Por Alejandro Tapia Laforet
Según Ernst Gombrich, durante el renacimiento italiano, las familias notables tenían un objetivo específico al transformarse en mecenas de artistas: la búsqueda de poder y prestigio. Es así como han quedado registrados en la historia y en la memoria colectiva los nombres de familias tan sobresalientes como los Médici, Sforza, Gonzaga, Della Rovere y Farnese.
Pero sería injusto pensar que el mecenazgo está motivado por la sola búsqueda de prestigio. Hay también amor a lo bello, un esfuerzo por conservar lo maravilloso, lo excepcional. Poner a disposición del público un talento digno de ser contemplado.
En el ballet, son muchos los que han aportado a mantener con vida a teatros moribundos y a sostener la carrera de muchos bailarines. Destacados compatriotas fueron sus mecenas. Jorge Cuevas Bartholín —conocido popularmente como el “Marqués de Cuevas”—, notorio y excéntrico personaje, fue el creador y sostenedor del Grand Ballet du Marquis de Cuevas. Reunió a un talentoso grupo de bailarines, coreógrafos, escenógrafos y músicos que brillaron en numerosas capitales europeas y americanas. Otro fue Raimundo Larraín Valdés, no sólo sucesor de Cuevas en el Grand Ballet, sino que inclusosegundo marido de Margaret Strong Rockefeller, viuda del mismo Cuevas. Destaca entre las mujeres Eugenia Huici de Errázuriz, quien tuvo relación con los más importantes artistas del París de la Belle Époque y destacaba como una de las mujeres más elegantes y cultas de la alta burguesía parisina.
También en Francia vivió otra chilena, digna de ser recordada por preservar la carrera de uno de los más importantes bailarines de la historia de la danza clásica.
En 1961, el ballet Kirov del que hacía parte Rudolf Nuréyev se encontraba de gira, presentándose en los más destacados teatros de las capitales de las naciones de la Europa occidental. En ese contexto, el Kirov arriba a París desatando el entusiasmo del público, ansioso por ver la performance artística de sus bailarines, en especial la representación de Nuréyev. Junto al elenco del Kirov viajaban los miembros del KGB, la temible policía política del régimen soviético, cuya misión era no sólo velar por la pureza ideológica de los bailarines, sino evitar que los artistas soviéticos confraternizaran con los bailarines occidentales. Tarea nada fácil, considerando el carácter rebelde y temperamental del primer bailarín del Kirov.
En las semanas de su estadía parisina, Nuréyev no solo desconoció las instrucciones de los comisarios políticos, sino que abiertamente las discutió y dedicó gran parte de su tiempo libre a disfrutar de la ciudad y relacionarse con su ambiente artístico. En ese contexto, el bailarín conoce a Clara Saint, con quien establece inmediatamente una amistad pues queda fascinado con su cultura y su personalidad libre.
Pero los desplantes del bailarín provocaron que las autoridades soviéticas ordenaran cancelar anticipadamente la gira del Kirov, disponiendo que Nuréyev retornara a la Unión Soviética. Los agentes del KGB recibieron la instrucción de poner en marcha un plan, ya que la deserción del bailarín soviético sería una gran humillación de la URSS en el contexto de la Guerra Fría. El plan de los agentes soviéticos contempló golpear al bailarín para dejarlo incapacitado y así retenerlo más fácilmente.
En la colosal historia de la KGB, escrita por Andrew y Mitrokhin, se da cuenta de ello: “La primera visita de Mitrokhin a París le causó una impresión particular. Había leído el expediente del KGB sobre la deserción en París del más grande bailarín del Ballet Kírov, Rudolf Nureyev, y había seguido con indignación personal la planificación de operaciones —afortunadamente, nunca llevadas a cabo con éxito— destinadas a quebrarle una o ambas piernas a Nureyev, con el objetivo —expresado absurdamente en el lenguaje eufemístico de la jerga del KGB— de «disminuir sus capacidades profesionales»”[1].
Sabiendo que sería trasladado a Moscú, el bailarín se comunica con algunos contactos franceses pidiendo ayuda e informando de su situación. Nuréyev es trasladado al aeropuerto de Le Bourgetescoltado por los agentes de la policía secreta soviética, para no volver nunca más al occidente capitalista.
Es en ese momento y en condiciones dramáticas que hace su aparición la chilena Clara Saint, quien —con la excusa de despedirse de su amigo— le informa al oído que puede solicitar el asilo a la policía aeroportuaria. Se produce un forcejeo entre el bailarín, los policías y los agentes del KGB, pero Nuréyev logra zafarse violentamente de estos últimos. De este modo se produce una de las deserciones más emblemáticas de la Guerra Fría.
Es que, sin la decisión y valentía de Clara Saint, seguramente la historia del ballet no hubiera sido la misma. Con su arrojo logró salvar la carrera de uno de los más grandes bailares de la historia del ballet, la cual después de su defección prosperó enormemente.
La amiga de Nuréyev rara vez habló de los hechos de Le Bourget, pues en ningún momento se sintió la figura central o la heroína de la historia. Las pocas veces que se refirió a la deserción del soviético lo hizo con la sencillez y la modestia tan propia de alguien que no se siente el centro de una historia.
En el documental de homenaje que estrenó la BBC sobre la vida de Nuréyev, Clara Saint se negó a aparecer en cámaras y solo permitió que se le grabara su voz.
[1] Andrew, C. y Mitrokhin, V. (1999). El archivo Mitrokhin: La KGB en Europa y Occidente. Editorial Planeta.




