Por qué ciertas posibilidades nos parecen naturales e inevitables —y otras, impensables— aunque nada lógico las prohíba.

Por José Joaquín Durán

Esto no lo elegiste: el idioma en que piensas, las posibilidades que se te ocurren y las que ni siquiera se te ocurren, lo que te parece obvio y lo que nunca se te presentó como opción. Antes de que aparezca cualquier decisión, el mundo ya está funcionando. La pregunta por lo real, entonces, no es solo una pregunta por el presente. Es una pregunta por el horizonte dentro del cual el presente ocurre.

Una advertencia antes de seguir: esto no es divulgación. Voy a exponer el corpus de manera directa, con sus complejidades, pero sin el aparato académico que encierra las ideas útiles en textos que nadie lee. Hay tres conceptos que organizan todo —producción de realidad, horizonte de lo posible y nodo ideológico— y ninguno funciona bien sin los otros dos.

La realidad no se reduce a lo que existe

El punto de partida es una distinción simple con consecuencias enormes: la realidad no se reduce a lo que existe en sentido empírico. Incluye lo que todavía no es pero ya se anticipa, lo que se ansía o se teme, lo que opera sobre nosotros aunque no haya ocurrido. La pregunta que me interesa es bajo qué condiciones algo adquiere estatuto de mundo. Esto es qué puede llegar a contar como real, operable, habitable. No se limita a si existe o no.

En la Edad Media, por ejemplo, los demonios existían. No como entidades físicas verificables, sino como parte del horizonte que estructuraba la experiencia. Orientaban el miedo, los rituales, la precaución. En ese sentido eran reales aunque no existieran. A eso lo llamo producción de realidad: el proceso por el que ciertas posibilidades se vuelven pensables y operativas —y otras quedan fuera— sin que nadie lo decida desde arriba. Esta decide qué cuenta como objeto, no los «inventa». Y opera con soportes discursivos, materiales y simbólicos. No es solo discurso.

El nodo ideológico: la ideología orienta

El concepto central es el nodo ideológico. No es ideología en el sentido clásico de falsa conciencia, ni propaganda. La propiedad que tiene es orientar. Es un punto de condensación donde se articulan ideas, afectos, prácticas e intereses para hacer habitable un mundo; delimita qué se percibe como posible, deseable o inevitable. Sin que esa configuración sea necesariamente consciente ni deliberada.

Pensemos en X, la plataforma antes conocida como Twitter. Nació con una intención fundante —darle voz a quienes estaban fuera del circuito de los medios—, pero esa intención no clausura lo que hace. Lo que hace es orientar las condiciones bajo las cuales ciertos discursos resultan más visibles, más ejercibles, más verosímiles. Eso es un nodo funcionando, y no de manera unilateral: quienes la habitan no son agentes plenamente libres ni receptores pasivos, sino que interactúan, resisten y reapropian las líneas que la plataforma ya inscribió. La agencia existe —nadie está determinado—, pero opera dentro de un margen que la estructura definió antes que cualquier usuario llegara.

Hay una escena en Funny Games, la de Haneke, que lo explica mejor que cualquier teoría. Uno de los asesinos toma el control remoto y rebobina: la imagen retrocede. Después mira a cámara y sonríe. Exhibe el mecanismo. Eso hace el nodo a plena potencia: muestra cómo opera. Y porque lo muestra, te deja sin lugar desde dónde objetarlo.

El cine como nodo: habitar un mundo posible

Trabajo esto en la cultura entendida como sistema y en el cine como nodo específico. La tesis es que la cultura no representa la realidad: la produce, la disputa, la reconfigura. Y el cine tiene algo que ningún otro nodo tiene en la misma medida: la capacidad de hacerte habitar un mundo posible durante dos horas. Por eso analizar el Hollywood de los años treinta, el cine soviético de Eisenstein o el cine latinoamericano de los sesenta no es historia del cine, sino una cartografía de cómo distintos regímenes ideológicos usaron el mismo nodo para producir distintas versiones de lo posible.

El horizonte de lo posible y lo que queda fuera

El horizonte de lo posible no tiene fronteras claras: sus bordes son fractales, avanzan y retroceden a escala microscópica. El concepto es regulativo: impide pensar el horizonte como una totalidad cerrada. Siempre queda un residuo que no se puede asimilar, algo que se escapa. Por eso ninguna producción de realidad es total.

A ese residuo, en su límite extremo, lo llamo lo no-horizontable. No es lo que aún no existe, sino lo que no tiene dónde aparecer. El ángel que le dice a María «no temáis», o el Cthulhu de Lovecraft, son intentos de nombrar esa clase de presencia —algo para lo cual no había categoría previa que lo recibiera. Hay una escena en Mulholland Drive que lo captura. En el Club Silencio, un hombre anuncia que no hay banda, no hay orquesta; y sin embargo la música sigue. Cuando la cantante colapsa, la melodía continúa igual. La disociación entre origen y efecto produce pánico. Es la señal de que el horizonte está siendo tensionado —eso que Freud llamaba lo unheimlich, la sensación de no estar en casa.

