Con el consumo en su nivel más bajo en dos décadas, una nueva camada de influencers y sommeliers busca despojar al vino chileno de su elitismo, la solemnidad y las copas caras para devolverlo a la mesa.

Por Equipo Entre Líneas

Sería imposible pensar la historia de la humanidad –o, al menos, la de Occidente– sin vino.  Los romanos decían in vino veritas: el borracho no miente. Cristo convirtió el agua en vino e hizo de él su sangre. Generaciones enteras lo bebieron en odres, cuencos y garrafas.

También se convirtió, cada vez más, en un símbolo de estatus y buen gusto. Su oficio se tecnificó, creció en calidad y los precios se dispararon. Y aunque el consumo de alcohol ha disminuido con los años, el vino ha sido uno de los más afectados: quedó relegado a una excusa para remojar la boca durante un asado o acompañar una cita romántica.

El vino atraviesa un momento difícil. Las cifras de la industria, en Chile y en el mundo, vienen a la baja. Es uno de sus peores momentos en dos décadas.

Por eso sorprende que, en medio de esta crisis, haya influencers dedicados a hablar de vino. Nos reunimos con ellos para conocer cómo se vive este quehacer desde las redes sociales.

Todo, claro, entre una o varias copas.

Carla Urrunaga, Chez Carlita: tapando bocas

—¿Qué pasa hoy con el consumidor más joven?    
—Tendríamos que preguntárselo directamente a un consumidor más joven.

Pero Carla Urrunaga sigue siendo joven y es una de las referentes indiscutidas del vino chileno.

Llegó puntual. Tiene una agenda intensa. El tiempo se le va entre dictar cursos y organizar tours a viñas. Dice que está dejando de hacer catas, porque hay gente que toma mucho y se pone jugosa. Prefiere preparar alumnos para los cursos del WSET, una de las certificaciones más reconocidas del mundo del vino.

Llegó a Chile siguiendo el amor y también para ampliar su carrera como ingeniera en Industrias Alimentarias, formada en una de las universidades top del Perú. Aquí pudo darle rienda suelta al vino, su segundo gran amor. “Es barato, muy económico”, comenta. Comenzó con una cuenta personal de Instagram, cuando no existía todavía el fenómeno de los influencers. Más de treinta mil seguidores, “ganados orgánicamente”, aclara.

Así nació Chez Carlita.

Pero, a medida que su influencia crecía, también lo hacía la desconfianza, en especial de quienes se presentaban como expertos.

—Esta chiquita, ¿qué se cree para hablar de vino? ¿Qué ha estudiado? ¿Quién es? ¿Qué sabe esta tonta? La invitan a eventos porque sale bonita en las fotos.

En parte por ese cuestionamiento, decidió cursar el temido WSET y plantarle cara a las críticas.

—Fui una de las primeras en hacerlo y, creo que, en dos años, rendí los niveles uno, dos y tres. Todos muy seguidos y, además, con altos honores. Fue una manera de tapar bocas. Y los haters tuvieron que comérsela.

Carla se especializó en vinos italianos. Nos cuenta, además, que en pocos días partirá a Francia para una visita de rutina a Borgoña y Champaña. Pero lo suyo no son los vinos solemnes. De Chile le incomoda, en particular, la fórmula de los llamados vinos íconos: botellas en las que las viñas concentran sus mayores esfuerzos y que valen un ojo de la cara.

—Vinos muy concentrados, muy extraídos, también muy amaderados…

O sea, vinos hechos para un viejo con plata, pensamos.

—¿Quién compra vino ícono, si no? —pregunta—. Estamos hablando de una botella de cien mil pesos. Y está bien: el ícono está orientado a su público. Pero siempre he preferido los vinos que están debajo del ícono. En ambos hay un aura, una personalidad y una intención que no apuntan al viejo con plata, sino a comprender un lugar o un producto. Hay una interpretación casi artística, y eso me parece fabuloso.

Carla prefiere los vinos de autor, más funky, y los vinos naturales, que son un boom en buena parte del mundo, pero que en estas latitudes todavía se miran con resquemor.

—El chileno todavía ve el vino natural como algo de weón hippie, del rebelde, del campesino o de lo que sea… Entonces marca una distancia: “Yo no me mezclo, soy de otra clase”. Creo que va un poco por ahí.

A lo que se suma el academicismo del medio.

—La gente del vino puede ser medio complicada: “¿Cómo se te ocurre tomarlo a tal temperatura?”, “¿cómo se te ocurre pedir tal cosa con tal comida?”, “¿cómo vas a estar tomando ese vino, que no es tan bueno?” o “¿cómo te tomaste tal vino? Entonces no sabes nada de vino”. Creo que eso aleja a la gente: yo quiero tomar, no quiero que me critiquen.

