Por Matías Durán

Una noche de disco, en una parcela de Casablanca, termina con una gresca inexplicable. Entre combos, miradas y acusaciones cruzadas, la fiesta se convierte en un accidentado viaje por los códigos de un pueblo donde todos se conocen. Con la pista de baile enrarecida, solo resta averiguar qué fue lo que pasó.

El viernes salí temprano de la oficina y decidí ir a cortarme el pelo.                              

La promoción era de quince mil pesos por corte y barba, así que aproveché el vuelo. Mala idea. No entendieron mis instrucciones y me dejaron una barba parecida a la de Maluma, tan rebajada que ya ni siquiera se veía negra.

Yo le había pedido al barbero que me dejara rudo, intimidante, masculino.

—Aféitame al ras.

Tuve que tomar una decisión drástica.                      

La noche anterior había ido a ver Terminator. Ahora tenía un fade alto y la cara completamente afeitada. Era la primera vez que me veía así, en más de dos años.

—¿Me veo pesado?

No me entendieron.

—Que si me veo pesado. Desagradable. Intimidante. ¿Qué crees?

Al barbero le pareció que me veía más joven. Más ordenado.

Después de salir de la barbería comprendí que algo no andaba del todo bien. Y eso que era solo el comienzo.

***

Al día siguiente teníamos una salida.

Destino: Casablanca.

Locación exacta: White House Ultrabailable, un evento que conocimos por Instagram y que era la única disco del sector.

La idea era conocer cómo son los carretes en Casablanca, ciudad a la que le tengo mucho cariño y que quería conocer más al detalle. Ver qué conexiones podíamos hacer, conversar con gente y comparar inevitablemente todo con Santiago.

Éramos cuatro arriba del auto: Vargas al volante. Joaquín y Soffia atrás. Yo, de copiloto.

—Shotgun.

Me había asegurado el asiento delantero.

Llovía intensamente en Santiago y en toda la Región de Valparaíso, primera señal de que el viaje peligraba.

O, quizás, de que algo extraño podía pasar.

Salimos a las 19:15. Durante el viaje hablamos de negocios.

A las 20:30 ya estábamos sentados en un restaurante peruano haciendo la previa, a pocas cuadras del carrete.

Nos atendieron como reyes.

Pisco sour, piqueo, jalea real. Nos sirvieron incluso cosas que no estaban en la carta. Pedimos Julio Jaramillo y lo pusieron sin condiciones. Hasta llegaron bajativos por cuenta de la casa.

Apenas salimos del restaurante sentí la neblina.

No era esa neblina húmeda de Santiago que te moja un poco la cara. Era tan densa que sentía que respiraba la humedad de una selva. A más de diez metros apenas podía distinguir las cosas.

Emprendimos rumbo al carrete.

Estábamos al lado, pero la neblina hizo que el camino se sintiera más largo.

Nos recibió un fuerte olor a mierda de vaca, un portón metálico antiguo y una casona colonial.

Mesas altas promocionales de Red Bull convivían con fogones hechos a partir de bidones metálicos. Algunos habitués fumaban y conversaban afuera.

El patio estaba lejos de ser glamoroso. Dos perritas se paseaban entre nuestros pies pidiendo cariño.

La decoración era discreta: luces de ampolleta, un arco de monitores LED con el branding del evento, luces rojas, parlantes.

El baño estaba bastante decente. Todavía no se llenaba de barro y orina.

El DJ nos recibió con una extraña pero hipnotizante mezcla de house con letras de reggaetón. Poco a poco empezaron a llegar grupos que se desplazaban hacia la pista, instalada en el salón principal de la casa.

Tacones. Minifaldas blancas. Lentejuelas. Calzas. Petos que dejaban ver el vientre y el ombligo, pese al frío.

Los hombres, en buzo.

Pagamos el cover y empezamos el ritual del carrete.

Primero los pasos permitidos, mientras se mide la temperatura. Después buscar miradas. Esperar el visto bueno para acercarse. Quizás invitar un trago.

Ninguna pesca.

No importa.

Se baila igual.

***

Florencia me contó que era la tercera vez que venía al White House Ultrabailable. Es oriunda de Casablanca, pero estudia en Viña.

—No me gusta Casablanca. Ciudad chica, infierno grande. Acá al menos hacemos que pase piola. Todos carreteamos sin cahuinear, pese a que nos conocemos entre todos de toda la vida.

Tiene 18. Y tiene pololo, pero vino sin él.

—¿Le pediste permiso?

