Por Rigby S. Thompson

Aviso: A sugerencia de los abogados patrocinantes, los nombres de las personas y algunos detalles de esta crónica fueron alterados para resguardar el secreto de estrategia y el orden público. Lo demás ocurrió tal cual.

*

Luces parpadean en el techo. Olor a pichí. Ronquidos. Polvo. Bancas de concreto heladas. Barrotes verdes, capas de pintura sobre capas de óxido. En el suelo, un detenido duerme envuelto en una frazada, con las zapatillas bajo la cabeza.

—Rossi.
—Estaba durmiendo, weón.
—Ahora ya no. Estoy en Ñuñoa, en la Comisaría. La 33°. Guillermo Mann… espérate. 2100.
—…
—¿Estái anotando?
—Sacarte… ¿estái detenido?
—¿Creís que podís sacarme antes de las seis? Avísale a Figueroa también. No estoy solo, estoy con alguien.
—Ya.
—Vale, rey.
—…
—No me podís dar, no dos, uno… ¿¡un solo fin de semana normal!?

*

El cielo, azul oscuro, cortado por rosados y morados. Los arreboles parecen espuma abandonada por una ola. Hace frío, pero no tanto.

Suenan cuecas. El polvo queda suspendido sobre la explanada. Pañuelos blancos giran sobre las cabezas; unos rápidos y firmes, otros con esa gracia que solo una muñeca de mujer puede dar.

Miradas furtivas, cargadas de seducción. Frentes sudadas. Labios rojos. Rímel corrido y delineados de gatito derritiéndose casi hasta las orejas. Pañuelos deslizándose suavemente por cuellos pálidos. Niñas corriendo de sus parejas entre risitas. Llaveros de Kuromi balanceándose de un lado a otro. Camisas fuera de los pantalones, empapadas de pipeño.

En el suelo quedan vasos pisoteados, bombillas, pozas de vómito y pequeños objetos que nadie volverá a buscar.

Cepillados abren el piso. Después, bototos zapatean y apisonan la tierra.

Es 18 de septiembre en la explanada del Estadio Nacional.

*

Paradero PA658 de Matta con San Diego. Vamos tarde con Alejandro, mi amigo. Nos conocemos hace años y buena parte de nuestra amistad ha transcurrido entrenando artes marciales. Entre los dos llevábamos más de diez años pegándonos por deporte.

Tomamos de una caja de 120 mientras nos dirigimos a la Gran Fonda de Ñuñoa. El plan era sencillo: tomar terremoto, bailar y ver qué maldad haríamos esa noche.

“Dame veneno / que quiero morir…”.

La vengo cantando entre dientes desde que nos bajamos de la micro.

Masas de gente entran y salen por los accesos del Estadio Nacional. Filas enormes. Carabineros. Detectores de metal. Patrullas. Casetas. Vallas.

—Tsss, ni que fuera cárcel la weá —dice Alejandro.

*

Faltaba poco para los Pibes Chorros y ya llevábamos un litro de vino y un litro de terremoto en la sangre.

Habernos perdido a Jere Klein solo podía compensarse de una forma: bailar hasta la muerte. Alejandro bailaba a mi lado. Yo había perdido la pista de con quién o qué pasos se estaba tirando. Estaba por terminar la presentación de Caña Brava. Tambores. Percusiones. Guitarras y bajo.

La gente bailaba sin preocuparse demasiado por lo que tenía alrededor. Flaites, chicas alternativas, foráneos y ñuñoínos de toda la vida cruzaban la explanada. Pañuelos blancos, camisas empapadas de pipeño, vasos pisoteados, maquillaje corrido y llaveros de Kuromi. Todos juntos, pero no revueltos. Al menos por ahora.

Yo contemplaba la escena con los brazos cruzados. No sé qué expresión tenía. Cuando me concentro suelo poner cara pesada. Para algunos, provocadora.

Entonces los vi. Una pareja que me había mirado feo unos minutos antes avanzaba hacia mí.  

Dos hombrazos seguidos, demasiado precisos para ser accidentales.

—¿Qué te pasa, conchetumadre? —me gritó una mujer fea, baja, de pelo largo y chaqueta café.

—Sí, weón. ¿Qué andái mirando, culiao? —saltó detrás de ella un hombre más alto, de barba fina y pelo rizado.

