Por Benjamín Vargas
Me enteré por una publicación de la hija del coleccionista en Facebook. Fue eliminada, pero las páginas de memes se hicieron eco, así que quedó para la posteridad. Hace ya casi un mes la muerte del afamado “Nazi de Franklin” impactó en los círculos del nacionalismo chileno virtual, así como en algunos interesados por la Historia Universal que conversaron con él en su larga estancia en el referido barrio. También en todos quienes lo conocimos.

Carlos Saavedra –que así se llamaba– destacaba entre la maraña de negocios por su evidente inclinación ideológica y por su nariz, tan prominente como sus convicciones. Banderas, piochas, sellos postales y vestimentas alusivas al periodo nacionalsocialista de Alemania decoraban su stand comercial. Justo es decir que también las había del Segundo Reich y de la Unión Soviética.
Con el pasar de los años fue rotando su ubicación, pero nunca el tipo de mercancía. Sí cambió su clientela. El cambio en los ciclos políticos, las nuevas tendencias comerciales y la gentrificación del espacio causó que los compradores fueran reduciéndose. Pasó de suplir a sus “camaradas” en el auge de las triburas urbanas del neonazismo chilensis, durante la década del 2000, a ser relegado a una irrelevancia progresiva, quedando como baluarte histórico del viejo Franklin.


Soy de San Joaquín, así que ir al persa es un panorama recurrente. Vi la escena más de una vez: cúmulos de adolescentes con mullet y vestimentas estrafalarias –con las mismas chaquetas de la SS que vendía Carlos a precios exorbitantes–, aunque comprando en un local de ropa americana. Él nunca abandonó su guardia, a pesar de que ya no le prestaban atención a sus productos.
Lo conocí hacia el 2023, en su angosto y saturado espacio de ventas. Conversé con él en contadas ocasiones, un tanto por morbo y otro poco por interés genuino. Siempre fue muy sencillo y abierto a explicar cuál era el origen de cada recurso material que tenía en su acervo, con lujo de detalles. Entregaba referencias lúcidas sobre la creación de cada pieza.
Sentí algo de decepción al descubrir que algunas de esas piezas eran falsas, como me ayudó a verificar en una oportunidad un amigo entendido en numismática.
“El nazi” fue parte de lo que alguna vez se entendió sustancialmente como el Persa: una pieza en la fauna humana, un espacio heterogéneo cuya extravagancia ya no tiene el mismo vigor.

Camino por el Galpón Víctor Manuel y me pregunto cómo revalorizar o rejuvenecer este espacio, que se marchita y hunde frente a la novedad. Si acaso a estos viejos de las librerías les deparará el mismo destino que a Carlos. La duda me acompaña mientras deambulo entre baratijas chinas, cafés de especialidad y acentos de otros países.