—Ni siquiera le avisé. Y la verdad, nunca le pediría permiso.

Apagó su cigarro mentolado en la banca y volvió a la pista con su minifalda, sus tacos de plataforma blancos, una blusa arriba del ombligo y un abrigo que apenas tapaba.

Me pedí otra piscola.

Traté de hacerme el simpático con la cajera, pero no me dio bola. Saqué un billete y lo eché en la caja de propinas.

Ahí fue la primera vez que vi a un casablanquino sonreír. Los peruanos no cuentan. Son extranjeros.

—La verdad quiero que se vayan todos los foráneos de acá. Vienen a puro desordenar y aparte son flojos —me contó Victoria, camionera oriunda de la ciudad.

Su amiga Nicole siguió la conversación.

—Es terrible fome Casablanca.

—Pero peor es nada, ¿no?

—Supongo.

También vino sin el pololo. Tampoco le avisó.

Marco, quien pidió no ser identificado por su nombre, también había venido sin polola.

—No nos gustan los foráneos.

***

Un grupo de chicas de no más de treinta pero no menos de veinte se abalanzaba contra Joaquín.

Había un tipo encarándolo.

Por un segundo me dio risa.

El carrete estaba fome y ya estábamos pensando en irnos. Pensé algo parecido a: buena, Juaco, por fin me regalaste una escena. Por fin se pone buena la cosa.

Después sentí miedo.

No sabía quiénes eran. No sabía qué podían hacerle. Y si iban a hacer algo, no podía dejar que tomaran la iniciativa.

Todo eso lo pensé después. En el momento solo hubo un flash.

Cuando mi cabeza alcanzó a ordenar lo que estaba pasando, el combo ya había salido.

Le pegué un derechazo en el mentón.

El tipo retrocedió varios pasos y sus amigas alcanzaron a sostenerlo antes de que se fuera al piso.

Entonces pasó algo que no esperaba.

Silencio.

Hasta el DJ paró la música.

En pocos segundos se abrió un espacio alrededor nuestro. Quedamos Joaquín, yo, el tipo y las pollypockets.

Acto seguido me cayó una lluvia de coscachitos en la frente. Apenas los sentí. Las mujeres querían pegarle a Joaquín. El tipo que había iniciado el pleito se parapetó detrás de su harén de casablanquinas.

Cuando traté de separarlas aparecieron los guardias.

Nos tomaron de los brazos y nos llevaron hacia el patio.

Solo entonces volvió la música.

***

—Vamos a tener que llamar a Carabineros.

—Llámenlos. Si no conversan con nosotros, vamos a conversar con ellos —gritó Vargas.

Tres guardias tenían agarrado a Joaquín.

—¿Y usted quién es, joven? ¿Su abogado?

—De hecho, sí.

Soffia, amigo y, efectivamente, también abogado, sacó rápidamente su licencia y se la mostró a los guardias.

Llegó Andrés, socio y productor del carrete.

—A ver, compadre. Se van a tener que ir nomás.

—¿Le tiran el cuerpo encima a mi hermano y nos echan a nosotros?

—Puta, cabros, pónganse en mi lugar. Además te vieron. Tú le pegaste un cornete al compadre.

—El que defiende, nunca hace mal en usar la fuerza.

Una guardia se acercó y dijo, intentando pasar piola:

—Además, ya van dos asistentes a la fiesta que me comentan que alguien anda haciendo preguntas incómodas.

—Yo fui. Obvio. Soy periodista.

La situación se destensó.

Nos miraban con una mezcla de odio y resquemor. Quizás también con algo de miedo.

—Se las dejo pasar, porque les creo. Además, se nota demasiado que no son de acá. Acá no se resuelven las cosas a golpes. Es más, raramente se pegan. Se tiran la pelada, se empujan y cuando los echamos terminan agachando el moño. Si fueran pendejos de veinte los echaría, porque son demasiado jugosos los cabros.

Andrés entendió la situación.

Era de Concón.

***

Nos fuimos a fumar a una mesa de Red Bull.

El carrete se había convertido en un escenario.

Y nosotros, en los invitados incómodos.

Se nos acercó una periodista autodidacta de la ciudad: Ada Luna.

Le gustaba el cahuín.

Quería saber qué había causado tanto alboroto.

Le contamos nuestra versión.

—Quedó más claro cuando los sacaron al patio. Acá, cuando es alguien local, saltan cincuenta. Ustedes eran cuatro.

—Es que ustedes… mírense. No parecen de acá —dijo.