Esa noche no tenía ganas de pelear, pero bastó una falta de respeto para que perdiera la paciencia. Llevo años entrenando el cuerpo y la mente para defender a quienes no pueden hacerlo y salir con ventaja de situaciones complicadas. Pero andaba atravesado. No suelo recurrir a los golpes, aunque tampoco me tiembla la mano cuando hay que repartirlos. Hay ofensas que no pienso tolerar, mucho menos por consideración al juicio de quienes nunca han peleado en su vida. Creo que algunas lecciones morales deben impartirse por la fuerza. Sin aviso. Elegí ser juez y verdugo. No la pensé. Aparté a la mujer con el brazo y le mandé dos rectos en la boca a su pareja.

Sangre. Por un segundo dejaron de hacerse los choros.

—Vámonos.

Volví donde Alejandro e intenté seguir bailando. Ya no tenía tantas ganas de un carrete normal. Los miraba de vez en cuando, solo para asegurarme de que me vieran. Ahí estaban, mirándome de vuelta. Yo seguía bailando, como si nada. Ya me había dado la tontera.

El ambiente estaba enrarecido. Me empezó a pegar el copete. El tiempo se puso más lento. El ruido alrededor comenzó a sentirse lejano. Entonces los vi hablando con otros.

Pocos minutos después, un grupo de seis se lanzó encima de nosotros. Cuatro rodearon a Alejandro. Dos fueron conmigo. El segundo round empezó sin campanazo: patadas, coscachos, manotazos. Senté a uno de un combo. Alejandro tiraba ganchos a quien se le cruzara. No sentía dolor. Solo veía destellos, puños y rostros que aparecían y desaparecían entre la multitud. Volaron vasos plásticos. Chorreaba el copete. Corría sangre. La gente retrocedió y dejó un círculo amorfo alrededor nuestro. Algunos gritaban con los ojos desorbitados, excitados por el espectáculo. Chicas aterradas se tapaban la cara, pero miraban entre los dedos. No querían perderse un detalle. Éramos la función de la noche. Después empezaron a sumarse otros. Algunos ni siquiera parecían saber por qué estaban peleando. Entre empujones vi a Alejandro en el suelo forcejeando con uno. Le tenía el brazo tomado e intentaba hacerle una kimura mientras otros trataban de pegarle por detrás. Me metí entre medio, lo agarré del brazo y lo tiré hacia afuera. Seguían cayendo patadas, empujones y combos desde todos lados. Era una reyerta anárquica, multiforme. La cantidad de adversarios aumentaba y empezábamos a quedar en desventaja. Había que retirarse antes de que la situación se volviera insostenible.

Logré sacar a Alejandro del tumulto. Apenas nos apartamos, aparecieron cuatro guardias privados. Dos nos agarraron a cada uno para sacarnos del lugar.

—Apúrense, mierdas. Se van con los pacos.

Tengo un odio particular por los guardias privados de seguridad. Entiendo que cumplen una función necesaria y bastante ingrata. Pero hay algunos que apenas reciben un uniforme, una luma —a veces hasta un revólver— y un chaleco táctico empiezan a comportarse como pequeños tiranos. Caminan con el pecho inflado, las botas bien ajustadas y esa expresión severa de quien cree estar patrullando en medio de la guerra en vez de cuidar una fonda. Quieren detener, interrogar, retener y trasladar a todo el mundo. La triste realidad es que ni siquiera les dio para ser gendarmes.

Nos llevaron hasta el calabozo del Estadio Nacional. En un espejo vimos cómo habíamos quedado: embarrados, chorreados con sangre. Alejandro con un ojo morado; los dos con los nudillos rotos.

*

Un tomate a punto de estallar corona la cabeza de la subalterna que está armando mi ficha. Cejas perfiladas en café oscuro. Ceño fruncido. Labios pintados de rojo intenso. Después de observarla un rato me quedó bastante claro que probablemente de ahí no saldríamos libres. ¿Quién quiere trabajar un 18 controlando curados, después de todo?

No estábamos detenidos. Constatar lesiones y estamos.

A Alejandro lo pescaron del brazo, se lo doblaron y lo esposaron a la fuerza. Después me miraron las manos.

—¿Estoy detenido?

—No. Tu amigo sí.

—Entonces, ¿para qué me van a esposar si no estoy detenido?

—Es parte del procedimiento.

