Por José Manuel Cuadro

Es sábado 25 de julio y la revista Vivienda y Decoración confirma lo que ya circulaba en el ambiente: se venderán algunas pertenencias de la casa de Patricio Aylwin. Desde un Gracia Barros hasta la vajilla de uso diario, que perteneció al animal político que supo navegar por aguas controversiales. El proceso se le encargó a un anticuario del MUT y fue publicado con bombos y platillos.

Rostros con ojos de lo compro todo son los primeros en la fila. Se trata de carroñeros de las antiguallas, a pesar de que la familia ha cuidado –lo que me consta personalmente– que el proceso no se transforme en un vil martilleo de enseres que terminen en Franklin o en el caracol de Los Leones. Más atrás había gente como yo, escapados de las oficinas, que entrábamos al museo fugaz e improvisado, nacido de los jirones de la vida de don Patricio y la señora Leonor. Me aposté en la espera detrás de aproximadamente unas cincuenta personas.

La casa de Arturo Medina 3684 está enclavada en un barrio tranquilo, que por ahora está a salvo de las costumbres demiúrgicas de la organización barrial contemporánea. En la zona, urbanizada desde fines de los cincuenta, vivía la clase media acomodada de Santiago; es decir, los profesionales jóvenes. La arquitectura convive con buganvillas, rosas y enredaderas adosadas a los ladrillos, cuyos jardines resisten verdes, a pesar de la muerte de sus viejos dueños originales.

Son casas amplias y cómodas, con rejas y antejardín. Cuánto deben estar costando hoy, pienso, mientras cruzo el dintel de la puerta donde transitaron los protagonistas del siglo veinte. Penetro su umbral como quien se adentra en un templo, como si hubiera que santiguarse para entrar a un lugar donde uno no pertenece.

Adentro todo es olor a piso de madera, a cera, a papel de roneo. Lo primero que resalta es la colección de arte, una verdadera pinacoteca que describe una trayectoria vital itinerante. El espacio y sus pertenencias son una forma de documentación existencial: las cosas fueron seleccionadas por su dueño a lo largo de la vida, pero también, por la señora Leonor. El líder democratacristiano siempre destacó que aceptaba acríticamente el prudente gusto de su mujer. Así, en más de cincuenta años, formaron un espacio vital de la política chilena y una curatoría involuntaria con que habitar el tiempo.

Junto a un grupo de señoras entro a la biblioteca del expresidente. Miro cuadros, discos, vajilla del mundo. Abro sin permiso los libros con las notas al margen de su autor, hechas en lápiz mina. A esa hora, la biblioteca estaba siendo arrasada por los anticuarios, como si fuera fruta al por mayor, vendida en una feria libre.

Diviso al histórico chofer del expresidente, don Antonio, que lleva una vida al lado de la familia. Su anecdotario podría llenar estantes. También Ignacia, secretaria del archivo de la casa contigua, quien maneja al dedillo cada papel del antiguo mandatario y que mira impávida la escena de la que también yo participo.

Me siento un intruso. Estoy aquí adentro, esquilmando la vivienda con gente que llega e invade los rincones íntimos de un hombre público. Llegamos acá como consecuencia del bochornoso proceso de venta de la casa de Salvador Allende –Tribunal Constitucional mediante–, que junto con la de Aylwin, tendría el mismo destino del que ya goza la casa de Eduardo Frei. Según cuentan los hijos, el gobierno anterior simplemente dejó de responder el teléfono, una vez estalló el desastre. El inmueble y  algunas de sus pertenencias pagaron el pato.

No soy un espectador neutro, tampoco. Soy un admirador confeso del expresidente y entrar a su antiguo hogar es tener una oportunidad para conocer un trozo de la historia reciente. Así se lo hice saber a la periodista de El Mercurio que me lo preguntó. Tengo todos sus libros y he revisado durante días un archivo que parece no terminar nunca. Don Patricio se preocupó de conservar cada papel, desde su época de secundario hasta su último discurso en la DC. Cualquiera puede pensar que pudo haberse retirado como un abogado prestigioso de la plaza. De hecho, en los setenta, volvió a convertirse en un abogado más de terno gris, los que peregrinaban por Bandera o Huérfanos. Por un momento juraron que había llegado su otoño. Sin embargo, decidió volver a una tarea más incierta, entrando nuevamente al barro de los hechos.

Mientras los asistentes siguen retirando muebles y objetos marcados con precio, cuesta no pensar que la verdadera herencia de una vida trasciende las cosas concretas que se acumularon en la existencia terrena. Con cierto pudor, puedo asegurar que en su vida cotidiana –inseparable de su fe– era un hombre desprendido. Sus vecinos dicen que era caminante asiduo del barrio, que jardineaba junto a su señora Leonor y que cada domingo asistía a misa al Colegio San Ignacio y recibía con paciencia a estudiantes, curiosos que golpeaban la puerta de su casa.

La venta representa una paradoja póstuma. Es la casa de quien contempló con distancia las expresiones de la modernización capitalista y nunca pisó un mall; aunque, sin embargo, presidió un gobierno en el que se conservaron las premisas del libre mercado adoptadas en los ochenta. La casa austera de un socialcristiano –sin destellos artificiales, moderadamente moderna–, alérgico a la mercantilización de la vida.

Cada objeto tiene un post it con su precio. Recuerdos familiares, libros y pequeñas chucherías acumuladas durante décadas adquieren un valor transable. La firma de Aylwin agrega un valor inesperado a objetos ordinarios y los eleva a piezas de colección.

Observo una tetera de loza preciosa sobre una bandeja: cincuenta mil. Un hombre va y saca el post it sobre el objeto, para significar que ya lo había adquirido. Quizá con ella el expresidente tomaba té con horchata, té remojado, sentado en una poltrona. Una costumbre antigua, propia de un hombre de principios de siglo, que incluso en campaña debió renovar su propia imagen, ponerse a tono con los nuevos tiempos. Lo obligaron a dejar, incluso, los trajes con chaleco para verse más moderno. Quizá cuántos años estuvo ese adminículo en la casa, observador mudo de cuanto pasó en las paredes de Arturo Medina.

Veo la tetera, sabiendo que no me la voy a llevar, pero que la voy a encontrar en Mercado Libre o en Barrio Italia la próxima semana. El mercado es cruel.[1]


[1]El mercado es cruel, porque prevalece en él la ley del más fuerte”. Santibáñez, Abrahan (1994): Patricio Aylwin Azócar: su hora más gloriosa. Santiago: La Noria, p. 99.

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