Por Alejandro Tapia Laforet
Es cierto que la mayoría de nuestros emblemas tienen un origen republicano, pero hay algunos cuyo origen se vincula directamente con las huestes de conquista.
El huaso, símbolo viviente de nuestra chilenidad, es uno de ellos.
Damos por hecho que siempre ha existido y lo vinculamos a los menesteres propios de la vida rural. Si nos planteamos sus orígenes, resultaría muy simple señalar que es heredero del conquistador español. Esta, sin embargo, sería una explicación lineal y simplista que no considera su complejo proceso de creación.
El huaso no es un “descendiente” directo del conquistador, sino que es el resultado de la transformación de la cultura ecuestre de nuestro país. El caballo fue introducido en Chile, al igual que en el resto de América, por los españoles. El animal, en un primer momento, fue instrumento de conquista y guerra que permitió a los españoles dominar fácilmente a los indómitos indígenas. Con el paso del tiempo y establecida la sociedad colonial, el caballo se incorpora a la economía y a la sociedad rural del Chile indiano[1].
Los nuevos jinetes eran para el indio un elemento extraño, ambiguo. Si bien éstos provenían de sus mismas rucas, no eran iguales. No existía una semejanza con los amos españoles.
Lo característico en este personaje de aparición reciente era su montura: “el caballo era, sin duda, para él, lo más característico de aquellos hombres. En él parecían más poderosos, iban de un lado a otro con rapidez, lucían aperos coloridos y tintineaban espuelas metálicas. Por él también se hacían orgullosos; miraban desde arriba, con desdén[2].
A partir de estos jinetes mestizos, se van configurando algunos rasgos que posteriormente se identificarían al huaso chileno.
En este punto, el huaso y el caballo fueron dos elementos inseparables y fundamentales para la hacienda —columna vertebral del Chile tradicional—. La siembra, la ganadería y las entretenciones hípicas fueron los espacios en que este personaje desarrolló sus destrezas.
Todos al interior de las haciendas eran huasos, sin ninguna diferencia de clases o étnica. El huaso, a la vez, se transformó, en un personaje aristocrático y popular: es el patrón y el inquilino, bebiendo del mismo cacho y compitiendo sin privilegios en el rodeo, aunque cada uno ocupara un lugar diferente al interior de la sociedad rural.
Esa ambivalencia persiste hasta nuestros días. Existe en el imaginario colectivo una contraposición entre el huaso inquilino y el futre. Este último sería el más refinado y, por tanto, estaría vinculado por algunos a la figura del huaso de salón –que sólo existe en las fantasías del Bafochi–. Aunque esta construcción sea cuestionable, implica la idea de que, al ser la figura del huaso tan transversal como símbolo nacional, este deja de ser exclusivamente el hombre de campo y se transforma en la imagen estilizada de lo chileno.
El latifundio ya es parte de la historia. Lo reemplazó la agroindustria, por una parte, y la agricultura familiar campesina, por la otra. El huaso se urbanizó cada vez más y es, además de agricultor, profesional, industrial y artesano.
Pero a pesar de esta transformación, sigue conservando un ethos que lo distingue del resto y aún lo vincula a la tierra. Conserva su condición de jinete, ya sea dedicado al deporte o acostumbres como la crianza de caballos o los clubes de cuasimodistas. Es un tipo humano que aún pervive en todos los rincones de Chile.
De la relación con la tierra, la historia y los animales —en especial con los caballos— surgen una serie de valores que son proyectados por el “huaserío” a toda la sociedad chilena: “tradición, individualismo renacentista, sobriedad, marcialidad, rudeza, fastuosidad barroca hacen de nuestra figura un conjunto vital de perfiles muy marcados, donde se resumen tiempo y nación” [3].
El huaso, por tanto, es una figura que desbordó los márgenes de la hacienda que le dio origen.
En su figura conviven la herencia española, el mestizaje y la tradición ecuestre, junto con una forma de vida sobria, independiente y telúrica. Aquel jinete surgido en los inicios de nuestra historia se ha transformado y se ha convertido en un emblema nacional portador de valores espirituales que nos permite comprendernos y conocernos en cuanto chilenos.
[1] “Un fenómeno peculiar se produjo en este Flandes Indiano y posterior tierra de Fronteras donde, con una
mano en la espada y la otra en el arado, se comenzó a pastorear el ganado y sembrar el trigo. Fue el
nacimiento de una escuela de equitación propia, característica y cuidadosamente cultivada”.
Cardemil, Alberto (1999): El huaso chileno. Santiago de Chile: Andrés Bello, p. 96.
[2] León Echaíz, René (1971): Interpretación histórica del huaso chileno. Buenos Aires: Francisco de
Aguirre, p. 37.
[3] Cardemil, Alberto (1999): El huaso chileno. Santiago de Chile: Andrés Bello, p. 204.