—¿Cuál procedimiento?

Me pusieron las esposas.

Una hora dentro del móvil esperando afuera del Cesfam Rosita Renard. Fui donde el médico y no constaté ni una weá. Volvimos al móvil.

Para entrar a la mazmorra de la 33° hay que atravesar un pasillo largo desde el estacionamiento. Estrecho, polvoriento, sucio, con luces que iluminan lo justo.

Nos hicieron entregar todo. Hasta los cordones de las zapatillas.

—Señores, me van a firmarme este papel —dijo mi cabo. Jamás conocí un paco con tanta cara de paco.

—No firmís ni una weá.

—¿Legal, hermano? —me respondió Alejandro.

No firmamos nada: le dije al cabo que llamaríamos a nuestros abogados. En realidad, no habíamos contratado a nadie todavía.

Marqué a Rossi. Cuando terminé la llamada miré la hora por última vez antes de entregar el teléfono. Un cuarto para las tres.

Barrotes verdes. Bancas de concreto heladas. Un detenido durmiendo en el suelo con las zapatillas bajo la cabeza. El eco de una gotera a lo lejos. Solo pensaba en tres cosas: escuchar a Miku, comer una hamburguesa apenas me dieran la libertad y el traslado a la Penitenciaría.

—¿Tú creís que llegue Rossi? —me dijo Alejandro.

—Cien por ciento.

—¿Y por qué tan seguro, papito?

—Me dijo que si un camarada caía en cana, él lo iba a sacar.

No fueron promesas de curado. Más vale tener amigos que plata.

*

—La peor parte es el camión y adentro de la Peni. No mirís a nadie a los ojos. Menos a los gendarmes. Tampoco hablís. A los caneros no les gustan las cotorras.

Rubén hablaba con la tranquilidad de quien ya había hecho ese recorrido. Era uno de los guardias de la fonda. Había terminado detenido por golpear a un hombre que estaba ahorcando a uno de sus compañeros. Al principio intercambiamos pocas palabras. Cada uno contó su versión de la noche y coincidimos en que ninguno debería estar ahí.

Había sido ladrón. Años atrás estuvo preso por robar en un supermercado y amenazar con usar violencia. Fue adicto a la cocaína. Salió de las drogas, encontró trabajo, ahorró y compró un departamento de treinta millones en Independencia. Tuvo una hija. Nos contó que su mujer lo engañó y terminó viviendo con el patas negras en la casa que él había pagado. Intentó matarse.

Con el tiempo consiguió levantarse otra vez. Tenía una nueva pareja, un hijo recién nacido y una vida que empezaba a ordenarse. Ahora estaba encerrado de nuevo.

Empecé a ver borroso. Se me apretó el estómago y después la garganta. Miré hacia otro lado e hice como que me sacaba polvo de los ojos. No había tiempo para quebrarse.

Esa noche su polola, también guardia de seguridad, llegó a la comisaría después de trabajar en otra fonda. Le trajo galletas, pan y unas aguas minerales.

Rubén compartió todo con nosotros.

—Don Máximo, lo viene a ver Sebastián… ¿Rossi?

El subteniente Lange seguía enojado y no quiso pasarle papel ni lápiz. Terminaron entregándole una hojita para colorear con una Hello Kitty y un crayón azul, para que con eso escribiera mi declaración. Me despedí de Rossi. Lo vi poco.

—Señores, de pie y afuera de la celda. Manos atrás y mirando la pared.

Estábamos todos en formación. Esposados y hacinados. A las seis nos subirían a un camión en el que recogían a los detenidos de las comisarías del sector oriente. Avanzamos en hilera con los otros detenidos. Alejandro iba adelante. Yo, al final. Esta vez no nos apretaron tanto las esposas.

—No las muevas mucho, sí, porque se aprietan solas cuando te resistes —nos había advertido Rubén antes de salir.

Empezó la diversión. En el estacionamiento nos esperaba el safari: un camión grande, tosco, antiguo. Pintado con los colores institucionales, con el blanco predominando. Me sentía como cuando en el colegio te llevaban en bus a conocer la Coca-Cola. Solo que ahora el destino era un poco más serio.

Nos fueron llamando de a uno. Había que gritar fuerte el apellido. Subí y me acosté en el piso con las manos cruzadas sobre el pecho, como Drácula. Adentro había silencio, rutina y costumbre.

