Por JJ. Durán

Era de noche y avanzábamos a ciento veinte por el carril izquierdo de la Ruta 68, pasado el túnel Zapata. Soffia volvió a poner New Wave en la radio.

—Hace hambre —dijo Vargas.

—En volá más adelante hay algo abierto —respondió Soffia.

—A ver, voy a cachar —intervine.

Revisé en el teléfono todo lo que había más adelante para comer: todo cerrado. Amplié el mapa con los dedos. Lolenco. Los Panguiles. Y era mismo cuento.

—¿Alguna cosa? —dijo Soza.

—Puta no, nada abierto —respondí.

Alto. A ver, ¿qué wea fue eso? Hice zoom.

Había un punto en el mapa etiquetado como “Godzilla chileno”. Acerqué la pantalla. El sintetizador de Depeche Mode se mezclaba con el aire acondicionado. Levanté las cejas. En las fotos había registros de una figura imponente, rodeada por los cerros del valle central: un tótem de neumáticos apilados tenía cabeza, cola y extremidades de dinosaurio. Para las fechas importantes lo vestían acorde a la ocasión: de huaso, con una calabaza de Halloween, disfrazado de Viejo Pascuero.

—No hay comida, pero cachen —dije y mostré la pantalla.

Voltearon a ver. Rieron.

—Podríamos pasar otro día —propuse—. Tiene buenas reseñas.

La atracción tenía 4,7 estrellas y muchas reseñas positivas. Solo había un par de amargados. En cuanto a la parada para comer, fue unánime la decisión de ir directo al McDonald’s.

*

Había hileras de mesas y paneles en los pasillos del espacio industrial. Los colectivos y galerías habían montado pinturas, libros y esculturas. En uno de los puestos hablaba una artista hippienta, de cabello rubio, junto a un curador empaquetado de cabello rojo.

—…así fue como nos ganamos el Fondart. Llevamos el arte a sectores rurales…

En el piso había una tele antigua que exhibía los registros que habían grabado. Soza les preguntó algunas cosas más sobre el proyecto. No me interesaba tanto, pero esperé a que terminaran de hablar.

La gente desfilaba por el lugar con ropa oversize y totebags. Mullets para el varón, flequillo para la dama. Con el cortaviento y la cadena paso piola entre ellos. Soza estaba camuflado con una totebag Joia. Afuera el DJ mezclaba house. También había puestos de comida y uno de cerveza.

—¿Nos tomamos una?

—Apaño —dijo Soza.

Fuimos hacia la puerta de vidrio. Había cuadros en óleo con motivos contemporáneos y unas esculturas como de papel maché.

Noté que atrás de una escalera había un espacio vacío rodeado por muros de hormigón. Mientras abría la puerta, imaginé al Godzilla de caucho ocupándolo. Con focos desde abajo, imponente.

—¿Quedará mejor en el MAC… tal vez en el Museo de Bellas Artes? —pregunté.

—¿Qué cosa, la escultura de papel maché?

—El Godzilla del otro día —reí.

*

Corría una brisa fresca. El día estaba soleado, pero engañoso. El garzón dejó sobre la mesa los negroni sbagliato, brebaje refrescante y amargo. Hicimos un salud. Apagué lo que quedaba de cigarro en el cenicero.

—Cachen que el próximo año voy a Europa —dijo Soffia—. Estoy entre los Balcanes, los Bálticos o Rusia.

Bien ahí. Destinos atípicos. Hoy viajar es una foto en los mismos lugares que tus contactos. Todo higiénico, todo predecible, poco riesgo. Al volver, el ritual es ondear el emoji de la bandera desbloqueada en redes sociales.

—Los Balcanes estarían bacán —dije. Siempre me ha intrigado cuánto se odian esos países.

—Muy buena la idea de los Bálticos —evaluó Vargas mientras se peinaba la gran barba con los dedos.

—Yo tengo pensado algo más cerca… —dije.

Bebí un sorbo.

—…el Godzilla chileno de la otra vez, ¿quién apaña?

—Me tinca caleta —dijo Soffia—, pero puta… voy a estar en Valdivia.

—Yapo. Yo apaño —sentenció Vargas.


Me gusta la idea: el problema es que no hay bandera de Godzilla para izar en Instagram. Y una chilena no hace falta. Prendí otro cigarro.

*

Vargas maniobraba el Peugeot, mientras descendíamos serpenteando por la Cuesta Lo Prado. El Matías, con la cámara colgada al cuello, sacaba fotos al valle. Y Soffia, que al final cambió Valdivia por Curacaví. Puse The Doors en la radio.

—Buena música para ver al Godzilla —dijo Soffia.

—Todo el rato —acoté.

Según la aplicación llegábamos en cinco minutos. El camino rural tenía doble pista. En cada costado había tramos con prados y árboles, casas de un piso, uno que otro almacén y comida al paso.

—¡Cachen, weón, ahí está!

Desde la distancia ya era posible distinguir la figura jurásica. Emergía por encima de la reja metálica, revestida con tenida dieciochera, pese a que quedaban dos semanas para Halloween.

Vargas estacionó a un costado de la carretera. El calor golpeaba, el sonido de los autos se escuchaba lejos; era una ruta poco transitada.

