Jorge Marchant D.
“¡Esto ya es el fin del mundo […] las estrellas en las noches
parece que se pudieran alcanzar con la mano!”
Francisco Coloane
(El último grumete de la Baquedano, 1941, p. 123)
A medida que se avanza desde Chiloé, la tierra firme se deshace. Las Guaitecas, Taitao, el Golfo de Penas, canales, ventisqueros, Magallanes y Tierra del Fuego. La cordillera se hunde poco a poco en el océano y el país deja de parecer esa larga y angosta franja de tierra.
En esa geografía fragmentada, las cosas empiezan a comportarse de otra manera.
Un yagán muerto navega incrustado en un témpano. “Quizás con la brújula que apunta al sur…, más al sur”[1]. La Ciudad de los Césares siempre queda más allá, siempre más al sur. El mito muchas veces camina delante del mapa.
Siglos después, Miguel Serrano escribe frente a Última Esperanza que la Ciudad de los Césares parece “susurrada por la tierra y por sus montes”[2]. Aunque alguien jamás hubiera oído hablar de ella, sostiene, el paisaje terminaría por insinuársela.
Cambian las corrientes, los animales pierden el miedo y hasta las estrellas parecen acercarse. Llamamos a ese lugar el fin del mundo.
Quizás sea precisamente al revés. Cada vez que creemos haber llegado al final aparece otro sur.
En 1945, dos años antes de integrar personalmente la primera expedición oficial chilena a la Antártica, Francisco Coloane publica Los conquistadores de la Antártida. En sus primeras páginas, el sargento Ulloa no ensaya una definición jurídica de Chile. Traza un imaginario:
“Creo que Chile es un imperio; aunque un poco fantástico, para mí lo es. A saber: por el Norte, llega a la zona subtropical; por el Sur, entierra los pies en las nieves del Polo; por el Este, sale con el estrecho de Magallanes y con las islas Lennox, Picton y Nueva hasta el Atlántico, y por el Oeste tenemos a nuestra isla de Pascua, esa mano extendida en plena Oceanía […] por arriba llega más allá de la cumbre del volcán Tacora; por arriba limita con la Cruz del Sur, en cuya luz posan sus ojos todas las noches los chilenos”.[3]
Treinta años más tarde, un mapa publicado en 1974 representa una idea parecida: Sudamérica aparece recostada. El norte apunta a la derecha. En el centro ya no está el continente, sino el océano Pacífico. Arriba aparecen Nueva Zelanda, Australia, Indonesia, Filipinas y Japón. Abajo, el Chile americano mira hacia el Chile antártico, unidos por el espacio austral.
Se llama Nueva visión de Chile. No es un mapa invertido. Es un mapa orientado.
La representación convencional nos acostumbra a ver el Pacífico como el enorme espacio vacío donde Chile parece terminar, cuando es el espacio hacia el cual se proyecta. Isla de Pascua deja de ser un punto perdido y recupera el sentido que Coloane ya intuye en 1945: una mano extendida hacia Oceanía. Magallanes tampoco es la cola del país.
Es un nuevo comienzo.

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“Cuando se navega por los canales del sur de Chile,
nunca se sabe si es el mar el que tiene color de cielo,
o es el cielo el que roba el color azul intenso al mar”.
Oscar Vila Labra (Chilenos en la Antártica, 1947, p. 11)
En 1843, la goleta Ancud, construida en Chiloé, sale hacia el Estrecho de Magallanes con veintitrés personas, provisiones, animales y materiales para levantar un asentamiento. Juan Guillermos desembarca en Punta Santa Ana y toma posesión del Estrecho en nombre de la República de Chile.
Dos días después aparece una nave francesa. Tarde.
La soberanía tiene entonces una forma bastante menos abstracta. Hay que construir una goleta, hacerse a la mar, llegar y quedarse.
En 1916 ocurre algo parecido. Tres expediciones han fracasado intentando rescatar a los hombres de Ernest Shackleton, atrapados en la isla Elefante. El cuarto intento sale de Punta Arenas en una pequeña escampavía de la Armada chilena, sin radio ni preparación especial para navegar entre hielos. La comanda Luis Pardo. La Yelcho cruza el Drake y vuelve con todos.
No conquista nada. Demuestra que Chile puede llegar.
Oscar Vila Labra, que viajó treinta años después en la primera expedición oficial chilena, entendió esa continuidad. Antes de que existan bases nacionales, recuerda en Chilenos en la Antártica que balleneros de Chiloé y Punta Arenas ya bajan hacia un continente que todavía es “una leyenda”[4] y parece situado en los márgenes de otro planeta. Algunos vuelven. Otros mueren.
Sólo después llega el Estado.
Pedro Aguirre Cerda fija en 1940 los límites del Territorio Chileno Antártico. En 1947 parte la primera expedición oficial. Va Francisco Coloane. Al año siguiente Miguel Serrano participa de la segunda.
Son dos maneras distintas de entrar al mismo paisaje. Coloane parte de la materia: hombres, animales, barcos, sangre, madera, frío. Pero en el extremo austral esa materia termina cargándose de fantasmas y leyendas. Serrano parte del misterio y convierte el descenso geográfico en una búsqueda interior. “El mundo del futuro será el de la Nueva Antártida”[5], escribe Serrano al comienzo de Quién llama en los hielos (1957). El lugar geográficamente último se convierte en el lugar míticamente primero.
“El sur” deja progresivamente de ser un punto cardinal y se convierte en una dirección existencial. Primero se viaja hacia el sur; después hacia más al sur; luego se atraviesa un umbral. Finalmente, el viaje exterior empieza a volverse interior.