No existen culpables ni inocentes dentro de una celda. Aunque hayas cometido errores, aunque estés mintiendo, cuando te cierran una puerta con barrotes uno se aferra a una sola cosa: ser libre. No importa cómo.

*En las paredes había picos dibujados por todos lados, declaraciones de amor, amenazas, insultos, nombres de bandas y pandillas. En el piso había una mancha de porotos con riendas. Los asientos de metal estaban gastados. Había olor a sangre, sudor y orina. Rugía el metal y los pistones mientras temblaba el interior del camión. Se me apretó el estómago y me dio un escalofrío.

Curados. Ladrones. Fugitivos de controles. Tipos con ficha. Gente rara. Cochinos. Hediondos. El camión se iba llenando en cada parada. Todos con rostros salidos de un tratado antropológico sobre perfiles criminales de la primera mitad del siglo veinte.

Mientras más éramos, peor olía el camión. Más calor. Menos oxígeno. Peos, escupos al piso, sudor. Mal aliento. La ropa empezó a pegarse a la espalda y el metal de los asientos se volvió húmedo y resbaladizo. Con el sudor, las esposas empezaron a pegarse a la piel, raspando y apretando. Una lenta y pequeña tortura.

Algunos se paraban inquietos y daban vueltas dentro de lo poco que se podía. Otros empezaban a mirarse demasiado. En cualquier momento se iban a agarrar a combos.

Frenazo. Chirriaron los neumáticos. Los que iban parados salieron volando.

A mi derecha iba un choro original. Debía tener unos cincuenta y tantos años y había tirado la talla todo el camino. A mi izquierda, Alejandro estaba completamente encañado y luchando por su vida, sentado con las piernas abiertas y la cabeza apoyada al medio.

—Shhh, este loquito parece gurú. ¿Cómo dormís así de contorsionado? —dijo el choro.

—No sé. Pregúntale a tu vieja que duerme igual —le respondió otro canero viejo.

Estallamos todos en risas. No hubo rencores. El canero viejo incluso se las ingenió para abrir las ventanas a pesar de estar esposado.

Entre los detenidos iba un pendejo de unos veinticinco años, ladrón con ficha y pose de choro. Era un hechizo que se le caía la ficha sola.

—Oe, paco conchetumare, ¿me vai a cambiar las esposas de lugar o no? Dime al toque —gritó el Hechizo, cortando en seco el ambiente.

Se acercó a la puerta y empezó a patearla.

—Te creí vio, cochino culiao. Paco culiao. Paco hijo del pico. Te voy a sacar la conchetumare cuando salga, pajarón de mierda.

—¿A quién le deci esa weá, culiao? No te andí pasando a choro —le gritó desde el fondo del otro compartimiento un canero más viejo.

—¿Te cayó el poncho, culiao? ¿De dónde soi, basura?

—De Lo Hermida, pelmazo culiao. Choro original. Tengo la mea ficha y no la ando mostrando.

—Y yo soy de Peña, po, culiao. Pregúntale al Tata, si me conocen todos.

—Te paso por el ñato, hijo de la maraca.

—Quéate callao nomás.

No entendí bien qué había pasado.

*

Hacía rato que habíamos llegado a Pedro Montt, pero llevábamos más de media hora estacionados esperando para entrar a la Peni. La cosa es que ya no había ánimo para nada.

El calor volvió. El oxígeno se hacía poco. Alejandro, muerto. Nadie hablaba. Las gotas de sudor me corrían por la frente y la espalda. Quería salir. Estaba perdiendo la paciencia. Me hervía la sangre. Quería que alguien se fuera a las manos. Quería ver sangre.

Avanzamos. Paramos. Avanzamos. Paramos. La reja verde oscura llevaba rato a la vista. En cualquier momento nos volveríamos locos. Me mantuve callado. En el mundo carcelario el silencio es una divisa.

La reja se abrió lentamente. El motor volvió a rugir. Los pistones empezaron a saltar. Entramos a la Ex Penitenciaría de Santiago. El estacionamiento era un gran galpón con entradas por varios lados. Dentro del camión nos cambiaron los grilletes de la espalda al frente antes de bajar.

—Dos filas. Ordenadas. Rápido, rápido, rápido.

