su historial de abusador.
Y no se trata solamente de nuestros héroes. Sucede igual con los santos, que hoy son canonizados en serie.
Tercero, también importa que los monumentos sean materialmente duraderos. De qué estén hechos determina, en buena medida, si los mismos pueden sobrevivir al sol, a la lluvia y al polvo. Y aunque correlación no implique causalidad, es cosa de pensar en que los monumentos nuevos –algunos, unos adefesios– están hechos de una materialidad desechable. El monolito de Mistral en plaza Baquedano es una fotografía gigante impresa en plástico, que habrá que cambiar en veinte años más, cuando se destiña. La estatua arbórea a Juan Pablo II requiere de agua y que nadie la queme.
Si una estatua no puede sobrevivir por sí misma al paso del tiempo, es también su memoria la que se vuelve desechable.
Encontrar cimientos que nos unan entre generaciones, hallar lo que tenemos en común con los tiempos de nuestros abuelos, es el objeto de cualquier proyecto nacional. Las figuras colectivas nos permiten encontrar mínimos comunes simbólicos, proyectar un futuro a conseguir de modo colectivo.
Precisamente por eso, el monumento nos permite tomar distancia de las discusiones contingentes. Poner las cosas en una perspectiva histórica que nos supera. Entender que somos hijos de una tradición que, nos guste o no, es lo que nos ha tocado. Y que las estatuas, a pesar de los silencios inevitables de la Historia, ganan cada día su derecho a permanecer en pie.
Quizás viendo una estatua olvidada logremos advertir que solo honrando a quienes nos forjaron, nos hacemos dignos de ser también honrados.




