Por Trinidad Rosales Mertens

Me conecté al webinar esperando aprender sobre androides biónicos, sensores mioeléctricos y algo de robótica. Pero apareció el modelo matemático de Denavit-Hartenberg y la conversación tomó una dirección menos amable para quienes nunca hemos tenido una relación fluida con las matemáticas.

Mientras intentaba entender la explicación sobre cómo representar matemáticamente el movimiento de una máquina, me surgió otra pregunta, quizás menos calculable: ¿qué significa que una intención humana termine convertida en movimiento?

Una máquina puede ejecutar una orden, pero ¿qué ocurre con aquello que hace que una persona quiera darla? La pregunta no es ninguna novedad, pero frente a máquinas que empiezan a acercarse cada vez más a capacidades humanas, adquiere una extraña actualidad.

¿Por qué preguntarnos por lo humano precisamente ahora?

Hay preguntas que parecen acompañar en silencio la historia de las sociedades, como un rumor de fondo, sin reclamar una respuesta inmediata. La justicia, la libertad, la muerte o aquello que llamamos humanidad pertenecen a ese conjunto de interrogantes que ninguna época consigue clausurar del todo.

Existen períodos en los que esas preguntas apenas alteran el curso ordinario de la vida. Permanecen resguardadas en la filosofía, la religión o la literatura, mientras el mundo cotidiano continúa sin exigir que vuelvan a formularse. Pero también hay momentos en que abandonan ese lugar discreto y reaparecen con una intensidad inusitada. Dejan entonces de pertenecer solo a especialistas para instalarse en las conversaciones cotidianas, las innovaciones tecnológicas y la imaginación colectiva.

Algo semejante ocurre hoy con la pregunta por lo humano. La expansión de la inteligencia artificial, los avances en robótica y, en los últimos años, los proyectos orientados a la construcción de androides capaces de interactuar corporalmente con las personas han devuelto al centro de la discusión la pregunta: ¿qué significa ser humano? Resulta llamativo que esa pregunta aparezca al mismo tiempo en laboratorios de ingeniería, aulas universitarias, conversaciones familiares y medios de comunicación, como si una misma inquietud hubiera comenzado a recorrer ámbitos que hasta hace poco parecían no reconocerse en una misma pregunta.

La explicación más extendida atribuye este fenómeno al desarrollo tecnológico. A medida que las máquinas han comenzado a realizar actividades que durante siglos consideramos exclusivamente humanas, parecería inevitable que nos viéramos obligados a redefinir nuestra propia identidad. Sin embargo, esa explicación merece ser puesta en cuestión. Porque, ¿las sociedades se preguntan cualquier cosa?, ¿toda transformación técnica produce el mismo tipo de interrogantes? Algunas transformaciones modifican la organización de la vida sin alterar las categorías con las que una sociedad se interpreta. Otras, en cambio, vuelven inestables las certezas que acompañaron a generaciones enteras.

Esta perspectiva permite desplazar el problema. Antes de preguntarnos qué significa ser humano, conviene cuestionarnos por qué determinadas sociedades necesitan volver a formular esa pregunta, mientras otras apenas la consideran. El enigma no reside solo en el contenido de las respuestas, sino también en las condiciones históricas que hacen posible esas preguntas.

Por siglos, la filosofía ha intentado responder qué es el ser humano. La antropología ha mostrado la diversidad de formas de vida que esa noción puede abarcar. Las ciencias cognitivas buscan comprender el funcionamiento de la inteligencia. Cada una de estas aproximaciones aborda distintas dimensiones sobre lo humano, pero hay una pregunta que puede formularse antes de todas ellas: ¿por qué la cuestión de lo humano vuelve a adquirir una intensidad particular? Esta pregunta dirige la mirada hacia las condiciones que hacen posible que ciertas interrogantes adquieran centralidad dentro de una sociedad.

Este ensayo constituye un intento de formular una idea acerca de las condiciones materiales de la interpretación y el horizonte de lo preguntable. Y, más que ofrecer una formulación acabada, busca explorar la relación entre las transformaciones históricas de las condiciones de vida y la aparición de aquellas preguntas.

1. Las preguntas tienen historia

Las preguntas aparecen, se desplazan y desaparecen conforme cambian las condiciones desde las cuales una sociedad organiza su existencia. Así como ninguna comunidad produce su vida material en el vacío, tampoco produce en el vacío las preguntas con las que intenta comprenderla. Las formas de trabajo, las tecnologías, las instituciones, los lenguajes y las modalidades de habitar el tiempo, el espacio y la vida en común no determinan de forma mecánica aquello que pensamos. Ninguna sociedad se despierta una mañana preguntándose por cualquier cosa. Emergen dentro de formas de vida determinadas y desaparecen cuando estas dejan de estructurar la experiencia colectiva.

Llamaré condiciones materiales de la interpretación al conjunto de condiciones históricas y materiales que participan en la configuración de ese horizonte. El horizonte de lo preguntable designa, en cambio, el campo dentro del cual algunas preguntas adquieren sentido y relevancia, mientras otras permanecen fuera del ámbito de aquello que una sociedad llega a reconocer como problema.

