Por Matías Durán
Era la primera vez que estaba a solas con Rebeca Ponce. Sin embargo, tenía la extraña sensación de conocerla hacía muchos años.
Llegué a verla poco antes de la puesta de sol, un 31 de octubre. Hacía frío. El día había estado nublado. En las veredas de Palestrina, San Joaquín, circulaban pequeñas brujas, vampiros y superhéroes. Casas pareadas de colores pastel, rejas de fierro y cables eléctricos cruzando por encima de la calle. En un rato más iba a empezar el carrete de Halloween. Rebeca me esperaba detrás del portón.
Estaba vestida completamente de negro. Llevaba los labios pintados de rojo y unos zapatos del mismo color. Cuando me acerqué, abrió la reja y me recibió con una sonrisa tímida. Nos saludamos y entramos juntos a su casa.
Conocía a Rebeca porque era amiga de mi polola. Fue ella quien me contó que tenía unas historias medio terroríficas. Cuando le dije que llegaría antes de que empezara el carrete para entrevistarla, me preguntó si no podía esperar a que llegaran todos.
—Con tanta gente no creo que quiera hablar de esas cosas.
—Parece que habla harto contigo…
—Si le pongo atención, claro. Habla harto.
—No, si te he cachado…
Quedamos en vernos más tarde, cuando llegara con los demás.
En el living había una repisa donde se acumulaban fotografías familiares: niñas con uniforme de colegio, mujeres vestidas de enfermeras, secretarias y personajes de anime. No había fotos de hombres. Las paredes eran de color burdeo, el piso de ladrillo oscuro y los muebles de madera. Habían decorado la casa para Halloween: una calabaza de plástico sobre la mesa de centro, murciélagos de cartulina en las paredes y una telaraña artificial entre dos cuadros.
Rebeca era la séptima de siete hermanas. Todas vivían con su mamá, que estaba separada.
—Siempre nos molestan los vecinos con que esta es una casa de brujas —me dijo.
Afuera se escuchaban niños pidiendo dulces. Alguien golpeó una reja. Ladró un perro y después llegaron unas risas. Antes de sentarnos, Rebeca dejó una calabaza con dulces colgada en el portón con un cartel: “Saque solo uno o ya verán >:)”.
Permaneció un momento mirando hacia la calle y cerró la puerta.
Me senté en un sillón. Rebeca ocupó una poltrona frente a mí. Cruzó las piernas, se acomodó la falda con las manos y luego se miró un rato las uñas. Subió la vista y me encontró mirándola.
—Qué temprano que llegaste para lo impuntual que eres —me dijo.
—Quería llegar antes de que apareciera el resto. Necesito que me cuentes lo que me dijiste el otro día.
—¿Las historias de la casa?
—Esas mismas.
—¿Y por dónde empiezo?
—Por el viejo verde que te acosaba.
—Oye, que erís pesado…
Se rio mostrando los dientes. Cubrió su boca con una mano y enseguida volvió a ponerse seria. Hablaba bajito, aunque no dejaba quietas las manos. Por momentos se entusiasmaba, empezaba una frase y se detenía. Si yo callaba, ella también. A veces me miraba más tiempo del que yo esperaba. Yo no le apartaba los ojos.
Desde la cocina llegaba el zumbido de un refrigerador viejo.

Rebeca tenía catorce años cuando comenzó a sentir una presencia masculina en su dormitorio. Primero escuchaba susurros junto al oído mientras se quedaba dormida en las noches. Después, respiraciones y suspiros. Algunos objetos cambiaban de lugar de un día para otro. Con el tiempo se acostumbró tanto a aquella presencia que le llamaba por su nombre: Héctor.
Según Rebeca, Héctor se ponía celoso cuando llegaba con algún amigo a la casa. Peor aún, pololos: los susurros se volvían más frecuentes y agresivos. Una vez, mientras estaba con uno de sus pololos en el living, todos los libros de un estante cayeron al suelo. El estante no se movió: solo los libros.
Miré la biblioteca que estaba atrás de ella. Había una Biblia, un Neruda, enciclopedias y un tomo grueso de Suehiro Maruo.
—Imagínate al viejo cochino. Yo de catorce y él tenía como treinta años cuando murió.
Sonrió detrás de su mano. Cuando la bajó, me detuve un instante en sus labios.
Rebeca decía haber aprendido a usar el péndulo en un sueño. Una vez hizo una sesión con unas amigas en su dormitorio. Preguntaron si había alguien más que ellas en la habitación. El péndulo respondió que sí. Después preguntaron por su edad. La respuesta indicó que tenía menos de treinta años. Supusieron que era Héctor. No hicieron más preguntas.
En la familia las experiencias no se limitaban a Rebeca. Su hermana mayor aseguraba encontrarse con entidades en sueños. Otra distinguía figuras borrosas en las habitaciones. Una noche, una soñó con una voz masculina que le decía que algo la esperaba en el entretecho.
