El caballero leproso
Chile, en tanto proyecto histórico, comenzó su andar bajo la cruz hispana. El catolicismo romano que arribó en América sostenía que nadie se salvaba fuera de la Iglesia[1]. De allí la necesidad de enviar misioneros al Nuevo Mundo, para que evangelizaran, combatieran las falsas creencias y cuidaran a los fieles de la herejía protestante que recorría Europa.
Durante la Independencia, el bando revolucionario entendió que debía buscar su legitimidad dentro de la religión. Fue José Miguel Carrera quien, en setiembre de 1811, solicitó al Cabildo Metropolitano la realización de una misa por el primer aniversario de la junta de gobierno de 1810. El Cabildo le dijo que sí, añadiéndole el canto del Te Deum.
Este himno es uno de los más antiguos en la liturgia romana[2] y tradicionalmente se canta para momentos de especial festejo y solemnidad: coronaciones, hitos militares, nacimientos, asunción de cargos u oficiosy, en general, hechos que debieran llamar al regocijo y la gratitud pública.
Antes de que existieran bandera, escudo e himno, Chile tuvo su Te Deum.
La misa y el Te Deum sobrevivieron a la fratricida lucha independentista, para mantenerse como símbolos de la nueva República. Luego, la misa sufriría con el enfrentamiento Iglesia-Estado del período liberal. En 1870, el ministro Amunátegui solicitó que la ceremonia se realizara sin misa –en una época en que comulgar exigía ayuno desde la medianoche–. Desde ahí, sólo se realizaría la oración por la Patria, con exhortación del celebrante, y canto del Te Deum.
Pero el gran cambio ocurriría en 1971, de la mano de la propia Iglesia.
El Presidente Salvador Allende requirió al Cardenal Raúl Silva Henríquez la realización de un acto interreligioso. Este nuevo Te Deum se apellidó “ecuménico”[3] y a él asistirían, por primera vez, ministros de culto protestantes, hebreos y hasta islámicos.
Que fuera llamado “ecuménico” no era un concepto al azar. Eran los tiempos posteriores al Concilio Vaticano II, que impulsó la gran revolución en la doctrina de la Iglesia. El ecumenismo, una de sus más evidentes conquistas. Luego de siglos de proclamar la libertad religiosa como un error que condenaba las almas[4]–[5], los padres conciliares la transformaron en un derecho de los creyentes[6].
Por lo tanto, el nuevo Te Deum interreligioso y ecuménico no fue asunto que Allende –orgulloso masón– impusiera dictatorialmente al clero chileno. Fue algo que la jerarquía eclesial quiso libremente y celebró con entusiasmo. La iglesia local fue así vanguardista en unir las nuevas directrices pastorales con el vetusto rito republicano.
Pero si el combinado Allende-Silva no resultara suficiente, Augusto Pinochet Ugarte le dio otro golpe de gracia.
Pinochet, que se decía “partidario de la parte religiosa”[7] pero no de la intervención del clero en política, decidió restarse del Te Deum de 1975, debido a la posición sostenida por la Iglesia en materia de Derechos Humanos. Como todavía necesitaba de una liturgia, optó por armar un Te Deum con protestantes que habían decidido no participar de la junta interreligiosa. Desde entonces, se realiza un culto en las instalaciones pentecostales de Jotabeche, sin presencia de líderes católicos.
En el regreso a la Democracia no sólo se conservó el Te Deum ecuménico, sino que también la ceremonia protestante. La comunidad judía tiene su Tefilá anual con el mismo fin. Y hasta la masonería realiza un acto denominado Fraternitas de la República. Ninguno de éstos es “ecuménico”: sólo consideran a representantes de esos mismos cultos.
Es curioso que evangélicos, judíos y masones tengan su propia celebración, pero que los católicos deban compartir su altar con anglicanos, musulmanes, el Ejército de Salvación, representantes de la YMCA y hasta alguna obispa partidaria del divorcio y el aborto[8].
Preguntémonos en cuantas ceremonias islámicas, judías o protestantes se recibe con el mismo entusiasmo a los mitrados católicos.
Por supuesto, habrá creyentes que intenten conciliar lo inconciliable y defender esta versión –ya bastante descafeinada– del Te Deum. Que, en una sociedad secular, hablar de Dios ya es valiente. Que este acto, aunque relativista e indiferentista, es lo más que se puede hacer. Y que lo importante es que “las Iglesias” y el poder político hagan buenas migas para defender sus intereses.
Con todo, cualquier católico que aún crea en la necesidad de evangelizar para salvar las almas de los incrédulos, debería preguntárselo dos veces antes de aceptar, sin más, una reunión en un sitio sacro. No es una reunión de camaradería, por cierto, sino que una función litúrgica ‒con canto del evangelio y participación en oraciones‒. Sobre todo, se trata de un gesto que no es recíproco: se ora con quienes llevan siglos impugnando los principios de los dueños de casa; pero a la vez, no existe un gesto de apertura hacia el enemigo histórico que vieron (y ven) en la Iglesia.
Así, de continuar estas mismas condiciones, más valdría ahorrarse el oropel y unirse en las fondas que, por lo demás, no han requerido derramar la sangre de nadie.
Mientras tanto subsisten los rezos y alabanzas. El problema: nadie sabe bien para qué Dios.
[1] Extra Ecclesiam nulla salus, en castellano, “fuera de la iglesia no hay salvación”. Frase acuñada por San Cipriano de Cartago (Siglo III), recogida en el Cuarto Concilio de Letrán (1215), promulgada por Bonifacio VIII en la Bula Unam Sanctam (1302), y ratificada en el Concilio de Florencia (1442). Por tanto, plenamente vigente para los católicos que participaron del descubrimiento y la conquista de América.
[2]https://www.youtube.com/watch?v=HAWkoXNHvkw&list=RDHAWkoXNHvkw&start_radio=1 interpretación realizada el 07 de diciembre de 2024 con ocasión de la reapertura de Notre-Dame de París, el tipo de ocasiones cuyo festejo amerita la entonación del canto.
[3] Tradicionalmente este concepto de origen griego era aplicado para referirse a toda la Iglesia católica, pero desde mediados del siglo XX se ha popularizado su amalgama con el diálogo hacia creencias fuera de la Iglesia católica, apostólica y romana.
[4] 107 años antes Pío IX había recopilado y ratificado expresamente las siguientes proposiciones en el Syllabus (1864) como condenadas: “XV. Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera. XVI. En el culto de cualquiera religión pueden los hombres hallar el camino de la salud eterna y conseguir la eterna salvación. XVII. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo. XVIII. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios.”.
[5] Nótese que solo 45 años antes Pío XI, al proclamar la solemnidad de Cristo Rey, había condenado expresamente las consecuencias de igualar públicamente a las religiones en Quas Primas (1925): “Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios”.
[6] Ello fue posible por textos tales como el decreto Unitatis redintegratio (1964) o las declaraciones Nostra Aetate (1965) y Dignitatis Humanae (1965), todas las cuales contradicen elementos claros de la tradición y opinión mayoritaria de teólogos, doctores y padres de la Iglesia-
[7] Entrevista al Comandante en Jefe del Ejército, 13 de septiembre de 1990: https://www.youtube.com/watch?v=LwdIRtBfNM8
[8] Izani Bruch, obispa de la Iglesia Evangélica Luterana, quien además fue capellana evangélica en el Palacio de La Moneda durante el gobierno de Gabriel Boric.