Algo ocurre cuando el viaje sigue bajando. Desaparece el bosque. Desaparece la tierra. Más allá del Cabo de Hornos queda el Drake y, al otro lado, vuelve a aparecer el continente transformado en una inmensidad blanca. Coloane, prologando las crónicas de Vila Labra, confiesa que frente a aquella “trabazón de témpanos”[6] la naturaleza es tan sobrecogedora que enmudece al prosista. Quizás hace falta “una música abismante o desolada”[7], escribe. Los hielos producen un anhelo de infinito.
La luz antártica, escribe Serrano, “quema el alma”[8].
En febrero de 1948, Gabriel González Videla cruza el Drake y se convierte en el primer jefe de Estado en ejercicio que visita la Antártica. Rosa Markmann, Miti, viaja con él. También van sus hijas.
Durante algunos días, el gobierno del país no se limita a enviar una bandera o una delegación militar al continente blanco.
Lleva una familia.
Hay algo extraordinario en esa imagen. Un Presidente, su mujer y sus hijas caminando sobre el hielo representan una determinada idea del país: fuerte, en plena expansión. Al mismo tiempo, marinos instalan bases; científicos estudian el territorio; militares planifican su presencia; Coloane lo convierte en literatura; Serrano, en misterio; y Ramón Cañas Montalva le da doctrina, pensando a Chile como una potencia del sur del Pacífico.
La idea austral de Chile se construye en varios planos a la vez.
Y eso vuelve más inquietante nuestra actual indiferencia austral. No hemos perdido esa geografía. Hemos perdido el hábito de pensarla.
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“He aquí el mar.
Posibilidad de todos los caminos”.
Miguel Serrano (Quién llama en los hielos. 1957, p. 9)
2048 se repite como si fuera una fecha de vencimiento. No lo es.
El Tratado Antártico no expira entonces. Tampoco lo hace el Protocolo de Madrid. Lo que ocurre es que, a partir de ese año, puede solicitarse una conferencia de revisión de este último bajo condiciones específicas.
2048 no es un apocalipsis. Debe ser un horizonte.
Quedan poco más de dos décadas. Es poco tiempo para recuperar una política que necesita puertos, ciencia, navegación, infraestructura, Fuerzas Armadas capaces, presencia permanente y algo bastante más difícil de comprar: una cultura austral.
Fridtjof Nansen entendió que la hazaña de Amundsen no podía explicarse solamente por Amundsen. Detrás había generaciones de noruegos acostumbrados al invierno, los esquíes, los trineos, la navegación polar y el mar. Antes de que conquistara el Polo, Noruega ya había producido al explorador.
Una vocación austral debe cultivarse y enseñarse.
Los antiguos manuales de geografía no enseñaban solamente dónde estaban las cosas. Enseñaban a concebir Chile.
Quizás allí esté la verdadera lección. Las soberanías duraderas empiezan mucho antes de los tratados. Empiezan cuando un territorio entra en la imaginación de un pueblo. Por eso vale la pena volver a ese mapa de 1974. No porque debamos poner Chile patas arriba, sino porque durante demasiado tiempo aceptamos una representación que lo hacía parecer una cornisa de Sudamérica. Una larga y angosta faja de tierra, encerrada entre una cordillera y un océano.
La definición nunca fue falsa. Era insuficiente. Hacia el sur la tierra se rompe, desaparece y vuelve convertida en hielo.
Entre un extremo y el otro quedan las Guaitecas, el Golfo de Penas, la Ciudad de los Césares que nadie encontró, la Ancud, la Yelcho, los balleneros sin nombre, Coloane, Serrano, Cañas Montalva, González Videla con su familia y una generación de chilenos que alguna vez consideró perfectamente natural que su país enterrara los pies en las nieves del Polo y levantara la vista hasta la Cruz del Sur.
Coloane comparó esa tierra y a sus hombres con un témpano que, después de permanecer sumergido, “aparece de nuevo […] entre las cosas olvidadas”[9]. Tal vez nuestra memoria austral se le parece.
Serrano preguntó quién llama en los hielos. La respuesta importa menos que volver a escuchar la pregunta.
El Cabo de Hornos no es el final. Es el comienzo.
Bibliografía
- Coloane, Francisco. Cabo de Hornos. Editorial Orbe. Santiago, 1941.
- Coloane, Francisco. Los conquistadores de la Antártida. Editorial Zig Zag. Santiago, 1945.
- Coloane, Francisco. El último grumete de la Baquedano. Editorial Zig Zag. Santiago, 1941.
- Serrrano, Miguel. Quien llama en los hielos. Editorial Nascimento. Santiago, 1957.
- Vila Labra, Oscar. Chilenos en la Antártica. Editorial Nascimento. Santiago, 1947.
[1] Salo S. A. Mitos y Leyendas, “Ciudad de los Césares”. Edición La Ira del Nahual. Santiago, 2001.
[2] Serrrano, Miguel. “Quien llama en los hielos”. Editorial Nascimento. Santiago, 1957. P. 32
[3] Coloane, Francisco. “Los conquistadores de la Antártida”. Editorial Zig Zag. Santiago, 1945. P. 17-18.
[4] Vila Labra, Oscar. Chilenos en la Antártica, Editorial Nascimento. Santiago, 1947, p. 17.
[5] Serrano, Miguel. Ibid. P. 7
[6] Coloane, Francisco en Vila Labra, Oscar. Ibid. P. 6.
[7] Ídem.
[8] Serrano, Miguel. Ibid. P. 59.
[9] Coloane, Francisco. Cabo de Hornos. Editorial Orbe. Santiago, 1941. P. 20