El peso de ese juicio es tal que, según cuenta, una parte de sus clases termina siendo individual.

—Hago mucho coaching para personas que trabajan en cargos altos dentro de bodegas, pero que sienten vergüenza de asistir a un curso y que los demás vean que, pese a tener un cargo importante, no sabían de vinos. Ese juzgamiento social también existe e incomoda.

Carla sabe que el vino compite con otras bebidas alcohólicas por el bolsillo del consumidor. Lo considera un producto prescindible, cuyo consumo reacciona con rapidez a las variaciones del ingreso, sobre todo cuando la economía se desacelera, como ocurre hoy.

—¿Para qué lo voy a comprar? Es algo totalmente prescindible. El consumidor piensa: “si tengo la necesidad de tomar alcohol, me compro un pisco, porque me rinde más”.

¿Y la cerveza? Carla dice que no es de su gusto.

—Me produce una reacción física: hace que mi saliva se espese demasiado y me molesta.

*

Pauli Sanhueza: ¿demasiado joven para el vino?

Tiene ángel: se nota de inmediato. La conversación es fácil y agradable, pero no todo es carisma. Es periodista de la Universidad de Concepción y sommelier profesional. Le llueven seguidores e invitaciones a eventos en su cuenta de Instagram. Paulina viene de una familia de pequeños viñateros pero nadie en su casa era un profesional del vino.

—A mí me costó mucho. Yo no sabía nada. Veía una botella en el supermercado y no sabía qué elegir; me iba por la más bonita. Pero quería meterme en algo en lo que de verdad pudiera ser experta.

Aprovechando que los cursos eran intensivos, se trajo una mochila a Santiago y se vino a estudiar un verano a la Escuela de Sommeliers. Tenía 19 años.

—Todos eran mucho mayores. En esa época, todos tenían de 30 para arriba. Igual, para mí nunca ha sido un problema, porque la mayoría de mis amigos son mucho mayores que yo.

Tuvo que abrirse paso en un mundo de adultos y, además, elitista.

—Una vez, en una feria me sentí muy denigrada en varios sentidos. Sé que me veo chica y lo tengo muy claro. Pero sé muy bien de lo que estoy hablando. Conozco muy bien mis productos. No es como que me paguen por ser una niña bonita que sirve vino. Tengo claro que soy una pendeja de 24 años y que eso no es tan normal en el mundo del vino. Y está bien.

Paulina lo compara con el mundo de la moda.

—Hay mucha gente que hace contenido de moda y no hay gente experta diciéndole: eso no va así, esos colores no combinan… algunos siempre buscan algo para pillarte, andan corrigiendo todo el rato. Siento que, en verdad, ¿qué te importa?  Yo quiero disfrutar un vino rico.

Tener que “saber” de vinos es una primera barrera de entrada para el consumo. La segunda, que “al vino se lo considera una bebida para adultos”. Una pátina de seriedad que los distancia del consumidor de entrada.

—Con mi familia hacemos mucho enoturismo. Todo es muy perfectito, muy lindo. A mí me encanta, pero genera cierta distancia con el cliente final. La gente de mi edad dice: “No, todavía no he adquirido ese gusto”, como si el vino fuera un gusto adquirido. Todo el mundo piensa eso… no ves a gente de mi edad carreteando con vino. Con suerte, una sangría.

Una demostración de esa ritualización del vino sería el uso de copas caras.

—Siempre me hablan de la copa para Pinot Noir o de la copa para cada cepa. Yo hice catas a ciegas y tuve que adivinar vinos con las copas más ordinarias del mercado. Siento que la gente tiene esa presión: “tengo que comprarme buenas copas”. Me escriben para preguntarme qué copa comprar, y yo tengo las de Ikea.

Ella misma se pone como ejemplo: su relación cotidiana con el alcohol está bastante lejos de ese fetichismo por la copa perfecta.

—Hace un año yo estaba tomando en el Neruda de Conce, weona ordinaria, una chela de dos lucas con mis amigos. No me voy a comprar una copa de cristal: se me va a romper al tiro. No es mi target, ¿me entiendes? No es algo que yo quiera hacer.

Para Paulina, que el vino retorne a su posición social no es sólo un trabajo que deben realizar las viñas. “Es tarea del consumidor darse cuenta de que el vino es parte de nuestra historia. Es parte de mi familia y de la familia de mucha gente”. Y piensa que a pesar de la baja mundial en el consumo, “el vino va a seguir aguantando”.

—¿Se puede carretear tomando vino?         
—Sí, todo el rato.

