Por José Joaquín Durán

La tele está encendida y es apenas un rumor. En los sitiales, dos mujeres de unos treinta y tantos conversan. Hay tazas y un queque sobre la mesa de madera.

—Es que es demasiado exquisito mi Maxito —dice, y sonríe mientras mira la pantalla.

Caro sostiene el celular en la mano.

—El otro día lo pasó demasiado bien en su cumpleañitos, vinieron sus amigos.

Le pasa el celular a Anto.

—Awww, es que la cagó. Es un amor.

Caro observa otra vez y sonríe.

—Y no estai cachando, es demasiado inteligente para su edad —comenta Caro—. Onda, cuando quiere algo hace así.

Le da toques leves al celular con la mano.

—¡No te creo! Qué seco.

El público aplaude en la tele. Caro toma su taza y se acomoda la cabellera castaña en la asoman un par de canas.

—Pero es muy regalón, onda duerme conmigo y Pepe, él se mete al medio…

Sopla el vapor y bebe un sorbo de té.

—Y eso que tiene su cama…

El plano se cierra sobre el animador del programa. Alguien toca el timbre del departamento.

—Debe ser Pepe con Maxito.

Caro se levanta para abrir la puerta. Anto toma su taza y mira la televisión. En el corte comercial hay un perro que ve cómo su plato de comida se llena.

—Cacha, Caro.

Anto voltea.

—Es igual a Maxito.

Pepe le saca la correa al arnés de Maxito, que entra corriendo entre gruñidos y respiraciones entrecortadas. Va directo hacia Anto.

Ella lo levanta en el aire.

La masa peluda se retuerce y babea su cara.

Empezó el noticiero central. La voz de la periodista anuncia que la tasa de natalidad está en su mínimo histórico.

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