Con la primera expresión propongo pensar el modo en que las transformaciones materiales reorganizan ese campo. No se trata de sostener que las condiciones de existencia produzcan de forma directa determinadas preguntas, sino de observar cómo configuran el terreno desde el que ciertos problemas pueden adquirir centralidad y otros permanecer apenas visibles.

Podría parecer que las grandes preguntas permanecen inmóviles mientras las respuestas se suceden unas a otras. Cambian las filosofías, las religiones y las teorías científicas, pero esas preguntas acompañan a la humanidad desde siempre. Sin embargo, aquello que retorna no es la misma pregunta. Lo que cambia es el mundo desde el cual esa pregunta adquiere sentido y, con él, aquello que realmente está siendo interrogado.

2. La reorganización del campo de lo preguntable

Durante gran parte del mundo medieval europeo, definir qué era un ser humano no constituía una de las preguntas centrales. Esa respuesta se encontraba en buena medida inscrita dentro de un universo cosmológico que otorgaba a cada ser un lugar dentro de un orden considerado trascendente. Las grandes preocupaciones giraban en torno a la salvación, la gracia, el pecado o la correcta relación entre la vida terrenal y la vida eterna. Eso no significa que nadie reflexionara sobre la naturaleza humana, sino que esa pregunta no ocupaba el centro del campo de lo preguntable, porque las condiciones históricas ofrecían un horizonte bastante estable desde donde se podían responder. La pregunta por lo humano no necesitaba reorganizar el horizonte de interpretación.

La modernidad alteró ese equilibrio. La expansión del comercio, la consolidación de los Estados modernos, el desarrollo científico y las primeras transformaciones del capitalismo modificaron la organización material de la vida. Pero no transformaron solo la forma en que las sociedades producían su existencia; alteraron también el horizonte desde el cual esa existencia podía ser interpretada. El individuo adquirió una centralidad creciente, el trabajo dejó de ser solo una obligación moral para convertirse en una categoría de comprensión de la vida social y la naturaleza comenzó a concebirse cada vez más como objeto de conocimiento e intervención. Con ello cambiaron las respuestas disponibles, y aquello que una sociedad podía llegar a preguntarse sobre sí misma.

La Revolución Industrial radicalizó ese desplazamiento. La fábrica reorganizó el tiempo cotidiano con una precisión hasta entonces desconocida; la ciudad alteró las formas tradicionales de convivencia y la división del trabajo fragmentó la experiencia de la producción, modificando la relación entre las personas y lo que producían. El mundo comenzaba a desbordar las categorías con las que hasta entonces había sido interpretado.

Fue en ese contexto cuando comenzaron a volverse ineludibles preguntas como: ¿qué es el trabajo?, ¿qué significa pertenecer a una clase?, ¿de dónde proviene el valor?, ¿cómo se constituye la sociedad? No adquirieron centralidad porque algunos pensadores fueran más perspicaces que sus predecesores. Se hicieron necesarias en esas condiciones históricas porque el horizonte de interpretación heredado había dejado de organizar una experiencia que ya estaba transformándose.

3. Antes de las respuestas

Tal vez toda gran transformación histórica reorganice primero el repertorio de preguntas que una sociedad considera necesarias. Solo después aparecen las teorías encargadas de responderlas. Antes de las respuestas existe una historia de las preguntas que llegan a ocupar un lugar central dentro de una sociedad.

Desde esta perspectiva, interesa menos qué respondió Marx sobre el trabajo que comprender por qué el trabajo llegó a convertirse en una cuestión decisiva en el siglo XIX. Lo mismo ocurre con Freud: más que su respuesta sobre el inconsciente, importa comprender por qué una época comenzó a sospechar que la conciencia no bastaba. Y algo semejante ocurre hoy con la inteligencia artificial. Lo significativo no es solo el conjunto de respuestas que suscita, sino que da paso a que la pregunta por lo humano haya recuperado una intensidad que, durante largo tiempo, estuvo en un segundo plano.

Si las preguntas tienen historia, también deben existir condiciones históricas que hagan posible su aparición. Marx mostró que las sociedades no pueden comprenderse solo a partir de las ideas que producen sobre sí mismas. Antes de toda representación del mundo existe la producción histórica de las condiciones de vida. Esa producción no solo organiza la economía: configura relaciones sociales, distribuye el tiempo, ordena el espacio y hace posible determinadas formas de conciencia.

Si las condiciones materiales participan en la producción de las ideas, también cabe preguntarse si participan en la producción del propio horizonte desde el que esas ideas pueden surgir. Dicho de otro modo, no solo condicionan las respuestas que una sociedad elabora sobre sí misma, sino el conjunto de interrogantes que una época es capaz de formular.