—Pero la caña de vino es distinta…

—No, pa na —corrige. —Con los destilados es peor. ¿Carretear con un pisco peruano? Terrible.

*

Diego de la Barra, Los vinos de Diego: una copa contra el ajetreo

Cualquiera pensaría que Diego de la Barra estaría dedicado a tiempo completo a Los vinos de Diego, proyecto que pasó en menos de un año a tener más de treinta mil seguidores en Instagram. Pero está concentrado mirando contratos en su notebook. Eso sí, con una copa a la hora del almuerzo.

—Creo que no hay nada más bonito que poder hacer un alto en el día y abrir una botella de vino. Permite compartir un momento. A mis pares, a mi generación, les permite salir de la velocidad de la rutina.

Y, en efecto, la vida de Diego es cada vez más agitada. Además de influencer y abogado, hace poco fue padre por segunda vez.

— Descartas por ahora la opción Profesor Klocker.

— Sí. Por el sacrificio que implica y la falta de seguridad. No estoy en una etapa donde pueda llegar y quemar los barcos, digamos. Necesito cierta seguridad. La página no me paga. Además, no me gustaría abandonar el Derecho. Y soy feliz con eso.

La página, según Diego, surgió por casualidad. Primero, hacía catas con amigos en su casa. “Nos empezamos a juntar a tomar sin tener idea de lo que estábamos haciendo”, aclara. Se reconoce obsesivo y por eso, comenzó a interiorizarse y a estudiar. Luego fue posteando sus experiencias en la página. “La página nace para dar a conocer esta misma dinámica que habíamos logrado con este grupo”.

—Tú explotaste de la noche a la mañana. ¿Era el rumbo que le querías dar a tu proyecto?

—Jamás. Hay pares que también están en esto y que dicen «cómo creciste tanto en tan poco tiempo», casi que “compraste seguidores”. ¡Les prometo que no!

Y lo hizo en un momento en que, en el mundo entero, se ha reducido dramáticamente el consumo de vino. Chile también ha sido afectado y el excedente se acumula en las viñas. Pero es en el consumidor joven donde se evidencia más el desapego.

—¿Hay «crisis del vino» como se ha dicho?

—Sí. El vino es un producto y está destinado a venderse. Las viñas están haciendo un esfuerzo en apuntar a distintos consumidores, ampliar un poco su público. Yo creo que, de entrada, han buscado algo que sea fácil de tomar; y no hay que demonizar ni atacar ese vino más consumible. Eso es lo que permite que la industria viva, básicamente.

El Estado, dice, también tiene que jugar su parte en la promoción de una industria nacional.

—Si tú me preguntas: ¿qué es lo que ha hecho el Estado chileno por el vino en los últimos veinte, treinta años? Hacer carreteras, básicamente; el resto, poco y nada. Hoy tenemos un impuesto específico al vino, el ILA, equivalente a un 20,5%, adicional al IVA. Entonces, el 40% de cualquier botella son impuestos. No se lo ponen fácil a la industria.

Para Diego, el vino es oficio, pero nunca ha sido un producto solamente técnico. “Está hecho para ser consumido. Yo creo que el vino es eminentemente social”. Por eso, los esfuerzos tienen que apuntar a mostrarlo “más amable” frente al consumidor, sobre todo el de entrada. Pero hacer que el vino sea más sencillo para beber no es sinónimo de hacerlo banal. Lo que a Diego le molesta es la solemnidad que se ha generado en torno a él.

—Hay una esfera intelectualoide que rodea al vino. Apestosa. Porque te impide disfrutarlo. Te exige que al momento de acercarte a una copa, sepas identificar las notas primarias, secundarias y terciarias; que al degustar tengas que sentir ciertas cosas. Efectivamente, hay vinos mejores que otros, eso es indudable. Pero no podemos transformar el vino en un espacio de crítica casi moral. Y hay mucho de apariencia en el mundo del vino.

Y si bien las apariencias importan, el mercado está lento y hay que buscar alguna manera de revivirlo. Los polémicos –pero cada vez más populares– vinos en lata, de todos los sabores y colores, son una solución parche.

—La situación hoy en día está tan, tan complicada, que es lo que permite mantener la cosa a flote. Y siendo así la situación, bienvenido sea. Pero no es lo ideal, ni de cerca.

Puesto en la elección, Diego prefiere el luchón Gato Negro a su spin-off sabor borgoña.

—Ojo que el Gato es un buen vino. Cuando lo catamos en el WSET junto a vinos franceses, italianos… sale muy bien parado. O sea, nadie puede decirte que el Gato es un vino de descarte.

Quizá el vino reviva, pensamos, cuando beberlo deje de parecer un examen.

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