Consiguieron una escalera y mandaron a Rebeca a revisar. Era la única que cabía por la abertura rectangular del techo del pasillo. Encontró polvo, aislante y algunas tablas sueltas.
Avanzó arrodillada, alumbrándose con su teléfono. Revisó durante un rato sin encontrar nada. Cuando estaba por bajar, distinguió algo amarillento enterrado bajo el aislante.
Apartó el polvo con las manos. Era un hueso largo, grueso en uno de sus extremos. Estaba atrapado debajo de una tabla. Era un fémur fracturado a la mitad. A Rebeca le pareció demasiado delgado para ser de animal.
Bajó con el hueso y lo envolvieron en una bolsa negra y lo dejaron en el patio.

—¿Llamaron a Carabineros?
—No.
—¿Por qué?
—Mi mamá no quería problemas.
Yo seguía pensando en la bolsa negra cuando Rebeca empezó a contarme otra cosa. Una noche entró a la cocina sin encender la luz para buscar un vaso de agua. Junto al refrigerador vio algo chico, agachado. Al principio creyó que era una bolsa de basura, hasta que distinguió una cabeza, dos brazos y unas rodillas recogidas contra el cuerpo. Parecía un niño.
Mientras lo contaba, las manos se le quedaron inmóviles sobre la falda. Hablaba sin variar el tono.
No podía distinguirle el rostro. Rebeca se quedó paralizada en la entrada, observándolo. Entonces escuchó un sollozo. La figura comenzó a levantar la cabeza. Apoyó una mano en el suelo y empezó a incorporarse. Rebeca salió corriendo. No recordaba haber atravesado el patio ni abierto el portón. Solo recordaba estar en la vereda, descalza, mirando la casa. Pasó la noche donde una amiga.
A la mañana siguiente, regresó a la cocina. En el mismo lugar donde había estado la figura encontraron un pequeño montón de cenizas. Rebeca las removió con una cuchara. Debajo había huesos de pollo, algunos ennegrecidos por el fuego.
—¿Volvió a aparecer el niño?
—No de esa forma.
Rebeca se calló.
Miré hacia la cocina. Desde el sillón apenas distinguía el costado del refrigerador al fondo del pasillo. Afuera, las nubes se habían abierto y una luz anaranjada entraba por las ventanas del living. No llegaba hasta la cocina.
—¿Nunca intentaron averiguar quiénes eran?
Rebeca apartó la mirada. Volvió a revisarse las uñas.
—Una vez preguntamos en la ouija.
Rebeca y tres de sus hermanas hicieron su primera y última sesión de ouija. Pusieron el tablero sobre la mesa del comedor y encendieron dos velas. Preguntaron por la presencia que llevaba años acompañándola. La copa y los dedos de las cuatro se movieron: H-E-C-T-O-R.
Después preguntaron si había muerto en aquella casa. «Sí».
—¿Y cómo murió?
—No preguntamos.
—¿Cuándo?
—Tampoco.
—¿Y el niño de la cocina?
Rebeca dejó de mirarse las uñas.
—La copa no se movió.
Seguía pensando en el hueso. Rebeca lo había tenido entre las manos. Ahora las apoyaba sobre la falda. Cruzó las piernas y levantó la vista hacia mí. Al fondo, el pasillo estaba oscuro.
Por primera vez en toda la tarde no supe qué preguntarle.
Ya no había luz anaranjada sobre el living. Ya casi no llegaban voces de niños desde la calle. El refrigerador sonaba más fuerte.
Un zumbido distinto atravesó la casa. Enderecé la espalda. El sonido se repitió, fuerte y prolongado.
—Llegaron —dijo Rebeca.
Era el timbre. Se levantó, se alisó la falda y fue a abrir.
—¡Hola, Bequita!
Los invitados fueron llegando de a poco. Uno dejó un casco de moto sobre una mesa; una pareja cruzó el living tomada de la mano. Alguien dejó su mochila sobre un sillón. Aparecieron cervezas, botellas de pisco y vino. Sacaron un moledor de marihuana mientras otro encendía un cigarro.
—¿Quién va a comprar?
—Toma, cinco lucas. Tráeme unos Luckie’s, sí. No se te vayan a olvidar.
—¡Traigan papelillos por fa, los pago cuando vuelvan!
Mi polola llegó con uno de los grupos. Vino directo a darme un abrazo y un beso con hartas ganas. Me rodeó el cuello con los brazos, apoyando ambas manos en la nuca. Se agachó un poco y me miró a los ojos.
—¿Y? ¿Cómo salió la entrevista?
Encendieron la música y el living se llenó de voces. Rebeca iba de un invitado a otro, sonriendo. Me había dicho que pasaban menos cosas cuando la casa estaba llena de gente.
Al rato volví a buscarla entre los invitados. Estaba al otro lado del living, con la cara vuelta hacia mí. Cuando intenté encontrar sus ojos, ya estaba mirando a otra parte.