Empezó a inspeccionarnos.

—Tú. Chaqueta de fieltro y boina. Afuerino. Tú. Chaqueta Levi’s con chiporro. Más encima erís rubio. Afuerino. ¿Y tú? ¿Hace falta que te lo diga también?

Yo llevaba chaqueta de cuero negra, camisa negra, un beatle negro debajo para cubrirme el cuello, pantalones verdes y bototos militares.

Empezaba a sospechar que las decisiones estéticas de mis últimas veinticuatro horas no habían ayudado demasiado.

—Se pasaron. Miren a todos los hombres que no son ustedes acá. Todos andan con buzo.

¿Y Joaquín?

Según Ada, parecía casablanquino.

Alto, delgado, barba y pelo castaño oscuro. Facciones finas y estructura facial dura. Un casablanquino más. Cuico, quizás. Pero de ahí.

Chaqueta de cuero café, polera, jeans negros y bototos cafés.

Había algo que no cuadraba.

—Pero no te parái como casablanquino. Yo creo que eso no les gustó acá.

Volvimos a entrar los cuatro, como una compañía andante.

La gente nos miraba feo. Algunos con disgusto. Otros de reojo.

Era como si tuviéramos la peste. Mi camino al baño se volvió mucho más expedito.

Mientras bailábamos miré con socarronería a una de las pollypockets desde lejos. Cumplí mi palabra de no acercarme a ninguna.

Ella no me miró feo.

Me levantó el dedo del medio.

—Concha de tu madre.

Se mordió el labio.

Nadie volvió a molestarnos.

De hecho, dejaron de mirarnos.

***

Cuando voy a un lugar y me tratan mal tengo la costumbre de robar algo. Un objeto simbólico basta.

Les dije a los cabros que nos fuéramos. Todos estuvieron de acuerdo.

—Pero espérenme. Tengo que hacer algo antes.

Al principio recorrí el lugar sin ser particularmente sigiloso. Quería que me vieran haciendo una maldad.

No encontré nada.

Atravesé el salón y llegué al patio anterior, cubierto por una malla de kiwi. Ahí cambié de estrategia. Me aseguré de que nadie estuviera mirando y avancé hacia otro sector de la casa.

Entré a dos habitaciones.

Nada.

Intenté abatir una tercera puerta con embestidas de hombro.

Nada.

Absolutamente nada.

Volví donde los cabros.

—Puta, cabros. Cómo será de penca este carrete que ni cosas para robar tiene.

Más tarde apareció una posibilidad: una mesa Red Bull.

Armamos un plan para acercar el auto y llevárnosla como botín.

Un guardia nos cachó piolamente y se acercó a meternos conversa.

Abortamos la misión.

Terminamos contándole de la crónica que estábamos haciendo.

***

—¿De verdad queríai robarte algo de puro picado?—me dijo Ada.

—O sea, nunca fue mi intención. Está en mi sangre. Son mis costumbres.

Me miró.

Giró los ojos hacia arriba.

Pareció aburrirse de intentar razonar conmigo.

Soffia aprovechó.

—A ver, hablando de idiosincrasia. ¿Cuál es la idiosincrasia de los casablanquinos?

—Bueno, la verdad tenemos costumbres muy variadas. ¿Tú conoces a la encargada de Cultura?

—No. ¿Pero qué tiene que ver?

—Partimos mal ahí po, amigo.

—Pero dime cuál es la idiosincrasia local. Aparte de lo que ya me tocó conocer hoy acá.

—Ah, no sé. Puede que sea complicado entenderlo para ti. Tenemos identidad local, somos esforzados…

Me rendí. Me aburrí de escuchar a Ada.

Vi a unos viejos que habían llegado al carrete.

Eran huasos. Bien huasos.

Uno tenía chaleco y jockey. El otro, camisa y gorro de lana.

Ellos sí se veían como personas entretenidas para hablar.

Quizás debería haber partido por ahí en lugar de venir a la petit Santiago de Casablanca.

***

—Hola, caballero. ¿Dónde están las maracas acá?

—Puta, cabrito. Pa qué te voy a contar, si no las vai a encontrar.

Según Ricardo, las putas de Casablanca eran mediocres, fomes y flojas.

Además, cerraban a las dos.

—Una vez fui a distraerme un rato. Quería pasarlo bien, así que me compré una botella de pisco. Sesenta mil pesos, cabrito. No me alcanzaron ni a traer los vasos y el hielo y viene la casera a avisarme que me tenía que ir. Ni siquiera me preguntó. Me echó la bruja.