Carabineros ya había hecho su trabajo. Venía el turno de Gendarmería. Caminé tranquilo. Si corres o te ven desorientado, destacas. Ahí te aprietan más.

—Apellido y nombre. Si escuchan el suyo, pasan para adentro. ¿Escuchaste, mierda? —le gritó uno a un reo que estaba paveando.

Un funcionario me mandó al box 6. Una ejecutiva registraba mis datos en el sistema. A medida que entraban los demás, me fijé en que Gendarmería ya tenía nuestras fichas: nombre, causa, antecedentes. A partir de ahí, el trato cambiaba dependiendo del delito.

Los pacos podían ser pesados y estrictos, pero dentro de todo eran previsibles. Los gendarmes eran otra especie.

—A registro. No me mirís, conchetumare. A registro, rápido.

No entendí dónde tenía que ir. Entre el griterío y el ajetreo preferí hacerme el tonto hasta que alguien me lanzara donde correspondía.

Había reclamos. Insultos. Órdenes por todos lados. Algunos lloraban. Había reos desorientados. Otros parecían a punto de agarrarse con los gendarmes. Los que permanecían quietos y en silencio parecían saber perfectamente qué hacer.

Me quedé parado mirando a una funcionaria. De repente me pegaron una patada en el gemelo. Un colega del camión me indicó con la cabeza una pared donde había unos cinco formados. Me salvó.

—¡Manos abajo, mierda! ¡Pies al frente! ¡Mirando la pared!

Desde una habitación se escuchó un golpe seco. Después otro.

—¡Párate bien, conchetumare!

Una patada. Un grito fuerte. Otra patada. Otro grito.

Por unos segundos hubo silencio absoluto.

—Ya, pasa, pasa; pasa, mierda. Sin mirar.

Adentro tenías que sacarte los zapatos. Te levantaban los pantalones para revisar los calcetines. Después, para continuar con el ritual de humillación, te hacían quedar en ropa interior y te registraban.

—Vístete. Vístete rápido, culiao, y pa fuera.

Los grilletes de Gendarmería eran mucho menos amigables que los de Carabineros. Esposas apretadas en las muñecas, unidas por una cadena larga a otras dos sobre los tobillos. Nuestra marcha tenía un cascabeleo imposible de confundir. Sonábamos como una enorme bestia encadenada, avanzando de forma desordenada, que tropieza y se desorienta a medida que la golpean. Bastaba que uno perdiera el paso para complicarnos a todos.

No podíamos ir ni demasiado lento ni demasiado rápido. Eso era un problema cuando te exigían apurar el paso.

*

La primera zona de control de la Peni es un calabozo abierto por arriba, rodeado de muros altos. Sobre nuestras cabezas se veían vigas y fierros cubiertos de polvo, pelusas y mugre acumulada. Desde arriba, los gendarmes vigilaban la celda.

—Perros culiaos, juran que me sacaron la chucha. Con cuea me quitaron la curadera —soltó el choro viejo que había viajado con nosotros.

Le habían pegado por ponerse a hacer poses chistosas durante el registro. Nos reímos en voz baja mirando el piso.

Alguien golpeó la reja. Nuevamente, nombre y primer apellido. El segundo había que gritarlo. Si te demorabas, cada llamado se volvía más hostil.

Quedaba uno. En la celda había un colombiano de no más de veintidós años. Polera negra con letras japonesas, pantalones de buzo y sin zapatos. Mirada perdida. Lo llamaron varias veces y no respondió.

—¿Y esta mierda, cómo se llama?

—A este weón lo tenemos de casero. Los pacos lo traen los fines de semana.

Nos formaron nuevamente y retomamos la marcha por un pasillo largo. Paredes grises, teñidas de amarillo por las luces parpadeantes. Húmedo. Helado. Aplastante. El que se atrasaba, patada en la raja.

Al final aparecieron unos ascensores. Me dejaron junto a otros tres reos mirando una pared.

Me tocó el colombiano al lado. Se descontroló de un momento a otro y me golpeó en el estómago con las manos esposadas; después trató de pegarme en la cara. No quería añadir cargos adicionales, así que le devolví un cabezazo y lo dejé ahí. Un suboficial lo apartó. Todos volvimos a mirar la pared.

Nos subieron en grupos de cuatro. Finalmente llegamos al último calabozo antes de las salas de audiencia. El trayecto por la Peni había durado unos veinte minutos.

