Por Jorge Marchant
Hay una orden que ya suena antigua: “a poner la mesa”.
No hemos dejado de comer. Al contrario. Se come como nunca en la historia. Pedimos delivery de forma compulsiva y pasamos el día viendo recetas en internet que soñamos con preparar algún día.
Pero cada vez hay menos mesa que poner.
En muchos departamentos hay una barra de cincuenta centímetros junto a la cocina. Dos pisos altos y pare de contar. Ahí se desayuna, se deja el computador y se come con la cabeza gacha, mirando el teléfono. Si no, queda el sofá.
Una cocina americana puede ser estupenda y una casa puede integrar sus espacios sin renunciar al comedor. El problema comienza cuando, entre tanta optimización de metros cuadrados, la mesa aparece como un mueble prescindible.
Sigue sin serlo.
Para muchos, la imagen de la familia sigue siendo una mesa Té Club donde entran todos. Larga, aparatosa, imposible de esconder. En torno a ella se come, pero también se discute, se celebra, se reciben amigos, se abre otra botella y se toma once.
Hasta para tomarse un trago la mesa es mejor. Los sillones dan sueño y la mesa de centro es para poner las patas.
La mesa obliga a una disposición particular: unos frente a otros. Ahí aparecen pequeñas órdenes, se va inculcando una primera urbanidad: “siéntate bien”, “así no se toman los cubiertos”, “espera a que estén todos” y la más moderna: “deja el teléfono”.
También ahí se cuentan las historias familiares. El padre repite una anécdota por enésima vez, se celebra a los presentes, se recuerda a los ausentes, aparece el nombre de ese pariente que se mandó a cambiar y no vimos más o se termina hablando de lo prohibido: política, fútbol y religión.
La tradición no avisa cuando se está transmitiendo.
Van Gogh pintó Los comedores de patatas: cinco campesinos pobres alrededor de una mesa, bajo una lámpara miserable, compartiendo una fuente. Pobres como ratas. No hay amplitud ni cocina integrada. Pero hay un centro.
El hogar necesita algún lugar hacia el cual converger. Un punto donde las personas dejen, aunque sea por un rato, de ocupar simplemente la misma vivienda.
Una mesa grande puede parecer un pésimo negocio inmobiliario. Ocupa espacio y pasa buena parte del día vacía. El problema es que no sirve solamente para comer.
Sirve para quedarse.
Después del almuerzo, queda hecha un desastre. Platos corridos, vasos distintos, migas, servilletas arrugadas, una botella vacía y otra inexplicablemente recién abierta. Las sillas ya no están donde estaban.
Es la prueba de que hay vida.
Un Airbnb siempre parece estar esperando al siguiente huésped. Todo limpio, despejado, neutro, dispuesto para que alguien llegue y después se vaya. Un hogar tiene que hacer justamente lo contrario: permitir que alguien se quede.
Tal vez ahí esté la diferencia entre diseñar para que las personas quepan y diseñar para que habiten. La lógica inmobiliaria consigue hacer entrar una cocina, un living, un dormitorio y hasta dos baños en treinta metros cuadrados. Es una proeza.
Más difícil parece encontrar dónde sentar a seis personas.
Cuando no hay mesa, cada uno fabrica su sitio. Uno en la barra, otro en el sofá, otro en la pieza. Seguimos comiendo, pero desaparece la convocatoria. Ese grito que obligaba a dejar lo que cada uno estaba haciendo y aparecer:
“¡A la meeeeesa!”




