La llegada de la influencer al cerro no trae el mal gusto: expone las grietas de un sector fundado por recién llegados con afán de opulencia.

Por Matías Hidalgo

Desde antes de que la bota de Valdivia aplastara la hierba virgen, en la ribera de un Mapocho de aguas diáfanas, el cerro San Luis era ya un bastión de lujo y riqueza. Allí tenía su morada el curaca Vitacura, gobernador inca criado en el seno de la realeza cusqueña.

La opulencia, en estas faldas, es anterior a los apellidos.

El cerro y el barrio que cultiva sus laderas han sido –y siguen– siendo sinónimo de grito y plata. Acaudalados comerciantes importaron las normas de la aristocracia inglesa, y sembraron al lado un magnífico campo de golf, que terminó bautizando la zona.

El Golf es una tierra de oportunidades. Cada mañana, le da la bienvenida a quienes vienen a trabajar desde todas partes de la ciudad. Y, cada vez más, se va poblando de una nueva generación. Es así como llegué a vivir aquí, en un sencillo departamentito, que arriendo a un pariente sin apellido Lyon ni Errázuriz, ni –más modernamente– Luksic o Paulmann.

Ahora, el barrio le abre las puertas a Nayadeth Neculhueque Quimen, celebridad local. Naya Fácil, para los amigos.

En mi adolescencia vi La chica de al lado y fantaseé con tener una vecina que fuera actriz porno. Quizá sería injusto denominarla así. Naya tiene sus eras, a pesar de que hoy esté clean look y los derroteros de su fama hayan ido por otro lado. Cada tanto su rostro resucita – a veces literalmente, con nuevos atributos cortesía de la medicina estética– para recordarnos que Naya es ineludible en nueva farándula punto ce ele.

Y, esta vez, la tengo a la vuelta de la esquina.

Entendamos el Cerro San Luis por dentro. Conozco bien el sector. Adoro subir sus encumbradas curvas hasta quedar sin aliento, mientras el paisaje del gran Santiago se va desenvolviendo como un suave telar ante mis ojos, después de estos días lluviosos. El cerro es un museo urbanístico al aire libre que exhibe los trazos de Frank Lloyd Wright y Richard Neutra, reinterpretados por próceres de nuestra arquitectura nacional como Pérez de Arce Lavín, Cruz Claro, o Recordón y Sartori.

De niño conocí una de las gemas que corona la diminuta cumbre de este cerrillo: un amigo del colegio vivía en la Casa Galleguillos, nombrada por su arquitecto. Una casa que –como el apellido de su artífice sugiere– parece salida de un chiste de gallegos que querían vivir sin arañas de rincón. La casa es como una seta gigante y, según recuerdo vagamente, por dentro no tiene rincones. Disfruté mucho de las vistas de la ciudad y de sus alfombras de terciopelo verde, en esas tardes después del colegio, jugando a la escondida entre un sinfín de puertas y ventanas redondas, sin ángulos.

Apenas un par de cuadras más allá, la flamante nueva morada de Naya no se guarda modestias. Es uno de los puntos más codiciados del Cerro San Luis: un lujoso penthouse con piscina y una envidiable vista a la ciudad. Entiendo –quizá me equivoco– por la cifra no menor de uno y medio palos verdes. Espacio de sobra para la Cybertruck rosada que, esta semana, chocó al salir en reversa.

El barrio vive sobre sus contradicciones. Los vecinos “de siempre” parecen no salir de su asombro. Viudas de Pinochet y nanas paseadoras de caniches cuchichean en la Plaza Perú y en los almacenes cercanos. Sosafe reventó también. Una cálida bienvenida, una advertencia de cortesía de algún veterano por los drones que, rumbo al patio de Naya, sobrevolaron sus mini fincas.


No se trata de una conspiración antinaya de última hora. La molestia de este residente prototípico es eterna, persistente. Baja por Benjamín con cara de indignación perenne, o dobla por Glamis a bocinazo estridente. El que se cruzó en bicicleta es un frenteamplista que entorpece, que levanta sospechas acerca del deterioro el barrio, la señal definitiva de que aumentará la delincuencia.

Yo le doy la bienvenida a Naya. Más bien, no me quejo.

Pensar que con ella llega el mal gusto es una estupidez. Abundan las terrazas de departamentos suntuosos, con luz de neón y música hasta altas horas de la noche. Otras casas son un monumento al exceso, que hacen que las papas de mis calcetines parezcan ojales de Gucci. En el mismo cerro hay una triste imitación del Taj Mahal en cartón corrugado, que dicen, sirve de sede extraoficial para la comunidad india. La vivienda, con sus estatuas de ídolos pintados con un dorado de spray, es la fuente de aullidos que enmudecen hasta la música que emana del W.

Es diverso el atlas de la fauna del barrio. Me gusta que haya restaurantes, plazas, bares, quioscos, peluquerías. Que en la misma cuadra convivan empresarios, solteras, mi vecino japonés. Que los que salen de fiesta un sábado se encuentren con los que trotan los domingos. Que, a diferencia de otros hábitats de élite, no resulte aburrido, plástico, estéril. Y hay quienes no olvidamos que, hasta la década antepasada, el nombre del lugar era sinónimo de meretrices en las esquinas (“le dicen la Perrot / pero no es golfista”).

Al fin y al cabo, este cerro siempre fue de recién llegados: desde el curaca que le puso nombre a la comuna, hasta la vecina influencer que rifa autos chinos para sus facilines.

La plata nueva es la tradición más antigua del barrio.

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