Caminé entre la maleza y me paré afuera de la reja. Me quité los lentes de sol para verlo mejor. Llevaba poncho, sombrero y manta. En cada garra sostenía banderas chilenas. Estaba parado sobre una base de pasto sintético, cuya cola se perdía entre más maleza. Las patas eran negras y texturadas, con uñas de color blanco. Tenía la boca abierta y mostraba sus dientes, como si estuviera rugiendo.

¿Quién lo habrá creado? Vargas, Soffia y Matías conversaban y sacaban fotos. Les comenté que iría a preguntar si alguien sabía algo más del Godzilla. Miré alrededor y había algunas casas cerca.

El problema es que parecía no haber nadie, ni siquiera timbres. Grité “Aló” afuera. Unos perros llegaron a ladrar. Me quedé un rato frente a ellos. En volá alguien sale con la bulla que meten. Pero la puerta se mantuvo cerrada.

Fui a la otra casa y usé la misma técnica. Esta vez sí funcionó. Una mujer abrió la puerta. Los perros dejaron de hacer escándalo y fueron hacia ella.

—Hola, buenas tardes, soy JJ. ¿Cómo está?

—¿Qué se le ofrece?  —dijo la mujer, con sospecha.

—Sabe qué, me gustó harto el Godzilla. Ese de ahí, ¿quién lo hizo?

—Ese lo hizo el Buddy. Pero él no vive aquí…

—¿Y hay mucha gente que llega a preguntar?

—No, se sacan fotos no más… Usted es el primero en preguntar.

—¿Y sabe quién me puede dar su número?

—Sí, mi tío, que vive cerca. Ahora lo llamo…

Sacó el celular y marcó. Mientras hablaba se cubría del sol con la mano.

*

Los cuatro escuchábamos a Don José. Era robusto y canoso. Llevaba una polera celeste de piqué con un logo de Becker. Nos contó que había ayudado a Buddy a armar el Godzilla con neumáticos que consiguieron en las vulcanizaciones cercanas.

—Pronto tiene que venir el Buddy y cambiarle la ropa… ahí atrás ya tenemos lo de Halloween.

—Demás. Queda poco ya —comenté.

—Sí, a los niños les gusta harto… porque es como un robot. Mueve las manos y tira fuego.

Don José gesticulaba con las manos. Fruncí el ceño y miré al Godzilla de otra forma.

—¿Cómo, que tira fuego y se mueve? —dije, y me volví hacia Don José—. No vi nada de eso cuando busqué en internet.

—Sí, el Buddy lo echa a andar… y hasta tiene sonido. Pero lo hace cuando viene su familia. Tengo un video. O no, parece que no… se me borran esas cuestiones.

—¿Y podemos entrar a verlo?

—Sí, claro, vengan por acá.

Fuimos pisando los pastos crecidos. Don José abrió el cerco y después el portón metálico. El terreno tenía unos galpones, algunos árboles y de fondo estaban los cerros, verdes. Don José nos contó que era agricultor de toda la vida.

—Allá atrás tengo plantado. Acá se da de todo, repollo, coliflor, italiano, melones —dijo, y apuntó a los cerros.

Pero la joya estaba más cerca, en una esquina del terreno. Debía tener unos cuatro metros de alto, al ojo.

—Y adentro tiene unos mecanismos… pero solo el Buddy sabe hacerlo andar.

—¿Y podemos hablar con el Buddy?

—Es que no anda por acá.

—¿Y lo puede llamar?

—Sí… déjeme ver.

Volví a mirar el Godzilla. Los neumáticos encajaban unos con otros hasta formar el cuerpo, con la cabeza atenta, orientada hacia la calle. Don José esperaba a que Buddy contestara.

*

—¿Aló, Buddy?

—Sí, con él…

Buddy había comprado el terreno hacía unos ocho años. Tenía 52 años y era maestro de la construcción, con experiencia en terminaciones eléctricas.

—Quiero hacer como un parque de diversiones ahí, algo así. No es solo el Godzilla, también quiero poner una casa que gira y otra como la de “Up”, ¿la conoce?

—Sí, la conozco, estaría buena.

Mientras sostenía el celular, la imaginé sobre la estructura de metal: giraba y tenía luces.

—¿Usted se considera artista?

—No —se rio—, solo me gusta hacer cuestiones… quiero que los niños se diviertan.

—¿Y tiene algún video del Godzilla en movimiento? Don José me comentó que él ya no lo tiene.

—Sí, sí. Ahora se lo mando al José. A ver…

El video llegó al cabo de unos minutos al chat. Don José pulsó “reproducir” y acercó la pantalla.

Estaba oscureciendo, pero aún había luz al fondo. La cámara apuntaba al Godzilla desde abajo. Sus ojos brillaban. Echaba fuego y humo por el hocico, acompañado de luces anaranjadas, verdes y azules. En cada llamarada emitía un rugido electrónico.

—Ahí todavía no estaba terminado —comentó Don José.

El registro duró apenas catorce segundos. Observé al Godzilla junto a mí, quieto y vestido de huaso, reinando en el valle, con la mirada fija en el horizonte.

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