Por Matías Soffia H.
Rara vez los íconos nacen por gestación planeada. Son los accidentes, las andanzas del azar absoluto los que crean hitos que recordamos en el tiempo.
Jane Birkin, musa de innecesaria introducción, se encontraba a bordo de un Air France a punto de despegar a Londres. Su distintiva canastilla de mimbre la traicionó, y en un fallido intento por acomodarla en los compartimientos superiores, desparramó todas sus pertenencias por el pasillo. Afortunadamente, un hombrecillo narigón –muy bien vestido, para que nadie se fijara en su calva incipiente– hurgó debajo de los asientos, hasta que todo volvió a quedar en su lugar. Las azafatas cerraron las puertas y los protagonistas toman sus asientos contiguos.
Jane agradece a su caballeroso salvador. Y al presentarse se da cuenta de que es nada menos que Jean-Louis Dumas, gerente general y diseñador estrella de Hermès.
Sin celulares, ni pantallas, ni audífonos, uno estaba forzado a iniciar una pequeña conversación con el asiento contiguo. Y así Jane aprovechó el impulso del impasse. Ella le comentó irónicamente lo difícil que le resultaba conseguir un bolso de cuero que combinara elegancia, durabilidad y el espacio necesario para su rutina diaria y sus viajes. Interesado por el comentario, Dumas le propuso que detallara cómo imaginaba el bolso perfecto. Tomó su pluma y ahí mismo diseñó uno a su medida en una bolsa de papel para vomitar.
La creación del bolso fue un éxito de ventas absoluto. Pero aún más: marcó un antes y un después en la industria de la moda.
Jane lo llevó consigo hasta el día en que dejó de existir. Y lo llevaba tapado en stickers, con bultos desbordando de su interior. Fue su compañero incondicional, un romance que duraría aún más que su eterno noviazgo con Serge Gainsbourg. Su figura se volvió inseparable del artículo. En cierta ocasión, un tosco guardia de seguridad de un aeropuerto, que no tenía la menor idea de quién era, le preguntó su nombre. La respuesta lo dejó incrédulo:
—¿Birkin? ¿Como el bolso?
Concebido, no deseado

Entender el buen diseño no depende del ojo artístico. Quizá por ello, el diseño es la disciplina más humana y fundamental: aquella que exalta al ser humano como creador, a la imagen y semejanza del Altísimo. Diseñar implica regirse por sus máximas: la más importante, que el objeto sirva a la creación humana que tiene enfrente.
En ello radica la simpleza de la puerta o la ergonomía de una silla. Explica por qué un vaso es habitualmente de vidrio y por qué el motor de un Mustang ‘64 tiene ocho cilindros en V. Así, la importancia fundamental de este precepto se manifiesta en el uso correcto: el propósito para el cual sirve.
Por eso, el diseño impacta en la medida en que salde una deuda histórica con el usuario. Y en este caso, hizo evidente una verdad incómoda para el mundo de la alta costura: las mujeres llevan cosas.
Por años, las grandes casas de moda les negaron a las mujeres bolsillos y bolsos espaciosos. La historiadora Barbara Burman incluso dedicó un libro completo para explicarlo[1]: los límites del acceso femenino al dinero y a la propiedad se reflejaban con exactitud en el alcance restringido de sus bolsillos. A una mujer acomodada no se le suponía necesidad de usar las manos para trabajar, y el dinero sencillamente era un asunto privativo del varón.
A fines del siglo XVIII apareció el retículo, un abuelo lejano del handbag, que consistía en un recipiente de tela diminuto, de malla o red cerrado con un cordón. Incluso durante un tiempo, el retículo fue considerado demasiado masculino, porque permitía a la mujer cargar dinero y pertenencias fuera del vestido –algo reservado hasta entonces a los hombres–. Y a las que llevaban retículos grandes se las miraba en menos, porque delataban a una mujer que trabajaba y que no tenía un hombre que le proveyera todo.
El bolsillo femenino volvió a ser necesario con la ropa funcional y barata de las dos guerras mundiales. Pero duró lo que duró la emergencia. En 1945, los hombres regresaron a sus puestos y llegó la ultrafeminización, encabezada por el New Look de Christian Dior, que derechamente suprimió los bolsillos útiles en la ropa de mujer. Al propio Dior se le atribuye la sentencia que resume el siglo entero: los hombres tienen bolsillos para guardar cosas; las mujeres, de adorno.