—¿Pero te pudiste llevar la botella?

Me miró.

—Hueón no soy.

Ricardo tenía un rostro afable y bien arrugado. Se notaba que había trabajado mucho y durante mucho tiempo.

Había sido DJ durante veinte años. Sabía de música. Harto.

—Oye, cabrito. ¿Cómo te llamai?

—Matías.

—Matías, ¿qué hacís acá?

—Buena pregunta.

Le expliqué que quería conocer Casablanca. Que me gusta el sector, que tengo familia cerca de la costa. Que había llegado a ese carrete esperando conocer mejor un lugar que considero importante y, además, estratégico por varios motivos.

—Es que pa allá, para la medialuna de San José, había súper buen carrete. Este vale callampa. Son cagados con los tragos, puro reggaetón. Aparte, mira esta hueá.

Me mostró su vaso.

Estaba bastante diluido y olía a Ginger Ale.

—Una cagaita de pisco. Si es pa tomar bebida, me tomo una en mi casa.

Sacó su teléfono. Después de unos segundos me mostró la pantalla.

Rancheras.

Rancheras.

Más rancheras.

Era un evento en San José. Se veía buen ambiente.

—Allá usted puede bailar con las chiquillas. Y a la antigua. «¿Quiere bailar?». «No». Bien. Vai pa la siguiente hasta que te digan que sí y la hacís volar. Si se caen bien, podís bailar toda la noche con la misma. Todo con respeto.

—¿Y cómo dirías que son las mujeres de acá?

—Son unas cabras groseras. Son lindas y todo, para qué te voy a mentir. Pero se dan color hasta si les hablái. No las podís mirar. Te acercái y ya te están poniendo la denuncia por acoso. Yo no estoy pa esa hueá. Acá los casablanquinos andan cada vez más ahueonaos. Se les pegan las costumbres de los flaites de Santiago. Sin ofender, amigo.

Se cortó la música.

Linternas.

—Ya, circulando. Se acabó el carrete. Son las cinco.

***

Hombres y mujeres.

Se armó una multitud.

Insultos.

Dos flaites rurales se pecheaban, mientras en paralelo, otras dos se agarraban de las mechas.

Miré la escena.

—¡Péguense, maricones! ¡Hasta las minas están poniéndole y ustedes no!

Otros se sumaron.

—¡Cobardes culiaos!

—¡Agárrense luego a combos!

Pero dos hombres que se pecheaban nunca llegaron a pegarse.

Repentinamente subieron a sus autos, furiosos. Los echaron a andar y comenzaron a quemar asfalto para intimidarse.

Los autos se acercaron.

Uno perdió el control por la humedad del camino y estuvo a punto de irse a una zanja.

Ricardo apareció cerca mío.

—Fui DJ veinte años acá, cuando Casablanca era linda y se pasaba bien. Hasta las peleas tenían códigos. Mano a mano. Daba lo mismo quién ganó. Lo importante es que se peleó. Y después, abrazo respectivo.

—Banco eso.

Nos dimos un apretón de manos.

Cada uno siguió su camino.

Otro día conoceré más a mi embajador cultural de Casablanca.

Espero que bailando ranchera, tomando vino y comiendo asado.

***

—Vámonos al toque pa Santiago. Chao con este pueblo de mierda.     

Silencio elocuente.

Estuvimos todos de acuerdo. Quedarse en Casablanca ya no era opción.

Entramos a la carretera.

Lo primero que hicimos fue poner a Los Dinos de Chile a todo volumen. Esa era la Casablanca que queríamos llevarnos, después de horas de reggeatón en un predio de medio pelo.

Ochenta.

Cien.

Ciento veinte.

El Peugeot de Vargas vibraba.

Sonó How Soon Is Now. Después Blue Monday. Snot. Slipknot. Nu metal.

A esa altura la selección musical tenía una función menos sofisticada que musicalizar nuestra huida: mantener despierto a Vargas.

Los arcos amarillos aparecieron en algún punto del regreso.

Doble cuarto de libra agrandado, uno por cabeza.

Después aparecieron las luces.

Galpones.

Postes.

Panderetas.

Basura al costado del camino.

Hormigón.

Edificios.

Más edificios.

Nunca me había parecido tan acogedora la fealdad de Santiago.

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Por razones editoriales, los nombres y algunos elementos identificatorios de las personas referidas fueron modificados. Algunos de los entrevistados solicitaron expresamente resguardar su identidad.

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