Jorge Marchant
Iba tarde a la oficina. Pedí un Uber. 9:15. Abrí la puerta y, antes de sentarme, una vieja se pegó en la bocina. No bloqueábamos el tránsito, ni había un carro bomba. No existía ninguna urgencia. Le estaba ocupando cinco segundos del tiempo de otra persona.
Pasamos el mal rato, la contención de mi chuchada incluida. “En las ciudades es malo vivir”. Recordé esa frase de Spengler por varios minutos.
La vieja de la bocina no es simplemente un sujeto desagradable. Es una ciudadana perfectamente adaptada al medio. El peatón se cruza, el conductor de adelante estorba, el vecino hace ruido, la fila del supermercado irrita. El prójimo es una demora.
La vieja de la bocina no nació así. Es la ciudad la que la fue educando. Y sospecho que hace tiempo empezó a hacer lo mismo conmigo: eso es lo que más me inquieta. No la delincuencia. No el ruido. Ni siquiera los tacos. La facilidad con que uno termina pareciéndose al lugar que habita.
Hace tiempo quiero irme.
En Santiago están mi bar favorito, mis librerías, mis disquerías y varios de los lugares donde aprendí a querer esta ciudad. No, nunca he pensado que sea una ciudad fea. Tiene demasiado que ofrecer.
El problema es que casi nunca tenemos tiempo para verla con detención.
Vivimos calculando trayectos. Conocemos mejor el trayecto a la oficina que los árboles de nuestro propio barrio –no cuentan los plátanos orientales–. No hay tiempo para pasar a saludar a la abuela. Ni para sentarse en un café. La ciudad deja de ser el lugar donde vivimos y se convierte en el lugar de paso que debemos surcar lo más rápido posible.
Y lo que es peor, uno mismo se abrocha de esta lógica.
En el sur idílico de los volcanes y la lluvia hay también bocinas, también personas desagradables de toda la vida. Pero quiero irme porque, todavía, creo que el lugar donde uno vive termina moldeando la persona que llega a ser. Acá, la posibilidad inversa es más remota.
Tal vez las ciudades no se vuelven inhabitables cuando crecen demasiado. Tal vez ocurre cuando consiguen que dejemos de ver personas y empecemos a ver obstáculos.
No hay cómo saberlo, pero la vieja ya debe estar tocándole la bocina a otra persona.