Esas tensiones vienen de tres lugares: del pasado, inscripciones que vuelven con una fuerza que casi no entra en el horizonte; del futuro, atractores que proyectamos como posibles antes de que ocurran; del presente, presiones que erosionan la estructura que le daba sentido al mundo. La imagen que mejor lo captura es la de Los pájaros. Las aves amenazan la estructura que organizaba el mundo de los personajes.

El operador del horizonte: la normalidad como construcción frágil

Si el horizonte puede perturbarse, también puede estabilizarse, y ahí aparece una figura que me interesa: el operador del horizonte. No es un héroe. No protagoniza ninguna épica en el sentido clásico. Su éxito se mide por la ausencia de eventos: si funciona bien, nadie lo nota. Porque la normalidad no es una propiedad del mundo, sino una construcción frágil, a veces hecha asimilando lo que era impensable.

El caso que mejor lo ilustra es el de Stanislav Petrov. En 1983, en la Unión Soviética, se levantaron las alertas de un ataque nuclear. El protocolo exigía reportarlo de inmediato para activar la respuesta; él intuyó que era un error del sistema, y tenía razón. No fue premiado. Es más, fue reprendido por no seguir el protocolo, y el incidente quedó en secreto durante años. El mundo siguió su curso sin saber que un hombre había tomado la decisión más importante del siglo, solo, en un búnker, sin autorización ni reconocimiento. Ese es el operador del horizonte: quien sostiene la normalidad desde el anonimato absoluto.

La ideología, en este marco, cumple esa función de estabilización. No es un engaño que revelar, sino un operador que regula los ritmos del horizonte: atenúa sus crisis, normaliza sus saturaciones, prolonga su operatividad incluso cuando ya no abre nada. Y eso cambia la crítica. La que solo denuncia el engaño trabaja con un modelo de ideología que este marco ya no sostiene, porque, si la ideología orienta, la crítica tiene que ser otra cosa.

El futuro como atractor: más allá de la hiperstición

Aquí este marco se separa de algo que le es cercano. Nick Land tiene un concepto, la hiperstición: ciertas ficciones operan como anticipaciones y ayudan a producir las condiciones de su propia realización; el futuro se filtra hacia el presente. Comparto una parte de aquella lectura, las ficciones culturales sí participan en la producción de realidad, y la ciencia ficción a veces parece profética, porque imagina dentro de un horizonte que después se realiza.

Pero lo posible no es estable ni homogéneo. Se intensifica, se satura, se agota sin consumarse. Puede quedarse en el umbral de lo real sin cruzarlo. A eso lo llamo el ritmo del horizonte. El futuro actúa como atractor, no como motor. Y devuelve ecos hacia el presente, sin desbordarlo. Entender ese ritmo es la condición para trabajar sobre él.

Por qué importa ahora

Termino donde empecé. ¿Qué hace que algo cuente como real? En tiempos donde los algoritmos deciden qué se ve y qué no, donde la política se mimetiza con desafíos virales, donde la biografía se auto-gamifica, esa pregunta no es académica: es la más urgente que hay. Lo que intento no es una teoría totalizante, es desarrollar herramientas para leer cómo se produce lo posible sin pretender que esa lectura sea neutral ni definitiva.

Si entiendes cómo se fabrica lo posible, puedes preguntar mejor: ¿qué es pensable hoy que no lo era hace diez años? ¿Qué dejó de ser imaginable sin que nadie lo decidiera? No tienen respuesta fija. Pero tenerlas ya hace la diferencia.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la producción de realidad?

El proceso por el que ciertas posibilidades se vuelven pensables y operativas mientras otras quedan fuera, sin que nadie lo decida desde arriba. Decide qué cuenta como objeto, a través de soportes discursivos, materiales y simbólicos.

¿Qué es un nodo ideológico?

Un punto de condensación donde se articulan ideas, afectos, prácticas e intereses para hacer habitable un mundo. No es falsa conciencia ni propaganda: orienta. Delimita qué se percibe como posible, deseable o inevitable.

¿Qué es el horizonte de lo posible?

El marco dentro del cual el presente ocurre. Sus bordes son fractales y siempre queda un residuo que no puede asimilarse. Por eso ninguna producción de realidad es total.

¿En qué se diferencia de la hiperstición de Nick Land?

En que lo posible no es estable ni homogéneo. Se intensifica, se satura y puede agotarse sin consumarse. El futuro actúa como atractor, devuelve ecos al presente, pero no lo desborda.

Bibliografía

Durán, J. (2026). La producción de realidad y el horizonte de lo posible. Revista Entre Líneas. https://revistaentrelineas.cl/2026/02/16/la-produccion-de-realidad-y-el-horizonte-de-lo-posible/

Durán, J. (2026). Protocolos de estabilidad: la arquitectura del horizonte y sus operadores. Revista Entre Líneas. https://revistaentrelineas.cl/2026/03/18/protocolos-de-estabilidad-la-arquitectura-del-horizonte-y-sus-operadores/

Durán, J. (2026). Cartografía del poder simbólico. Editorial SYS.

El corpus completo

Este ensayo condensa una tesis que Cartografía del poder simbólico desarrolla en extenso: el cine como ensamblaje ideológico en la cultura contemporánea. Ahí está el argumento completo, con el aparato teórico que esta nota deja fuera.

Cartografía del poder simbólico · José Joaquín Durán · ISBN 978-956-425-256-8

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