Ambas dimensiones no constituyen procesos separados, sino momentos de una misma dinámica histórica. Distinguirlas permite observar un fenómeno recurrente: las sociedades cambian mucho antes de comprender que han cambiado. Durante largos períodos continúan interpretando un mundo nuevo mediante categorías heredadas, hasta que esa distancia se vuelve lo bastante amplia y aparecen preguntas que antes parecían innecesarias.

4. La experiencia cambia primero. La interpretación cambia después

En ese intervalo entre la transformación material y su comprensión, lo que hasta entonces parecía evidente empieza a exigir explicaciones. Los individuos experimentan situaciones nuevas mientras las describen con palabras antiguas; las instituciones y las normas sobreviven al mundo para el que fueron construidas. Las respuestas continúan existiendo, pero dejan de resultar suficientes porque el problema que intentan resolver ya se ha transformado. Las preguntas fundamentales nunca constituyen el inicio de un orden histórico, sino uno de los primeros indicios de su mutación.

La modernidad ofrece numerosos ejemplos de este proceso. La expansión de la economía monetaria transformó el intercambio antes de que existieran categorías para comprender el capitalismo, así como la industrialización alteró el trabajo cotidiano antes de que surgieran conceptos como explotación o alienación. Del mismo modo, la expansión contemporánea de tecnologías capaces de producir lenguaje, imágenes o decisiones altera nuestra experiencia mucho antes de que dispongamos de categorías estables para interpretarla.

El problema no reside solo en la velocidad de los cambios tecnológicos, sino en la asincronía con que cambian las condiciones materiales y los esquemas de interpretación heredados. Esa asincronía constituye una de las principales fuentes de incertidumbre de toda época de transición.

Las innovaciones tecnológicas, por sí mismas, explican muy poco. Lo fundamental es identificar qué dimensión de la experiencia comienza a reorganizarse con ellas. Si la Revolución Industrial tuvo su centro de gravedad en la reorganización del trabajo sobre los cuerpos y la fuerza física, las condiciones del capitalismo contemporáneo han desplazado ese centro hacia la producción, circulación y organización de información, conocimiento, afectos y cooperación social.

Paolo Virno observó este desplazamiento al recuperar una intuición de Marx: allí donde la gran industria organizó la fuerza física, el capitalismo contemporáneo incorporó capacidades consideradas exteriores a la economía  (hablar, recordar, interpretar, aprender, imaginar y cooperar). El lenguaje dejó de ser solo un medio para coordinar el trabajo y se convirtió en fuerza productiva.

Si el capitalismo incorpora cada vez más las capacidades mediante las cuales los seres humanos producen significado, la interpretación misma comienza a formar parte del proceso productivo. La interpretación circula por plataformas digitales, alimenta sistemas de aprendizaje automático y genera valor de manera permanente. Cuando interpretar deja de ser una actividad humana y se convierte en una actividad reproducible por medios técnicos, las categorías heredadas para pensar la inteligencia, la creatividad o la humanidad muestran signos de agotamiento.

Es allí donde la pregunta por lo humano recupera intensidad: no porque las máquinas hayan alcanzado una esencia humana, sino porque las condiciones materiales desde las cuales interpretábamos lo humano se han reorganizado. Por eso la pregunta contemporánea ya no es si una máquina puede pensar como un ser humano, sino qué ocurre cuando las condiciones materiales que hicieron posible nuestra interpretación de lo humano comienzan a transformarse.

5. Comprender una época

Este ensayo ha intentado situar la pregunta por lo humano dentro de un problema anterior: ¿cómo llega una sociedad a convertir una determinada interrogante en un problema de su tiempo?

Bajo esta mirada, la inteligencia artificial constituye menos una anomalía que un momento revelador. Su importancia radica en el tipo de interrogantes que vuelve ineludibles. La pregunta por lo humano reaparece porque la experiencia ha comenzado a desbordar los marcos con los que la explicábamos.

Conviene advertir, sin embargo, que una aproximación de este tipo corre el riesgo de incurrir en abstracciones universales o en cierto sesgo eurocéntrico al hablar de “la sociedad” o “lo humano” como categorías homogéneas. La manera en que este horizonte de lo preguntable se despliega o se impone no afecta por igual a todas las geografías e identidades. Asumir la complejidad de esa discusión excede los límites de esta primera entrega, por lo que resulta necesario suspender provisionalmente esas ramificaciones para trazar primero la propuesta teórica general, dejando para reflexiones posteriores el mapa de sus tensiones particulares.

Si las preguntas también tienen historia, comprender una época exige algo más que estudiar sus respuestas: supone preguntarse por las condiciones que hicieron posible que ciertas preguntas llegaran a parecer inevitables.

Un músculo que activa una orden parece un detalle técnico, pero pocas imágenes describen mejor el cambio de época que comenzamos a vivir. Ese gesto reactiva una pregunta que creíamos conocida: quizás los androides biónicos no anuncien solamente el futuro de las máquinas, sino el comienzo de una nueva manera de pensar lo humano.

Después de todo, no entender una matemática siempre abre puertas.

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