Por José Joaquín Durán
Es de esos días soleados en los que tienes que salir con chaqueta. No almorcé y estoy justo en la hora. Toca algo para llevar y este café de cadena pinta bien por hoy. Está atemperado y suena jazz lo-fi envasado.
Saco un sándwich y pido un cortado a la chica del mostrador, que lleva un mandil verde con piochas en los tirantes. Agarra el producto y lo desliza por la registradora.
—¿Para llevar?
—Sí.
Toca algo en el monitor.
—¿Lo caliento?
—Sí, por favor.
Toma el producto y lo deja en una bandeja.
—Ok, siga lo que aparece en la pantalla de la máquina —dice.
Lleva la bandeja hacia el horno. En la pantalla me interpela un «¿desea agregar propina?».
Botón verde para aceptar, incluso puedo digitar el monto.
Botón rojo para negarlo.
Levanto una ceja. La propina debería estar reservada para los garzones. Llenar comandas, traer platos, despejar la mesa y ofrecer algo más del menú son un despliegue de atención, no pura logística. Y todo en un tono cordial; no es necesario que sea efusivo.
Saco mi billetera.
Es un peaje cada vez más común. Bencineras, locales de comida rápida y hasta peluquerías son escenarios donde el costo extra comenzó a ser norma. El empleador no quiere completar los sueldos desde su bolsillo.
Una vez más, leo las alternativas.
La chica no mira la máquina, tampoco a mí. Pero sabe qué estoy viendo yo. Alzo apenas la vista. “No nos leamos la suerte entre gitanos”.
Aprieto el botón rojo y, en la pantalla siguiente, confirmo el pago.
—Gracias —digo y le sonrío.
—De nada, que tengas un buen día.
—Igualmente. Salgo con el café y una bolsa con el sándwich. El ruido de los autos reemplaza el jazz. “No soy nah’ material de los weones”. Subo el cierre de la chaqueta, bebo un sorbo del café. La nota final es rugosa.