Llegaron unos penalistas con trajes brillantes de Johnson a ofrecer sus servicios a quienes no tenían abogado. Uno parecía canero rehabilitado, predicador o cantante de cumbia. Compadecí a mis compañeros de celda.

—Acá están los angelitos.

Figueroa, representando a Alejandro, de traje gris. Rossi, representándome a mí, con chaqueta azul marino y corbata roja. Impecables. Al otro lado estábamos nosotros. Sangre seca en la ropa. Nudillos pelados. El ojo de Alejandro hinchado. Pantalones a medio caer. Esposados. Muertos de hambre. Con caña y una hora de sueño.

—Nos portamos bien hasta ahora.

—Hablamos con el fiscal.

—¿Y?

—Un año sin detenciones, prohibición de acercarse a las víctimas y cincuenta mil pesos a una fundación de la Fiscalía.

—Wow.

—¿Aceptas?

—¿Qué dice mi abogado?

—Acéptalo.

*

Matilde Park Irarrázaval. Pelo negro y liso, piel blanca, ojos ligeramente rasgados y enormes lentes de marco transparente. Blazer gris oscuro sobre una polera blanca. Seria y muy compuesta. Sospechosamente joven para ser jueza. Rica.

La sala de audiencias era madera, luz, orden. Habíamos salido de la oscuridad de la Peni. Entramos al ritmo de las cadenas y nos sentamos en el banquillo de los acusados.

—Responde lo que te pregunten. Si tienes que decir sí o no, mírame —dijo Rossi. Asentí.

Nombre. Domicilio. Forma de notificación. Cargos: lesiones leves contra tres denunciantes. El acuerdo ya estaba listo: un año sin detenciones, prohibición de acercarnos a las víctimas y cincuenta mil pesos a una fundación designada por la Fiscalía.

—¿Está de acuerdo la defensa?

—Sí, Su Señoría.

—Sí, Su Señoría.

Se puso término a la audiencia y ordenó que nos retiraran los grilletes. Volvimos por última vez al mundo de Gendarmería.

—Manos al frente. Manga arriba. Pie. ¡El pie, levántalo!

Metal contra metal.

—Manos atrás y se retiran.

*

Pasé por mi departamento, agarré la credencial de prensa, la cámara y la mochila. Ni siquiera alcancé a lavarme la cara. Una hora después estábamos entrando al Parque O’Higgins.

Llegamos tarde a la Parada Militar, que era la pauta que había que cumplir. Gendarmería estaba terminando de desfilar. Menos mal me perdí casi todo.

Con la credencial pasábamos por todos lados. Corrimos hasta el sector de prensa y entramos a “La Jaula”, un espacio encerrado entre vallas papales donde se amontonaban periodistas, fotógrafos y equipos. Mientras le disparaba con la cámara a la banda de guerra de Carabineros, caí en cuenta de que pasaría encerrado ahí la próxima hora y media.

De nuevo.

—¡Vienen los F-16! —gritó un colega.

El sol empezó a pegar con fuerza. No me había bañado ni cambiado de ropa desde el día anterior. Tenía sueño, hambre, sed y ganas de ir al baño. Cajas. Pitos. Clarines. Estandartes. Botas levantando polvo. Caballos. Uniformes impecables. El Ford Galaxie abandonó la explanada y el espectáculo terminó.

El día todavía no terminaba. Me compré una Coca-Cola normal de medio litro y me la tomé antes de que me desmayara. Con Rossi atravesamos Santiago hasta El Golf. Antes de cerrar las fotos y publicar la entrada de la Parada Militar hicimos una parada en el Tip y Tap.

Pedí un schop de Cristal y la Monster Tap. Me trajeron una obscena hamburguesa rellena de queso, cubierta de cebolla caramelizada, tocino, champiñones, pickles y palta. Algo discreto para terminar el ayuno.

Pagué la cuenta y los honorarios de mi abogado: un Barros Luco y un schop. Después fuimos a su casa. Fotos listas. Nota publicada. Post arriba. Misión cumplida.

Ya estoy en mi casa. Suena el clic del hervidor. El agua deja de burbujear. Me sirvo un té negro de bolsa, sin azúcar ni endulzante. Me siento en el sillón y pongo Taxi para tres en la tele.

—Ya, machucao, ¿volante o maleta? —pregunta Chabelo a Ulises.

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