Pero a partir de la segunda mitad del siglo veinte, el estereotipo de la mujer como un maniquí sin voluntad propia fue quedando en el olvido. Llevar una cartera espaciosa era, literalmente, una confesión de autodeterminación económica y por tanto independencia del hombre. Mientras más podía cargar una mujer, más libertad tenía.
Así, la mujer aparecía ahora como una musa que acarrea libros, cortaúñas, llaves, maquillaje, cámaras fotográficas, y –cuando se puede– baguette recién horneado y una botella de champán.
Esta verdad silenciosa, que Jane comunicó al mundo sin decir una sola palabra, revolucionó los libros del diseño femenino.Ni Yves Saint Laurent ni Christian Dior pudieron finiquitar el problema como lo hicieron Jane Birkin y Hermès. Ambos suplieron una demanda histórica de su entonces público objetivo: una cartera hecha para usarse.
Maravillosa contradicción
Pero la fama de la Birkin tomó un rumbo desconocido. Su precio –que supera los diez mil dólares– y su asociación con personajes como Victoria Beckham, o Samantha Jones en la ficción, lo catapultaron en popularidad. Pero el ícono perdió progresivamente su utilidad para convertirse de a poco en objeto-fetiche: se compra y se deja envejeciendo en una caja de seguridad.
¿Por qué un Rolex Submariner sólo se sumerge en el agua corriente de un lavamanos? ¿Por qué unos stiletto de Christian Louboutin nunca tocan el piso, sino cuando está cubierto por una alfombra roja?
Creo que Don Norman trata muy bien este fenómeno en Emotional Design[2]. Según Norman, hay tres dimensiones o planos del diseño. El primero es gutural: el nivel visceral o emocional. Un producto llama la atención por sus atributos físicos. Procede de las conductas evolutivas y ello se demuestra en la inclinación por los objetos simétricos, de colores llamativos, o lo evocativo sexual (que un objeto sea sexy). Aquí juegan un rol preponderante el peso, el volumen del objeto: cómo es al tacto, o su olor, o su sonido. Un buen ejemplo de ello son los videos ASMR, tendencia en TikTok.
El segundo es un componente netamente racional. Norman habla de la faz conductual o funcional, y que apunta a que un objeto sea efectivo para servir un propósito concreto: una lata de bebida común, un lápiz bic, un excusado. Son objetos intuitivos, perfectos para su propósito, sea cual sea, y resisten bien al desgaste del tiempo o el uso. En cualquier caso, ¿imaginan un mundo donde todos los productos fueran netamente funcionales? Sería un mundo distópico para todos los efectos. Un mundo como el de los Pixies.
El tercer nivel es el más complejo. Ahí caben factores externos al diseño: premeditados o meramente aleatorios. Puedes comprar un buen whisky porque quedarás mejor con tus amigos, o puedes comprarlo porque te recuerda a tu abuelo. La esencia del diseño reflexivo es, precisamente, que todo depende de la mente de quien lo mire.
Y aunque la Birkin pueda beber de estos tres niveles, el nivel reflexivo ha prevalecido de entre los demás. Como símbolo de estatus, el nivel conductual o funcional de este artículo ha sido absolutamente opacado.
Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué un G-Wagon de Mercedes hecho para el Sahara ha visto menos acción que un choapino? Porque hemos sacralizado estos objetos como ídolos lujosos de devoción. Emblemas de nuestro estatus ante el mundo expectante; credenciales sociales. Porque quienes no entienden el equilibrio de un buen diseño solamente saben adorar estas cosasy no usarlas.
Sería inconcebible hoy en día ver a una Birkin Bag sirviendo a su verdadero propósito. Esto es: usada, rayada, llena de stickers, el cuero deformado por el uso diario, las manijas al borde de ceder. El fondo por arrancarse de la costura, después de haber pasado por miles de baldosas, asfaltos, pisos encerados y baños de avión. Es el fin que se le asignó.
Pero la Birkin Bag vio la luz de forma inesperada, dibujada como un burdo garabato en una bolsa de mareo en medio de un vuelo continental. Es más que un objeto de lujo. Es más que un bolso. Es una historia viva. Es un ejemplo del diseño de un objeto, llevado a la perfección.
Es el sello, la belleza de Jane Birkin en la sencillez de las cosas. La elegancia más pura. Su mirada embriagadora, su perfecta sonrisa al natural, su cabello despeinado.
[1] Burman, B., & Fennetaux, A. (2019). The pocket: A hidden history of women’s lives, 1660–1900. Yale University Press.
[2] Norman, D. A. (2004). Emotional design: Why we love (or hate) everyday things. Basic Books.




